Samuel Lagunas Cerda[1]
Universidad Autónoma de Querétaro

Fotograma de Más que una casa (Amaia Aldamiz-Echavarría, 2025)
Palabras clave: cine mexicano, documental, vivienda, movimientos sociales, inmobiliarias.
En el cine la clásica distinción entre espacio vivido y espacio percibido adquiere una intensidad única. Si para Lefevbre (2013) el espacio percibido remite a su dimensión material mientras que el espacio vivido incluye las experiencias de quienes allí se mueven (sus sueños, sus recuerdos, sus proyecciones y sensaciones), la mediación de la cámara añade a estas dos dimensiones una tercera: el espacio (pre)sentido, aquel que se despliega ante el espectador sin necesidad de la presencia del sujeto que lo habita o lo atraviesa. Es el espacio emancipado, autónomo, que se (pre)siente sin habitarse. En Más que una casa (2025), primer documental de la cineasta catalana Amaia Aldamiz-Echavarría, la cámara vive con un ritmo propio en los lugares en los que se detiene: los cuartos, los baldíos, las calles, las paradas de autobús, las fábricas, las oficinas. Como si se tratara de una presencia autónoma, la permanencia del artefacto en medio del bullicio de una maquiladora y luego en el silencio de cuando los turnos de trabajo se acaban, nos revela la vida íntima de las construcciones, una que existe más allá del paso que las personas dejan en ellas.
Más que una casa es un documental sobre las múltiples formas de habitar un lugar, de producir espacio. Es también un documental sobre las estructuras que sostienen y condicionan esas maneras de habitación. Fue filmada en colonias periféricas de Nuevo León, Estado de México, Chihuahua, Ciudad de México y Tamaulipas, ubicaciones que difícilmente se identifican por los testimonios que escuchamos o las imágenes que vemos en pantalla. Ése es el primer acierto de la película: hacer que un espacio específico se sienta no necesariamente universal, pero sí compartido, común. Las primeras secuencias nos muestran planos panorámicos de tractores y excavadoras trabajando, seguidas de planos más estrechos con albañiles levantando muros, llevando carretillas, enjarrando. Esos seres, humanos y no humanos, son los primeros habitantes de las casas que comienzan a levantarse del suelo. O quizá los primeros habitantes sean otros, más abstractos y perversos: las especulaciones de las inmobiliarias y del Estado.
Toda casa es una promesa, escuchamos de una mujer cuya voz inaugura el documental. Una promesa que detona otras: educación cercana para los hijos e hijas, caminos y transporte público para desplazarse hacia el trabajo, seguridad para caminar de día y de noche. Promesas surgidas de las entrañas del lenguaje publicitario y de la retórica gubernamental. Promesas rotas. Al fraccionamiento no llegaron las escuelas, ni los camiones, ni el alumbrado público. En su lugar, llegaron el crimen organizado y las desapariciones. Por eso, la mujer se convirtió en la cabeza de un grupo de vecinas que hacen rondines cada noche con linternas para “espantar a los malos”, y así vivir con menos miedo.
Para la antropóloga Rossana Reguillo (2008), hay tres factores que caracterizan las subjetividades urbanas en el siglo XXI: el miedo, la inseguridad y la deuda. Todos estos se hacen posibles por medio de la promesa. Dentro de la modernidad, las promesas crean un horizonte de futuro, un arco de tensión en el que se teje la trama de la historia. Entre quien promete y quien recibe la promesa se fragua una relación de expectativa y de sometimiento. Quien recibe, ata el cumplimiento de la promesa que escucha a su enunciante. Quien recibe se convierte, por la promesa, en un sujeto marcado por la incertidumbre y el miedo a perder aquello que aún no ha llegado —lo prometido—, pero que ya debe.
El problema de la vivienda en las sociedades latinoamericanas contemporáneas se gesta en la relación entre el acreedor y el deudor. No se puede tener una casa sin adquirirla en el mercado, sin deberla. En Más que una casa, Aldamiz-Echavarría entrevista a hombres y mujeres que, en la trama de desigualdades sobre las que se construyen las ciudades en México, ocupan un lugar inferior: familias que, debido a la falta de un empleo formal, tardarán más de 30 años en liquidar los créditos de su vivienda, familias que habitan colonias que han sido abandonadas por el Estado y por las constructoras privadas, familias cuyos hijos e hijas deben recorrer trayectos de más de tres horas para llegar a la escuela. Para estas personas, la casa es un espacio cargado de vida y expectativas: un refugio, un hogar. Pero es también un lugar inseguro, donde los miedos —al desalojo, al asalto, al secuestro— hacen de la vida cotidiana una carga infame.
El estilo de Aldamiz-Echavarría se expresa con claridad en una de las secuencias más destacadas de la película: hombres y mujeres son llevados en un transporte público hacia una feria de empleos montada en un terreno llano en medio de la nada. Los espectadores somos una presencia más, casi impávida, en medio de la multitud y del vocerío de ofertas de salario, de prestaciones mínimas, de una sarta reiterativa de promesas. Allí se subasta el outsourcing, se regatea la precariedad, se lucha por atisbar una ruta para continuar pagando el crédito de la vivienda. La cámara confina a los espectadores a la inmovilidad, a ser testigos forzados de ese trozo de cotidianidad popular, casi siempre invisibilizada en las pantallas del cine mexicano. El cine documental, no obstante, desde su aferrada militancia, nos ofrece algunos ejemplos de estas vidas que desde trabajos no nombrados construyen red, producen espacio, tejen solidaridades y resistencias en zonas rurales y urbanas. Es el caso del ya clásico Los herederos (Eugenio Polgovsky, 2008) donde los protagonistas son niños trabajadores del campo, o Tratado de invisibilidad (Luciana Kaplan, 2024), que sigue la vida de mujeres que se dedican a la limpieza de espacios públicos en la ciudad. En esta estela, Más que una casa abona a la documentación de esas existencias precarias que, desde abajo, van ocupando y llenando los espacios con su ruido y su silencio.
