Guillermo Bonfil Batalla (1935-1991), un visionario de la sociedad multiétnica mexicana[1]

Salomón Nahmad Sittón
CIESAS Pacífico Sur


Guillermo Bonfil en Valle de Bravo. Archivo fotográfico de Teresa Rojas Rabiela


Es motivo de alegría recordar y referirse a un amigo, con quien compartimos más de treinta y cinco años de relaciones académicas y de estrecha amistad, como lo fue con Guillermo Bonfil Batalla. Fuimos compañeros en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, compartimos preocupaciones y luchas, y desde muy temprano se definió como un materialista histórico confrontando a la cultura humana y las culturas étnicas y populares en dicho contexto. La pobreza y el hambre del pueblo maya de Yucatán fueron los tópicos de su tesis de maestría y una de sus primeras obras de relevancia académica en este campo.

El tema de los pueblos indios fue su preocupación central y en este aspecto profundizó ampliamente. Fue uno de los críticos más claros y precisos al definir el concepto del indio. En este punto creo que su tarea fue definitiva, ya que clarificó la continuidad del colonialismo en nuestro continente y en especial en México, tema del cual no se quería hablar.

Aborda la definición del indio no como una preocupación académica, sino como un concepto necesario para ubicar a este conglomerado de pueblos en el contexto de la sociedad global, en México y América Latina. No plantea este concepto como una discusión meramente teórica, considera que está preñado de consecuencias de todo orden, pues tiene que ver con aspectos teóricos y con problemas prácticos y políticos para los países que cuentan con población indígena (Bonfil, 1972).

En el artículo “El concepto de indio en América: una categoría de la situación colonial” publicado en Anales de Antropología (1972) de la UNAM, Bonfil Batalla revisa cuidadosamente todas las definiciones de la categoría social de indígena y considera que todas éstas son parciales y limitadas a una orientación culturalista.

Él construye una nueva definición en el marco de “el indio como una categoría colonial”, señalando que este concepto no puede basarse en el análisis exclusivo de las particularidades de cada pueblo indígena y por ello considera que la categoría de indio “es una categoría supraétnica que no denota un contenido específico de los grupos que abarca, sino una particular relación entre ellos (los grupos étnicos indígenas) y otros sectores del sistema global del que los indios forman parte.

La categoría de indio denota la condición del colonizado y hace referencia necesaria a la relación colonial (Ibíd.). Descarna a nuestra propia sociedad y desenmascara la idea de la igualdad jurídica frente a la enorme desigualdad social del indio. El indio es el vencido, colonizado y entra a la historia moderna desde la óptica europea, ocupando un mismo sitio, clasificado bajo un mismo término dentro del dominio colonial. De este ensayo se concluye la continuidad del colonialismo en los países con población indígena, como es el caso de México.

Guillermo Bonfil clarifica la diferencia entre indios y etnias, lo que ha llevado a replantear a partir de éstos análisis las políticas y los planteamientos profundos para la construcción de una sociedad que elimine la categoría colonial o, dicho en otros términos, que conlleva a la descolonización de nuestras sociedades nacionales. Su aporte al definir lo indio y redefinir la etnia para identificar unidades socioculturales específicas resulta ser una categoría que define a cada uno de esos pueblos y que seguramente en el proceso de descolonización reafirma su identidad propia y distintiva.

Realmente él perfilaba desde los años sesenta muchos de los acontecimientos que hoy vemos en el acontecer étnico mundial. El indigenismo emergido de la Revolución Mexicana se quiebra frente a los razonamientos de nuestro entrañable amigo al señalar que “la política indigenista […] al no haber hecho la distinción clara entre indios y etnias ha caído en la confusión de proponerse como meta la desaparición de las etnias y no de los indios —es decir del orden colonial”. No sólo enfoca su interés en la discusión teórica sino que se dirige a la acción y la aplicación del conocimiento antropológico.

Confrontó la teoría integracionista con mucha claridad y con objetividad y demostró ser un analista realista, en este aspecto no sólo criticó a los antropólogos sino que hizo lo propio con la escuela mexicana y la educación nacional en general. Por lo mismo fracturó y quebró las viejas tesis de la antropología mexicana como un soporte de la Revolución Mexicana.

Creo que fue uno de los críticos más audaces, más serios que separó y definió claramente lo que era el compromiso con los campesinos, con el pueblo, de lo que era el compromiso con las élites y la burguesía. Cuestionó el indigenismo paternalista y positivista, representado por Alfonso Caso y su grupo de seguidores. Su libro De eso que llaman antropología mexicana, escrito conjuntamente con compañeros como Arturo Warman, Margarita Nolasco, Mercedes Olivera y Enrique Valencia, fue un duro golpe para la vieja escuela de antropología y el viejo indigenismo.

