Preguntas para oírnos en un diálogo de sordos
Reflexiones que deja el COVID-19 en el caso colombiano

Imagen 1. Sacada de: Portafolio. Bogotá pide mantener la cuarentena. 15 de junio de 2020. Se encuentra en: https://www.portafolio.co/economia/noticias-hoy-bogota-pide-mantener-la-cuarentena-tal-como-esta-hasta-el-15-de-junio-541218

Juan Sebastián Henao Aguirre

Sociólogo, Universidad del Rosario, Bogotá, Colombia.

Juliana Franco Calvo

Estudiante de la Maestría en Antropología Social, CIESAS, Ciudad de México.

 


Las crisis son escenarios complejos que permiten hacer una pausa obligada y ver aquello que estábamos evitando mirar. En psicología astrológica se dice que un escenario de aprendizaje se puede presentar de muchas maneras y que, en la medida en que más resistamos, aquello que negamos ver se devolverá con mayor fuerza. Con la pandemia del COVID-19 podemos hacer la analogía: esta crisis está volviendo a poner sobre la mesa largos debates, nos está mostrando de nuevo las profundas desigualdades en el mundo y lo complejo que es sostener sistemas que no sean capaz de resolver aquellos asuntos que puedan poner en jaque la sostenibilidad de la sociedad en su conjunto.

Muchas de las formas de enfrentar dicha crisis están trazadas por la resistencia y el apego a formas de pensamiento, discursos y dogmatismos desde las distintas vertientes teóricas que parecen anquilosar las perspectivas del mundo a viejos debates, en donde el futuro parece pintado como un retorno al pasado idílico inexistente o a unas ideas inacabadas de lo que debió ser. Los falsos dilemas entre salud y economía, desarrollo económico y sostenibilidad ambiental, intereses individuales e intereses colectivos, parecen estar llevándonos a una discusión más parecida a un círculo vicioso en donde más que diálogo se sostienen conversaciones entre sordos.

Nuestro llamado en este artículo es a intentar superar parte de esos dogmatismos, planteando preguntas – más que posturas y soluciones claras y palpables -. Esto, en parte, porque también creemos que las crisis son momentos propicios para fomentar una reflexión profunda e incluyente que tenga el poder abrirnos caminos que permitan cuestionar las formas en que hemos venido construyendo nuestro mundo. Ya sea desde la resistencia o la hegemonía. Aún estamos en un terreno lleno de especulación donde es difícil, como siempre, separar el análisis sosegado de la situación y las agendas ético-políticas y el deseo.

En este texto queremos plantear tres ejes de conversación: i) la forma asimétrica con la cual se ha abordado el trabajo durante la pandemia bajo nociones de lo esencial y quiénes son aquellos que lo están llevando a cabo; ii) la discusión frente a la recuperación económica y las formas en que puede ser afrontada; y iii) los mecanismos y dispositivos de la respuesta institucional para contener la crisis, pero sobre todo, preguntas frente a las posibles implicaciones para el ejercicio del poder en el mediano plazo. Estos tres temas, que en nuestro criterio no agotan lo que viene sucediendo, sí delimitan unos campos que ameritan una reflexión en tanto se preguntan por la forma en que la desigualdad laboral toma sentido dentro de las dinámicas económicas en recomposición y las posibles repercusiones que puede dejar la administración del poder en contextos contingentes como estos, para las instituciones democráticas, ya debilitadas de por sí, en los próximos años.

Desigualdad y trabajo:

Uno de los grandes debates que se ha puesto sobre la mesa es el tema de la desigualdad. El “quédate en casa” es un mandato que podemos cumplir unos pocos, sostenidos en unos privilegios. La otra cara de la moneda son personas que no pueden quedarse en casa porque viven del día a día, están en la informalidad o llevan a cabo lo que se ha denominado “trabajos esenciales”.

