Selene Muñoz Velázquez [1]
Universidad Autónoma del Estado de Morelos
Introducción
El espacio urbano ha sido un fértil nicho para diversas prácticas artístico-juveniles que son imposibles de ignorar. Una de estas prácticas es la del arte circense. Cada vez más jóvenes —hombres y mujeres— se apropian de semáforos, plazas y parques de la Ciudad de México para desarrollar diversas disciplinas circenses, consolidando su presencia y relevancia en la vida social de la metrópoli. El presente fotoensayo es resultado de un ejercicio de observación etnográfica centrado en un encuentro de circo callejero organizado por el grupo “La Karpa Morada” en agosto del 2024 en la zona metropolitana de la Ciudad de México. Este trabajo forma parte de mi investigación doctoral en el programa de posgrado en Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, y busca entender cómo la práctica circense funciona como un espacio de adscripción identitaria juvenil. En este contexto, el cuerpo y su puesta en escena en el espacio público se convierten en herramientas para vivir y habitar la ciudad de manera creativa, revelando renovadas formas de vivir lo urbano de las juventudes.
Acto I. Entrar en ambiente
Mi viaje en autobús se había extendido por dos horas, seguido de una maraña de recorridos, trasbordos, pasos apresurados y empujones por los pasillos del metro, hasta que, por fin, con el sonido característico, se anunció la llegada a mi destino: la estación División del Norte.
Aliviada de superar tan liosa experiencia subterránea, reviso la pantalla de mi celular: Google Maps indica que estoy muy cerca del parque Arboledas en la colonia Del Valle, perteneciente a la alcaldía Benito Juárez. Este fue el lugar elegido para el tan esperado encuentro de circo callejero organizado por la Karpa Morada cada fin de mes.
Al llegar al parque, especialmente al foro al aire libre, la música es la primera en darme la bienvenida. Desde algún rincón, amplificada por lo que parece ser una bocina portátil, irrumpe el inconfundible sonido de la Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio. No es cualquier canción: se trata de “Un gran circo”, que anuncia que este parque se metamorfoseará en el escenario improvisado de un circo sin carpa. Al ritmo de esta pegajosa melodía del rock alternativo mexicano —cuasi himno de la “bandita cirquera”—, los y las jóvenes que se han dado cita transforman el foro al aire libre en un auténtico spot de entrenamiento, juego y convivencia, imprimiéndole sus signos de identidad (Feixa, 1999).
La metamorfosis del espacio empieza con gestos simples pero significativos. Uno de los primeros es la colocación de una lona con el logotipo de “La Karpa Morada”, que resulta clave para delimitar su territorio y señalar su presencia. Al mismo tiempo, Selenia y Chacal del sur —fundadores activos del grupo— despliegan una mesa blanca de plástico que cubren con un mantel morado, color que identifica al grupo. Sobre esta mesa, se colocan diversos objetos que, más allá de su funcionalidad, tienen un valor simbólico en tanto representan algunos de los soportes materiales de su identidad, pertenencia y pasión por el arte circense. Entre dichos objetos se encuentra una libreta para registrar a las y los asistentes, un botiquín de primeros auxilios, folletos informativos sobre eventos de circo, fanzines de circo callejero, stickers con motivos circenses, así como una pequeña biblioteca itinerante con libros que abordan temas como la historia del circo, el aprendizaje de malabares, cuentos y cómics especializados. Estos objetos no solo permiten compartir saberes, también fungen como catalizadores de relaciones sociales, de remembranzas de experiencias en común, de memorias colectivas que en el presente unifican, reafirman y fortalecen los lazos entre quienes comparten esta práctica.
Junto a la mesa suele colocarse un pizarrón blanco decorado con escuetos dibujos circenses que acompañan el itinerario de actividades del día: talleres, conversatorios, varieté, noche de fuego, exposición fotográfica y hasta las llamadas circolimpiadas. Alrededor, otros jóvenes montan sus puestos de venta. Tal es el caso de la conocida “familia RX2BALLS”, una pareja que, en compañía de sus dos hijas pequeñas, instala una mesa con cestas repletas de coloridas pelotas para malabares estilo ruso. También suele estar presente Jonte, un malabarista y artista gráfico que ofrece playeras serigrafiadas y stickers de circo diseñados por él mismo.
Imagen 1. Itinerario de actividades en el encuentro de circo callejero

