Hipólito Rodríguez
CIESAS Golfo

Desplazamiento forzado de residentes de la Franja de Gaza durante el conflicto entre Gaza e Israel Foto: Jaber Jehad Badwan (2025) vía Wikimedia Commons
Al culminar el primer cuarto del siglo XXI, el genocidio que el Estado de Israel comete contra el pueblo palestino desde octubre de 2023 constituye un hito histórico tan grave como lo fue la Shoa a mediados del siglo XX. Sin embargo, a diferencia de ésta, el holocausto que padecen los palestinos ocurre en un contexto social de consecuencias globales. Mientras que el genocidio palestino se exhibe de forma descarnada gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación, el martirio judío ocurrió bajo un ocultamiento y una indiferencia que implicó un retardo en el repudio mundial al crimen nazi. Parecía dificil creer que semejante acto de barbarie ocurriera en el corazón de Europa.
Pero hoy el genocidio palestino se lleva a cabo de una forma tan abierta que nos obliga a todos a pensar de modo diferente el devenir del Estado moderno. Durante mucho tiempo, tras la Segunda Guerra Mundial, se pensó que la entidad estatal liberal haría respetar los derechos humanos. Se crearon instituciones para impedir que el genocidio pudiera repetirse. Sin embargo, la agresividad que ahora el imperio norteamericano ejerce sobre todas las naciones del orbe, parece olvidar esa historia y su violencia está adoptando una forma cínica y extiende sus nocivos efectos por doquier. Las regiones donde se cometen asesinatos a comunidades indefensas han proliferado, y al lado de Palestina figuran múltiples zonas de África y Asia.
Si en Gaza el Estado israelí se ha propuesto destruir a una comunidad concreta —el pueblo palestino— sin que nadie pueda frenarle, esto puede ocurrir porque cuenta con el apoyo bélico e ideológico del gobierno estadounidense. Si este mismo gobierno puede secuestrar con alarde de violencia al presidente de Venezuela, violando las reglas internacionales que garantizan el respeto a las soberanías nacionales, es porque no le importan ya ni las Naciones Unidas ni la Corte Penal Internacional. Su abandono de toda normatividad está permitiendo el ejercicio impune de la violencia, amedrentando a todas las naciones que se opongan a su “destino manifiesto”: impulsar el capitalismo y proteger los intereses del capital en todas sus modalidades.
Desde una perspectiva histórica, Trump pareciera ser solo la personificación de un proceso que le trasciende. La ruptura del orden internacional, el abandono de todas las instituciones globales que se construyeron al final de la Segunda Guerra Mundial, es el signo de una recomposición del papel de los Estados que emerge al final del ciclo neoliberal: el libre comercio no conviene ya al hegemón americano y el proteccionismo se ha vuelto su último recurso para enfrentar la superioridad productiva del proyecto capitalista encabezado por China.
La estatalidad, por llamar de algun modo a las diversas configuraciones y normativas que asume el Estado capitalista liberal, está ahora puesta en tela de juicio a nivel global. El hecho de que ninguno de los Estados europeos haya repudiado de forma clara el crimen que comete el Estado israelí es un escándalo internacional. El hecho de que ninguno haya sido capaz de detener la cruel masacre del pueblo palestino, nos exige analizar el problema de las prácticas estatales en el reacomodo capitalista del primer cuarto del siglo XXI. Ucrania se ha vuelto víctima de la intención estadounidense de extender su dominio hasta la última frontera con la antigua Unión Sovietica, provocando no solo la sumisión de Europa sino la violenta reacción de Rusia para defender a las comunidades rusas que residen en los ámbitos próximos al Mar Negro, y por supuesto su acceso a ese territorio necesario para proteger su posición geoestratégica.