Hay otro tipo de personas que protagonizan el documental de Aldamiz-Echavarría: aquellos que habitan, que producen un espacio propio, en común, esquivando la deuda. Los llaman “invasores”, pero dentro del documental ellos se refieren a sí mismos como “rescatadores”. Son familias en su mayoría migrantes, desplazadas por la fuerza de territorios violentos, que llegan a poseer y habitar casas abandonadas, en obra negra, y a veces en ruinas. Casas que jurídicamente no les pertenecen, pero que se convierten en lugares donde se territorializan sus identidades individuales y familiares.
Para el arquitecto y filósofo catalán Ignasi de Solà-Morales (1995), las ciudades contemporáneas están repletas de espacios vacíos, “terrenos vagos” en donde aparentemente no sucede nada, pues no se emplean para ninguna actividad económicamente productiva. Son lotes baldíos, casas abandonadas, terrenos repletos de basura. Solà-Morales, no obstante, considera que este tipo de espacios son “paisajes expectantes”, en tanto que están abiertos a territorializaciones inesperadas, antihegemónicas, resultado de organizaciones informales y resistencias político-culturales. Los rescatadores de estas casas comienzan a territorializar su cotidianidad en estas construcciones desoladas construyendo una barda, sembrando un árbol, apostándose en la banqueta a conversar con los vecinos. El espacio vacío, hostil, solo, vuelve así a investise con el significado de casa: sitio de encuentro, descanso, esparcimiento, refugio.
Para el Estado y las empresas constructoras, no obstante, estas familias, al vivir fuera de la deuda, se convierten en operadoras del mal, enemigas de la legalidad y el derecho. Criminalizan su habitar. El testimonio de uno de los abogados que ha dedicado su carrera a defender los derechos de las familias invasoras confirma cómo esta condición de ilegalidad detona también otros comportamientos ilegales —amenazas, saqueos, torturas y hasta asesinatos— por parte de actores con mucho mayor poder como las inmobiliarias o la policía. Él mismo narra cómo fue violentado, encarcelado y recluido en un hospital psiquiátrico por oponerse a las arbitrariedades de las empresas constructoras. Vivir en una casa, nos revela el documental, puede ser también un delito; ésa es una de las paradojas infelices de las ciudades modernas que revela el documental. Si habitar puede llegar a ser castigado por el Estado, qué puede esperarse de los otros derechos como la educación, el agua, o la salud.
No obstante, como también plantea Reguillo (2008), los sujetos que para el Estado y las empresas son operadores del mal, también son “figuras de esperanza”, personas que resisten en colectivo las inseguridades, los miedos y las deudas que caracterizan las ciudades latinoamericanas contemporáneas. Desde la apertura de una panadería informal en un domicilio personal, hasta la adecuación de dos casas como escuela multigrado, pasando por la formación de comités vecinales, comedores populares, o policías comunitarias, Más que una casa recoge el empeño y las estrategias colectivas para sobrevivir y tejer vida en los márgenes.
No es fácil ser espectador de Más que una casa, un documental que se aleja de los cánones expositivos y apuesta por una mirada más simple, la del acompañante y el testigo que apenas puede presentir la valía de los espacios que percibimos a través de la imagen. El murmullo de coches, pasos y voces en las calles abunda, apenas y se tropieza con las palabras de las y los entrevistados, quienes permanecen anónimos igual que los lugares. Esa condición de anonimato, más que un vacío, es el presentimiento de una lucha de la que todos somos parte, en la que, queramos o no, estamos de algún lado de la balanza. Tener una casa nunca es sólo tenerla, es participar de relaciones económicas con los acreedores, es la territorialización de nuestros deseos y miedos, es la búsqueda y el sostenimiento de una promesa. Ésa es la reflexión que no debemos seguir postergando.
Más que una casa comenzará en 2026 su recorrido en festivales y salas de cine en México y en otros países.
Referencias
Lefebvre, H. (2013). La producción del espacio. Capitán Swing.
Reguillo, R. (2008). Sociabilidad, inseguridad y miedos: Una trilogía para pensar la ciudad contemporánea. Alteridades, 18(36), 63–74.
Solà-Morales, I. (1995). Terrain vague. En I. de Solà-Morales, Territorios (pp. 181–193). Gustavo Gili.
Ficha técnica
Título: Más que una casa
Año: 2025
País: México
Dirección: Amaia Aldamiz-Echavarría
Producción ejecutiva: Juan Pablo González
Producción: Julián Etienne, Amaia Aldamiz-Echevarria
Coproducción: Abril López Carrillo
Fotografía: Sebastián González Rivas
Edición: Julián Darby
Sonido directo: María Alejandra Rojas Garavito, Adrià Campmany Buisán
Diseño sonoro: Aldo Domínguez
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Correo electrónico: samuel.lagunas@uaq.mx ↑