La economía colombiana, si bien es reconocida como una de las más estables y sólidas de la región, también se sustenta en algunas fragilidades estructurales que hacen de esa fortaleza algo profundamente desigual. Si bien, se supone que los indicadores macroeconómicos del país de las últimas dos décadas muestran un panorama alentador, pareciera que las cifras no nos ponen bien parados frente a la pandemia. Por un lado, se dice que cada vez son menos las personas que se encuentran en situación de pobreza monetaria (27% de la población actual), pobreza extrema (7%) y el índice de Gini (utilizado para medir la desigualdad) también ha visto una disminución en la última década. Mientras por otro, tenemos una tasa de desempleo, previa a la pandemia, del 12% y se dice que puede alcanzar cifras cercanas al 20%. El 40% de la población es vulnerable, el 27% es clase baja, el 30% clase media y el 2% clase alta[3]. Esto no presenta un panorama muy alentador teniendo en cuenta una crisis económica que se avecina y que puede ser proporcionalmente más perjudicial para las personas de menos recursos.

Adicionalmente, en el aparato productivo del país la pandemia también ha dejado vislumbrar la importancia que tiene la economía de la interacción y los trabajos que requieren de las personas de poder asistir a sus lugares de trabajo. Las ventas informales, restaurantes, peluquerías, industria manufacturera, la construcción, servicios de aseo y el transporte, solo para mencionar algunos, se vieron reducidos a su mínima expresión. Esto, afectando a familias que dependen de estas actividades económicas. Sin desconocer que el gobierno nacional y los gobiernos locales, en la medida de sus posibilidades, han tratado de ofrecer paquetes de ayudas y subsidios que puedan paliar ciertas condiciones, estas parecen insuficientes para evitar la crisis y la pérdida de calidad de vida de las familias. Aún está por verse la magnitud real del problema, pero solo para el mes de marzo, en dónde la cuarentena solo estuvo vigente por 10 días, se perdieron más de 1.5 millones de puestos de trabajo.

Sin embargo, en lo que nos queremos centrar en este artículo es en las implicaciones asociadas a los sectores que fueron considerados como esenciales (industria de alimentos, sector minero-energético, seguridad, salud, etc.) y que pudieron seguir operando durante la cuarentena. En estos sectores, sin entrar en generalizaciones, también se pueden evidenciar brechas en donde los trabajadores más vulnerables han sido los encargados de hacerle frente. Son los operarios, más que los cargos directivos de las empresas, los que han mantenido vigente la productividad. Y quizás, uno de los casos más emblemáticos, es el auge en la visibilidad que han logrado los mensajeros urbanos que trabajan en aplicaciones como Rappi, Uber Eats o domicilios.com.

Ilustración Che Alejandra[4]

La paradoja es que estos trabajos llamados esenciales, suelen estar marcados por una fuerte precarización laboral y que ponen en evidencia, la división sexual, racial y de clase del trabajo. [5]Estas condiciones nos llevan a preguntarnos por el trabajo. El trabajo es una de las columnas vertebrales de nuestras sociedades. Ya que, la venta de nuestra fuerza de trabajo es lo que nos permite obtener un salario para “vivir”. No obstante, el trabajo como valor enaltecido ha generado graves situaciones de precarización laboral, trabajo no remunerado[6], vidas maltrechas por el desempleo e incluso trabajos de mierda[7]. En esta medida ¿Tiene sentido seguir construyendo una sociedad sobre el trabajo como valor enaltecido? ¿Qué implicaría poner en jaque al trabajo como fundamento del capitalismo? ¿Podemos pensar/sentir otras formas? ¿Qué lleva a que las personas, en un contexto de crisis, se someta a estas condiciones laborales para seguir trabajando?

Ahora bien, esta puede ser considerada como una sola cara de la moneda. Si bien es cierto que este tipo de trabajos terminan por reproducir condiciones de desigualdad y precarización de las condiciones de vida, también son una alternativa abierta para personas que difícilmente han podido enrolarse en otros sectores económicos y brindarles condiciones para generar ingresos. Adicionalmente, es momento de abrir la discusión de la corresponsabilidad de los usuarios, como nosotros, que hacemos usos de estas plataformas queriendo acceder a productos y tratando de reducir al máximo los costos. Lo que termina generando un conjunto de incentivos perversos, en los que a la vez que nos escandalizamos por la situación de los domiciliarios y criticamos las políticas laborales de las empresas, contribuimos a perpetuar el ciclo de precarización laboral.