El escenario global ve cómo se multiplican los puntos de conflicto. Ante este horizonte, las ciencias sociales se hallan ante un serio desafío. Arnaud Orain (2025), un historiador de los cambios en el orden económico global, apunta que estamos volviendo a la situación que prevalecía antes de la primera guerra mundial: la lucha descarnada entre diversos proyectos nacionales, la disputa por los mercados y los recursos naturales. Según sus palabras, nos hallamos ahora ante el capitalismo de la finitud, un capitalismo que se opone al neoliberalismo del crecimiento sin límites. La historia económica revela que el capitalismo no ve con buenos ojos la concurrencia. El capitalismo de la finitud prefiere los monopolios. El capitalismo de la finitud es imperialista. Pelea por los recursos estratégicos —el agua, la energía, las tierras raras, los territorios con potencial minero o turístico— y circunscribe todo su esfuerzo bélico al dominio, control y defensa de sus áreas de influencia. La competencia por los hidrocarburos se ha agudizado, por mucho que la ONU y las redes científicas y ecologistas adviertan del riesgo que implica seguir extrayéndolos. En consecuencia, las áreas geográficas con recursos probados se han vuelto zonas de conflicto global. Palestina, desgraciadamente, se localiza en una de ellas.
Bolívar Echeverría (2020), al examinar los aportes que hizo Rosa Luxemburgo al debate sobre la cuestión nacional al empezar el siglo XX, apuntó que el Estado capitalista jugó un papel clave para defender los intereses de los colectivos que asumían la valorización del capital y en este sentido subrayó que ese Estado solía encabezar la conquista y la defensa de los territorios donde esos colectivos podían contar con un relativo monopolio sobre los recursos naturales. Pero Bolívar también señaló que las comunidades concretas que viven desde épocas remotas en el territorio, también configuran proyectos para defender los bienes comunes donde han configurado su identidad y sus costumbres y tradiciones, los sistemas de valores de uso que soportan sus mundos de vida. De acuerdo con esa perspectiva, cabría hablar, a lo largo de la historia, del choque entre los proyectos de Estados nación capitalistas y los proyectos acuñados en espacios regionales específicos por comunidades y pueblos originarios concretos. En este sentido, la historia del capitalismo es al mismo tiempo la historia del colonialismo, una historia marcada por una diversidad de confrontaciones que desde el siglo XVI adquiere un carácter global. Y, al mismo tiempo, cabe advertir la subordinación de las identidades y comunidades de nación concretas en esas disputas, una tensión que genera resistencias y genocidios, y una manipulación que con frecuencia ha implicado el sacrificio de los colectivos populares que se integran como carne de cañón en las guerras imperialistas.
El caso de Israel tiene que analizarse considerando ese contexto. Ilan Pappé (2025) lo ha hecho de forma magistral. Al reconstruir la historia de Israel, Pappé se aleja de todo esencialismo, y muestra un proceso complejo: cómo una entidad estatal se construyó e impuso sobre comunidades concretas —colectivos compuestos de judios y palestinos—que a lo largo de muchos años habían podido convivir sin conflicto, a pesar de poseer trayectorias y creencias religiosas diferentes. La historia la conocemos: el sionismo se propuso superar la diaspora judía ofreciendo a los colectivos dispersos por todo el orbe la promesa de recuperar el territorio postulado como su sede originaria. Sin embargo, esa promesa ignoró a las comunidades que ya habitaban desde hacía tiempo ese territorio.
Según Pappé, la mayor parte de la gente ubica el inicio del conflicto entre Israel y Palestina en 1948. Pero el conflicto arranca muchos años antes. En el contexto de la primera guerra mundial, el gobierno británico retomó la Declaración Balfour, empeñándose en facilitar la institución en Palestina de una patria nacional para el pueblo judío, en previsión de la caída del Imperio Otomano. La Sociedad de las Naciones —antecedente de la ONU— otorgó al Reino Unido el mandato sobre Palestina. De 1918 a 1948, los sucesivos gobiernos británicos se afanaron en la tentativa de mantener al mismo tiempo dos promesas: crear una patria nacional judía y promover el autogobierno para los habitantes de la Palestina. Sin embargo, ceder una parte del territorio palestino al proyecto sionista constituía una acción que ignoraba a los palestinos. En consecuencia, ambas propuestas fracasaron. El Reino Unido no logró jamas proponer una solucion aceptable para las dos partes en disputa. La propuesta de configurar una entidad nacional palestina fue rechazada por el proyecto sionista. Al concluir la Segunda Guerra, la ONU, asumiendo la responsabilidad de resolver el conflicto, se inclinó por una opción: dividir el territorio palestino para hacer posible la ubicación en él del nuevo Estado judío, que ocuparía poco más del 56 % de la tierra aún cuando los palestinos arabes representaban más del doble de la población hebrea. La Asamblea General de la ONU aprobó este procedimiento, pero la división fue impugnada por los palestinos y los Estados arabes vecinos. El rechazo dio la excusa a los sionistas para preparar una guerra cuyo propósito sería hacerse de más territorios. Así, a partir de 1948 las fuerzas sionistas comenzaron la limpieza étnica de Palestina y con ello inició la Nakba, la Catástrofe, la expulsión de los palestinos de sus tierras. Ya en 1949, según Pappé, Israel había adquirido el control de cerca del 78% del territorio, mientras que la Cisjordania y Jerusalén acabarían bajo el control de Jordania, en tanto la Franja de Gaza era ocupada por Egipto.
