Ana María Serna Rodríguez
Instituto Mora

Foto: Isaac García Venegas.
A cierta edad, uno comienza a darse cuenta de que se está quedando solo. Se sufre de una particular orfandad cuando los maestros, a quienes les debemos la buena letra y gran parte de nuestra identidad, nos abandonan a merced de nuestra suerte. Enfrentar una vida adulta en la cual estamos obligados a navegar las frenéticas entrañas de la vida académica sin el apoyo de los mayores que avalaron nuestras ideas, nos leyeron antes que nadie, corrigieron nuestro mal uso de la coma y templaron nuestras aseveraciones exageradas provoca un luto sordomudo: se acabó un diálogo, aquel cobijo donde todavía podíamos equivocarnos. Cualquier cosa que argumentemos de ahora en adelante llevará la impronta de muchas conversaciones que nos formaron, pero es, única y exclusivamente, nuestra responsabilidad. El vacío frente al precipicio que provoca su ausencia se profundiza porque estamos obligados a cumplir con un legado. La herencia de Ricardo Pérez Montfort es tan enorme que preservarla y transmitir sus enseñanzas con rigor y dignidad sólo será posible con el esfuerzo colectivo de muchos de sus discípulos.
Ricardo fue mi maestro de la codiciada materia Revolución Mexicana. A mis dieciocho añitos tuve que hacer cola y montar un pequeño mitin en la coordinación de la carrera de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras para que me permitieran inscribirme a su clase, que estaba abarrotada. Fue mi director de tesis, mi primer jefe y mentor, y uno de mis hermanos mayores por adopción. Ricardo fue un hombre intenso, un maravilloso torbellino, apasionado de sus pasiones. Nunca supe cómo lograba hacer tantas cosas. A mí me transmitió, como una transfusión de sangre, el asombroso placer de hacer investigación, el permiso de cuestionarlo todo, el arte de aprender vagabundeando por calles y callejones de pueblos y ciudades de México y el mundo. Me enseñó con mucha claridad a comprender que los corridos y los sones, las fotos, las películas, los murales, los objetos y las buenas conversaciones son valiosas fuentes primarias que no podemos ignorar y a las que siempre debemos sacarles jugo con un método hermenéutico riguroso. Ricardo demostró con su trabajo lo que nos enseñaba dentro y fuera de las aulas: para abarcar un conocimiento histórico en las áreas de la historia social, política y cultural, hay que buscar hasta por debajo de las piedras. Ejerció la docencia y la investigación como una bocanada de aire puro. Nos heredó, sobre todo, la certeza de que la construcción del conocimiento también es un espacio lúdico que no puede quedar asfixiado bajo las reglas abrumadoras del quehacer académico institucional: debe armarse en charlas de sobremesa y con experiencias de vida que han de incluir un buen tequila, buen bailongo y buena música.
Es difícil hablar de las enseñanzas de una persona tan querida sin caer en la cursilería. A Ricardo no le gustaría que este homenaje fuera un pesado y farragoso tomo de solemnidad. Tampoco quiero torturar al lector de este pequeño homenaje con un relato autobiográfico. Sin embargo, es imposible este ejercicio sin evidenciar cuánto de lo que soy me lo puso en bandeja mi maestro. Lo que aquí expreso no se lo pude decir en vida. No quise asumir que la última tarde que pasamos platicando sería la última. A Ricardo le debo dos oportunidades vitales: mi primer empleo y una inmersión panorámica y profunda para comprender un México que mi familia, refugiada de la Guerra Civil española, desconocía por completo. Sin saberlo, teníamos una conexión potente a través de su admiración por la persona del general Lázaro Cárdenas y el infinito agradecimiento que mis padres y abuelos siempre expresaron a la generosidad de aquel mexicano valiente e ilustre que les salvó la vida.
La generación que entró a estudiar Historia a la Facultad de Filosofía y Letras tuvo enormes privilegios. La lista de los profesores y profesoras que nos formaron es larga. Entre los más entrañables yo cuento a Ricardo Pérez Montfort, Alfredo López Austin, Álvaro Matute, Antonio Rubial, José Rubén Romero, María Alba Pastor, Linda Manzanilla, Teresa Rohde y otros que no me marcaron tanto, pero a los que también les estoy agradecida. Entre estas luminarias, Ricardo fue excepcional. Muy pocas personas tuvieron un profesor que hacía documentales, tocaba la jarana y dominaba el son jarocho, escribía poesía, organizaba excursiones a Veracruz y Michoacán. Viajamos con él a Morelia, donde presenciamos en vivo la imponente narrativa de los murales; a Pátzcuaro y Janitzio, donde aprehendimos con los cinco sentidos la importancia que tuvieron el indigenismo y la historia local para darle fuerza al cardenismo. Estudiamos en persona el complejo fabril abandonado en Tlalpujahua para conocer una cultura industrial desaparecida.