La precarización de las plataformas no solo viene de un problema estructural de ellas. Siempre es fácil mirarlo desde el dueño de la empresa que le quita las ganancias a los más vulnerables, y en el cual recae gran parte de la responsabilidad, pero también del consumidor que accede, se da el gusto y poco o nada está dispuesto a pagar por el servicio. Es la paradoja de un sistema que parece alimentarse en la injusticia generando un conjunto de estímulos en donde no es claro quién es el ganador. Ante este panorama, ¿Cuál es el camino? ¿Vamos caminando hacia la discusión de la renta mínima universal que les garantice unas condiciones mínimas a estas personas y puedan ejercer este tipo de actividades sin ir en detrimento de sus condiciones de vida? Pero, en un contexto de baja corresponsabilidad y la ausencia de sistemas tributarios redistributivos eficientes en Latinoamérica ¿Cómo van a costearlo los gobiernos?

Estas discusiones de corresponsabilidad toman incluso más fuerza frente al escenario en el que parece ir conduciéndose este tipo de plataformas: la automatización de procesos y la incursión de mecanismos como robots para hacer las entregas. ¿Qué pasará con los miles de colombianos y migrantes que hoy trabajan en estas plataformas cuándo sus trabajos sean reemplazados por máquinas?

La peor crisis económica del último siglo, la recuperación más rápida de la historia: esa no es la cuestión, la pregunta es cómo

En el horizonte se avizora, dicho por economistas, tecnócratas y gobiernos, que estamos ante la peor recesión económica registrada en un siglo. Solo comparable con la Gran Depresión del 29 o las guerras mundiales. Poco se ha dicho, pero todo parece indicar, que la recuperación económica se va a dar en un periodo inédito. En unos cuantos años, los indicadores macroeconómicos de PIB, consumo y generación de riquezas alcanzarán las cifras de antes de la pandemia. Pero el quid del asunto, en nuestro criterio, radica en la forma en que dicho proceso va a alcanzarse. Los procesos, las formas, la responsabilidad y los criterios en los que vamos a ser capaces de llegar a estos puntos y qué tan sano resulta para la humanidad las formas en que vamos a lograrlo.

Solo para citar un ejemplo que merece la atención, es el caso de Amazon. Jeff Bezos, propietario de esta compañía, es el hombre más rico del mundo con una fortuna cercana a los 150.000 millones de dólares. Adicionalmente, esta empresa, se ha visto envuelta en varias ocasiones en escándalos por precarización laboral, pero atado al punto del apartado anterior, también ha venido trabajando fuertemente en automatizar sus procesos. ¿Qué pasará en el futuro con las miles de personas que hoy dependen de Amazon? ¿Cuál es nuestra responsabilidad como sociedad con aquellos que hoy se sustentan de trabajos que en futuro cercano nos prometen van a desaparecer?

Volviendo al punto, uno de los aspectos sobre los cuales debería ser clave la discusión incluyente y diversa, se relaciona con la forma en que se va a dar la recuperación de la economía y su promesa por generar bienestar social. Los retos inherentes frente a la recuperación económica tienen que llevarnos a una autorreflexión de todo el mundo. Las críticas al dogmatismo son tanto para el técnico de las instituciones públicas que se obsesionan con el comportamiento macroeconómico, el que proclama una aceleración del tejido productivo sin pensar en los otros y los costos de quienes tienen que asumirlo, y las visiones románticas de lo contrahegemónico que pueden caer en nociones del buen salvaje campesino y oprimido, o la denuncia descarnada del empresario como un ser sin escrúpulos; y no reconoce en las empresas un conjunto inmenso de personas que hacen parte de ellas, que para bien o para mal, también trabajan en innovación, construyen relaciones y nos permiten disfrutar de cosas, como escribir, leer o publicar artículos como estos que pueden ser consultados desde cualquier lugar del mundo.

