Manjares en contextos rituales de los nahuas de la Huasteca[1]

Marcela Hernández Ferrer[2]
Escuela Nacional de Antropología e Historia
Secretaría de Cultura de la Ciudad de México

Resumen

En este artículo se mencionan algunos de los alimentos empleados en las ofrendas agrícolas por parte de pobladores nahuas de la Huasteca, los cuales son brindados a las deidades y a las personas en contextos rituales y cotidianos; así como una revisión a través del tiempo de algunas de las concepciones que se mencionan en la literatura antropológica y en las fuentes históricas. También se hace una breve reflexión sobre los consumos alimentarios entre las juventudes.

Palabras clave: Huasteca, rituales, alimentos, ofrendas, agricultura, deidades, juventudes, nuevos consumos alimentarios.

Contexto socioespacial

La Huasteca, o Cuextecapan (“lugar de bastimentos”) (Pérez Zevallos, 1983), ha sido desde la época precortesiana un lugar rico en tributos de plumas, conchas, vegetales y frutos; delimitado por los ríos Pánuco y Tuxpan, y por la sierra (brazos de la Sierra Madre Oriental). Con un exuberante paisaje, que bien puede ser la espléndida selva baja caducifolia, el semidesierto y el bosque. En relación con la altitud, va desde el nivel del mar hasta las sierras a 1,200 msnm, con todo y sus extensos valles. Comprende porciones de los estados de Veracruz, Tamaulipas, San Luis Potosí, Querétaro, Puebla e Hidalgo, que producen petróleo, caña de azúcar, ganadería, naranja, palma real y recursos maderables.

Su variedad geográfica propicia lo mismo una diversidad ecológica como cultural y lingüística, representada por los pueblos otomíes, nahuas, teenek, pames, totonacos y tepehuas, así como afrodescendientes, mestizos y blancos.

En este artículo se prepondera la información de los nahuas del noreste de Hidalgo y norponiente de Veracruz.

Los huastecos o teenek son el pueblo originario que, de acuerdo con la arqueología, habitó la costa del Golfo y dan nombre a la región, pues son los herederos de la riqueza arqueológica de la época posclásica, de las conocidas ruinas de Tamuín y Tamtoc al suroeste de San Luis Potosí, y la gran variedad de encorvados, adolescentes, monos y falos de los estados de Hidalgo y Veracruz, precursores de las deidades Xochiquétzal y Quetzalcóatl en el mundo mesoamericano y en particular de la cultura mexica (Ruvalcaba, 2013). La lingüística afirma que las diversas oleadas de grupos otomianos y nahuas reconfiguraron la geografía lingüística, enriqueciéndose al conformar variantes dialectales del náhuatl y el otomí; lo que incluyó la incorporación de nahuatlismos al huasteco y huastequismos al náhuatl y el otomí.

Comparten entre sus rasgos culturales, la personificación de figuras de papel o de maíces vestidos, que representan a sus divinidades y le dan vida a un panteón de entidades que componen su cosmos o cosmovisión (Broda y Good Eshelman, 2004). Otros de sus productos culturales es la alfarería regional conocida como cerámica Chililico, los bolsos elaborados con zapupe (fibra de agave), los sombreros tancuqueño y tantoyuquero (de palma), las blusas de manta, los enredos y quechquémitl, la música de son huasteco compuesta por un trío de jarana, violín y guitarra huapanguera, y una alimentación basada en una economía agropecuaria (Hernández Ferrer, 2024).

La presencia de las divinidades en el ciclo agrícola

La agricultura de temporal engloba los cultivos de la triada ecológica mesoamericana de maíz, frijol y calabaza, complementada con chiles y quelites, que son de uso cotidiano. Existe también la agricultura de riego enfocada en cultivos comerciales como la naranja, la caña y el lichi. La fauna silvestre (jaguares, venados, reptiles y águilas) que habitó esta tierra se vio menguada con el paso del tiempo y la introducción de animales de granja, como gallinas, cerdos y vacas, que ahora son incluidas en su dieta, en la que prevalecen el guajolote, armadillos y peces, resultado de la domesticación, caza y pesca que se sigue practicando a la par de la agricultura.

La dieta cotidiana de un campesino en la Huasteca se compone por el maíz (cocido, tostado, molido y nixtamalizado, en granos o en mazorca) en forma de tortillas, atole, tamales, enchiladas; combinado con el frijol en variedades regionales (sarabando, ojo de venado, negro), junto con hierbas y flores de traspatio, como el suyo y el pemoche. Más allá de esta alimentación, existe la comida especial, empleada en los rituales del ciclo agrícola, que obedece a su sistema de creencias.

