Valorización del patrimonio cultural coreano en Cuba

Karla Patricia Lim Franco[1]
Instituto Superior de Artes (ISA), Cuba


La historia de Cuba está marcada por múltiples migraciones: europea, africana, asiática y caribeña. Estos inmigrantes han generado una peculiar y variopinta riqueza cultural matizada por la incorporación de elementos propios muy diferentes entre nacionalidades. La cultura cubana en su proceso de formación y desarrollo no puede sustraerse a la convergencia de todas ellas y es por eso que resulta tan diversa y especial, pudiéndose encontrar actualmente un chino babalao o un italiano profesor de salsa.

La presencia de la cultura coreana en Cuba ciertamente no es protagónica. No puede serlo por una simple cuestión numérica, si se percibe que la existencia de coreanos y sus descendientes en este país es cuantitativamente muy pequeña en comparación con otras nacionalidades como la china, africana o española.

La primera migración coreana (y la única masiva) se produjo el 25 de mayo de 1921. Con posterioridad a este momento, apenas se puede hablar de una continuidad en las llegadas, por lo que los actuales coreanos en Cuba son descendientes de aquellos pioneros. A lo largo de casi un siglo este grupo étnico ha tenido que sacrificar gran parte de su caudal cultural durante el proceso de asimilación de la cultura cubana, presionado además por las urgencias de la supervivencia y la adaptación a un entorno ajeno y en ocasiones hostil.

Ante estas condiciones desfavorables, ¿cómo es posible que se mantengan vivos elementos de la identidad cultural coreana en Cuba? Lo que existe en el día de hoy de esa identidad (que es más que el K-pop y las telenovelas surcoreanas) se debe, en gran medida, a que permanecieron juntos, o lo intentaron a lo largo de los años, en pequeñas comunidades como Manatí en la provincia de Las Tunas o El Bolo en la provincia de Matanzas. Es precisamente esta última provincia la que conserva la mayor cantidad de coreanos en Cuba, constituida en su mayoría por descendientes de tercera y cuarta generación.

Esa es la razón por la que en dicho lugar está erigido un monumento construido en 2005 que perpetúa el inicio del proceso de simbiosis de la cultura cubana y coreana, y que constituye el ente protagónico de este escrito.

Con relación al propio monumento en sí, es válido destacar que su principal impulsor fue Jerónimo Lim Kim, uno de los descendientes de primera generación más notorio entre la comunidad de coreanos en Cuba por su destacado papel en la organización de la que es hoy la Asociación de Coreanos de Cuba, labor a la que se dedicó con pasión, desinterés y enfrentando obstáculos de índole material y subjetiva.

Jerónimo siempre tuvo claro que la conservación de la identidad cultural coreana en Cuba, en ausencia de un contacto pleno y sistemático con la madre patria, dependía de forma significativa del trabajo con las nuevas generaciones. La existencia de un ente físico tangible, como el monumento en cuestión, no solamente iba a servir como lugar de veneración y memoria, sino también como referente para que los nuevos descendientes no olviden sus orígenes ancestrales y legitimen el esfuerzo de los inmigrantes iniciales para la conservación de sus raíces culturales.

Jerónimo no tuvo ni desarrolló una carrera como artista, sólo su entrega y persistencia pueden explicar que haya sido el autor en términos de diseño. Lo anterior impregna la obra de una gran particularidad, ya que, al observar los bocetos originales en los que se apoyó para la creación del monumento, se percibe una carencia de fundamentos artísticos, aunque se evidencia la influencia de la arquitectura tradicional coreana; y al margen del valor como obra arquitectónica es, sin dudas, una obra con un significativo valor histórico y social.

Antecedentes históricos

Durante el siglo XIX las condiciones de vida de la población coreana dejaban mucho que desear ya que la atrasada agricultura, la débil industria y el exiguo comercio no proporcionaban suficiente empleo. La ocupación de la península coreana por el Japón Imperial era también un factor determinante en la depauperación socioeconómica de los coreanos. Miles de hombres se hallaban a la caza de una oportunidad de trabajo para lograr un precario sostén de la familia. En tales circunstancias, emprendedores traficantes conciben el proyecto de exportar mano de obra nativa a otros lugares del mundo donde la necesitaran.

En Mérida, península de Yucatán, México, incipientes e improvisados empresarios exploraron las posibilidades en las haciendas henequeneras y se percataron de la necesidad de brazos, estableciendo contactos con las autoridades del estado de Yucatán y del Gobierno Federal. En 1883 se abrió el comercio con Occidente y desde este punto la Empresa Colonial de América, habilitada para tales efectos, desplegó una amplia campaña divulgativa con el fin de enrolar a los peones que necesitaban los hacendados yucatecos. Ningún convenio oficial se suscribió con Corea, que de hecho no era una nación soberana al estar ocupada por Japón.

Durante las primeras semanas de 1905, comenzaron a arribar cientos de hombres, solos o con sus mujeres e hijos. El 15 de abril arribaron 1 030 coreanos al puerto mexicano de Salina Cruz. Los recién llegados se insertaron en haciendas, cada familia recibió una modestísima choza, en el mejor de los casos con techo de tejas. Además de la pobreza, la incomunicación oral se interpuso como uno de los obstáculos principales. Se encontraban dispersos por dos decenas de haciendas, apenas podían conversar entre sí.

