Dejar de leer nuestro nuevo 19 de septiembre con los ojos del pasado

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Claudia Zamorano Villarreal

CIESAS Ciudad de México

Lo más jodido de esto –dijo Antonia Camarena, como sólo ella sabe decirlo– es el sentimiento de disociación entre nuestra islita de realidad y todo lo que está pasando afuera. Claro, pienso, todo esta mezclado para lograr esa disociación: la desmesura mediática, el miedo en carne propia, el ulular de las sirenas y, para muchos de nosotros, el recuerdo del sismo de 1985 que cambió el rumbo político y social de la ciudad.

Es que la cochina casualidad quiso que las fechas coincidieran. También ayudaron los medios, que rescataron de entre los escombros montones de personajes y anécdotas de aquel evento. Sin embargo, ahora que escuché a Alberto Betancurt[1] lo puedo decir de mejor modo, evocar sin filtro ese viejo 19 de septiembre despierta imaginarios que debemos matizar para poder ubicarnos en este, nuestro nuevo 19 de septiembre.

Hay que salir a la calle con prudencia y los sentidos bien despiertos para ayudar a tejer la realidad borroneada, transgredida, secuestrada. Aquí describo algunos fragmentos de lo que he visto en Tlalpan, las Coapas, la Colonia del Valle y Tepito. Con ello trataré de revelar dos de las muchas aristas que se vislumbran en este 2017. Los nuevos damnificados y los históricos.

Día uno: el miedo y la incomunicación

El 19 de septiembre me quedé en casa trabajando. Nunca oí las alarmas de mi barrio, la Joya, Tlalpan. Recibí el sismo en mi escritorio que sólo abandoné, llena de miedo, cuando empezaron a caer objetos de los libreros. Claro, salí sin llaves, bolso ni teléfono: ¡bravo!

A parte de los objetos caídos, mi casa está bien, pero sin electricidad ni internet y con un servicio telefónico intermitente. Avisaron de la escuela de mi hija que se suspendía el servicio de transporte y no dejarían salir a los estudiantes sin un adulto. Tomé un pesero rumbo al pueblo de San Pedro Mártir. Silenciosos, los pasajeros escuchábamos el radio que ofrecía noticias desordenadas sobre la situación –puentes y edificios caídos, avisos personales, intervenciones de las autoridades, llamados de auxilio-. Sin embargo, a lo largo de los 4 kilómetros que caminé de la parada del pesero a la escuela y de la escuela a casa, todas las edificaciones estaban de pie, sólo había gente desconcertada y pocos autos. Recorrí las calles del centro de Tlalpan donde vi algunos vidrios rotos y bardas caídas, no más. Desde el CIESAS escribí a la familia y amigos, me enteré que todos estaban bien. Quizá las cosas no están tan mal, pensé. Regresé a casa en una obscuridad absoluta. La electricidad llegó alrededor de las 11 pm.

Día dos: el miedo y la sobre-comunicación

Cita entre el Tec de Monterrey y el Costco (Coapa) para organizar una brigada. Las dos imágenes hablaban del desastre. Del Costco salían ríos de gente silenciosa con carros de supermercado repletos de provisiones; principalmente agua embotellada, galletas, pañales y demás artículos que solicitaban en los centros de acopio. El Tec, con esa arquitectura abigarrada e imponente, parecía un pastel cuyo betún le fue arrancado. Por un costado se ve el puente desplomado donde murieron cinco personas. Los accesos estaban resguardados por protección civil y la Marina. Había unas cincuenta personas negociando su entrada. Fallas de estructura –escuché decir a un ingeniero civil que estaba con nosotros– una mezcolanza de técnicas constructivas que no fraguaron. ¿Cómo una de las escuelas más caras de México puede funcionar así? ¿Por qué los medios lo han invisibilizado?

Caminamos hacia el Hospital Ángeles de Acoxpa con intención de donar sangre. Atravesamos una amplia zona de autoconstrucción con casas y comercios de pie; silencio, muy poca gente, algunos ojos azorados, alguna sonrisa confusa como diciendo “aquí estamos”. Llegando a Acoxpa, jóvenes mostrando el camino a los centro de acopio y, de nuevo, el frenesí consumidor frente a un Superama que, por los contenidos de los carritos, se podía inferir que primaba el consumo personal sobre las donaciones.

Por fin, la entrada del hospital con la pulcritud blanca de su arquitectura, de las carpas del centro de acopio y de las batas de los médicos y enfermeros. Ya no podían recibir más donaciones por el momento, sólo en el Hospital de la Marina estaban recibiendo. Tomamos un Uber para ir allá, pero su navegador nos llevó directo a uno de los embotellamientos que estaban cerca la escuela Enrique Rebsamen, ese lugar que cobró la vida de más de 20 niños y unos cinco adultos. No, no, para allá no hay que ir, es demasiado triste.