El pensamiento nahua de la Huasteca está basado en el culto al maíz y a un panteón de divinidades que habitan el universo en tres planos horizontales y cinco planos verticales, lo que se conoce como un diagrama de su cosmos, lo que A. Gómez Gómez (2009) ha definido como cosmograma. Es decir, que tanto las entidades como los humanos se vinculan íntimamente para coexistir de manera equilibrada.

Por esto es que sus actividades agrícolas se ajustan a calendarios que alternan prácticas religiosas y de labor en el campo, donde se puede apreciar la conexión entre ambas. Los actos rituales se ejecutan para satisfacer los requerimientos de agua y tierra para el óptimo desarrollo agrícola; en ellos, otros elementos, como el aire y el sol, cobran una importancia vital.

El ciclo de temporal organiza al año en cuatro partes: 1) la etapa previa a las lluvias (Hernández Ferrer, 2005), que implica los meses de diciembre a febrero, de almacenamiento y abstinencia en labores del campo; 2) de marzo a mayo se acentúa la actividad agrícola en la limpieza de terrenos, desmonte y siembra; 3) la etapa de precipitaciones pluviales de junio a agosto se hace barbecho y se abstiene un poco, por la canícula; 4) de septiembre a noviembre son las cosechas.

Este calendario comprende temporadas de lluvias y secas, actividades de corte católico y prácticas rituales vinculadas con las deidades agrícolas. Unos y otros convergen a causa de la yuxtaposición de saberes a lo largo de la etapa de conquista y colonización europea, en la cual se adoptaron e impusieron nuevos credos, que los pueblos que habitaban el orbe americano tradujeron a sus propios cultos.

Los dioses (acuáticos, terrestres, luminosos y oscuros) se convirtieron en santos propiciadores de lluvias, como Tláloc y Ehécatl en San Juan; los propiciadores de rayos en San Miguel; otros que tenían prácticas bélicas, como Huitzilopochtli o Tlaltecuhtli, en Santiago. Esta redimensión de cultos fue enriquecida por figuras que paulatinamente se convirtieron también en dioses protectores con cara de santos. Es en este entramado de creencias que la figura solar, Cristo y maíz se convirtieron en uno mismo y María, tierra y madre dadora de vida, en una sola. Así se conforma su complejo mundo de divinidades, a quienes se les rinde tributo.

Alimentos rituales

Las ofrendas alimenticias son brindadas a estas deidades en contextos rituales relacionados con el calendario agrícola y ritual. En la división cuatripartita de labor agrícola, existen momentos marcados para el calendario ritual: 1) de diciembre a febrero abarca el permiso al monte; 2) de marzo a mayo es la petición de lluvias; 3) de junio a agosto son los pronósticos de tiempo; y 4) de septiembre a noviembre es para recoger y agradecer por los productos de la tierra. Estos obsequios son dados en dichos contextos como parte de la comunicación entre humanos y divinidades.

Existe un protocolo para el montaje de altares, la preparación de alimentos y la cooperación comunitaria. Un vínculo colectivo donde se observa la división de tareas y la compensación del mundo dual. Los elementos florales, las esencias aromáticas, bebidas e insumos forman parte de estos tributos. Todos los productos regionales también caracterizan la época del año que se está viviendo.

Los corazones son el obsequio favorito de los dioses, pues es el órgano vital que en las concepciones del México antiguo se consideraba el más alto precio pagado a una entidad divina. En relación con este tipo de ofrenda, Matos afirma: “Esta víscera cálida por lo general se ofrendaba al Sol y a la Tierra, conforme lo que dicen diferentes relatos” (2010: 47). Él señala que tanto los restos arqueológicos como la evidencia de la antropología física y los códices aportan datos para conocer que la práctica de ofrendar corazones fue muy recurrente en el mundo mesoamericano previo al contacto europeo.

De acuerdo con López Austin: “El corazón era concebido como centro vital y como órgano de la conciencia” (1996: 187), lo que coincide con el pensamiento nahua actual en donde el corazón le da vitalidad a las entidades de papel elaboradas por los nahuas de Veracruz e Hidalgo. Tras recortarlos con forma humana, animal y vegetal, se les hace un orificio en la parte central de su pecho, por medio del cual podrán tener vida. Dicho orificio es de suma importancia, ya que al momento de ser colocados u ofrendados, son bañados por la sangre de aves y se alimentarán de ese líquido para tener vida.