La guerra de junio de 1967 transformó radicalmente el “proceso de paz” que venía impulsando la ONU: en el curso de seis días Israel ocupó la Cisjordanía y la Franja de Gaza, así como las alturas del Golan, en Siria. La totalidad del territorio histórico de Palestina —así como más de un millón y medio de palestinos— quedó bajo el control israelí.

Fuente: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/1/1f/Mapa_territorios_palestinos_con_colonias_de_Israel.gif
Desde entonces, Estados Unidos dejó hacer a Israel: la ocupación de los territorios ganados en la guerra por el ejército israelí prosperó, y la violación del derecho internacional se toleró; paulatinamente la instalación de colonias en el espacio palestino por poblaciones judías siguió a pesar de que las mismas no eran legalmente admisibles. El propio Congreso norteamericano daba su anuencia a ese proceso. Cuando Noruega asumió por un breve periodo la conducción del proceso de pacificación, durante la negociación para los Acuerdos de Oslo (1993-2000), sus diplomáticos no pudieron refrenar la dinámica sionista. El proceso de paz se convirtió en una farsa: Israel lo usó para “normalizar” el proceso de ocupación. La desesperación y una total pérdida de confianza en la diplomacia llevaron a los palestinos a una serie de revueltas —las Intifadas—cuestionando los acuerdos de Oslo. La injusticia determinó que las comunidades palestinas apoyaran a los grupos islamistas armados comprometidos en conseguir una auténtica liberación. Los primeros años del siglo XXI vieron crecer la violencia en la región: como respuesta al 11 de Septiembre, Estados Unidos impulsó una guerra al terrorismo (identificado con el islam) que incidió tanto en Afganistan como en Irak (donde por cierto nunca encontraron armas de destrucción masiva). El nuevo contexto propició un corrimiento hacia la derecha en la sociedad israelita: esa orientación política incidía en la aprobación y consolidación de los asentamientos impulsados por los colonos sobre las tierras ocupadas en 1967. En el primer cuarto del siglo XXI se desplegó una intensa colonización de Cisjordania y el aislamiento de la Franja de Gaza respecto al resto de la Palestina. En consecuencia, hoy viven ilegalmente en Cisjordania cerca de 700 mil colonos hebreos y el gobierno israelí se propone apoyar el poblamiento de las tierras sirias ocupadas en las alturas del Golan. Así, Israel ha hecho todo lo posible para impedir que sea viable la solución que propone la convivencia de dos Estados. El acoso a la población palestina produjo un malestar tan vivo que, en enero 2006, Hamas, partidario de la defensa armada, ganó las elecciones Legislativas, derrotando a Fatah, la otra corriente política palestina.[1] Frente a ello, Israel reaccionó reforzando su asedio sobre la Franja de Gaza: un bloqueo en tierra, aire y mar que implicó convertir a toda la región en una cárcel: un campo de concentración sujeto a constantes bombardeos como represalias a cualquier intento de romper el cerco. La indiferencia internacional concedió a Israel una carta de inmunidad. Los habitantes palestinos de Jerusalén mientras tanto han sido objeto de una segregación que los discrimina y empobrece. Israel ha estado demoliendo hogares palestinos en Jerusalén desde 1967 y recientemente ha intensificado la campaña de demolición. La anterior movilidad entre Cisjordania, Gaza e Israel ha desaparecido. Las fuerzas paramilitares agreden a los palestinos en diversas zonas de la Cisjordania, quemando sus olivares y haciendo imposible su sobrevivencia. Estas fuerzas se han convertido en la vanguardia del Sionismo religioso, un movimiento de masas que se ha convertido en una fuerza política: no solo se proponen colonizar la Cisjordania, también quieren transformar Israel en una teocracia hebrea.