Como parte de esta educación, que implicaba una total inmersión en la materia de estudio, nos impuso la dichosa obligación de ver películas mexicanas, leer novelas y analizarlas. Ese ejercicio se volvió para mí un hábito de supervivencia. Le debo a Ricardo la muy profunda impresión de haber leído Tomóchic y Tropa vieja. Puso en nuestras manos, recién salida del horno, la novela Guerra en el paraíso, de Carlos Montemayor. La historia de la Revolución nos entró acompañada de piezas invaluables de historia cultural, como los libros de Robert Darnton. Sus cursos me obligaron, desde una temprana juventud fácilmente moldeable, a darme el lujo de ampliar el rango y la profundidad de la mirada. Eran una invitación abierta a un viaje para abordar todas las fuentes a nuestro alcance, con especial atención en aquellas que algunos consideraban “poco tradicionales”. Sin hacerme consciente de lo que me estaba ocurriendo en ese activo y sutil proceso de formación, comencé a volverme experta en la historia de los revolucionarios, la historia social, los métodos de la historia oral, la importancia de divulgar el conocimiento histórico y el quehacer de la historia del tiempo presente.
El método de enseñanza de Ricardo era muy sencillo y resulta infalible, lo he seguido desde hace treinta años, dedicados a la docencia. No sé bien cómo explicarlo, lo hice muy mal cuando me pidieron decir unas palabras en su concurrido velorio porque la tristeza no me permitió ser elocuente. Lo que traté de decir es que Ricardo dejaba fluir la voz de los alumnos en la discusión en clase y por escrito. La clave estaba en dejarlos interpretar. Todavía guardo algunos trabajos con sus notas. En ese intercambio, me sorprendió mucho descubrir que mi maestro calificaba positivamente mis ideas, impresiones y cuestionamientos. Gracias a esa libertad guiada por su conocimiento, me inauguré en el ejercicio del pensamiento crítico.
Nunca me he sentido cómoda en ciertos ambientes académicos flemáticos. En las clases de Ricardo encontré la apertura para soltar el cuerpo y explorar una inclinación que compartí con él: la apreciación de todas las manifestaciones de la llamada “cultura popular”. Siguiendo las pautas de mi querido profesor, me di cuenta de que no tenía madera para decantarme por la antropología, pero sí por el terreno cercano entre la historia social y cultural.
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Sólo un avezado aventurero se hubiera atrevido a contratar a un grupo de jóvenes de 19 o 20 años para formar un verdadero ejército de ayudantes de investigación que, con el paso del tiempo, se convirtió en el más valioso taller de creación histórica. Aquello que comenzó como una investigación por encargo para la historia biográfica del presidencialismo mexicano, devino en una pesquisa profunda, en la creación de fuentes para historiar un periodo cercano y, por lo mismo, muy complicado de abordar; en el que nos enfrentamos, con Ricardo Pérez Montfort como capitán del barco, a personajes muy duros de roer.
El objetivo inicial de la investigación era construir una gran base de datos que contara con las referencias precisas, hemerográficas y fotografías, para que, en caso necesario, pudieran estar listas para reproducción. La idea era ilustrar el estudio biográfico de Porfirio Díaz con un texto que firmaba Enrique Krauze. Esa investigación gráfica, que pretendió cumplir solamente la función de ilustrar un texto y ser una herramienta para la divulgación histórica, evolucionó poco a poco a un muy ambicioso laboratorio de recuperación de la historia política, social y cultural de la vida en México entre los años cuarenta y finales de los ochenta. Ricardo dirigió este proyecto con mucha sensibilidad para convivir, monitorear y canalizar el trabajo de una tropa de chavas y chavos. Claramente nos cuadrábamos ante el jefe, cuya sabiduría se imponía desde el aula, pero nos dejó hacer y deshacer, respetó lo que ahora, desde la institucionalidad académica, conozco como la autonomía y la libertad de investigación. Ricardo controló muy poco nuestras riendas y aquella libertad, que nos provocó verdadero pánico escénico cuando nos lanzó al ruedo, se tradujo en una formación que jamás hubiéramos adquirido entre los muros universitarios. Nos permitió participar en las entrevistas a muy polémicos y poderosos personajes de la clase política de la era del priismo autoritario, con cámaras de televisión de por medio, sólo armados con un cuestionario que habíamos diseñado con él. Toda vicisitud, en semejante confrontación con aquellos poderosos, nos tocaba resolverla a nosotros. En la misma ruta, conocimos a famosas rumberas, artistas, ayudantes de los presidentes, choferes y una que otra novia presidencial que se acercó al poder tras bambalinas. Coleccionamos materiales hemerográficos y fotográficos (yo pasé meses con Francisco Montellano registrando fotografías en casa del fotógrafo Héctor García). Calificamos cientos de rollos de noticieros y películas y, conforme la investigación fue avanzando, me tocó hacer mis pininos en el trabajo de campo.