Tanto el cuerpo completo como los corazones implican un gran tributo. La forma del tamal y que este incluya el cuerpo completo de las aves, el corazón de un pollo o un cerdo, o sus vísceras, es un regalo sumamente valioso.

Es bien sabido que en la Huasteca existe un tamal enorme llamado zacahuil, que se elabora con maíz (macerado), carne de pollo y de cerdo (desmenuzada o en trozos), manteca, salsa de diversos chiles (guajillo, ancho, pasilla y rojo), comino, ajo y sal, y se envuelve en hojas de plátano o papatla. Antes era atado con mecates, lianas o bejucos de la región; en la actualidad se ata con alambres, tras lo que se coloca en hornos de barro u hoyos en la tierra para su cocción. Este enorme tamal asemeja las ofrendas de cuerpo entero, tanto de infantes como adultos, del México prehispánico.

Esta misma circunstancia se encuentra en la corporalidad en papel de la deidad Chicomexóchitl, la cual es figurada por los habitantes nahuas en la época de petición de lluvias. Del mismo modo, se ofrece en sacrificio para el mejor temporal, por lo que durante 3 a 5 días los ritualistas se dan cita en la casa ritual Xochicalli para elaborar miles de recortes de papel que representan las diversas semillas empleadas en la labor agrícola, así como a las divinidades, principalmente Chicomexóchitl y la Sirena, ambas con su correspondiente dual que da lógica a su mundo. Se colocan en los recipientes rituales, como bolsa de zapupe, ollas y canastas; ahí se les colocan alimentos especiales elaborados con maíz, chocolate y ajonjolí. Para estas divinidades, los elementos dulces son un banquete principal, como las bebidas, frutos endulzados y, más recientemente, golosinas industrializadas.

Los caldos de pollo y gallina, con o sin chile, son preferidos en las ofrendas y vísperas de ofrendas en cerros. También se ofrenda pan y bebidas endulzadas, como café, atoles y chocolate.

En los contextos rituales es más común encontrar sacrificios de aves, como ya lo ha mencionado Pérez Castro (2013), en una lógica de representación de aquello que está en contacto con lo divino. Durante la época prehispánica, las aves favoritas para alimentar al hombre fueron los guajolotes, los patos y las codornices; que luego fueron sustituidas por las aves de corral, como las gallinas. Actualmente los nahuas siguen teniendo preferencia por los pavos para las ofrendas importantes de tamales y en cerros, pero también se tiene la creencia de que los guajolotes son más delicados e inocentes, como si se tratase de niños.

En los rituales nahuas, danzar al guajolote antes del sacrificio, así como ofrecerle bebidas para ponerlo contento, cumple la función de adormecerlo y, con ello, alegrarlo. El mismo procedimiento se sigue con las gallinas y los pollos, que son danzados e hidratados antes de ofrendar su sangre a las deidades de papel.

Si se llega a tener una gallina con huevos en el interior de sus órganos, se considera de vital importancia que sea la mujer anciana, quien tiene el papel de matriarca, la que se alimente de ella, para lo que se envuelve en hojas de maíz y se pone a cocer. También es a los hombres ancianos (patriarcas) a quienes se les da la elección de beber el primer sorbo de hiel.

Otros contextos rituales

Los rituales de parentesco, caracterizados por enlaces matrimoniales, bautismo, crecimiento o muerte, llevan implícitos la elaboración de banquetes para los familiares, compadres o ahijados. En ellos está presente no sólo la alimentación con aves, sino también con cerdos o vacas. La importancia del padrino como aquel capaz de brindar apoyo moral y económico a sus ahijados se hace evidente en los regalos de aves, alimentos y bebidas para ofrecer a los parientes.

El peculiar ejemplo del lavado de manos, Momapakilislti, un ritual realizado para liberar al padrino de su compromiso, lo hacen una vez que el ahijado ya ha pasado de la adolescencia. En él se ofrecen albóndigas rituales, elaboradas con carne de res molida que ha sido finamente picada por los varones, luego remolida al metate por las mujeres y mezclada con chile, comino, pimienta y sal, y cocinadas en el fuego para deleite de los comensales.