Durante décadas, escribe Pankaj Mishra (2025), la Shoa había establecido el estándar para la maldad humana. Pero hoy Gaza parece superar ese estándar: y lo más insólito es que quienes lo han conseguido son los herederos del primer holocausto. Si los campos de concentración donde murieron asesinados millones de judios en el centro de Europa estuvieron cubiertos por un velo que impidió que buena parte de la humanidad se enterara de esa barbarie, ahora resulta que las víctimas de la crueldad sionista trasmitieron su martirio en tiempo real a miles de millones que no pudimos sino asistir con impotencia y dolor a esa masacre. ¿Algo ha cambiado? ¿Qué piensan los europeos y estadounidenses que hoy se enteran del genocidio cometido por el Estado de Israel contra la población palestina? ¿Hacen algo para impedir que ese acto cruel continue? Parece que la maldad no tiene remedio. Dice Mishra: “Muchos han sido testigos de la muerte y la mutilación a manos de regímenes caracterizados por la insensibilidad, la intimidación y la censura. Se sorprenden al darse cuenta de que todo es posible, que el recuerdo de las atrocidades del pasado no es garantía contra su repetición en el presente, y que los cimientos del derecho y la moralidad internacionales no pueden considerarse de ninguna manera seguros.” Y esta observación es la que marca el primer cuarto del siglo XXI. Un cuarto donde un crimen se ha cometido usando las tecnologías más avanzadas, un cuarto donde la potencia militar que presume defender el orden moderno suministra las armas y la apología de ese asesinato de masas.
El crimen israelí es la vergüenza de la humanidad. Es tan imperdonable como Auschwitz, y lo peor de todo es que el presidente estadounidense sostiene que ahí donde se comete el crimen él piensa construir un paraíso turístico. Como mostró Edward Said, atestiguamos que buena parte de la cultura occidental se encuentra ensombrecida por una mitología en torno al mundo árabe, una serie de estigmas que ha impedido reconocer en las culturas forjadas en el oriente mediterráneo una humanidad que merece respeto. Reducir al Islam a los signos de la barbarie —la islamofobia— es una de las huellas que acoge una política poscolonial que ahora es impulsada por un sionismo anacrónico y sin embargo posmoderno.
Recordemos que casi todos los Estados poscoloniales se negaron a reconocer al Estado de Israel. India, China e Indonesia fueron algunos de los países que aprobaron una resolución en la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1975 declarando al sionismo una «forma de racismo y discriminación racial». Nelson Mandela dijo que la liberación de Sudáfrica del apartheid estaba «incompleta sin libertad para los palestinos». Sin embargo, la limpieza étnica en Gaza continua. Cuando los congresistas demócratas afroamericanos Bowman y Cori Bush se pronunciaron contra el apartheid israelí, el lobby sionista invirtió más de 25 millones de dólares para impedir que volvieran a ganar una posición en el Congreso. Esa es la democracia en el país que pretende dar clases de ella en el mundo libre. Pero el maquillaje del orden liberal se ha agrietado. Aun cuando la Corte Penal Internacional y Amnistía Internacional han denunciado el genocidio, múltiples naciones siguen suministrando armas a Israel. De ahí que no sea nada extraño que Trump pretenda sancionar a quienes denuncian esa atrocidad. De ahí que la valentía de Francesca Albanese al exhibir ese hecho sea ahora un símbolo de la decencia para todos nosotros. La violación de las normas internacionales, el genocidio, ¿no merecen el repudio de todas las democracias? Sin embargo, la extrema derecha global se pronuncia a favor de Israel, desde Viktor Orban en Hungría y Javier Milei en Argentina hasta los creyentes evangélicos en Estados Unidos: ¿no debería eso hacer pensar, a los demócratas de todo el orbe, sobre el futuro de las instituciones liberales?