Acervo personal de la autora
Desde las dos de la tarde las/os jóvenes llegan al parque, usualmente en grupos pequeños de amigos —de a cuatro o cinco—. Traen sobre los hombros grandes mochilas cargadas de malabares, hulas y otros juguetes. Hoy todos traen algún truco para compartir o enseñar. Acondicionado el lugar y ya “entrados en ambiente”, se escucha a Selenia vociferar:
“¡Tercera llamada, tercera llamada!
“Somos La Karpa Morada. Hoy estaremos por única ocasión, no sabemos cuándo vamos a regresar. En un momento tendremos talleres gratuitos de circo y más tarde un show para toda la familia. Este es un evento público, gratuito y autogestivo.”
El anuncio de Selenia da inicio a los talleres. Las instrucciones animan no sólo a los y las jóvenes asistentes sino a los transeúntes curiosos que se acercan a mirar la variopinta escena. Los talleres suelen organizarse por disciplina y su oferta varía en cada encuentro, ya que depende de las y los jóvenes que se propongan voluntariamente para compartir alguna técnica circense, como malabares, slackline, dapo, monociclo, hula hoop, telas o clown, por mencionar algunas.
Imagen 2. Taller de pois

Foto: Ángel Villareal Ruíz, “Chacal del sur”.
El trabajo fotográfico de Ángel se puede ver en los siguientes enlaces: https://facebook.com/fotoyvagancia
https://instagram.com/Chacaldelsuroficial
https://instagram.com/charivarrio
Acto II. Haciendo circo
Elegir a qué taller unirme no es una decisión sencilla. Como neófita, todas las actividades despiertan mi curiosidad. Sin embargo, para este encuentro decido unirme al taller de slackline, al percibirlo como el más a fin a mis gustos por lo que Villagrán (2016) denomina prácticas corporales aéreas, como el trapecio, las telas o el aro aéreo. El taller es facilitado por Rash, un slacker con una presencia serena y una forma pausada de transmitir confianza. Fue él quien se encargó de instalar la cuerda —una cinta plana de unos 5 centímetros de ancho— anclándola entre dos árboles de troncos más o menos gruesos. Antes de iniciar me pregunta si había practicado slackline antes. Mi respuesta, un rotundo no. Con la calma y serenidad que lo caracterizan, me consuela diciendo que “hacer cuerda es “fácil” y que seguro aprenderé rápido.
Imagen 3. Taller de slackline

Foto: Ángel Villareal Ruíz, “Chacal del sur”
Tal como ocurría con los boxeadores de Wacquant (2006), en el taller destaca una pedagogía implícita y colectiva en donde el aprendizaje se efectúa de forma gestual, visual y mimética para inculcar o transmitir los esquemas corporales, mentales y emocionales que se requieren para practicar slackline. Rash nos da las indicaciones usando su cuerpo para explicar y transmitir con demostraciones exageradas y graciosos gestos los movimientos de la técnica del slackline. Es mi turno. Me acerco a un extremo de la cuerda, Rash toma mi mano y me pide que coloque un pie (“el más fuerte”) sobre la cuerda. Subo el pie derecho. De inmediato el zigzagueo de la cuerda me hace tambalear. Mi inexperiencia y los nervios de ser la primera en pasar hacen que mi pierna, casi instantáneamente, comience a temblar sin control. Siento mi cara enrojecida y los latidos de mi corazón acelerándose. Los demás se ríen discretamente de mi descontrol al mismo tiempo que me dan ánimo: “¡vamos, tú puedes!” Rash me pide que me tranquilice, cierre los ojos y haga una respiración consciente, larga y profunda para conectar mi cuerpo y mente. Tras varias caídas y algunos intentos titubeantes conseguí mi primera caminata sobre la cuerda.
Acto III. La varieté
Pasadas las siete, inicia uno de los momentos más esperados del día: el escenario abierto o varieté de circo. Se trata de un espectáculo colectivo, autogestivo y libre, donde todo puede pasar. Frente al escenario improvisado, delimitado por una lona y algunas luces, las y los jóvenes asistentes se acomodan en tatamis y colchonetas. El ambiente adopta una energía expectante. Se hace un llamado a quienes deseen presentarse espontáneamente, y poco a poco se perfilan los números que conformarán la función.
La varieté inicia cuando de forma abrupta pero festiva aparece en el escenario un personaje muy conocido en el mundo del circo: el payaso. Su nombre es Charly, usa un traje multicolor en tonos azul, amarillo y naranja neón, zapatos grandes, un sombrero, nariz roja y un maquillaje beige bastante exagerado con detalles en los ojos y la boca. Anuncia que será el animador de la noche. Su función consiste en presentar, con gracia o con torpeza, los números circenses, así como entretener al público entre el final de un número y el comienzo del siguiente, mientras los/las artistas se preparan para entrar a escena.
Imagen 4. El payaso Charly como animador del show