A finales de la Primera Guerra Mundial, hubo un gran auge en la industria azucarera de Cuba y un coreano residente en la Habana, Yi Hai-young, hizo un arreglo para traer 400 trabajadores por una comisión de 25 dólares por persona. Con ese propósito llegó a Mérida el 9 de enero de 1921 y logró contratar a 288 coreanos que se embarcaron rumbo a Cuba, llegando al puerto de Manatí el 11 de marzo del mismo año.

Una vez llegados a su destino se presentó un incidente relacionado con la nacionalidad. El gobierno cubano consideraba a estos inmigrantes como japoneses, mientras ellos insistían en que eran coreanos y rechazaron desembarcar si no eran reconocidos como tales, finalmente la legación japonesa en Cuba declaró que no eran japoneses y se les permitió la entrada. Sin embargo, en los archivos diplomáticos japoneses no ha sido posible encontrar información sobre este incidente (Romero, 1997).

Los términos que habían exigido los coreanos para su inmigración fue la firma de un contrato colectivo y la libertad de constituir una sección de la Asociación Nacional Coreana. A su llegada a Manatí en mayo de 1921 se percataron de que habían sido timados y que no existía ningún compromiso de contratarlos; todo parecía indicar que se trataba de una iniciativa personal del contratista.

La situación empeoró además porque su llegada coincidió con una crisis causada por la baja de los precios del azúcar en el mercado mundial. Los coreanos tuvieron que buscar la manera de solventar la situación y al enterarse de que en la provincia de Matanzas se había comenzado a desarrollar la plantación del henequén, lograron establecerse ahí. Una vez más aparecía el henequén como símbolo trágico ligado a su existencia en el exilio.

El trabajo en los campos de henequén constituyó el primer paso integrador, pues si bien no proporcionaba elevados niveles de vida, garantizaba al menos la supervivencia, el contacto interpersonal y la adquisición de algún rango social que les confería el que se les considerara innovadores en la técnica. La dicotomía iniciada en México sufrió un reforzamiento en tierra cubana; ciertos elementos materiales como el vestido, las herramientas y el hábitat, les son proporcionados por la sociedad local, mientras que una parte de su carga cultural (lengua, tradiciones, escritura) sólo puede practicarse en el interior del grupo, sin interacción con la sociedad y a la par, transmisión de valores autóctonos en las relaciones intergrupales y creación de instituciones propias.

Entre algunos de los rasgos que los coreanos priorizaron para acentuar la identificación del grupo se reconocen tres: la aldea tradicional, el sentido de respeto a la genealogía y las procedencias de un pueblo único, con una lengua única, conscientes y orgullosos de su identidad nacional y su larga historia.

Los pocos coreanos que permanecieron asentados en la región oriental del país, al fragmentarse en núcleos pequeños y desvincularse entre sí, restaron fuerzas a sus raíces étnicas, que se debilitaron. Esto marcó indeleblemente el proceso de pérdida de identidad del grupo. Los radicados en Matanzas y Cárdenas, separados de su núcleo étnico, pero cohesionados aquí, se aferraron a todas sus costumbres y tradiciones que les resultaron factibles, como vía de autoconfirmación, de resistencia y defensa frente a la absorción.

El Bolo, minúscula comunidad rural en las afueras de la provincia de Matanzas donde se radicaron los coreanos llegados a la hacienda henequenera Yumurina, devino la más importante trinchera en la difícil lucha de sobrevivir y mantener su identidad; allí surgieron y se desarrollaron la Asociación Nacional Coreana, las organizaciones juveniles y la femenina; en ese lugar se estructuró la primera escuela de idioma materno; en la pequeña aldea se cantaban y danzaban al son de instrumentos nativos; los platos autóctonos eran degustados. En las conversaciones, los temas sobre la patria y liberación del yugo japonés se alternaban con los de la vida diaria (Lim y Ruiz, 2000).

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Foto 1. Estructura original del barracón donde vivían los coreanos, El Bolo.


Contexto sociopolítico

Es increíble cómo a pesar del reducido número de inmigrantes establecidos en Cuba, varios hayan destacado por su colaboración y dedicación, tanto con el gobierno coreano como con el cubano. Muchos de los coreanos establecidos en El Bolo, pese a la difícil situación económica por la que atravesaban, se las ingeniaron para contribuir al sostenimiento de la lucha antijaponesa en la península coreana. Entre octubre de 1937 y principios de 1941 Ernesto Lim, presidente en funciones de la Asociación Nacional Coreana en Cuba, reportó el envío de tres partidas monetarias por un monto total de 1 836.87 dólares.

Del salario de cada mes se entregaba una cuota, colectados estos fondos por la asociación, despachados a nombre de Kim Gu, presidente en aquel momento del gobierno provisional de Corea en China y considerado el apóstol de la independencia coreana; los envíos estaban calzados con la firma de Ernesto Lim (Lim Cheon Taek) y Ramón Pack.