Las empresas, en el mundo actual, tienen que ser concebidas también como una institución social con todo lo que eso implica. Y más cuando en un país como Colombia la «empresa» es sobre todo pequeña y mediana, y es el gran motor de la economía. Eso sin desconocer el peso y las implicaciones de cómo se dé esa recuperación económica: ¿Qué tan sano es para el mundo, ni siquiera solo para Colombia, que empresas cuyas metas anuales están pensadas en consumo per cápita a nivel mundial como Unilever, P&G y Amazon se consoliden y resulten más fuertes que antes pero que nos prestan bienes y servicios que hoy son necesarios para millares de personas alrededor del mundo? ¿Cuáles son las condiciones o expectativas que nos generamos como ciudadanos, estados y empresas para poder lograr esa reactivación económica que logre generar bienestar de forma equitativa? En esta discusión, es clave que todos participemos para fomentar la construcción de esa recuperación en un sentido en el que tanto los medios como los fines, son indisociables.

Vladimir Flores «Vladdo». Publicada originalmente en El Espectador 1990 y reproducida en Revista Semana, edición 1985, 17 de mayo de 2020

Respuesta del Estado y aprendizajes para las instituciones en el mediano plazo

Otra arista que ha venido mostrando esta crisis es la necesidad de repensar nuestro acercamiento al Estado. Muchos de los debates que se han dado, giran en torno a la necesidad del accionar del estado, el miedo que ha surgido con la pandemia ha hecho que se solicite al estado tomar medidas. En el caso de Colombia se declaró un estado de emergencia que otorgó poderes especiales al gobierno, una especie de declaratoria de estado de excepción. La cuestión es que el estado de emergencia sanitaria no ha sido regulado[8] en el país y esta es una clara puerta para un desequilibrio en los poderes del estado. Sin duda, la preocupación por lo que está sucediendo hace que los debates se desvíen a lo urgente, pero no deja de ser importante preguntarse ¿Cómo se va a regular este nuevo estado de excepción? ¿Qué tipo de controles existirán? ¿Qué papel va a jugar la ciudadanía en esto?

Por otro lado, el discurso de la emergencia, no sólo continúa con la precarización de ciertas vidas, sino que también puede ser un espacio para justificar medidas autoritarias. De este modo, se ha puesto sobre la mesa la posible militarización de ciudades (como ha sucedido en el Salvador y Perú), se empieza a justificar el uso de la fuerza en ciertos contextos, han surgido nuevos motivos para proceder a la judicialización de personas e, incluso, se está discutiendo en control poblacional por medio de la tecnología.

La judicialización como herramienta de control de la población ha sido usada en los casos en los que las personas estén violando la cuarentena. Así, han sido detenidas múltiples personas en fiestas, reuniones, partidos de fútbol, etc. Pero no sólo esto, se ha hablado de procesar por tentativa de homicidio a las personas que hayan sido diagnosticadas con COVID-19 y no cumplan con el aislamiento. La pregunta del millón es si tiene sentido encarcelar más personas ante un sistema penitenciario en crisis desde hace muchos años y donde se encontrarán en una situación de hacinamiento. Si la finalidad de estas medidas es que haya distanciamiento social ¿Enviar a las personas que incumplan la cuarentena a escenarios de hacinamiento tiene sentido?

También llama la atención que este tipo de medidas se han usado para judicializar a personas que se han organizado para protestar por las condiciones en las que se encuentran. Por ejemplo, en Bogotá y Medellín se hicieron algunas manifestaciones en barrios de estratos bajos, el llamado era a evidenciar que había familias que estaban muriendo de hambre ante las actuales circunstancias. La primera respuesta fue un ejercicio en el uso de la fuerza por parte de la Policía y del Escuadrón Móvil Antidisturbios; y, en segunda instancia, hubo algunas personas que se empezaron a judicializar por “incitar a la población”. Estas reacciones evidencian que la respuesta estatal sigue siendo desigual y tiende a responder con el ejercicio de la fuerza o punitivismo a sectores sociales estigmatizados por sus lugares de vivienda, raza, género, entre otros.

