La palabra que se escucha
Ricardo Pérez Montfort, poeta

Mónica Lavín
Escritora

Foto: Archivo personal Ricardo Pérez Montfort.

Conocí a Ricardo Pérez Montfort al despuntar la adolescencia. Era el primo de mi querida amiga Anita. Hubo fiestas, reuniones. Fue un primer amor dulce y tierno. Desde entonces me asombraron sus muchísimos intereses. La música era uno de ellos. Escuchábamos a Alex y Leslie en el teatro de Santa Catarina en Coyoacán, que cantaban a Peter, Paul y Mary, a Joan Baez, a Pete Seeger y su We shall overcome. Quizás porque en la adolescencia la educación sentimental a través de la música es fundamental, la relación de Ricardo con la música está grabada en mi memoria. Era ya un lector, hijo de padres científicos. Ninguno de los dos sabíamos qué queríamos hacer con nuestras vidas ni por dónde irían los derroteros de nuestros caminos profesionales. Ricardo nunca dejó de ser fiel y productivo en todo lo que le apasionaba, un verdadero hombre del Renacimiento: la historia, la música, el cine y la literatura.

Conservamos una intermitente cercanía. Una amistad a prueba del tiempo, una solidaridad discreta, de manera que si yo iba a escribir sobre algún tema que requería de investigación histórica, él me refería a especialistas y bibliografía que me podría ser útil: Isaac García Venegas fue un imprescindible asesor para Yo, la peor; los libros sobre el café en el Soconusco de Antonio García de León para Café cortado.

Ricardo empezó a publicar poesía en los años ochenta y tuve la fortuna de que me regalara algunos de sus primeros libros. Cárceles y campo (1986) es un precioso libro objeto con hojas de papel de seda de Humberto Spíndola, intercaladas en las partes que componen el poemario. Veladuras, transparencias y colores. Una colaboración original y de gran finura estética, de la que Jaime Moreno Villarreal escribió:

el enamorado vulnera con navaja la corteza de un árbol como si su amor fuera para siempre: el escritor y el artista, también tentados por una ilusión perdurable, intentan su pasión sobre el papel.
Contactos y mareas (1993) es también un libro en complicidad con el artista plástico

Felipe de la Torre, todo décimas y acuarelas sugestivas, como la propia palabra: cuerpo, piel, animales, sugerencias en ocres y azules que acompañan la palabra de travieso erotismo.

Si las puertas que ella toca
están en disposición,
no desdeña la ocasión,
traspasando sus umbrales
y en recovecos carnales
inicia la exploración. 

Bien sabemos que la poesía es palabra que se escucha, que se versifica con el oído lo mismo que con el intelecto y el corazón: todo ello vertido en el lenguaje. Pero Ricardo Pérez Montfort tenía especial gusto por las décimas jarochas, diez versos octosílabos con rima consonante, donde el final de cada décima es el pie para la siguiente. Si uno lee las décimas deleitosas que están en sus diversos libros, como Cárceles y campo o Seducción y naufragio, uno se abandona a la cadencia musical, el ritmo, la picardía tan jaranera. Su interés por el folclor latinoamericano y algunos ritmos vernáculos tuvo su propia salida en los años setenta en el grupo La Peña Móvil, que solía presentarse en la Peña del Nahual, en la calle de Francisco Sosa. Ese oído musical curioso fue macerándose entre el jazz, el blues, lo clásico, el rock, la música mexicana; mientras visitaba todos los temas de interés como estudioso de la identidad mexicana.

Se me llena la imaginación de boleros
apoltronado en el sillón,
sólo el ronroneo del cómo quisiera
deslizándose hacia el recuerdo de tus ojos
y tu tibia superficie.

Llama la atención la dupla con que nombró varios de sus libros. El juego de opuestos, un oxímoron provocador que da cuenta de las tribulaciones y búsquedas de temas que jalan hacia uno y otro polo en busca tal vez del paraíso intermedio, tal vez de la coexistencia de los contrarios: Cárceles y campo, lo abierto y lo cerrado, la libertad y su privación. En Seducción y naufragio, lo mismo el gozo que el desconcierto. Su poesía refleja esas contradicciones íntimas: la búsqueda del amor, su altura gozosa y el hueco de la ausencia, la presencia y el olvido. “Cuánta zozobra. / Son dos ausencias, las de tus ojos. / ¡Déjalos quedarse!”.

