Tatiana Carolina Candelario Galicia[1]
CIESAS Ciudad de México

Examen de maestría. Foto: Tatiana Candelario.
La última vez que vi a Ricardo fue en su casa en Coyoacán en diciembre de 2025. Aquella tarde me regaló unas galletas navideñas que él mismo había horneado. Me contó que en su casa en Tepoztlán tenía un muy buen horno y que le gustaba cocinar, sobre todo para su familia y amigos. Ya antes me había regalado una mermelada de frutas de esas que solía preparar. Después de hablar de mi investigación posdoctoral y darme algunos consejos y pistas que debía seguir en los archivos, hablamos de su último libro y de algunas anécdotas de su juventud. Al despedirme me dio las galletas de jengibre con forma de estrellas, lo cual agradecí enormemente y vi en ese gesto un símbolo de su grandeza, no académica e intelectual, de la cual ya tenía certeza desde hacía años, sino como persona y de su amor por la vida. Él llevaba varios meses luchando con la enfermedad y no podía comer, pero aun así había preparado galletas para la gente más cercana. Me despedí de él y cerré la puerta de su casa sin saber que era la última vez que tendría la oportunidad de escucharlo y darle un abrazo.
Ruta 1: Acercamiento a la historia cultural
Desde muy joven, cuando cursaba los primeros semestres de la carrera de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras, sentí un fuerte impulso intelectual, e incluso pasional, hacia la historia cultural. En una época en que la mayoría de mis compañeros se inclinaba por la historia colonial o por la historia política del México decimonónico, o algunos más por la Revolución Mexicana, yo tenía un interés especial por la historia del siglo XX. Para mi mala suerte –porque una no decide de quién enamorarse–, me sentí muy atraída hacia eso que se llama historia contemporánea. En la facultad había muy pocos cursos especializados sobre historia del siglo XX, casi todos llegaban hasta la lucha revolucionaria de 1910. Así que cuando vi que había un curso sobre México contemporáneo, el cual abarcaba de 1929 a 1970, no dudé en inscribirme, aunque no conocía directamente al profesor. Su nombre: Ricardo Pérez Montfort.
Entusiasmada, con libreta en mano, acudí a la primera clase y para mi sorpresa el salón estaba completamente lleno. Incluso faltaron algunas bancas que se tuvieron que traer de otro salón. Cuando recibí el programa y el profesor nos explicó que el curso trataría sobre todo de la historia social y cultural del México posrevolucionario, me entusiasmé mucho más. El éxtasis del goce intelectual y académico llegó cuando vi que, para la evaluación final, además de un breve trabajo, debíamos entregar la reseña de una novela. ¡Una novela! Estaba ante un profesor que no sólo daba una clase, además de rigurosa y magistral, amena y divertida, sino que abría ante mí un abanico de fuentes para estudiar la historia que me interesaba y que por ese entonces era muy poco abordada: la historia cultural.
En el programa, Ricardo, además de una lista de películas –debo decir que antes de él hubo otro gran profesor que me dejó como parte de las actividades del curso de Introducción a la Historia ver películas, Álvaro Matute Aguirre–, incluía un listado de novelas que recreaban la historia social y cultural de México a lo largo del siglo XX. Recuerdo bien que elegí un libro que sigue siendo uno de mis favoritos: El desfile del amor de Sergio Pitol. Novela a la que he recurrido varias veces para pensar el papel y el oficio narrativo del historiador.
No recuerdo la nota final del curso de Ricardo, tampoco volví a tomar clases con él. En cambio, su trabajo y su presencia en el ámbito historiográfico mexicano se volvieron un referente para mí: sus libros, sus investigaciones, sus conferencias. Y en mi memoria quedaron algunos ecos lejanos de sus excelentes clases, que tuve la fortuna de escuchar con esa voz tan característica suya que todos recordamos. También recuerdo las risas que provocaban sus chascarrillos llenos de humor, perspicacia e inteligencia.
Fue así como él, no sólo su trayectoria académica, sino su pasión, curiosidad y rigurosidad con la que estudiaba, producía y enseñaba historia, se convirtió de alguna manera en un referente, un camino por el que he querido andar yo también. Aunque jamás llegue a acercarme ni a la mitad, al menos intento andarlo y disfrutarlo.