En esa medida, creemos que hay preguntas que están un poco más profundo ¿Qué está detrás de esta exigencia constante de medidas punitivas y de solicitud de más control al Estado? ¿Por qué este ejercicio punitivo parece privilegiarse en “geografías racializadas”[9]? ¿Podemos hablar de una construcción de “enemigo” atravesada por nociones de clase, género, raza en estos contextos? ¿Podemos repensarnos otras formas de relacionarnos con la institucionalidad que no estén atravesadas por este ejercicio punitivo?

Pero más allá de analizar y cuestionar lo que está sucediendo actualmente en el marco de la crisis, ¿Qué reflexiones nos dejan estos ejercicios del poder para pensar las instituciones democráticas en el mediano y largo plazo? La democracia en América Latina parece estar inacabada y es vista a través de mecanismos de participación electoral que poco fomentan la discusión pública de las decisiones. Luego de experimentar acciones despóticas en el marco de la crisis ¿Cómo garantizar, que, sustentados en las crisis social y económica que va a desprenderse de la pandemia, no caigamos en gobiernos y prácticas autoritarias que prometen ser el mejor camino para consagrar la crisis? La discusión del futuro y la capacidad que tengamos para involucrarnos en la construcción de él basado en ideas de ideas compartidas, que sean incluyentes y participativas, pasan por una reflexión del entorno económico en que se va a dar la recuperación, pero también en la fuerza que como ciudadanos tengamos para propiciar un diálogo basado en la corresponsabilidad de todos, de no invisibilizar a los demás o simplificar la complejidad del debate al caer en reduccionismos.

Bibliografía:

  1. Sociólogo, Universidad del Rosario, Bogotá, Colombia.
  2. Estudiante de la Maestría en Antropología Social, CIESAS, Ciudad de México.
  3. Dejusticia. Coronavirus y desigualdad – Webinar 8- Salvar la vida y salvar la economía, ¿Cómo lograr ambas?. Webinar. 13 de abril del 2020. Se encuentra en: https://www.youtube.com/watch?v=0fTdMG2IiNQ
  4. Tomada de la Ciudad de las Diosas. Ob Cit.
  5. Este tipo de planteamientos están desarrollados en: Belén Valencia Castro, Kruskaya Hidalgo Cordero y Flora Partenio, “¿Quién se mueve mientras te quedas en casa? La romantización del delivery en tiempos de pandemia”. La Ciudad de las Diosas. Mayo 15 de 2020. Se encuentra en: https://laciudaddelasdiosas.blogspot.com/2020/05/quien-se-mueve-mientras-te-quedas-en.html?m=1&fbclid=IwAR3k6x5Wpy_8USqVX6NWDnNUw0up4eLOJBL7Kskw8iik_tzqxTCA1AnH1DQ
  6. Federici, Silvia (2018). El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo. “Capítulo 1: Contraatacando desde la cocina”, México: Traficante de sueños.
  7. Los trabajos de mierda son aquellos que están relativamente bien pagos, pero no tienen significancia alguna. Son aquellos trabajos que pueden desaparecer sin mayores impactos. La violencia de estos trabajos es, justo, hacer sentir inútiles a quienes los ejercen. Graeber, David (2018), Trabajos de mierda. Una teoría. “Prefacio y Capítulo 1: ¿Qué es un trabajo de mierda?”, Barcelona: Ariel pp. 9-47.
  8. Ospina, Juan. Emergencia sanitaria ¿Un nuevo estado de excepción? Revista Derecho del Estado. Universidad Externado. 08 de mayo de 2020. Bogotá, Colombia. Se encuentra en: https://revistaderechoestado.uexternado.edu.co/2020/05/08/emergencia-sanitaria-un-nuevo-estado-de-excepcion/?fbclid=IwAR37Rgixu6WFuK2eRYb1YiCkef5dx03G9_5weA2Tcvvzj4V9vHQeZUj2lL0#_ftnref3
  9. Mora, M. (2017). Racismo y criminalización en México: Reflexiones críticas desde La Montaña de Guerrero. En S. B. (editores), Pueblos Indígenas y Estado en México: La Disputa por la Justicia y los Derechos. Ciudad de México: CIESAS.
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