Fronteras líquidas en el río Usumacinta

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Edith Kauffer

CIESAS-Sureste

Hace frío en este mes de enero en este lugar de La Selva que alberga la nueva estación biológica de la organización Conservación, Desarrollo Sustentable Wilum A.C. que inició el proyecto de guacamayas donde se encuentra una “maternidad” para los polluelos –somos las segundas visitas en el sitio y aún no abre oficialmente-. Alcanzamos este lugar anoche, en lancha, en la oscuridad total y no tiene cobijas. Hace frío en esta madrugada tropical, situación acentuada por la carencia de ropa seca, pues todas mis pertenencias fueron a remojarse en el río Usumacinta el día anterior. Los monos aulladores se agitaron mucho alrededor de las 4:30 de la mañana, parecían una manada de elefantes o gorilas en esta parte que parece bastante preservada de la Sierra del Lacandón, área protegida que se ubica del otro lado del río, en Guatemala. Poco a poco, esta frontera líquida cobra paulatinamente vida conforme aparece la luz del día… Apenas la claridad permite navegar sin problemas por el río, se escucha un concierto de lanchas con urgencia de moverse a través de la principal y única vía de comunicación de este lugar alejado, el majestuoso Usumacinta.

El río Usumacinta forma la mayor parte de la frontera fluvial entre México y Guatemala en más de 300 kilómetros, es decir, aproximadamente una tercera parte de su longitud –si seguimos la corriente principal desde Guatemala aunque ostente otro nombre como sucede con muchos ríos transfronterizos- representa lo que jurídicamente se llama un río internacional, en tanto que delinea una frontera política entre dos Estados-nación. Sin embargo, no es el único en la región: en la costa Pacífica, el río Suchiate es el segundo más importante en cumplir esta función y el Santo Domingo comparte esta misma condición –en menor medida si comparamos su extensión fronteriza aunque ésta puede ser muy importante localmente para configurar algunas relaciones transfronterizas-.

Más que una frontera, el también conocido como Mono Sagrado deja entrever un conjunto de fronteras entrecruzadas y vividas, que van y vienen según las experiencias de sus habitantes, pero también de quiénes las atraviesan o incluso de quiénes como en esta ocasión las miran con respeto, las imaginan con curiosidad y las atestiguan con cierto desconcierto.

Fronteras líquidas… y ¿desdibujadas?

Al igual que el río Suchiate que he estudiado años atrás y que el río Paz entre El Salvador y en Guatemala donde he viajado en años anteriores, la frontera fluvial del Usumacinta no es exactamente fija en tanto la delimitación acordada entre los dos Estados ribereños a finales del siglo XIX, la cual obedeció al paradigma europeo de moda de la época y no a las realidades de los ríos tropicales que tienden a registrar variaciones importantes de sus caudales según las estaciones del año. El criterio definido respondía a la necesidad de los Estados europeos de compartir de manera equitativa los grandes ríos navegables, debido a su importante función como vías de comunicación y para el transporte de mercancías. El traslado de este criterio a otras latitudes generó consecuencias inesperadas. Mientras que el río Paz se ha movido de 15 kilómetros y el Suchiate se hace más ancho o se desvía según los caprichos climáticos (Kauffer, 2015; 2017), el Usumacinta, debido a su gran caudal es mucho más estable que los dos anteriores. Sin embargo, el también pregonado río más caudaloso de México presenta una corriente que registra modificaciones a lo largo del año, lo cual provoca una movilidad de la frontera internacional que los actores locales perciben claramente.

“Cuando el río crece, el río llega hasta allá, y siempre, según la historia y tiene que ser, la mitad del río… [la línea] se mueve tantito para acá… cuando se vuelve a mover el río, se mueve otra vez para allá …” (lanchero de Boca Lacantún, enero de 2018, explicación realizada en la confluencia entre el Lacantún y el Usumacinta).

