Mónica Islas Flores[1]
Escuela Nacional de Estudios Superiores (Morelia), UNAM
Imagen 1
Nota: Fotografía de Mónica Islas Flores. Todas las fotografías y dibujos fueron recopilados en Pie del Cerro, San Bartolo Tutotepec, 2017.
Resumen
Este trabajo busca mostrar las prácticas y significados entre la niñez yühu[2] de la comunidad de Pie del Cerro, ubicada en la Sierra Otomí-Tepehua, Hidalgo, en torno a la cultura alimentaria que envuelve la celebración de Todos Santos o Día de Muertos y otras; así como mostrar su participación en la elaboración y consumo de alimentos. En este contexto, los alimentos y bebidas son vistos como banquetes rituales que se comparten con los muertos y los vivos a partir de prácticas de comensalidad. Esto se analiza desde una visión antropológica, considerando que los alimentos adquieren significaciones de acuerdo con las celebraciones a las que están asociados. Muestro dichas prácticas y significados mediante un trabajo de campo con enfoque etnográfico, donde me involucré de forma directa con la niñez yühu en sus actividades cotidianas, hice entrevistas y ellos realizaron dibujos. Se encuentra que la niñez participa activamente tanto en la preparación de los alimentos como en espacios de comensalidad, y que el consumo de éstos conlleva experiencias que significan a los alimentos como bienes compartidos en lo colectivo y de comunicación con entidades.
Palabras clave: niñez yühu, comensalidad, alimentos, Todos Santos, participación infantil.
Comunidad de Pie del Cerro
La comunidad de Pie del Cerro es contigua a la cabecera de San Bartolo Tutotepec, del municipio al que pertenece. Se encuentra ubicada en el norte del estado de Hidalgo, colindando con Veracruz y Puebla, y forma parte de la Sierra Madre Oriental. Se trata de una serranía de abundantes bosques y ríos, conformada por bancos de niebla espesa que, en ciertas temporadas, dejan a la vista las cimas cónicas de la serranía. Pie del Cerro es una comunidad de rápido acceso desde la cabecera municipal, incluso a pie. De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) de 2020, tiene 388 habitantes; de los cuales, 13 son niños y niñas de tres a cinco años y 46 de seis a once años. Cuenta con un centro de salud, un preescolar y una escuela primaria del Sistema de Educación Indígena de la Secretaría de Educación Pública.
Los habitantes de esta comunidad se dedican a oficios manuales, como el comercio o la albañilería, o también a la música, siendo mariachis o integrantes de tríos huastecos, agrupación que ejecuta el repertorio tradicional de la Sierra Otomí-Tepehua. Para desempeñarse, suelen trasladarse a la Ciudad de México o al Estado de México, así como a la cabecera municipal y a las ciudades de Tulancingo o Pachuca. También hay personas propietarias de negocios locales, como tiendas de abarrotes. Un sector muy pequeño de la población son profesionistas y se desempeñan principalmente como maestros de educación básica. La población de Pie del Cerro, al igual que la del resto de este territorio serrano, enfrenta desigualdades laborales y la producción agrícola es exclusiva para el autoconsumo, dada la escasa demanda de sus productos en el mercado local, lo que impulsa una marcada migración laboral a Estados Unidos o a la Ciudad de México.
Niñez de Pie del Cerro
Los niños y las niñas que habitan en Pie del Cerro tienen una participación constante y activa en distintas dimensiones comunitarias, como la escuela y el trabajo familiar, el cual incluye labores agrícolas. Pueden inscribirse en labores de remuneración económica al interior de la comunidad o fuera de ella, en la cabecera municipal, por lo que también participan de la economía familiar. Algunos suelen ocuparse como vendedores de mostrador o en el cuidado de niños menores (Islas, 2018).
También tienen una destacada participación en las celebraciones festivas comunitarias, como el carnaval, las fiestas patronales, las clausuras escolares y las celebraciones rituales, que comprenden los ritos de fertilidad denominados el “Costumbre” o Maté, en su vocablo otomí (Gallardo, 2010), y otras de carácter sacro. Estas celebraciones y ritos son escenarios distinguidos donde los alimentos tienen un papel fundamental; la niñez no sólo participa de la comensalidad colectiva, sino también en la preparación de los platillos o en el acarreo de ingredientes o materias primas para su elaboración.