Decidimos regresar a casa para ver de manera más organizada qué se podía hacer. Sin embargo, nos atrapó el vértigo informativo entre el Facebook, Watts app y el canal de las Estrellas, quienes construían el reality show de Frida Sofía. Lo más alucinante y nuevo a mis ojos eran las falsas alarmas: supuestos hospitales desplomados o desalojados que solicitaban ayuda, todo una mentira que se valía creer en ese contexto de sobreinformación.

En la noche llevé a mi hija a Coyoacán, sus amigos organizaron una brigada. Sobre Insurgentes sur, sorteando los encharcamientos que dejó la lluvia de todos los días, pasamos por puntos de actividad intensa como los centros de acopio de Villa Olímpica, el Instituto Nacional de Pediatría y la UNAM. Por lo demás, las calles estaban vacías, oscuras, silenciosas. No, esto no se parece a 1985, se parece más bien a 2009 en los tiempos de pánico que crearon los medios y el gobierno a partir de la gripe porcina.

Día tres: la clase media como una nueva arista del 2017

Convencida de que mi labor va a venir en las siguientes semanas, inicié el día como a las 10 am. Vi que amigos lograron organizarse con una brigada chilanga, pero muchos tomaban conciencia de que sus actividades empezaban a ser redundantes en la Ciudad de México. Algunos decidieron esperar a que lleguen solicitudes de ayuda directa y verificada de los Estados de Morelos, Puebla, Oaxaca y Chiapas. De nuevo, la información masiva pierde legitimidad en este país y nos fiamos más de la noticia de boca a oreja. Toca esperar, mientras se oyen las sirenas de las ambulancias y “bips” de las redes sociales.

Tres de la tarde, decido visitar a Gabriela Rodríguez, vecina de la Colonia del Valle que el primer día ayudó a levantar los escombros del edificio de Escocia y Gabriel Mancera. Tomé el metro-bus que recorre Insurgentes. Era gratis y anunciaba su terminal en la parada de Nuevo León, antes del call-center que se derrumbó en las calles de Medellín y Potosí. A parte de esto y los ojos azorados de la gente, el camino no daba señas de tragedia; como tampoco lo dio el kilometro que recorrí a pie hasta llegar a la zona de Amores y Concepción Beistegui. Recuerdo de nuevo mis recorridos en 1985 y pienso que hoy la destrucción es parcial, muy localizada, aunque eso no resta su importancia.

Aquí, entre calles demasiado vacías para anunciar normalidad, había tres puntos de movilización intensa. En el primero estaba en un centro de acopio del CUM, con olas de jóvenes entusiastas; un suspiro de vida. En el segundo, unos veinte vecinos cerraron la calle para exigir a los bomberos que intervengan en un edificio de siete pisos desalojado y desahuciado; cuyo tanque de gas ponía en peligro a toda la colonia en caso de un desplome. En el otro punto, entre Escocia y Gabriel Mancera, los vecinos detuvieron la operación de máquinas pesadas sobre las ruinas de su edificio y lograron hacer intervenir una brigada de rescatistas esperando encontrar (con o sin vida) cuatro personas que aún estaban desaparecidas. Unos treinta vecinos permanecían atrás de la cinta amarilla con inscripción de “peligro”. Bajo una suave llovizna, algunos de ellos sostenían unas cartulinas que mostraban las fotografías y los nombres de los faltantes. La tensión entre autoridades y población civil era latente.

En la zona había una docena de edificios fracturados, desalojados y listos por demoler. En muchos casos se trata de edificios construidos entre los noventa y los 2000 que alojaban familias jóvenes de clase media. Muchas de ellas eran inquilinas, otras estaban accediendo a su primera propiedad por medio de un crédito hipotecario. Gabriela comentaba que muchos no tuvieron tiempo para recuperaron sus documentos personales y que iban a tener serias dificultades de cobrar los seguros.

Gabriela ha buscado departamento en la zona y me mostró un condominio vertical como de los años setenta que estaba en remodelación y venta antes de sufrir serios daños por este sismo. ¡Nueve millones de pesos cada piso de 170 metros cuadrados¡ –me dijo enojada– se les va a caer su teatro especulador.

Estas ideas dispersas empezaron a hacer sentido sobre una de las particularidades de los efectos del nuevo sismo: una buena parte de los edificios de Coapa, Coyoacán, Condesa, Roma y del Valle estaban ocupados por esas clases medias que, pese a las crisis de 1995 y 2008, habían logrado mantenerse en zonas céntricas y, algunos, tratando de acceder a la propiedad por un crédito.

Sin duda, no podemos dejar de ver hacia fuera de la Ciudad de México, ni hacia Xochimilco donde los daños han sido devastadores. Pero ahora tocará también dirigir la mirada hacia las necesidades de estas clases medias que han perdido seres queridos y están también a punto de perder su patrimonio. Aquí, las botellas de agua y los albergues quizá están de más, decía Gabriela. Se necesitan equipos de abogados que puedan asesorar a estas familias. También se necesitan ojos, bocas y plumas que denuncien la especulación y la corrupción que envolverán estos procesos de demolición y reconstrucción. Eso, tampoco pertenece sólo al 85, sino a toda la historia de esta ciudad.