En su artículo “Del indigenismo de la revolución a la antropología crítica”, publicado en De Eso que llaman antropología mexicana (México: ENAH, 1970) clarifica más ampliamente dichos conceptos y dirige su crítica al uso de la antropología por el Estado, postula una revisión de la construcción indigenista mexicana que para los años cincuenta y sesenta se había convertido en el modelo para América Latina.

Desmantela el análisis teórico montado por el indigenismo oficial y el encubrimiento ideológico que se construye a partir del conocimiento etnológico. Considera que hay que realizar una revisión de conceptos y prácticas en el campo de las ciencias sociales, se apoya en los escritos de los africanos Frantz Fanon, Albert Memmi y Jomo Kenyata. Tiene una dimensión menos doméstica de la antropología mexicana y la asocia a las corrientes de América Latina, África y Asia.

La lectura del artículo “Del indigenismo de la revolución a la antropología crítica” sacudió a los indigenistas de la época y provocó rechazo entre las nuevas generaciones de antropólogos. El análisis arqueológico, etnológico y lingüístico no permitía la crítica al modelo ideológico de la Revolución y se aferraban a sus esquemas. La crisis de 1968 permitió ventilar y desmontar los esquemas construidos para sostener y mantener el sistema.

La propuesta de Guillermo de modificar la acción indigenista al plantear la posibilidad de reestructurar la nación a partir del reconocimiento geopolítico de las etnias como condición previa para desmantelar en definitiva el colonialismo, reafirmó el fracaso del proyecto indigenista de la Revolución mantenido hasta la desaparición del Instituto Nacional Indigenista (INI). La Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) no ha transformado el indigenismo y, por el contrario, mantiene las mismas categorías.

Un año después de publicado dicho ensayo, el 13 de septiembre de 1971 se celebró en las instalaciones del INI, una sesión extraordinaria del consejo directivo de dicha institución, y por primera vez en muchos años se escucharon voces que apoyaban la política indigenista paternalista, así como las voces de los críticos del proyecto indigenista. La defensa formulada por los nuevos directivos permitió cierto espacio a la crítica pero se bloqueó y cerró en el esquema diseñado para mantener el proyecto tradicional. La respuesta de la critica antropológica de Bonfil fue la publicación del libro ¿Ha fracasado el indigenismo? (México: SEP, 1971).

En dicha reunión el Estado ofreció la realización de un congreso nacional de pueblos indígenas, mismo que no se quiso realizar por el riesgo que implicaba y fue hasta septiembre de 1975 que se llevó a cabo con obstáculos por parte de los ideólogos y burócratas del indigenismo.

En otro ensayo escrito en 1968 y publicado en 1969, Guillermo deja ver el enorme centralismo, la burocracia y corrupción del sistema gubernamental dentro de los cuales ubicó al INI. Mencionó que estas fuerzas son las que opondrán su resistencia a la posible transformación de las relaciones sociales en que viven los indígenas. (Véase Reflexiones sobre la política indigenista y el centralismo gubernamental en México, México: Anuario Indigenista, 1969: 140). Es importante señalar que en los escritos de este connotado antropólogo ya aparece el concepto de autonomía.

Junto con Guillermo y su hermano Alfredo (muerto en un accidente seguramente provocado por las fuerzas económicas y políticas), planteamos desde el INI la organización del Primer Congreso Nacional de Pueblos Indígenas de México en 1975. Fue la primera vez en la historia de este país en que se reunieron cerca de dos mil quinientos indios representantes de sus comunidades y de sus pueblos. La sociedad se preocupó y asustó, prácticamente se colapsó el aparato burocrático porque nunca se había imaginado la respuesta que iban a dar los propios pueblos indígenas, y la acción contra ellos fue constante a partir del momento en que intentaron una posición autónoma de las organizaciones controladas por el gobierno.

En 1971, Bonfil Batalla participó en la Primera Declaración de Barbados, en la cual desempeñó un papel protagónico que definió gran parte de las estrategias de lucha de los pueblos indios del continente y en particular de América Latina. En 1977 se volvió a reunir el grupo para formular la Segunda Declaración. Estos contactos con las corrientes más dinámicas de la antropología crítica del continente, en alianza con las organizaciones indígenas, consolidó su pensamiento en favor de los pueblos indios y certificó su participación como un analista y defensor de los derechos de los indígenas.