“Llegan los muertitos y comen”, Todos Santos
Todos Santos o godû, en su vocablo yühu, es como se le conoce a la celebración de Día de Muertos en Pie del Cerro. Se trata de una tradición que es también reconocida y practicada en casi todo el territorio mexicano durante los días 1 y 2 de noviembre. En Pie del Cerro se celebra también el 18 de octubre (día de San Lucas), fecha en la que se coloca una ofrenda a los muertos “por desgracia”, es decir, a quienes fallecieron asesinados o ahogados (Galinier, 1990; Gallardo, 2012). Se les coloca un altar pequeño afuera de la casa o a un costado del altar principal para honrarlos.
Por otra parte, están los altares dedicados a los muertos “en gracia”, fallecidos por enfermedad y vejez, así como los dedicados a los “angelitos”, llamando así a los infantes finados, adultos o ancianos que no contrajeron matrimonio (Heiras, 2010). Éstos son proveídos con ofrendas de comida que muestran variantes en la colocación de alimentos de acuerdo con las dos grandes categorías: “angelitos” y adultos. Una narrativa que explica la dinámica de organización temporal, la colocación de alimentos y el sentido de ofrendar, de acuerdo con la situación de defunción, es la siguiente, ofrecida por Jazmín,[3] una niña de Pie del Cerro:
Se hace el Todos Santos. Primero se hace el San Lucas, pero el San Lucas nadamás se le pone a las personas que se han accidentado, sus hijos o esposos; a los que se han muerto por enfermedades no, esos son hasta Todos Santos. Hasta el 31 [de octubre] llegan los angelitos, pero allí nada más se le pone caldo, tamales, trabucos, refresco, dulces y se pone un altar, y el 2 [de noviembre] llegan los adultos, pero a ellos ya se les pone mole, trabucos, tamales, refino, cerveza, cigarros, todo lo que toman ellos. ¡Ah! y aparte, como ellos llegan cansados siempre, se le pone un vaso con agua. (Entrevista, septiembre, 2017)l
Los alimentos principales son los trabucos (óxíza),[4] tamales delgados y alargados que tienen una dimensión aproximada de 20 centímetros. Están elaborados con masa de maíz, frijoles y salsa roja de pipián con ajonjolí; pueden contener carne y están envueltos en hojas de papatla (una hoja grande y silvestre), sujetados con un amarre hecho con hebras de dicha hoja. Se incluyen también tamales elaborados con masa de maíz, rellenos de salsa verde o roja y carne de cerdo, que se envuelven con hoja de maíz. Se integran mole y pan, algunos con forma antropomorfa y cubiertos con azúcar pigmentada de tonalidad rosácea. En el orden de las bebidas se encuentra el atole de cacao (t´ëi dѐju), agua, cerveza y refino (aguardiente).
La comida que durante los días de Todos Santos conforma la dieta tanto de los adultos como de los niños y niñas está constituida por alimentos ofrendados a los muertos. Son alimentos sagrados que se espera consumir y compartir. El consumo es familiar y se colectiviza cuando los habitantes de la comunidad acuden al panteón para comer sobre las tumbas de sus muertos, y cuando comparten y reparten entre sus vecinos y familiares un poco de los alimentos elaborados. El significado que tienen dichos alimentos es de comunicación con los muertos, a fin de honrarlos de forma distinguida y en exceso (Galinier, 1990). Dicho sentido queda asentado en las siguientes declaraciones de algunas niñas (comunicación personal): “Porque ellos ya se murieron y ellos ya vienen a visitarnos porque ellos vivieron en esta realidad” (Amelia), “Llegan los muertitos y comen y luego a las doce tocan las campanas y se van” (Estela). En la siguiente figura se muestra el dibujo elaborado por Cristóbal, un niño de Pie del Cerro, que ilustra el altar para los muertos “en gracia”.
Imagen 2. Día de Todos Santos

Nota: Dibujo elaborado por Cristóbal Trejo.