Día seis: Tepito y los damnificados históricos, otra arista.

“Las fallas que ustedes tienen no son por sismo sino por mantenimiento y por mala construcción. (…) la evaluación del inmueble es de alto riesgo, en consecuencia de la autoconstrucción y deterioro de los elementos horizontales, principalmente en lozas (que) presentan acero expuesto y desviación vertical, así como mal confinamiento de la estructura. Evacuar lo antes posible por mala construcción”.

Con estas palabras el joven del Colegio de Ingenieros Arquitectos anunciaba el desahucio de aquella vecindad, hogar de 65 familias. La reacción de la veintena de mujeres que escuchaban el dictamen no fue de sorpresa ni de tristeza, como yo podía esperar. Se abrió un silencio de interrogación que no supe descifrar.

Ya es domingo 24 de septiembre. No sé que hice de los días cuatro y cinco, pero el seis estaba ahí, recorriendo el barrio de Tepito gracias a un aviso de que se requerían víveres en esa zona. El recorrido me desplazó a otra otra arista de nuestro nuevo 19 de septiembre, la cual tiene una raíz profunda en el 85: los damnificados históricos, tan históricos como la fábrica de Chimalpopoca y otros edificios desplomados de lo que podríamos llamar la periferia del centro.

Después de confirmar el aviso, fuimos a los centros de acopio de la Joya y Villa Olímpica, donde se agregó a nuestra tarea una brigada de jóvenes de la Prepa 5. Llegamos a la calle de Constancia sin problema. Los vecinos nos dieron acceso a un campamento improvisado en la calle que, cubierto por una lona anaranjada, contaba con un puesto de comida, varios bultos de víveres y un altar dedicado a la Virgen de Guadalupe y a San Juditas. Se descargaron nuestras cajuelas con la ayuda de una cadena humana, entre fotos, abrazos y sonrisas: “aquí también se necesitan víveres”, decían. Me parecía que había un tono de reproche por la invisibilización en el que estaban y que esperaban que nosotros fuéramos sus voceros.

Nos invitaron a entrar a la vecindad, que estaba cubierta de letreros que anunciaban el desahucio y solicitaban apoyo. En una manta impresa – colgada antes del sismo – se leía una inscripción que habla de un viejo conflicto: “Este predio está siendo gestionado por la Unión de Vecinos del DF para su expropiación ante el Instituto de vivienda a favor de sus ocupantes originarios. No te dejes engañar”.

Ya adentro del inmueble, nos pedían con insistencia fotografiar cada una de las nuevas grietas que este sismo hizo sobre las viejas grietas. Lo mismo pasó en las otras vecindades que nos llevaron a visitar los miembros de la Unión de Vecinos; vecindades vetustas esparcidas entre las vecindades remodeladas después de 85, condominios y algunos edificios viejos pero con mantenimiento satisfactorio. Durante los recorridos, nuestros anfitriones contaban que ellos tomaron la gestión de esos inmuebles hace poco tiempo y que los vecinos han pasado por un lista interminable de líderes estafadores.

Todo me parece muy confuso, sólo me quedó claro algo: aquí no sólo se necesitan víveres. También se necesitan testigos que rescaten a Tepito de 32 años de olvido, corrupción y negligencia. Para estos vecinos, no está pasando lo mismo que en 1985, seguramente esto es peor.

Rebuilding Mexico

Plataforma digital de organizaciones en Oaxaca y Chiapas

https://rebuildingmexico.com

Observando con preocupación la situación de desastre, aislamiento y emergencia que viven muchas comunidades de Oaxaca y Chiapas tras los sismos y huracanes que no dan tregua desde el mes de septiembre, creamos esta plataforma cuyo objetivo es facilitar la colaboración directa entre potenciales donantes nacionales e internacionales y organizaciones locales que trabajan desde hace tiempo y de forma directa y confiable con las poblaciones de los municipios afectados.

Nuestras alianzas y colaboración previa con múltiples organismos de sociedad civil a nivel local y regional nos han permitido establecer mecanismos para verificar que las organizaciones  anunciadas efectivamente estén trabajando en la región para atender los daños sufridos, sin otros fines de corte partidista, clientelar o de proselitismo político o religioso.

Nosotros no manejamos relaciones, dinero, ni somos intermediarios. Nuestro compromiso está en administrar el sitio, a fin de ofrecer un puente informativo para que las relaciones entre las dos partes se establezcan de modo directo. El sitio presenta información en español, inglés, francés, italiano, alemán, portugués y japonés acerca de la situación de emergencia y la enorme necesidad que se está viviendo actualmente en Oaxaca y Chiapas. Incluye un listado amplio de organizaciones que reciben donativos con una breve explicación en español e inglés acerca de sus actividades y lugares de intervención.

Responsables Gabriela Zamorano (Colmich), Paola Sesia (CIESAS), Noé Pineda (Comunicador independiente) y Claudia Zamorano (CIESAS). Diseño: Cristina Guasch.


[1] Mundos posibles, radio UNAM, 28092017.