Este esfuerzo económico y su significado patriótico fue reconocido en 1997 por el gobierno de Corea del Sur al otorgar la medalla Fundador de la Patria a Ernesto Lim. Sus restos en Cuba fueron exhumados y actualmente su sepultura se encuentra en el Cementerio Nacional de Corea donde recibe honores junto a otros patriotas coreanos.

Los descendientes de la comunidad coreana en su proceso de asimilación a la identidad cubana han participado activamente en la vida económica y social desde la etapa pre-revolucionaria y algunos de ellos destacan por su labor y sus éxitos profesionales. Entre ellos Jerónimo Lim que llegó a ser viceministro de la Industria Alimentaria, Edilberto Lee, piloto de combate destacado en Angola en la batalla de Cangamba, Martha Lim, historiadora y escritora, autora del libro Coreanos en Cuba y Alicia de la Campa Pak, reconocida artista plástica.

Los descendientes de tercera y cuarta generación continúan identificándose con sus orígenes. Muchos de ellos han pasado cursos de idioma en la Casa de Asia o en grupos organizados por filántropos y misioneros de origen coreano, bajo el auspicio de la Iglesia Presbiteriana de Seattle. El incremento de las posibilidades de viajar y el acceso a las TIC ha propiciado que los descendientes se reencuentren con sus raíces.

Varios jóvenes han viajado a Corea del Sur pasando cursos sobre la cultura y las costumbres coreanas o han realizado posgrados relacionados con sus especialidades universitarias. Estas acciones han sido coauspiciadas por organizaciones como; KHED (Korean Homeland Education) u OKF (Overseas Korean Foundation). En los últimos años, algunos han optado por emprender el camino de regreso, explorando las posibilidades legales para hacerlo.

Los jóvenes descendientes de hoy tienen la posibilidad de acceder a estudios universitarios y se han desarrollado en diversos ámbitos, biólogos, economistas, médicos, especialistas del turismo, youtubers, historiadores. Estos jóvenes cubanos de ojos rasgados continúan mirando al Oeste, conservan el amor por sus orígenes y atesoran historias contadas por padres y abuelos.

El monumento

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Foto 2. Boceto del monumento realizado por Jerónimo Lim Kim.


El monumento de El Bolo fue diseñado por Jerónimo como homenaje a la única aldea coreana establecida en Cuba (foto 2). La Iglesia Presbiteriana de Seattle[2] financió la construcción del mismo. En cuanto a los aspectos estéticos, el monumento está basado en la arquitectura tradicional coreana, enrejado para evitar vandalismo, a sus alrededores está constituido por cuatro columnas, una placa de hormigón, dos columnas redondas y un techo de tejas criollas; tiene 2 metros de ancho y 2.50 metros de altura, el material base es el hormigón y las tarjas son hechas de aluminio.

Actualmente se encuentra en perfecto estado de conservación (foto 3), con una frecuencia mensual, un jardinero, pagado por los descendientes, va al monumento y realiza una limpieza general, empezando por los sembrados de henequén que se encuentran en los alrededores del monumento hasta la limpieza del monumento en sí.

Imagen que contiene edificio, tabla, silla, parado

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Foto 3. Monumento de El Bolo.


Si bien presenta en algún que otro lugar caídas de la pintura que lo cubre, esto no implica un riesgo para la estructura en sí, se determinó que la causa es la calidad de la pintura, además debemos tener en cuenta que el monumento fue construido en 2005 con la autorización de la Oficina de Monumentos y Centros Históricos de Matanzas (foto 4). El principal problema es el contexto en el que se encuentra, aunque todos los descendientes tienen conocimiento de su existencia, hoy en día no hay ningún descendiente de coreanos viviendo en El Bolo.

Es curioso cómo personas de otras índoles se han apropiado del sitio y habitan hoy en día los barracones donde vivían los coreanos, aunque han hecho adaptaciones, todavía se puede apreciar la estructura original de los mismos. Muy pocos saben de la historia que le precede al sitio.

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Foto 4. Autorización de la Oficina de Monumentos y Centros Históricos de Matanzas.


Bibliografía


Lim Kim, Martha y Raúl R. Ruiz (2000), Coreanos en Cuba, Santiago de Cuba, La Fuente Viva, Fundación Fernando Ortiz.

Morales Agüero, Juan (2011), “Coreanos a estribor”, en Juventud Rebelde, publicado el 25 de junio del 2011. Disponible en: https://www.juventudrebelde.cu/cuba/2011-06-25/coreanos-a-estribor/imprimir [Consulta: diciembre 2021].

Romero Castilla, Alfredo (1997), “Huellas del paso de los inmigrantes coreanos en tierras de Yucatán y su dispersión por el territorio mexicano”, en María Elena Ota Mishima (ed.), Destino México: un estudio de las migraciones asiáticas a México, México, El Colegio de México, pp. 123-166.

  1. Descendiente coreana, estudiante del Instituto Superior de Artes (ISA), Cuba | limduck01@gmail.com
  2. Institución coreana