Carlos Martínez Assad
Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM

Foto: Maritza García Venegas.
No resulta fácil encontrarse en la vida con una persona como Ricardo Pérez Montfort, siempre dispuesta a responder a cualquier desafío intelectual que se le presentara, a seguir la conversación sobre cualquier tema o que no cejara en ninguno de sus propósitos. No sé cuándo le conocí, pero recuerdo muy bien el día que me solicitó una colaboración para la revista Epitafios, que realizaba con estudiantes o profesores jóvenes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, la cual apareció en 1992. Aparecieron las afinidades porque con fuentes archivísticas escribí una ficción sobre los días previos al levantamiento en contra del presidente Francisco I. Madero. En el ambiente tan formal de los historiadores, otro se hubiera negado a publicarlo. Fue ese el inicio de intercambios constantes a lo largo de nuestra vida académica.
Cuando requería una colaboración para alguno de los congresos que realicé desde la Sociedad Nacional de Estudios Regionales de la que formo parte, reunió a profesionistas destacados, unidos en un afán de dar a conocer historias de las regiones, enfatizando aspectos poco conocidos o de plano ignorados por la historia nacional, contaminada por el positivismo y el oficialismo. De esa asociación surgió Eslabones. Revista Semestral de Estudios Regionales (1991-1997), nutriéndose de dichos esfuerzos. Ricardo participó desde la primera entrega.
Desde diferentes temáticas, nos acercamos a las regiones de México para escribir sobre inmigrantes, espías, regiones revolucionadas, clero católico y diversidad religiosa, cultura y otras. Ricardo siempre sorprendía con sus colaboraciones atinadas, singulares y atractivas, buscando la originalidad con asuntos y personajes no tratados. Sucedió con su relato del yate Vita sobre el traslado del tesoro republicano a México, que bien pudo ser una novela. Fueron imposibles de olvidar sus historias con los españoles, yendo desde las expresiones de la derecha hasta los radicalismos de izquierda. Algo semejante en relación con los alemanes, abordándolos sin sesgos partidistas para dar cuenta de las acciones de los situados cerca del comunismo y los filonazistas.
Su conocimiento del alemán nos dio la posibilidad de coincidir en un trabajo central en mi investigación. Habiendo encontrado el diario del embajador de Alemania en México al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas, requería traducirlo. Fue el también inolvidable historiador Friedrich Katz quien me dio la pista de la existencia del diario de Rüdt von Collenberg y debía consultarlo para dilucidar cabalmente la relación entre el general Saturnino Cedillo y la Alemania nazi y, por ende, de las compañías petroleras extranjeras. Con un enorme esfuerzo localicé los pasajes referidos a los encuentros del general rebelde con el embajador y las misiones en San Luis Potosí. Con paciencia y gran disponibilidad, Ricardo, como egresado del Colegio Alemán, era hablante del idioma y aceptó acompañarme al Archivo de Relaciones Exteriores y trabajar durante horas y horas conmigo para traducir lo que me permitiera cumplir con mi cometido. Con generosidad, aceptaba traducir pasajes que podían acercarme más a la historia que quería contar.
Nuestra amistad se fue reforzando con varias manifestaciones semejantes. Respondía siempre cuando requería uno del otro la presentación de algún libro, una introducción, un artículo, algún capítulo. Ricardo siempre estaba allí para participar con entusiasmo. En ocasiones, yo abordaba el asunto con cautela y él sin más rodeos me interrumpía para darme su aceptación. Por supuesto, no dejaba de escribir sus propios y abundantes libros, supongo que con muchos paréntesis, sin perder el hilo de los volúmenes.
Con naturalidad pasábamos a otro tema mientras bebíamos café en los desayunos que concertábamos en Las Lupitas, Coyoacán, en donde nos veíamos con frecuencia para hacer planes académicos o desentrañar los problemas que enfrentábamos como profesores en medio de los sinsabores de la burocracia académica.