Las concepciones de la niñez acentúan el sentido de la fuerza anímica que tienen los muertos como entidades que intervienen en la dinámica de los vivos, la cual se manifiesta a través de la comida, pues se articula a la convivencia comunitaria. Como también lo explica Diana, una niña de Pie del Cerro, en relación con las formas de comensalidad de los muertos “en gracia” y “desgracia”:
Dicen que los muertos, los familiares llegan a su casa y que el altarcito de afuera significa para que los que no tienen familia, o sí tienen familia, pero no les ponen nada…. se quedan ahí, y comen afuera. El [altar] de adentro es para puros familiares, las velas de los de adentro están contadas y los de afuera, aunque no las cuenten, pero están ahí. (Entrevista, septiembre, 2017)
Las entidades consumen los alimentos ofrendados, pero los vivos participan de esa comensalidad. Esta lógica se corresponde con el carnaval y el “Costumbre”, donde la frase “dar de comer” tiene un significado dual: ejercer el cargo de mayordomo o mayordoma y corresponder a las potencias sagradas con alimentos; y comer de forma colectiva en un contexto festivo. De hecho, en la visión yühu se concibe que los muertos también llegan al mundo de los vivos durante el carnaval (Heiras, 2010; Gallardo, 2012); sin embargo, la puesta culinaria es distinta.
Si bien la comensalidad durante Todos Santos representa la comunicación simbólica con las entidades visitantes mediante el consumo de alimentos preparados ex profeso para recibirlas, otra dimensión que la constituye es la organización y la elaboración de éstos, donde la participación infantil es destacada (Islas, 2018). Niñas y niños participan en la preparación y acarreo de los productos necesarios. Por ejemplo, van a la tienda de abarrotes a comprar lo solicitado de acuerdo con las indicaciones de sus madres, quienes son las encargadas de elaborar la comida, y llevan el maíz nixtamalizado a la molienda para obtener la masa. Algunas de estas tareas requieren que los niños y niñas se trasladen incluso a la cabecera municipal, aunque sólo lo hacen los de mayor edad. Si bien presento el caso de la comunidad de Pie del Cerro, vale decir que la participación infantil se extiende en todas las de la Sierra Otomí-Tepehua, como Xuchitlán y Pueblo Nuevo, donde he presenciado esta dinámica.
El consumo alimenticio y la comensalidad se entienden a partir de las formas de organización que conlleva la preparación de los alimentos mediante la distribución de tareas, pues el objetivo compartido es que los muertos puedan agasajarse con éstos. La participación infantil también adquiere protagonismo al involucrarse en la preparación del altar, colocando cada uno de los alimentos, y ayudar en la preparación; como lo señaló Lariza (comunicación personal): “Ayudo porque mi mamá necesita agua para hacer el atole y tengo que andar corriendo y hacer muchos mandados”. También ayudan a decorar los altares y deshojar las flores de cempasúchil para formar un caminito que conduzca a los muertos hacia la mesa con la diversidad culinaria que se ofrenda.
Niñas y niños colaboran también en la elaboración de tamales, ya sea de forma total o parcial. Dichas labores pueden realizarse individual o colectivamente: “Mi mamá me despierta y me dice que les vaya a ayudar a ir moler, a llevar la maquila para hacer lo demás. Igual hacer el caminito y todo eso, como tengo varios primos lo hacemos rápido y casi todos vamos, todos los de mi familia vamos” (Jazmín, comunicación personal). Los niños y niñas asumen responsabilidades que se reconocen mediante el logro de las actividades dispuestas y refuerzan su participación compartiendo el esfuerzo con sus pares (Paradise y De Haan, 2009). Asimismo, elaboran pequeñas figuras de pasta de cacao, la cual se prepara en el hogar, moldeando tortugas, perros, ardillas, armadillos, gallos, gallinas, instrumentos musicales y formas circulares denominadas “gorditas”, que se usan para dar sabor al atole elaborado a base de maíz (Islas, 2018).