Los días previos al gran banquete están colmados de las actividades colectivas para la obtención de todos los ingredientes necesarios para la comilona. Para ello, se mata a un cerdo, con el que se preparan diversos platillos, como chicharrón, moronga, caldos de carne y tamales. Durante estos preparativos, el lavado de las tripas y el estómago, ya sea de cerdo o res, tienen un tratamiento especial. Éstas son llevadas de forma colectiva y solemne al río, donde sólo las mujeres adultas y casadas se encargarán de cumplir la labor de desdoblar la tripa para sacar la bilis y las sustancias que ensucian al organismo o transitan por ellas. Tal como comenta López Austin en relación con los textos de los informantes de Sahagún, donde los antiguos nahuas percibían al interior del cuerpo humano “intercomunicado por múltiples canales que permitían a los fluidos un paso relativamente libre de una víscera a otra” (1996: 186).

Llama la atención que los actuales nahuas se empeñen en hacer un lavado a conciencia de estas tripas, para lo que emplean varitas del campo, naranja, limón, sal y agua no estancada (la cual es sinónimo de vitalidad). Pues del mismo modo que la sangre y el agua de río fluyen, asimismo el agua hará que la naturaleza siga su curso. En esta labor, las mujeres saben que las tripas serán ingeridas por la concurrencia, ya que serán el recipiente donde se coloque la sangre para ser cocinada en un caldo y así hacer la moronga. Por otro lado, servirán para preparar pancita o mondongo, que será consumido por aquellos que han colaborado en todas las labores previas al evento ritual. Estos platillos son ofrecidos primero a los hombres, a quienes les dan grandes porciones de alimento. La panza es considerada un contenedor de abundancia sumamente nutritivo y que da fortaleza para recuperarse del exceso de trabajo y hambre.

El caso de la ofrenda solar sobre los cerros para la petición de lluvia entre los nahuas veracruzanos tiene semejanza con el palo volador, donde se colocan cuatro pollos vivos de cabeza, colgados de una estructura circular. En ellos y sobre las cruces y altares, se colocan alimentos cocidos, que incluyen partes del cuerpo de aves, guisados o crudos, que serán devorados por las deidades, al mismo tiempo que serán consumidos por aves de rapiña y animales silvestres del entorno.

De nuevo los tamales son un deleite extraordinario en la época de recoger los alimentos, tanto en septiembre como en noviembre, que se preparan para las ofrendas relativas al inicio de las cosechas y los días de Xantolo. Para prepararlos se requiere maíz precocido, macerado (en metate) y nixtamalizado, trozos de carne de res, cerdo o pollo (en algunos casos estará incluido el cuerpo completo de un pollo, su corazón o su cabeza), hojas de plátano y papatla. La particularidad de los ingredientes (vísceras) es que son portadores de energía: quien los coma se hará poseedor de virtudes y sanará. También están los casos en que incrementarán la potencia viril o brindarán salud a los que enferman. El hígado, por su parte, da nutrientes a los delgados, débiles o empalidecidos. Las virtudes rejuvenecedoras, energéticas o saludables, en el pensamiento de nahuas y teenek, se reflejan en la gran cantidad de caldos elaborados con ellos.

Juventud y nuevos consumos alimentarios

Las generaciones jóvenes, que oscilan entre los 15 y 30 años de edad, cada vez se dedican menos a la labor del campo, al contrario de sus padres y abuelos, debido a un mayor nivel de estudios, la migración y la falta de interés. Esto está introduciendo en su canasta básica alimentos procesados que se distribuyen en las tiendas, por lo que se presentan cada vez más altos índices de obesidad, diabetes y problemas dentales por el consumo de bebidas endulzadas, aceite y productos chatarra. Cada vez es más común ver los caminos entre veredas tapizados de envolturas y empaques de alimentos chatarra, botellas de plástico en los ríos, empaques, utensilios desechables, así como en eventos de corte ritual. En ellos, también el comportamiento de las juventudes es menos solemne que el que se tenía en las prácticas de dos décadas atrás; sin embargo, los ritualistas intentan que exista involucramiento por parte de ese sector de la población, pues serán los herederos de la tradición o el “Costumbre”, como les llaman a los activadores rituales.