La casa como refugio del alma, rodeado de música, de libros y también de la huella de alguien que ya no está, es recurso persistente en su lírica. La añoranza y la melancolía recorren muchos de sus poemas; como contraparte de ese tono blusero y triste, las décimas juguetonas y pícaras, coquetas y atrevidas. Esas dos facetas del autor, dos momentos del alma, dos formas de estar en la vida. La luz y la oscuridad son tono permanente en lo que escribe: “Profunda noche que brilla / con su negra claridad”.

Lo releo a la luz de una ausencia que duele. La última vez que lo vi fue en su inesperada asistencia a la feria del libro de Tepoztlán, donde yo presentaba un libro. Un abrazo y un “estoy mejor”. Y luego, la fatal noticia. Recorrer sus palabras lo vuelve presencia y enigma, no hay mayor viveza y cercanía que la huella de los días en las palabras estelas de luz, como las estrellas que seguimos adivinando, aunque ya no estén.

Cómo me gustó la parte “Jazz y whiskey” del poemario Rumbo (2010), que no conocía. La poesía se va desgranando mientras el de la voz bebe de aquel vaso y escucha música. Una siente el deseo de poner la pieza de Bill Evans, beber el whisky y reflexionar con el autor sobre el hecho de escribir, que es otro de los temas que Ricardo Pérez Montfort toca en varios de sus poemas: la página en blanco (“Una nueva página en blanco, como casa deshabitada…”) y ese observar el acto de consignar en palabras ciertas emociones e imágenes que tienen el propósito de retener, de atender, de que no se fuguen, de desmenuzar la perplejidad, de no ahogarse en el sinsentido y la sinrazón.

Esta décima lo confirma:
La hoja en blanco se queda
como si fuera un recuerdo,
en el pasado me pierdo
rueda la rueda que rueda;
así espero a que suceda,
la vida y su sinrazón.
Corriendo tras la ilusión
de una posible salida
encontré mi alma perdida
y roto mi corazón.

Ya desde Cárceles y campo, el poeta se refiere a la conciencia de la escritura, como en el que se titula “Viaje a lo que aparece de ti en la escritura”:

Extrañas y redondas relaciones
ahora que la letra vuelve a darse despacio,
inclinada sobre este navegar dejando constancia…

El poeta nos permite ver el desconcierto que lo asalta, mientras intenta escribir entre el trago y la música que escucha, como se lee en el poema “El suspenso” (Rumbo).

Me quedo leyendo el final del último escrito,
saboreando el último sorbo de whiskey…

Hay un túnel que se vuelve biblioteca
y un vacío en el corazón
que se está convirtiendo en palabra.

Tengo casi diez lápices
y ninguno se atreve a garabatear en el hueco
que va quedando, ahondando y oscureciendo…

Queda invariablemente algún decir
Algún decir
Antes de que se colapse el diccionario.

En las décimas y su talante juguetón, por sus duelos de astucia palabrera en los fandangos jarochos, es donde Ricardo Pérez Montfort equilibra el ingenio de su pluma, su capacidad de amoldar el sentimiento a la razón y la rima al son. Ya parezco contagiada, pero la rima en la décima no es cosa fácil. Son libres y espontáneas las que se recitan en la plaza popular, pero las escritas por Pérez Montfort son minuciosas y garbosas. Asombra ese hacerse del género popular derivado de la poesía culta del Siglo de Oro, como una manera de mirar y de sentir. Ricardo Pérez Montfort hace del elogio a la décima de Sotavento verso permanente en su poesía impresa, que mientras se lee en el silencio, se escucha.

Mi territorio se vuelve
sólo esta hoja y la pluma,
esa que quiere que
la letra te escriba
y no se equivoque.
Salta del bostezo inmenso
y raya los cuadernos
que su silencio se quiebre
cuando la línea busque tus piezas
y empiece a tocarlas.

Otra vez la alusión a la escritura, no sólo como forma de preguntarse y aproximarse a algún tipo de respuesta, sino como una forma de tocar al otro. ¿Qué son los versos escritos sino búsqueda, desazón y contento? ¿Qué son sino una cuerda de palabras para alcanzar al otro que le da sentido y comunión a la línea solitaria?

Del poema “Llueve en la playa”, dedicado “Para mi Ana Paula… tan querida”, salta esa cuerda:

Llueve en la playa
y el corazón se frota
contra la arena…
Un ave marina surca el horizonte
y el agua tibia se acerca
con su rumor… con su rumor.

Leer la poesía de Ricardo Pérez Montfort es reconocer esa cuerda, conmoverse y darle permanencia a su arte versificador.