Sonata de la historia

Liliana Toledo Guzmán
Coordinación de Archivos de Nogales, Sonora.

 

Examen de grado. Foto: Liliana Toledo.

Estos frágiles asideros de la memoria se resisten a conjugar en tiempo pasado su presencia. Como piedra acuartelada en los zapatos, se cuelan las penas por los resquicios del espíritu, mientras nos acostumbramos, gradual y dolorosamente, al hecho, un territorio de preguntas subrepticias se antepone como silueta de la ausencia. Silueta de álamos cual multiplicadas mariposas, ligeras, anegando el espacio-tiempo, pintando el aire de terciopelo blanco, acariciando el asfalto, pequeñas bailarinas, rehiletes de amentos, blancas, transparentes, inalcanzables y eternas. La tarea de honrar y recordar a Ricardo Pérez Montfort es un lugar incómodo porque nos pone de frente con su ausencia, apartándonos del artilugio del disimulo, que nos lo devuelve un poquito si pasamos de largo por la vida anestesiadas.

Tengo un inventario de frases rotas y evocaciones, fuentes primarias aspirantes a representarlo, ya no fielmente, pero al menos con algo de justicia. Hacedor de la historia más definitiva, la que se enseña fuera de las aulas, en la calle, en los gestos, en las acciones, en los silencios y las batallas, en su biblioteca personal de puertas abiertas, generosa y congruente con quien deseaba, con franqueza y mirada renovada, hacer a mano otra historia, sobre los otros, para los otros, diversos y tantos. De Barcelata al son jarocho y Bach, fue apasionado de la escucha a contrapelo, atenta y obsesiva. También había algo transgresivo en su acogedora y cariñosa bienvenida, porque la ternura puede ser revolucionaria cuando la causa es la congruencia.

Fue implacable polímata del tiempo. Inflexible incomplaciente. Experto en el arte de la heterodoxia. Enemigo de los bufones de la historia, de la labia zalamera, artificio nauseabundo del ego. Su presencia era un huracán edificante, desenterrador de naciones anquilosadas. Taumaturgo de las montañas matutinas, nubes terrestres revestidas de ventanas del tiempo que se abrían a la plaza de doña Martha, atisbando a lo lejos a “mi general” y a la comitiva de gauchos, charros y chinas, a las mil y una fábulas de la Latinoamérica unida, crónicas de plata y gelatina que, junto a Monsi y López Austin, seguirán escribiendo desde el alba infinita.

El primer reto es rememorarlo, el segundo, sobreponerse, pero con la memoria bien despierta. El duelo es ese bucle en el que brutalmente se traspone el dolor con la belleza: la risa tajante del viajero de al lado, el felino infantil que salta descubriendo el mundo en dosis diminutas y juguetonas… y después, la sonrisa se asoma y se retrae, avergonzada, cuando por un instante la muerte se disipa… y después, la pregunta “¿qué hubiera dicho ‘el Doc’ si leyera esto?”… y después… El duelo es una disonancia que colma el espacio con un sonido carraspeante y reparte pedacitos centelleantes, apenas diminutos, en el orbe metálico, suave y tibio. Hay algo del otro que se nos va de las manos para dar paso a aquel que empezamos a reconstruir con el recuerdo, las historias, el oficio.

Al lado de la verde arboleda se alza un arcoíris finito que lleva al camino que evade esta tediosa incompletud. Coleccionar melancolías es uno de los precios de la supervivencia. La ausencia no es solo vacuidad. Paradójicamente, enciende con mayor vigor la plena gratitud por lo maravilloso del encuentro en la brevedad de la existencia, encuentro de sutiles gestos cotidianos hechos de salones de clase, risas, lecturas, borradores, correcciones, cafés, exámenes de grado, música y brindis. El legado es asumir la tarea incansable de escuchar de cerca y mirar de frente, con una calma urgente, como lo demandan los tiempos, como lo seguiría haciendo Ricardo Pérez Montfort. El canto del huitzilin se renueva en otras voces con un profundo amor por el terruño: legado y testamento del futuro soñado por él, historia por hacerse.