Vale la pena hacer una breve reflexión sobre la introducción de envases, botellas, plásticos y unicel, que causan contaminación en los contextos rituales. Pese a ello, también hay sectores que se obligan a conservar contenedores rituales como canastas, chiquihuites, hojas de maíz y de plátano. No obstante, los cambios en los consumos también están provocando transformaciones en las prácticas. Tal es el caso del uso de refrescos de colores que se le ofrendan a los aires en las cuevas o a la Sirena en ríos y oquedades. Es importante hacer estas menciones, ya que la vida agrícola y ritual, y los consumos de alimentos van de la mano. La distancia creciente con las actividades del campo está transformando la dieta de los habitantes de la Huasteca.

Pese a que, a lo largo de este escrito se visibilizan las bondades del sistema de creencias y las prácticas agrícolas, hay que hacer hincapié en que las modificaciones a sistemas de producción agrícola, el alejamiento del sistema milpa y otras adecuaciones y preferencias en productos que no son de la tierra, pueden propiciar cambios en la salud, las prácticas y la vida cotidiana de las familias huastecas.

Comentarios al calce

Los manjares que se dedican a deidades y humanos estrechan un vínculo entre la corporalidad humana y la figuración sagrada de deidades agrícolas, lo que sirve para comprender el origen de la vida y el cosmos.

Las divinidades siguen comiendo humanos, ya sea en forma de tamal, como en la ofrenda o a través de los corazones de aves. Los hombres siguen recibiendo tributos en forma de comida especial para estrechar sus vínculos de parentesco.

Los cambios alimentarios también atraviesan los entornos rituales, tomando un papel relevante al continuar la tradición. Es decir, el cambio de los elementos es inevitable, pero no en el contenido simbólico de la ofrenda. Aunque los jóvenes estén insertando nuevos consumos, los predecesores comprenden que esto implica que la tradición se mantenga al dotarla de contenidos peculiares que garanticen su prevalencia.

Referencias

Broda, J. y Good Eshelman, C. (coords.) (2004). Historia y vida ceremonial en las comunidades mesoamericanas: los ritos agrícolas. INAH, UNAM.

Gómez Martínez, A. (2009) Diseño e iconografías: geometrías de la imaginación. Puebla Dirección General de Culturas Populares, Instituto de Artesanos e Industrias Populares del Estado de Puebla, CONACULTA/DIR. GENERAL DE CULTURAS POPULARES.

Hernández Ferrer, M. (2005). El andar del Muxi’ en el ciclo agrícola. En Coloquio interno de historia y etnohistoria: Programa integral maestría-doctorado, historia-etnohistoria, división de posgrado-ENAH (pp. 179-196). Escuela Nacional de Antropología e Historia.

Hernández Ferrer, M. (2015). La comida de las deidades agrícolas teenek. Alimentos sagrados en los contextos rituales de los teenek de la Huasteca potosina. En A. Gámez Espinoza y C. Good Eshelman (coords.), Cosmovisión, ritualidad e historia mesoamericana. Homenaje a Johanna Broda (pp. 241-256). Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Escuela Nacional de Antropología e Historia.

Hernández Ferrer, M. (2024). De corazón y de vísceras. Los alimentos a las deidades y los humanos, entre la población nahua y teenek de la Huasteca en contextos rituales. Urdimbre y Trama, Revista Mexicana de Religiosidad Popular, año 2, núm. 3, enero-junio.

López Austin, A. (1996). Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas. UNAM.

Matos Moctezuma, E. (2010). La muerte del hombre por el hombre: el sacrificio humano. En L. López Luján y G. Olivier (coords.), El sacrificio humano en la tradición religiosa mesoamericana. INAH, UNAM.

Pérez Castro, A.B. (ed.) (2013). La Huaxteca. Concierto de saberes en homenaje a Lorenzo Ochoa. UNAM, Colegio de San Luis.

Pérez Zevallos, J.M. (1983). La Huasteca en el siglo XVI: fragmentación de los señoríos prehispánicos, organización social y tributo [Tesis de Licenciatura en Etnohistoria]. Escuela Nacional de Antropología e Historia.

Ruvalcaba Mercado, J. (2013). La terca realidad. La Huasteca como espejo cultural. El Colegio de San Luis, Secretaría de Cultura del Estado de San Luis Potosí.

 

  1. El presente texto es parte de un proceso de investigación dentro del proyecto de Etnografía de las regiones indígenas de México, de la Coordinación Nacional de Etnografía, Museo Nacional de Antropología (2017). Existe una versión extensa en la revista Urdimbre, publicada en 2024. ↑
  2. Correo electrónico: marcela7hf@gmail.com ↑