Foto: Ángel Villareal Ruíz, “Chacal del sur”
Entre aplausos, risas y chiflidos el espectáculo avanza. En total se presentan siete números individuales. Seis hombres y una mujer.
A excepción de Rash, que presentó un sketch pantomímico con su títere de changuito llamado Suavecito y un caballito de palo, la disciplina que dominó el show fue el malabar, con seis números que contaron con el uso de una variedad de juguetes: cigar box (o cajas), pelotas, balones, clavas, sombreros, dapos, hula hoops y un diábolo. En cada puesta en escena era posible ver diferentes estilos, técnicas y trucos. Los artistas nos sorprendían con sus ágiles movimientos, que consistían en lanzar a diferentes alturas y velocidades los objetos, cacharlos y volverlos a lanzar. Algunos aumentaban el grado de dificultad usando diferentes objetos, como un monociclo al que se subían y malabareaban al mismo tiempo.
Imagen 5. Número de disociación de clavas, aro y monociclo

Foto: Ángel Villareal Ruíz, “Chacal del sur”
Imagen 6. Número de hula hoop

Foto: Ángel Villareal Ruiz, “Chacal del sur”
Imagen 7. Sketch pantomímico

Foto: Ángel Villareal Ruiz, “Chacal del sur”
Acto IV. La noche de fuego
Son cerca de las 8:30 de la noche. Selenia vuelve a aparecer en el escenario, ahora para anunciar el “pase de gorra”, que, en la tradición del arte callejero en general, y del street circus en particular, es el momento en el que las/los artistas invitan al público a hacer una contribución económica voluntaria como agradecimiento por la función o la muestra de su arte. En el caso de la Karpa Morada el “pase de gorra” funciona como una estrategia para recaudar dinero que contribuya a solventar los gastos que genera la realización de un encuentro, principalmente, cubrir el costo de traslado del equipo (colchonetas, bocinas, tatamis, etc) a los parques, así como la compra y reparación del mismo.
Después de la pasada de gorra viene “lo mejor de la noche”, es decir, el show que da cierre a la larga jornada del día y en el que se presentan, según anuncia Selenia: “los maestros de maestros del malabar”. El payaso Charly vuelve a tomar su posición como presentador dándonos el itinerario de la noche, el cual consta de tres impresionantes números de flow art circense —o arte del movimiento con objetos—. Participan dos hombres y una mujer. Aunque la y los artistas son expertos en la manipulación del fuego, cada uno parece ser especialista en un juguete diferente.
Imagen 8. Número de fuego con bastones staff

Foto: Ángel Villareal Ruiz, “Chacal del sur”
Imagen 9. Número de fuego con pois de cadena

Foto: Ángel Villareal Ruiz, “Chacal del sur”
Uno de los números que más me impresiona es el de Kari. Entró al escenario con dos antorchas encendidas. Usa un leotardo negro de cuerpo completo con los hombros al descubierto, dejando a la vista su tatuaje del hombro izquierdo. Al ritmo eléctrico de “Come Meh Way” de la violinista Sudan Archives, los brazos de Kari se mueven lentamente para llevar las antorchas al frente de su cuerpo. Eleva la mano derecha y pone la base de la antorcha sobre sus labios, succiona un poco de humo como si fuera un cigarrillo gigante para luego expulsarlo acercando la mecha encendida, esto hace que la flama crezca. Kari realiza este truco unas cuatro veces. Enseguida se hinca en el piso, arquea la espalda, e inclina la cabeza hacia atrás al tiempo que desliza la llama dentro de su boca manteniéndola ahí unos segundos. Se me eriza la piel. Los asistentes quedan igual de impresionados, los aplausos y chiflidos no se hacen esperar, también se oye una voz masculina que grita: “¡A huevooo!”
Imagen 10. Número de fuego de Kari con abanicos

Foto: Ángel Villareal Ruiz, “Chacal del sur”
Imagen 11. Número de fuego de Kari con bastones

Foto: Ángel Villareal Ruiz, “Chacal del sur”
Referencias
Feixa, C. (1999). De jóvenes, bandas y tribus. Antropología de la juventud. Ariel.
Villagrán, J. P. (2016). Equilibrios inestables del slackline. En G. Cachorro (coord.), Cuerpos, espacios y movimientos. Prácticas de transformación y repetición (pp. 47-61). Prometeo.
Wacquant, L. (2006). Entre las cuerdas: cuadernos de un aprendiz de boxeador. Siglo XXI editores.
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Correo electrónico: selenevelazquez2408@gmail.com ↑