El día 17 de septiembre de 2025, nos dimos cuenta del monstruo en que se ha convertido el Estado de Israel. No solo es que ya sea un proveedor global de métodos de espionaje en comunicaciones digitales, sino que ahora tiene ya también la capacidad de hacer estallar dispositivos de comunicación como arma para atacar a los disidentes en su espacio regional. Israel había nacido bajo una bandera que era atractiva: abrir un espacio para la diaspora judía. Pero ese sueño del sionismo original se ha convertido en una pesadilla. El sionismo era en su origen un arcoiris de fuerzas: lo mismo reunía a socialistas que a conservadores. Poco a poco, esa pluralidad se destiñó y lo que ha quedado es un solo color, un color ominoso y agresivo: una potencia colonialista que para albergar a más judios en las tierras consideradas santas está dispuesta a arrinconar y aniquilar a un pueblo que ahí habita desde hace cientos de años.
El sionismo cuenta con múltiples aliados y ha construido alianzas con gran habilidad. Ha constituido un lobby que le apoya en el mundo norteamericano. Los evangelistas cristianos, que también tienen una lectura de la Biblia como fuente de dogmas, consideran que el sionismo tiene derecho a poblar de forma agresiva los territorios de medio oriente. Su sueño, en realidad una pesadilla para sus vecinos, es extender su expansión sobre todas las tierras bíblicas para instalar un dominio sobre los pueblos árabes, considerados desde hace siglos como infieles. Los árabes por su parte han ido perdiendo, una tras otra, las guerras que han procurado poner límites a ese sueño. Desde la guerra de los seis días, en los años sesenta, hasta ahora, Israel ha mostrado exitosamente su capacidad militar para desbaratar todas las posibilidades de unidad en el mundo árabe musulman. Hoy es claro que Israel ha dejado de ser un Estado dispuesto a respetar la vida del pueblo palestino. Se ha convertido en un Estado genocida. Y esa es la gran paradoja a la que ahora nos enfrentamos. Un pueblo que sufrió un genocidio en el pleno corazón de Europa, ahora se ha convertido en complice de una entidad estatal que comete el genocidio más repugnante del primer cuarto del siglo XXI: el crimen cometido contra un pueblo que desde 1948 ha visto cómo el territorio donde vivía se ha convertido en la mayor cárcel a cielo abierto del planeta.
De acuerdo con el análisis geopolítico de John Mearsheimer, es muy importante entender que dentro del territorio dominado por Israel hay más o menos siete millones de palestinos y más o menos siete millones de judíos israelíes; hay una igualdad demográfica entre las dos partes, por lo que la pregunta es ¿cómo piensa Israel gobernar un territorio donde ambas poblaciones pesan lo mismo? Según Mearsheimer básicamente se observan cuatro opciones. La primera opción es que haya un Gran Israel democrático; esta opción no va a suceder porque ya no sería un Estado judío; en segundo lugar figura una solución de dos Estados, opción que no está sucediendo, ciertamente después de lo que sucedió el 7 de octubre de 2023. La tercera posibilidad es el apartheid, opción que desde hace años tiene vigencia: Amnistía Internacional ha elaborado extensos informes en los que se documenta por qué Israel es un Estado que impone el apartheid. La cuarta opción —que hoy no deja de desplegarse— es la limpieza étnica, la cual implica deshacerse de los palestinos, la mayoría de los cuales viven en Gaza y Cisjordania, para crear un Israel más grande, que estaría completamente dominado por judíos israelíes y tendría muy pocos palestinos en su seno.
Para Mearsheimer, lo que no se discute en los medios de comunicación occidentales es que el verdadero objetivo es la limpieza étnica de Gaza; y la razón por la que quieren limpiar étnicamente Gaza es porque, en primer lugar, es la forma de salir del apartheid, y, además, es la única forma de derrotar a Hamas. Según Mearsheimer, para hacer que la limpieza étnica funcione, en primer lugar, hay que matar a un número significativo de personas palestinas, que son personas inocentes, y hay que darles un poderoso incentivo matándolos para expulsarlos; en segundo lugar, es preciso que el lugar se vuelva inhabitable y eso es lo que están haciendo: matar de hambre a la población. Así, los israelíes están ahora involucrados en un genocidio y esto ha sucedido así porque no han podido expulsar a los palestinos.
Coincidimos con Enzo Traverso (2024), no hay ninguna justificación a la violencia. Es inaceptable. En todo caso, debe analizarse y comprenderse su origen. No limitarse a condenarla. Así, hay que entender las bases de la popularidad de Hamas. Pueden reprobarse y condenarse sus métodos, pero es preciso reconocer que su resistencia es legítima. El terrorismo de Hamas es el reverso del de Israel. No podemos equiparar la violencia de un movimiento de liberación nacional con la violencia de un ejército de ocupación. Denunciar el genocidio no es de ninguna manera un acto antisemita. No es un acto cómplice con el terrorismo. Es un acto moral.