Los alimentos, como banquete culinario para los muertos, no sólo son una vía de comunicación con dichas entidades, constituyen una muestra de la participación voluntaria de la niñez, pero ordenada por los adultos, como forma de educación para la continuidad e innovación de estas prácticas de comensalidad. Lo anterior podemos notarlo en la narrativa de Yose (comunicación personal): “le ayudo a mi mamá a hacer los trabucos, los tamales, y a veces le ayudo a pasar los tamales al altar, y me da dinero y yo voy a comprar los dulces para los bebés, y riego el caminito y ya”. En el siguiente dibujo, Nayeli ilustra la diversidad culinaria que exhiben los altares de la comunidad de Pie del Cerro. En primer orden están los jarros con atole tapados con pan, platos de comida y el incensario, que despide un humo oloroso de resina de copal en combustión, las frutas que penden del arco y el camino de pétalos de flor de cempasúchil que conduce al majar dispuesto en el altar.
Imagen 3. Altar para los muertos
Nota: Dibujo elaborado por Nayeli López.
Las madres les dan libertad a sus hijos e hijas para realizar algunas compras bajo sus propios criterios. Esto implica que las y los adultos reconocen las capacidades y habilidades de la niñez para realizar las tareas que les encomiendan (Liebel y Saadi, 2013). De modo que, más que una distinción etaria, se trata de un reconocimiento de participación, donde la niñez ajusta por sí misma su responsabilidad “de acuerdo con su capacidad” (Rogoff, 1993: 153). La siguiente tabla muestra la diversidad de labores que atiende la niñez en la preparación de alimentos de la festividad de Todos Santos.
| Altar-ofrenda | Preparación de alimentos | Mandados |
| Poner platos con comida | Hacer ponche | Cargar bolsas en la plaza |
| Colocar flores | Hacer figuras de cacao | Levantar cosas |
| Adornar | Quitar plumas a los pollos | Comprar dulces |
| Poner dulces | Lavar las hojas de tamal | Acarrear agua |
| Hacer el caminito | Pasar las hojas de tamal | Comprar refrescos |
| Hacer collares de flores | Hacer muñequitos de masa | Bajar chiles del techo |
| Acarrear cosas | Hacer comida | Ir a moler, llevar a la maquila (moler nixtamal) |
| Cortar flores | Hacer trabucos | Buscar cosas que se necesitan |
| Hacer “calaveras de toronja”[5] | Ayudar a hacer trabucos | “Bajar” a San Bartolo a comprar verdura para hacer tamales |
| Poner la ofrenda | Hacer atole | |
| Poner vasos de atole | Hacer tortillas | |
| Acomodar la ofrenda | “Encuerar” chiles[6] | |
| Desmoronar flores | Cocinar mole | |
| Pasar los tamales | Matar pollos | |
| Poner la cruz de flores | ||
| Poner collares |
Nota: Tabla adaptada de Islas (2018).
Esta participación incluye la significación que los niños y niñas dan a los alimentos y la comensalidad como vías de convivencia entre las entidades y los vivos, lo cual conlleva la cooperación, las labores que les otorgan responsabilidades y las asumen, así como la construcción de una forma de ver el mundo a partir de las creencias yühu sobre la muerte y su relación con los alimentos.[7]
Otras comensalidades en el contexto yühu de la Sierra Otomí-Tepehua
Otras comensalidades en el contexto yühu se encuentran en festividades patronales, familiares y rituales. En todas ellas, la niñez se hace presente tanto en actividades de organización y elaboración, como en el consumo. Una de las principales festividades es el carnaval. La preparación de la comida está a cargo de los mayordomos o mayordomas que encabezan la celebración, es reconocida su responsabilidad de “dar de comer”; es decir, preparar los alimentos correspondientes para ofrecer a los comensales. Los alimentos son mole y tortillas de maíz, y café como bebida para acompañar durante la noche, pues de día ofrecen bebidas gaseosas; también, en ambos horarios, cerveza. Las personas pueden comer sobre una larga mesa, aunque por lo general lo hacen de pie. En el caso de la niñez, tienden a comer sentados en el piso, en lugares improvisados sobre rocas o alguna silla. El plato con mole y carne de cerdo o res es servido con un montoncito de tortillas para acompañar. Así, “dar de comer” significa el valor de los alimentos como práctica colectiva donde todos comen juntos en un momento específico.