Entre los muchos saberes destacó, como sabemos los cercanos, la música, que llevaba a Ricardo Pérez Montfort de vuelta al paisaje veracruzano. Después de sus innumerables relatos sobre los temas derivados, se dio la oportunidad de acompañarlo a la Fiesta de la Candelaria en Tlacotalpan, Veracruz. Fue una de las experiencias lúdicas más inolvidables porque el 2 de febrero del año en que lo acompañé pude ver al intérprete en acción en un ámbito que conocía y, además, había estudiado. Lo vi actuar con otros jaraneros en diferentes ocasiones y me condujo entonces a escuchar a algunos de los maestros del arte de la música de esa región sin que la lluvia pertinaz lo impidiera. No hubiera ni remotamente entendido el sentido de esa música sin vivir esa experiencia a la que me acercaba constantemente porque mi hijo Orlando era también admirador de la cultura jaranera e intérprete; y, por lo tanto, seguidor de Ricardo. Me hubiese gustado conocer más de ese mundo, por lo que no haberme hecho participar más es el único reclamo que le guardo para un posible reencuentro.
Hablábamos mucho sobre otras formas de hacer historia, en las que incluíamos cine y fotografía, relatos personales junto con archivos familiares, unidos a los oficiales por todas partes. Podíamos dedicarle horas. Coincidimos realizando documentales en la Filmoteca de la UNAM, aportando al conocimiento del cine y a los personajes de las regiones.
Él mantuvo siempre un vínculo estrecho con el cine y participó en la elaboración de numerosos documentales. Recuerdo mucho los encuentros, por ejemplo, en la serie Los que hicieron nuestro cine. Mantuvo durante más de una década un laboratorio de cine documental en el CIESAS, en el que lo acompañé como expositor en algunas ocasiones. Él había realizado estudios formales, como se desprende de su película Corrido, basada en un relato de Juan José Arreola. Su tono nostálgico le hizo situar la historia en Tlalpujahua, Michoacán, uno de los sitios a los que le guardó mucho aprecio.
Todavía me sorprendió cuando en 2024, en el estreno de la tercera película basada en la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo, dirigida por Rodrigo Prieto, me encontré en los créditos el nombre de Ricardo Pérez Montfort como asesor de las fiestas que se muestran en la historia. Cuando le conté mi descubrimiento, sonrió al confirmármelo y todavía estuvimos analizando esa versión de la entrañable historia.
Vuelvo a su labor de historiador porque, entre los temas que le interesaron, destacó el de la vida y obra política de Lázaro Cárdenas. Mostró a la persona y al general en un trabajo de madurez en tres volúmenes en los que no dejaba de lado ni a uno ni otro. Una de nuestras coincidencias porque, en mi caso, había abordado al personaje con los avatares del caudillismo y los cacicazgos regionales. Por lo tanto, desde diferentes perspectivas, consultamos los mismos archivos con objetivos diferentes, pero al final abundamos en las mismas historias.
Ricardo mostraba muchos aspectos asombrosos, además de su capacidad de trabajo. Pese a la gravedad de su enfermedad, seguimos reflexionando sobre los temas y aspectos de la vida que nos interesaban. Fue sobresaliente que aun en esa condición, parecía estar en su mejor momento. Me participó que estaba escribiendo un libro y, como quería conocer mi punto de vista, me lo dio a leer. Me di de inmediato a la tarea y encontré una obra redonda, bien articulada con sus ideas, expuestas con su magnífica pluma. Se trataba de un recorrido por las regiones de México, destacando las que le resultaban más importantes y queridas, por supuesto, Veracruz y Michoacán; y los recorridos que hizo con su entrañable compañera, Ana Paula de Teresa. Es excepcional que nos dejara esa lección de vida en su manuscrito Trazos y crónicas regionales. Apuntes, recorrido y recuerdos en México; tenía la fecha de 2025, cuando todavía tenía 70 años. Fue el último cumpleaños que le celebramos los colegas y amigos, con el libro La incansable tarea de mirar lejos (Bonilla Artigas Editores, 2025), y vimos cómo le entusiasmó.
Del trabajo inédito que nos legó, reproduzco su intención:
Tratando de escudriñar en la formación de mi propia vocación, de mi historia personal y mis intereses particulares, los recorridos que pueden leerse en esta colección también me han servido para tratar de mostrar con cierta pretensión literaria una trayectoria en la que el placer de estar vivo y aprender de la realidad circundante, han sido el pan de cada día.
Como el gran historiador que fue y como será recordado con sus últimas palabras escritas para ese libro, murió en la raya, como alardeaban los revolucionarios, como muchos de los personajes que estudió.