Ruta 2: Por los caminos de la historia social y cultural de la Ciudad de México
Ricardo, como bien sabemos, fue un gran historiador, especialista en la historia social y cultural. Sus investigaciones han sido, a lo largo de los años, fundamentales para conocer y comprender fenómenos densos (compuestos de varias capas) y de largo aliento, como son los temas culturales. Exploró distintas manifestaciones de la cultura popular sin denostar ninguna de sus expresiones. Al contrario, fue pionero en observar y estudiar la riqueza de la música, los bailes, las artes y las diversas expresiones artísticas de la cultura popular. De ahí que cada texto suyo sea una ventana a la riqueza y diversidad cultural del país. Siempre ejerció una práctica de investigación rigurosa, pero empleando fuentes que otros investigadores tiempo atrás no tomaban en cuenta por ser considerados “poco serias”. Se dedicó a estudiar, entre otros temas, la lírica, la música, el cine, el teatro, el deporte. Exploraba estas expresiones culturales en contextos muy amplios, tanto regionales como nacionales.
Cuando cursé la maestría en el Instituto Mora, para titularme hice una tesis de historia cultural y social en la que analizaba las diversiones públicas en la Ciudad de México; de manera particular me centré en las artes escénicas. En los años treinta del siglo XX, el teatro tuvo una gran presencia en grandes, medianos y pequeños recintos; en mercados, plazas públicas y carpas que se instalaron por diversas calles de la Ciudad de México. Antes de analizar las diversiones públicas y el teatro, debía explicar cómo era la ciudad de aquellos años.
Juntos y medio revueltos. La ciudad de México durante el sexenio del general Cárdenas y otros ensayos, un libro que Ricardo publicó en el año 2000, me orientó y me ayudó a conocer más de la historia –social, cultural, política y económica– de la capital mexicana. En esos ensayos, Ricardo despliega la enorme erudición que tenía de la cultura, los grupos sociales que habitaban la ciudad, los diversos extranjeros que llegaron, sobre todo a partir de los años treinta, la política y los políticos en turno. Sorprendentemente, también brindaba lecciones de historia urbana, pues el crecimiento, intervención y conformación del espacio urbano tampoco le fueron ajenos. El primer ensayo que aborda la historia de la Ciudad de México durante el periodo de Lázaro Cárdenas se convirtió para mí en el punto de partida de lo que sería mi propia investigación y pesquisa por las fuentes para reconstruir una ciudad que estaba mutando su perfil rural por uno cada vez más urbano. De éste obtuve algunos datos que me fascinaba leer una y otra vez, pues trascienden lo descriptivo y logran perfilar una imagen muy vívida de la ciudad. Algo que persigo desde entonces.
Ricardo, tras consultar el Atlas del Distrito Federal de 1930, señala que esta misma fuente ya habla de la ciudad como una “aglomeración urbana” con poco más de 63 mil edificaciones. La ciudad tenía…
cerca de 28 mil vehículos automotores: casi 5 mil eran camiones de carga y más de 8 mil eran automóviles particulares, cifra que casi equivalía a la de las bicicletas que entonces sumaban 7,668. Había 55 líneas de autobuses de pasajeros y 4,092 policías, de los cuales sólo 51 eran motociclistas.
También había más de mil expendios de masa, alrededor de 300 panaderías, 46 mercados, 270 farmacias, poco menos de 5 mil tiendas de abarrotes y misceláneas, 40 cines, 12 teatros, 3 plazas de toros, 19 bancos y más de 400 iglesias. Y así sigue la lista de comercios y edificios que ocupaban y al mismo tiempo configuraban el espacio urbano. Estos datos me interesan porque, repito, logran dar una imagen bastante clara de la ciudad de aquellos años.