Imagen 4. Comer en casa del mayordomo del carnaval
Nota: Fotografía de Mónica Islas Flores.
Imagen 5. Tiempo de comer, niños disfrazados durante el carnaval
Nota: Fotografía de Mónica Islas Flores.
Llama la atención cómo esta significación sobre los alimentos se manifiesta entre la niñez en otros espacios no festivos, como la escuela. Durante mi trabajo de campo en esta institución, observé cómo niños y niñas se organizaron para comprar golosinas durante el recreo escolar y, posteriormente, colocarlas y acomodarlas en el piso para consumirlas entre los organizadores e invitados del salón de clases. Esto muestra que la niñez construye un sentido de convivencia colectiva a través de los alimentos y la comensalidad vivenciada en espacios rituales, festivos y en Todos Santos, de donde son participantes activos. Asimismo, encuentran en lugares como la escuela espacios para recrear estas valoraciones y prácticas (Islas, 2018), mostrando una “capacidad de organización con iniciativa propia” (Naranjo, 2009: 217), al tiempo que muestran y comparten responsabilidades y valores de reciprocidad (Paradise y De Haan, 2009).
Imagen 6. Niñas y niños de Pie del Cerro en el salón de clases, comensalidad colectiva
Nota: Fotografía del maestro Guillermo Velazco.
Otros alimentos que configuran la cultura alimentaria en Pie del Cerro y en general en la Sierra Otomí-Tepehua son los que se preparan en fiestas patronales y familiares, como el mole o la carne de cerdo preparada como carnitas. Están también los platillos elaborados para fines rituales, como mole, atole o caldos, para el caso de las ofrendas dedicadas a imágenes sagradas denominadas “animitas”. Asimismo, los alimentos y bebidas destinadas a entidades no humanas, como los cuidadores del monte o del agua, los cuales son colocados como ofrendas en los principales caminos o cuerpos de agua, que consisten en pan, bebidas gaseosas o refino.
Esta misma dotación de comida es también ofrecida en el “Costumbre” (Maté), que son ritos de fertilidad dedicados a potencias cuidadoras del cosmos otomí, como la lumbre, el agua y el monte. Esta comida es dispuesta, junto con las bebidas (refino y café), en altares sobre mesas con manteles limpios y en espacios llamados oratorios (Báez, 2012). Son los mayordomos o encargados del ritual los responsables de llevar la comida para los asistentes (Gallardo, 2010). Por su parte, los alimentos que conforman la dieta cotidiana son frijoles, variedad de quelites, calabaza, maíz para la elaboración de tortillas, sopa de pasta, sopa de hongos, blanquillos (huevos de aves de corral) y, en ocasiones, caldos de pollo o res, generalmente acompañados con bebidas como café y gaseosas.
Imagen 7. Altar de comida dedicado “al malo” (potencia maligna del carnaval) en casa del mayordomo del carnaval 
Nota: Fotografía de Mónica Islas Flores.
Con base en lo expuesto, distingo la siguiente clasificación de alimentos que forman parte del sistema culinario yühu asociados con prácticas de comensalidad: rituales, festivos, para los no humanos, de la vida cotidiana y para los muertos. En cada categoría, la niñez se distingue como participante activa tanto en procesos de preparación como en su consumo, sobre todo en la celebración de Todos Santos, donde no solo participan, sino que conocen y reelaboran significados en torno al vínculo comida-vida-muerte y territorio desde una visión yühu.
Reflexión final
La relación entre la niñez y los alimentos muestra al menos cuatro aspectos importantes. El primero tiene que ver con la significación que ésta les otorga a los alimentos como vehículos de comunicación y convivencia con los muertos, en el caso de Todos Santos (godû). El segundo es que niños y niñas distinguen la tipología de los alimentos que forman parte de su sistema culinario. El tercero tiene que ver con su participación tanto en la organización como en la elaboración de los alimentos. Por último, que distinguen y acondicionan los espacios para consumirlos y la manera de hacerlo.