El tratado de límites entre México y Guatemala establece que la frontera fluvial del Usumacinta se ubica de la siguiente forma: “La línea media del canal más profundo del Usumacinta, en su caso, o del Chixoy y luego del Usumacinta, continuando por éste, en el otro, desde el encuentro de uno u otro río con el paralelo anterior, hasta que el canal más profundo del Usumacinta encuentre el paralelo situado a veinticinco kilómetros al Sur de Tenosique en Tabasco, medidos desde el centro de la plaza de dicho pueblo” (SRE, 1882). Ello significa que la frontera obedece al llamado Thalweg –o “canal más profundo”, lo cual implica que al modificarse el caudal del río, el Thalweg y por ende la frontera política se mueven. Los pobladores poseen su propia interpretación del artículo 3 del tratado y consideran que el espejo de agua está dividido a la mitad entre ambos países: “la mitad de México, va dividiendo el río” según explican algunos ante mi terca insistencia de investigadora para la cual el Thalweg y la mitad del río son realidades distintas. Cabe subrayar que independientemente de la precisión de la ubicación de la frontera en el río –Thalweg o mitad- la movilidad de la frontera presenta una situación real en cualquiera de estos dos escenarios porque al hacerse más o menos ancho, ambas ubicaciones cambian. Además, el Thalweg ni siquiera opera con claridad para los propósitos de una navegación equitativa en la frontera, pues en la experiencia de los habitantes ribereños mexicanos se llega necesariamente a navegar del otro lado de la línea imaginaria cuando el caudal se reduce demasiado.

“No hay cómo hacer cuando el río está baja por acá de… de esta parte, tenemos que buscar dónde pasar, no importa de que estamos cruzando por otro lado [Guatemala], pues lo mismo de Guatemala, ellos vienen, pasan, si el río está más hondo en este lado, tiene que pasar, sí por México. No hay problema. Porque cuando está bien baja el río, pues éste hay partes dónde nada más puede pasar la lancha, aunque lo ves que está amplio todavía, está baja y no puede pasar, así es” (entrevista colectiva, Estación Biológica Wilum, Balum Canan, enero 2018).

Lo que se observa en el Usumacinta es una frontera fluvial que tiende a desdibujarse por su movilidad estacional debido a un tratado copiado de otras partes del mundo a la cual se suman muchas interacciones transfronterizas que contribuyen a hacer de esta frontera un mundo de relaciones, principalmente comerciales, que involucran actores locales pero también externos y que facilitan el tránsito de personas así como de ganado, fauna y recursos naturales a lo largo de esta frontera de agua.

“Aquí éste, en la comunidad con Guatemala… éste…, no hay problemas sino que gente de la comunidad puede ir allá en otro lado sin ningún problema, puede ir caminando o viajando, no hay problema. Y ellos también pueden cruzar. Lo mismo, no hay problemas, nosotros nos vemos como amigos, como vecinos, tales como somos” (entrevista colectiva, Estación Biológica Wilum, Balum Canan, enero 2018).

Fronteras líquidas… pero ¿remarcadas?

Aunque desdibujadas en varios aspectos, las fronteras líquidas del Usumacinta siguen delineando dos soberanías, dos países que corresponden a dos partes, un “acá” y un “allá” que, según los pobladores forman una realidad que cuenta en sus interacciones cotidianas.

“Según su criterio de ellos [los que hicieron el tratado] pues, que tenías que, antes de llegar a este punto [señala la frontera fluvial imaginaria] como son propiedades, son privados, no tenemos que llegar así, nada más llegar, y muy allí no, siempre hay que pedir permiso, hay comunidades…” (Lanchero de Boca Lacantún, enero de 2018, en la confluencia entre el Lacantún y el Usumacinta).

Esta frontera política es también percibida como una separación entre dos Estados definidos territorialmente y divide pueblos al articularse con otros dos tipos de fronteras entrelazadas: una frontera socio-cultural y una frontera de conservación. La primera denota prácticas consideradas como expresiones de una alteridad, percibidas como negativas –como aquéllas que propician el deterioro ambiental mencionadas en el siguiente testimonio que evidencian prácticas propias de los “otros” y de los extranjeros- maximizadas en la interacción con los investigadores dedicados a las temáticas ambientales. Y la segunda remite a un tipo de ecofronteras (ecofrontier), es decir, a las fronteras de conservación establecidas por los gobiernos que se suman a las fronteras políticas y que aseguran cierta presencia en espacios ubicados en los márgenes de los Estados. Dichas fronteras también delimitan cuáles son las prácticas agrícolas y de aprovechamiento de los recursos naturales permitidas y prohibidas en función de una zonificación establecida por los agentes externos. Varios testimonios relatan que los mexicanos tienden a ser más respetuosos de estos límites de conservación a veces por conciencia ambiental o tal vez por falta de opciones y mientras que los guatemaltecos tienen la posibilidad de cometer “ilícitos” y de huir más allá de la frontera del Estado-nación mexicano para protegerse en donde las normas mexicanas no poseen jurisdicción. Semejantes comentarios se escuchan en otras fronteras de Centroamérica donde el deterioro se atribuye esencialmente a los vecinos. En este sentido, la reafirmación de la frontera política del río Usumacinta puede entonces actuar a la vez a favor de la ecofrontera establecida por el mismo Estado o completamente en su contra cuando obra como una protección de los delitos ambientales cometidos del otro lado de la frontera líquida.