Como bien sabemos los que conocemos su trabajo y hemos sido sus alumnos, Ricardo sabía leer muy bien las fuentes, de las más diversas, entre ellas la prensa de la época. A partir de una búsqueda y lectura de ésta, afirmaba que la gente aprovechaba alguna festividad del calendario cívico o religioso para salir a las calles a manifestar, ya fuera su fervor político o su pasión religiosa. Y logra sintetizar muy bien, por ejemplo, en un solo párrafo, la agitada vida política y social que se revelaba en las calles de la Ciudad de México en la década de 1930:
Cada uno de los seis años del gobierno cardenista tuvo sus días excepcionales, como aquellos encontronazos de fines de año entre feligreses y “camisas rojas” en 1934 en los alrededores de la parroquia de Coyoacán o los del 20 de noviembre de 1935 entre obreros del volante y el grupo de choque derechista “los camisas doradas”, o las manifestaciones de apoyo después de la expulsión del general Calles y sus secuaces en abril de 1936, las movilizaciones petroleras de 1937 y 1938, las actividades callejeras en relación con los conflictos internacionales de 1939, o las agitaciones por la sucesión presidencial de 1940. Las expresiones populares dejaban sus huellas en las mantas de los manifestantes y en los periódicos, así como en las paredes y en los ánimos urbanos.
Aquella tesis de maestría de la que hablo la dirigió Ana María Serna –que también escribe en este número in memoriam–, quien, al conocer a profundidad el trabajo que estaba escribiendo, me dijo que obviamente Ricardo tenía que ser lector y sinodal de la tesis. Y así fue. Habían pasado varios años desde que tomé aquella primera clase de historia del México posrevolucionario cuando lo busqué para llevarle mi texto. Me recibió en el pequeño cubículo que ocupó por muchísimos años en el CIESAS, ubicado en el centro de Tlalpan. Recuerdo que yo estaba muy emocionada y nerviosa de llevarle ese manuscrito, el cual, aun con todo el tiempo y trabajo invertidos en él, tenía dudas de que le pareciera adecuado. Él se mostró muy amable y en menos de un mes dictaminó mi tesis. Su lectura fue, sin duda, muy dadivosa y buscó exaltar los logros de aquel trabajo. Mostrando con ello su enorme generosidad como lector y como profesor, porque siempre se mostró muy respetuoso con el trabajo de sus alumnos. El día del examen llegó y aún recuerdo que su participación fue brillante y divertida, como solían ser sus intervenciones. Mis amigos y familiares, ajenos al mundo de la historia, me preguntaban por él, querían saber más de ese hombre que cautivaba al público al hablar.
Pese a que en la tesis doctoral me alejé de la historia cultural, sus trabajos sobre la sociedad y la cultura mexicana en el siglo XX me sirvieron mucho. Sus investigaciones y artículos me ayudaron a comprender la historia social durante el periodo del milagro mexicano y el desarrollismo. Fueron los textos de “Auge y crisis del nacionalismo cultural mexicano, 1930-1960” y “Entre lo local y lo global. Logros y fracasos de la globalización en la cultura mexicana, 1960-2010” una guía importante para pensar las transformaciones culturales que se experimentaron a lo largo del siglo XX y comprender los cambios que trajo consigo tanto la globalización como el neoliberalismo en el ámbito cultural, y cómo éstos tuvieron su impacto en la creación de políticas culturales en algunos casos o en el abandono de otras.
Ricardo me enseñó, primero con sus trabajos y tiempo después con sus pláticas, a asomarme a una historia cultural densa, compleja –contrario a lo que de ella dicen quienes no la practican, pues durante mucho tiempo se pensó que era fácil, divertida e, incluso anecdótica–. Él aportó mucho a este campo historiográfico. Nombró y estudió procesos sociales y culturales de gran trascendencia, pero que poco habían sido estudiados. Y lo hizo de una manera magistral, lúdica y sí, también divertida; siempre con una exigencia y rigor académico e intelectual implacables.
Ruta 3: Las fuentes para la historia cultural urbana
Llegué al CIESAS a realizar una estancia posdoctoral porque quería trabajar con él. Quería seguir aprendiendo de él, de su forma de ver y analizar el mundo. Ricardo aceptó de manera generosa y amable asesorar mi proyecto de investigación posdoctoral y siempre tuvo abiertas las puertas de su cubículo y su correo electrónico para mantener una comunicación fluida. Aunque desde el inicio me dijo que yo debía trabajar sola, él siempre estaría disponible para entablar debates, leer y comentar mis avances, recomendarme y discutir lecturas. Y así fue. Siempre tuvo el tiempo y la disposición para recibirme en su casa de Coyoacán para platicar sobre mis hallazgos o problemas relacionados con mi tema de investigación. Incluso, cuando la etapa más crítica de su salud le impidió hablar, él sacaba un pequeño pizarrón en el que escribía todos sus comentarios y sugerencias. Ahí anotaba ideas, nombres, pistas que debía seguir o correos electrónicos de personas a las que debía buscar. Con ello mostraba no sólo un gran compromiso profesional, sobre todo lo interpreté como un gesto de generosidad hacia mí y muestra de un gran amor por la vida y por lo que había decidido tomar por profesión.