Así, el sistema culinario del que participa activamente la niñez yühu y al que le atribuyen significados específicos, comprende tanto a la alimentación como a la comensalidad como una acción cultural compartida y colectiva. En este sentido, la alimentación en las diferentes clasificaciones del sistema culinario yühu se entiende desde dimensiones históricas, de producción y consumo (Aguilar, 2014). Dicha acción cultural responde a necesidades alimentarias de acuerdo con el acontecimiento que se debe celebrar, como el caso de Todos Santos y otras fiestas.
En relación con la participación de la niñez, pocas veces es aprovechada en la escuela para incorporar sus experiencias y conocimientos culinarios del calendario festivo, ritual y sus entidades, a fin de hacerlos parte del saber académico. Sin embargo, es notoria la incorporación de algunas manifestaciones de sus prácticas de comensalidad en la escuela, un lugar del que se apropian constantemente.
Referencias
Aguilar Piña, P. (2014). Cultura y alimentación. Aspectos fundamentales para una visión comprensiva de la alimentación humana, Anales de Antropología, 48(1), 11-31. https://www.revistas.unam.mx/index.php/antropologia/article/view/44185
Báez Cubero, L. (2012). “Vistiendo santitos” la acción ritual para vestir a los “antiguas” entre los otomíes de Hidalgo. Estudios de Cultura Otopame, 8, 237-256. https://www.revistas.unam.mx/index.php/eco/article/view/49570
Galinier, J. (1990). La mitad del mundo. Cuerpo y cosmos en los rituales otomíes. UNAM, Instituto Nacional Indigenista.
Gallardo Arias, P. (2010). Vínculos sociales, conflicto y equilibrio entre los otomíes de San Bartolo Tutotepec, Hidalgo. Itinerarios, 11, 9-34. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5831070
Gallardo Arias, P. (2012). Ritual, palabra y cosmos otomí: yo soy costumbre, yo soy de antigua. UNAM.
Heiras Rodríguez, C.G. (2010). Cuerpos rituales. Carnaval, días de muertos y costumbres tepehuas orientales [Tesis de maestría]. Escuela Nacional de Antropología e Historia.
Islas Flores, M. (2018). Niños de Pie del Cerro, Hidalgo: Actores destacados en campos de participación comunitaria y en su escuela [Tesis de maestría]. Centro de Investigación y de Estudios Avanzados-Departamento de Investigaciones Educativas.
Liebel, M. y Saadi, I. (2013). La participación infantil ante el desafío de la diversidad cultural. Desacatos. Revista De Ciencias Sociales, 39, 123-140. https://doi.org/10.29340/39.244
Naranjo, Y. (2009). Cultura comunitaria y escuela intercultural: más allá de un contenido escolar. SEP-Coordinación General de Educación Intercultural y Bilingüe.
Paradise, R. y De Haan, M. (2009). Responsibility and reciprocity: social organization of mazahua learning practices. Anthropology and Education Quarterly, 40(2), 187-204. https://doi.org/10.1111/j.1548-1492.2009.01035.x
Rogoff, B. (1993). Aprendices del pensamiento. El desarrollo cognitivo en el contexto social. Paidós.
- Correo electrónico: monkaislas@gmail.com ↑
- Autodenominación en el vocablo otomí. ↑
- Los nombres de niños y niñas que se mencionan en este texto fueron cambiados a fin de resguardar su identidad. ↑
- Agradezco a Maricela Matías Manrique su apoyo en la traducción español-yühu de algunos de los alimentos mencionados. ↑
- Toronjas con cáscara perforadas con figuras de rostros de calaveras. ↑
- Limpieza de los chiles para retirar las semillas. ↑
-
Me parece pertinente hacer mención que entre el pueblo p’urhépecha de Michoacán, de la región lacustre, los alimentos asociados con la muerte son las corundas rellenas de frijol (tamal triangular envuelto con hojas de maíz y elaborado con masa de este grano) y el pescado enchilado en salsa roja. Éstos se preparan cuando alguien muere y con ellos se le despide (comunicación personal con el antropólogo Edgar Alejandre Pérez, abril de 2022). Es de notar cómo los alimentos representan la relación con la muerte en distintas culturas. ↑