“Normalmente aquí los guatemaltecos, aquí en esta parte lo que es Chankin [reserva], entran mucho a… éste…a talar árboles. Hace poco pues que sacaron… éste…cuarenta toneladas de madera, aquí en esta parte normalmente vienen a pescar, aquí en el lado de México […] No nos afecta pero sí está prohibido que entren acá, que entren en este lado, en el lado de México porque nosotros no podemos cruzar allí en lado de Guatemala, entonces sí ha habido un poco de problemas en esta parte porque entran a talar, a cortar palma xate y hay otra hoja que también lo cortan y es lo que ha habido y lo han agarrado pero más sin embargo no hacen nada” (entrevista colectiva, Estación Biológica Wilum, Balum Canan, enero 2018).

La existencia de estas ecofronteras configura finalmente otra alteridad, a través de la presencia de un actor externo, ajeno, casi ausente, este denominado “ellos” por los pobladores que ha contribuido a la vez a definir la frontera política –una definición externa pero respetada por los ribereños-, la cual juega un papel central en el establecimiento de las fronteras de conservación.

Las ecofronteras existentes de ambos lados del Usumacinta son perfectamente delimitadas por la línea divisoria y por lo tanto no corresponden y no presentan continuidad transfronteriza: en este punto preciso del Usumacinta tenemos al Parque Nacional Sierra del Lacandón en Guatemala y a distintas categorías de reservas del lado mexicano desde reservas comunales hasta la Reserva de La Biosfera de Montes Azules aunque más alejada pero que figura como punto de referencia en la región. Los pobladores –aun aquellos dedicados a la conservación- no perciben relaciones de cooperación internacional en torno a la conservación sino afirman presenciar prácticas transfronterizas de deterioro articuladas con una percepción de inseguridad vinculada a la vez con una problemática real y con una situación de desconocimiento del mundo ajeno y lejano de la vecina Guatemala. De tal forma que los entrevistados precisan: “Es un poco peligroso, por esto no vamos allí”.

Conclusión

Tales como un juego de espejos –de agua- las fronteras líquidas expresan metafóricamente la idea de un encruzamiento de dinámicas y de procesos alrededor de la presencia central del río Usumacinta. Las fronteras líquidas expresan a la vez la importancia de los recursos naturales para la región, que sustentan una de las actividades económicas relevantes de la zona, el turismo, y la imposibilidad de fijar este mundo de fluidez natural pero también socio-política. Las aguas convertidas en fronteras y viceversa, aquellas líneas humanas reducidas a uno de los elementos primordiales también evocan la realidad vivida de la esencia de la experiencia fronteriza: una compleja dicotomía paradójica que serpentea, ondula y se diluye constantemente.

 


Bibliografía

Kauffer Michel, Edith F., 2015 “La política Hidráulica en el río Suchiate y su historicidad (1942-2012): una aproximación desde la path dependence”, en María Concepción Martínez Omaña, Lourdes Romero Navarrete (Coord), Agua e historia. Experiencias regionales, siglos XIX-XXI, Intituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México D.F. pp. 347-383.

Edith Kauffer, Edith, 2017, “Contrasting water securities: the Mexican state facing downstream stakeholders in the Suchiate transboundary river basin”, International Journal of Water Resources Development,  Published online: 06 Nov 2017, http://dx.doi.org/10.1080/07900627.2017.1393400

Secretaría de Relaciones Exteriores, 1882, Tratado de Límites México, Guatemala.