Israel, para nuestro estupor, se comporta hoy como los fascistas de antaño. El pueblo judío, que vivió esa clase de violencia, ¿por qué viola ahora los derechos del pueblo palestino?
Traverso estima que las tragedias pueden abrir nuevos horizontes. La utopía sería ahora impulsar un estado federado donde cohabiten judios y palestinos. Hanna Arendt advirtió, en 1948, que una entidad estatal impuesta estaba condenando al pueblo de Israel a la guerra. Hoy, lo que está en juego no es solo la supervivencia del pueblo de Israel, sino la supervivencia del pueblo palestino. Parece en verdad utópico proponer la presencia de dos Estados, pero más utópico es pensar que todo siga en la misma deriva de supresión del pueblo palestino. Ante esa amenaza, las tareas inmediatas han sido y siguen siendo: revertir la ocupación y la colonización; neutralizar el despojo y su violencia; instaurar una entidad de conciliación democrática que auspicie la paz.
Sin embargo, siguiendo al pie de la letra la neolengua anticipada por Orwell, Trump ha decretado que la paz es la guerra. Pero su práctica criminal va aún más lejos: convertir las ruinas en un paraíso turístico. El análisis de las fuerzas en pugna en el entorno de Palestina no puede evitar reconocer que se asiste a un nuevo episodio de la histórica confrontación entre las tres grandes religiones monoteistas: judaísmo, cristianismo e islam. Cuando Sloterdijk (2008) comentó el ensayo Spectres de Marx (1995) de Derrida, consideró que había en él una exageración: “La guerra por la «apropiación de Jerusalén» es hoy la guerra mundial. Tiene lugar en todas partes, es el mundo, es hoy la figura singular de su ser «out-of-joint» [fuera de lugar].” Sin embargo, viendo la historia reciente, tal vez no había ninguna exageración. La internacional de la ultraderecha promueve la guerra ahí y en otros puntos del mundo. A su juicio defender el orden liberal y las políticas sociales es ya un discurso de la izquierda radical. El Letalyahoo se ha convertido en su líder ideológico: a expresarle admiración se suman, en Brasil, el hijo de Bolsonaro; en Argentina, Milei; en Francia, Bardella, líder de la ultraderecha; en España, los líderes de VOX, por citar algunos. La contrarrevolución que estas corrientes impulsan en todo el orbe comparte algunas premisas: los migrantes son delincuentes, el mundo árabe es una amenaza, cuestionar el colonialismo israeli es una práctica antisemita, las protestas estudiantiles que exigen respetar los derechos humanos de los palestinos proviene del odio a los judíos, el cambio climático es una ficción, el secretario general de la ONU merece desprecio, la privatización de los servicios públicos es buena, TRUMP es una bendición para Israel …
Bibliografía
Derrida, J. (2003), Espectros de Marx, Trotta, Madrid.
Echeverría, B. (2011), Ensayos Políticos, Ministerio de Coordinación de la Política
y Gobiernos Autónomos Descentralizados, Quito, Ecuador.
Mishra, P. (2025), El mundo después de Gaza, Fischer Verlage.
Orain, A. (2025), Le monde confisqué. Editions Flammarion, France.
Pappé, I. (2025), La fine di Israele, Fazi Editorie, Italia.
Said, E.w. (2008), Orientalismo, Random House Mondadori.
Sloterdijk, P. (2008), Celo de Dios, Ediciones Siruela, España.
Traverso, E. (2024), Gaza ante la historia, Editorial Akal, México.
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Ambas corrientes luchan contra la ocupación israelí, pero su actitud ante la misma es diferente. FATAH decidió desde los años ochenta renunciar al uso de la violencia e impulsar por vías diplomáticas el cumplimiento de la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU que establece el retiro de Israel de los territorios ocupados. En cambio HAMAS apoya la resistencia armada. Ante el desprestigio de FATAH, acusado de corrupción y burocratismo, HAMAS ha venido creciendo políticamente. Con todo, la división de ambas fuerza debilita la lucha del pueblo palestino, que en diversas encuestas demanda la unidad. ↑