Desde un inicio, Ricardo se mostró muy optimista e interesado en mi proyecto sobre Chapultepec, tema del que hablamos mucho. Yo me sentaba y lo escuchaba hablar y citar nombres, datos, fechas, títulos de películas, material audiovisual, autores, libros, archivos y un largo etcétera. Escucharlo era asistir a una clase magistral y me permitía ser testigo de una gran erudición. En alguna ocasión me platicó que el presidente Lázaro Cárdenas llevaba a sus hijos a pasear a la primera sección de Chapultepec, pues recordemos que fue en esta época cuando la casa presidencial se mudó a Los Pinos, y que Cuauhtémoc, su hijo, se acordaba de aquellos paseos en los que iba de la mano de su papá. También me contó, por supuesto, de sus propios paseos por ese bosque urbano. Me platicó del asombro que sentía cuando era niño y veía los animales del zoológico. Incluso hablamos del famoso trenecito de Chapultepec y de los vendedores de globos.
Por supuesto que también platicamos de forma más “académica”, me recomendó muchas lecturas, revisión de archivos y fuentes. Hablamos sobre las estructuras –políticas, económicas, culturales– que hacían posible la existencia de un lugar como Chapultepec. Un día le dije que quería hacer una historia más urbana –centrada en aspectos físicos y materiales, y en la transformación del espacio– de Chapultepec y él me recomendó que mejor hiciera una historia cultural y social, y en eso estoy. Mientras lo intento, me pregunto con quién podré platicar sobre las fuentes para acercarme a la historia cultural de la Ciudad de México, de mis hallazgos, de mis dudas, de los debates y disputas que se dan por el espacio, tanto simbólico como físico. Quedó pendiente que leyera aquel primer artículo que me sugirió sobre las fuentes que hay para escribir la historia cultural urbana. Espero que algún día logre acercarme, aunque sea un poco, a tener esa mirada con la que él supo estudiar, leer y analizar la historia cultural. Debo decir que durante el primer año de mi estancia posdoctoral lo busqué con mucho afán y entusiasmo y también que él me respondía inmediatamente los correos electrónicos y me daba cita para platicar. Después se enfermó y comenzamos a vernos un poquito menos, pero aun así no pasaba ni un mes en que no le escribiera y él me respondiera. Aunque siento que quedaron muchas cosas por charlar, por compartir, por discutir.
Además de las pláticas que tuvimos, me regaló algunos de sus más recientes libros. De las cosas que más atesoro, son dos fotografías antiguas (ca. 1930) de Chapultepec que me obsequió. Cuando me las dio me dijo que las encontró un día que estaba ordenando sus papeles, que había pensado en mi investigación y que seguramente me servirían más. También, un día me escribió para decirme que tenía algo para mí: una guía del zoológico de Chapultepec de 1995, lo que me demostró que era un gran coleccionista de diversos objetos y de material documental de variada índole. Me dijo que también buscó un par de veces entre sus cosas un menú del Restaurante del Lago que conservaba y que me quería dar, pero que no logró encontrar. Son detalles que valoro enormemente. Así como la llave de su cubículo que, recién ingresé como investigadora posdoctoral al CIESAS, me compartió. En una ocasión, estando en su cubículo, vi en su librero una publicación que yo no conocía de él. Era Rumbo, un libro de poesía de su autoría. Le escribí de inmediato para pedírselo prestado, él me respondió que podía tomarlo y que, si era de mi agrado, podía conservarlo.
