Benilde García de Teresa
Instituto Nacional de Pediatría
Marcos García de Teresa
Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM

Foto: Archivo familiar Ricardo Pérez Montfort.
Es probable que quienes lleguen a leer estas líneas hayan conocido a Ricardo Pérez Montfort por su obra como historiador, sus clases o conferencias, o su relación con el son jarocho, la radio y el cine. Aunque nosotros sabíamos que todas estas eran distintas facetas del personaje, tal vez no llegamos a dimensionar plenamente la relevancia de su trabajo hasta que vimos los numerosos homenajes que se le han dedicado desde su partida y la emoción y admiración con la que hablan de él los estudiosos de estos campos. En este espacio nos gustaría recordar algunas escenas de la vida cotidiana de esa persona brillante con la que compartimos tanto.
En nuestras vidas, Ricardo llegó de forma inesperada cuando nuestra mamá, después de algunos años de haberse divorciado, se reencontró con un novio de su juventud. Un amigo en común, con quien ambos habían estado en un taller en el Teatro Santa Catarina, en Coyoacán, les organizó una reunión para que volvieran a juntarse. A los pocos meses, Ricardo se mudó a nuestra casa y junto con él llegaron todos sus libros, que a lo largo de los años se multiplicaron y vistieron prácticamente todas las paredes. Cada tanto había que mandar a hacer libreros nuevos para que la extensa biblioteca mantuviera su orden. Desde entonces, su presencia se instaló en la cotidianidad de nuestra familia y fue para nosotros una persona extremadamente cariñosa, generosa, respetuosa y muy divertida.
En todas las casas que habitó, Ricardo colgaba cuadros por todas partes: pinturas que le habían regalado, dibujos suyos, fotografías, pósteres, exvotos. No había rincón que dejara sin llenar. También le gustaba colectar objetos, con los que fue construyendo pequeñas colecciones: figurines de personajes políticos, puerquitos de barro, sacapuntas… Entre estantes llenos de libros y objetos varios estaba su escritorio repleto de fichas y notas: una especie de guarida desde la que trabajaba en su computadora hablaba por teléfono o escribía versos. A menudo, hasta altas horas de la noche, se escuchaba música de Piazzolla, de Miles Davis o de algún otro compositor, acompañándolo mientras trabajaba o se daba un rato para leer acostado en un sillón. También era frecuente escuchar bullicio proveniente de la pequeña salita de su estudio, donde le gustaba reunirse con sus amigos, colegas y estudiantes, a veces hasta bien entrada la madrugada.
Ricardo era un gran conocedor de cine y veía de todo, aunque después se quejaba amargamente de lo malas que eran muchas de las películas. En los tiempos en que se rentaban VHS y después DVD, Ricardo conocía de memoria el videoclub de la avenida Miguel Ángel de Quevedo, así como el que había en Tepoztlán, incluidos los pasillos de terror y de comedias románticas. Podía pasar horas recorriendo las tiendas de discos de los centros comerciales de Altavista y Centro Coyoacán armando, además de su biblioteca, una vasta colección de música y una pequeña filmoteca. Para ello, conservaba junto a los casetes, discos y cintas, todos los aparatos necesarios para reproducir los materiales obsoletos que almacenaba.
Encontrarle un regalo era una tarea complicada. Casi todos los libros o discos que intentábamos obsequiarle ya los tenía. Hallar algo que no hubiera leído, visto o escuchado requería un verdadero trabajo de investigación y buena suerte. Al final, el regalo que no tenía pierde era un whisky. Le gustaba beber Chivas, en vaso old fashioned, con hielos. Los obsequios que él nos hacía, en cambio, siempre nos abrían un mundo: la literatura de Wallace Stegner, la Suite francesa de Irène Némirovsky o los libros de Jenny Erpenbeck. Así como los aretes que salían de su taller, con dedicatoria personalizada.
Tuvimos el privilegio de viajar con Ricardo a muchos lugares. En el verano del 2000, fuimos juntos a Europa en un viaje que marcó nuestras vidas. Visitamos los museos de Berlín, fuimos al lago Wannsee y nos sorprendimos con cierto modelo de WC de la antigua Alemania del Este. Recorrimos las calles y las librerías de París y nos iniciamos en la buena costumbre de beber cañas en los bares de tapas en Madrid. Estos lugares los visitaba también con sus obsesiones de historiador. Era parada obligada ir a saludar a Carlos y a Federico en el Marx-Engels-Forum en Berlín. En Sevilla, en pleno calor de verano, nos hizo recorrer el Paseo de las Delicias durante toda una tarde en busca del Pabellón de México de la Exposición Iberoamericana de 1929, hasta que por fin lo encontramos.
Le gustaba manejar por las carreteras del país. Recorrimos juntos los sitios arqueológicos y las haciendas de Morelos, las marisquerías y cafeterías de Veracruz, y las tiendas de artesanías de Tlalpujahua y Pátzcuaro. Para los largos viajes en coche, solía hacer una selección de la música que iba incorporando en su colección. Era de todo tipo, desde jazz, son cubano, boleros, rock e inclusive reggae o Tin Tan, en un repertorio muy diverso que, para ser sinceros, no siempre era de nuestro agrado.
Con el tiempo, regresó a vivir a su casa en Tepoztlán, a cobijarse del caos de la gran ciudad rodeado por sus libros, su música, sus mascotas y su maravilloso jardín poblado de estatuas de animales. Ese fue su refugio hasta el final de sus días. Ahí recibía calurosamente a todas sus visitas. En sus últimos años, afinó sus habilidades culinarias y se convirtió en un cocinero ágil y luminoso, que nos agasajaba con sopa de lentejas, mermeladas con fruta de su jardín y galletas de mantequilla, entre otros platillos. Nuestros hijos recuerdan con especial cariño las canciones que les cantaba tiernamente, así como los versos que acompañaba con la jarana y sus pacientes lecciones de piano, con las que los fue iniciando en el gusto por la música. En esa casa vivió con Ana Paula, nuestra mamá, que lo cuidó hasta el final y a la que quiso profundamente, como podía documentarse por las notitas que le dejaba por aquí y por allá, a veces solo con el dibujito de un papalote.
A Ricardo le gustaban las palabras, podía usarlas con solemnidad y precisión, y también con ingenio y picardía. Solía responder a muchas situaciones con citas o frases hechas que había incorporado a su manera de hablar. Por ejemplo, cuando le agradecías algo, con cierta frecuencia contestaba: “Gracias, las que te adornan, que son muchas y muy variadas”. Muchas y muy variadas fueron las gracias que lo adornaron y que reverberan aún en nuestra cotidianidad.