Como a los 22 años, me asignó la afortunada tarea de investigar la vida del presidente Miguel Alemán. Era un personaje fantástico para iniciarse en la carrera de aprendiz de biógrafo. Fue longevo, carismático, un corrupto descarado y un personaje clave: bisagra de múltiples aristas entre el pasado revolucionario de la lucha armada y el México moderno, desarrollista y represor de los movimientos sociales. Caí en blandito porque me tocaba viajar a Veracruz, un estado que Ricardo conocía como la palma de su mano. Me embarqué en aquella aventura con la consigna de encontrar en Catemaco a don Juanito, un viejo amigo de Ricardo, antiguo obrero petrolero y miembro del Sindicato de PEMEX en Minatitlán. Juanito me abrió la puerta a la historia local y lo seguí. Fuimos de casa en casa alrededor del lago de Catemaco a platicar con gente que nos pudiera conectar con el pasado alemanista. Dimos con una familia que guardaba un archivo fotográfico, todavía con los negativos en vidrio. Pasamos una tarde con un hombre que había participado en la política local y que me guio hacia Oluta para conectar con el pasado de la madre del expresidente. Cuando todos se referían al licenciado Alemán y a su padre revolucionario, don Juanito acotaba que sólo era un robavacas. La pesquisa, que no es materia de este escrito, acabó en Sayula, donde logré testimonios invaluables de viejos indígenas que aún recordaban al general y al niño que una vez fue presidente. Esa primera experiencia de investigación todoterreno y a ras del suelo se la debo a Ricardo. En aquellos tiempos no existían los teléfonos celulares, una muchacha joven todavía podía circular por los pueblos y carreteras de Veracruz. No se había jodido México, Ricardo seguía vivo. Aquel trabajo fue muy bien remunerado, pero al jefe le preocupaba que nos quitara tiempo para terminar la tesis. Puedo asegurar que le provocó cierta culpa habernos desviado en el camino.
Como asesor de tesis, me formó en los métodos de la historia oral. La apertura de Ricardo acogió con entusiasmo que me inclinara a conocer la historia y la experiencia de vida de la gente común del exilio español. Me acercó a Lola Plá, de quien aprendí que una buena entrevista es una historia de vida. En el caso de los españoles republicanos, bastaba con preguntar cuándo y dónde nació para que la conversación y el testimonio sobre nuestra catástrofe fluyera por horas y horas. Ricardo me enseñó las claves del hispanismo de derecha, a no digerir sin reflexión lo que leía en los periódicos de los años treinta porque semejante carga ideológica podía indigestarme. Me dio espacio para afirmar que el testimonio de las abuelas era tan importante como el del presidente de la Segunda República Española. Que la historia de mi abuelo, un obrero ferroviario catalán y comunista, era digna de contarse porque formó parte de una muy profunda revolución, que murió sofocada bajo las botas de la dictadura franquista. Descubrimos, con ayuda de Lola y José Antonio Matesanz, cuán elitista fue el exilio de los españoles republicanos, cómo nuestros españoles no eran tan distintos de aquellos a quienes se discriminaba bajo el mote de gachupines. Me ayudó a comprender cuál era el vínculo entre los generalazos mexicanos, como Cárdenas y Múgica, y aquellos refugiados que entraron a México con una mano delante y otra detrás. Ricardo me facilitó la incorporación de esta mirada de los procesos históricos desde abajo y me encaminó por la ruta historiográfica de la historia social, la cual he seguido hasta ahora. Mi acercamiento a los extranjeros en México y al hispanismo mexicano topó con todo el conocimiento y las aportaciones de Ricardo en el ámbito del nacionalismo revolucionario, el nacionalismo cultural y popular.
Este recorrido muestra todo el bagaje y amparo con el cual Ricardo me despachó, bien armada, a otra mayoría de edad, donde fuimos colegas y queridos amigos. Nunca podré pagarle esa deuda, pero cuando me toque encontrarme con él en la próxima parada, le compartiré estas líneas.