Todos los gestos que tuvo conmigo durante el tiempo que realicé la estancia posdoctoral bajo su asesoría –alrededor de dos años y medio– fueron una muestra de su compromiso como docente y académico, y de su grandeza como persona, pero sobre todo de su generosidad y amor por la vida. Para muestra de ello están los testimonios que aparecen en este número dedicado a su memoria. En el libro que trabajó durante los últimos años habla de las regiones y geografías de México, las cuales se engarzan con su propia historia; en él afirmó que sus recorridos “han servido para tratar de mostrar una trayectoria literaria en la que el placer de estar vivo y aprehender la realidad circundante han sido el pan de cada día”.
Última ruta: De la pasión por la historia cultural al amor por la vida
Ricardo me siguió la corriente cuando me desvié por un tiempo temáticamente del propósito inicial de mi investigación posdoctoral, la cual versa sobre la historia social y cultural de Chapultepec (1960-1981), y leyó dos textos míos –uno muy extenso– sobre el papel medioambiental de Chapultepec en la Zona Metropolitana del Valle de México. Me escribió para decirme que ya había leído ese texto (sólo pasó una semana entre el envío y su lectura) y me citó en su casa de Coyoacán para decirme en persona los comentarios y sugerencias que me tenía. Además de hablar sobre Chapultepec, del general Cárdenas tomando de la mano a su hijo Cuauhtémoc, de la figura de Miguel Ángel de Quevedo, hablamos de la Revolución, del traidor de Huerta, de Carranza, de los lagos de Chapultepec, del uso político de este sitio y un largo etcétera. Como era de esperarse, también me dio algunas sugerencias e hizo comentarios para mejorarlo y mandarlo a dictaminar.
En aquella ocasión terminamos platicando de los paisajes, elementos de gran interés para la historia ambiental. Me habló de los libros de María Belmonte, los cuales sigo desde entonces con el entusiasmo que él me logró transmitir. Esta historiadora y escritora tiene un libro bellísimo que se titula El murmullo del agua. Fuentes, jardines y divinidades acuáticas. Me dijo con mucho entusiasmo que debía leerlo. Ahora lo tengo sobre mi escritorio y se ha vuelto una lectura muy importante para mí (como lo fue en su tiempo El desfile del amor). Y me asombra que, sin quererlo, mis intereses académicos e intelectuales hayan ido avanzando con el paso de los años junto con el acompañamiento generoso y cálido de Ricardo Pérez Montfort, querido maestro a quien siempre recordaré.
Casi al final del libro El murmullo del agua, Belmonte dice:
El olor a naturaleza mojada flota en el aire, un aroma a verdor, a fango, a liquen subrayado con notas de humedad […]. Me siento y permanezco inmóvil un buen rato […]. En la quietud observo que empiezan a pasar cosas. Llega un mirlo y se da un baño, tomándose su tiempo. Una pareja de pinzones se acerca a beber mientras una libélula azul sobrevuela el agua cazando insectos en el aire.
Ricardo, un historiador que amó profundamente la vida, también escribió poesía. En algunos de sus poemas reflexiona sobre la naturaleza y la existencia. Uno de ellos, publicado en el libro Rumbo y con el que cierro este texto-homenaje, con el corazón lleno de gratitud porque, a pesar de sentir cierta orfandad académica, tuve la oportunidad de compartir con él algunas tardes en las que, mientras platicábamos de mis hallazgos en el archivo, yo volteaba a la ventana de su estudio para ver de reojo el cielo y sentir que el pasado y el presente se unían en perfecta sintonía y que el milagro de la vida hacía posible que, después de años de haber tomado con él un curso en la Facultad de Filosofía y Letras, pudiera estar sentada en su estudio escuchando la música de fondo y su voz contándome alguna historia y dándome cátedra, incluso fuera del aula.
Descansa, querido maestro.
Aquí, en el paraíso
Aquí, en el paraíso,
no hay más que vacío.
[…]
Los colibríes y su de vez en cuando,
nervioso e instantáneo,
la gota de agua y su caer veraniego,
la burbuja en el estanque,
insisten en que no hay nada más.
Sólo el movimiento natural
de lo verde, tras la ventana.
Recorrer los pasillos llenos de tesoros,
escuchar las músicas más perfectas,
es un claro reflejo
de este idilio con la nada.
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Investigadora posdoctoral. ↑