En 1980 asistió al IV Tribunal Russell celebrado en Róterdam, Holanda, donde se analizaron las violaciones a los derechos de los pueblos indígenas de varias naciones, y sus intervenciones fueron definitivas en las conclusiones y condenas para los gobiernos que siguen las políticas de genocidio y etnocidio. Por ello, considero que Guillermo Bonfil fue un visionario y perfiló uno de los problemas más graves, no sólo de México sino de la humanidad.

Los cambios ocurridos en los últimos años evidentemente muestran la confrontación de los Estados nacionales y los grupos étnicos en el mundo; tal fue el caso de la Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos Indígenas de la ONU. Tal como él lo señalaba claramente en su último libro México profundo, una civilización negada (México: CIESAS-SEP, 1987) coincido en que esta situación si no se enfrenta con claridad, objetividad, decisión y valor, no tardará mucho en que nuestro país también se vea involucrado en estas luchas interétnicas que observamos desde lejos y que se expresó muy claramente en el levantamiento indígena zapatista de Chiapas en 1994.

Él apoyó la formación de los primeros etnolingüistas y combatió fuertemente al Instituto Lingüístico de Verano cuando fue director del Instituto Nacional de Antropología e Historia y miembro del Consejo Directivo de dicho instituto. Luchó fuertemente por el etnodesarrollo de las culturas y concentró en sus libros el material de denuncia y de las demandas de los pueblos indígenas, y concluyó su análisis en su libro Utopía y revolución (México, Nueva Imagen, 1981).

Desde su juventud pugnó por la defensa de los derechos humanos de los pueblos originarios. Formó parte de la Academia Mexicana de los Derechos Humanos y a través de ella puso mayor énfasis en los problemas de los pueblos indígenas. Todavía recuerdo las últimas reuniones en las que discutíamos la modificación a la Constitución Política Mexicana en la Comisión Nacional de Justicia que se formó en relación con los pueblos originarios del país, y cómo desde la Comisión Nacional de los Derechos Humanos defendió los derechos de los pueblos indígenas, y cómo hasta hoy las fuerzas más conservadoras y reaccionarias de México se resisten a que se den los cambios profundos que requiere nuestro país.

Creo que tenemos un compromiso de seguir luchando en sus proyectos y en su posición crítica y dura, por construir una nueva sociedad mexicana, que sea pluriétnica, multilingüística y multinacional con plena autonomía para los pueblos indígenas de México.

Durante su última participación en el Seminario Internacional Amerindia hacia el tercer milenio celebrado en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, un mes antes de su fallecimiento en 1991 dejó testimonio de compromiso con la causa de los pueblos étnicos de México y del continente americano.

Releamos algunas de sus palabras:

El reto principal que tenemos en este momento es reconocer a los pueblos indios como unidades políticas constitutivas del Estado. Esto es lo que no hemos hecho ayer, Salomón Nahmad dio varios ejemplos en esta misma línea, cuando planteó que el no reconocimiento de los pueblos indios como unidades políticas, como sociedades políticas constitutivas del Estado, es lo que en su opinión (y yo la comparto) está gestando una situación conflictiva, violenta, terriblemente dramática para nuestros países. Debemos reorganizar nuestros Estados a partir de las unidades políticas reales, que son nuestros pueblos, en lugar de tener unidades artificiales de historia muy reciente, en las que descansa nuestra federación y nuestra organización municipal, pero que no tienen detrás, en la mayor parte de los casos, un contenido histórico y cultural real. Salomón Nahmad mencionaba los casos de pueblos fragmentados por fronteras estatales, por divisiones municipales, que son totalmente negadoras de la unidad de estas sociedades como entidades constitutivas del Estado.[2]

Para lograr este propósito, él sugería cuatro requisitos fundamentales:

Garantizar la territorialidad.

No estamos hablando solamente del problema de que cada comunidad tenga acceso a cierta cantidad de tierra; estamos hablando de la necesidad de reconstruir territorios étnicos, de territorios para pueblos completos que al fin del segundo milenio tengan viabilidad, tengan las posibilidades de ser vigentes, de ser contemporáneos en el tercer milenio.

Respecto a la autonomía de gobierno para todos los asuntos internos de cada pueblo. “El problema, me parece, viene de organizar la vida política a partir de un modelo en el que la única forma legítima de actividad política es la de los partidos”.

Cambios de fondo en nuestra sociedad, pero que son nuestros, son planteados a partir de nuestras necesidades y expectativas. “El nuevo proyecto nacional sería tal vez mejor, pero siempre excluyente porque no incorpora otros proyectos posibles sobre la base de una relación simétrica entre los pueblos que los portan”.

Un modelo de relación entre los distintos pueblos que garantice un acceso equitativo a los recursos. «No estamos hablando solamente de los recursos económicos, de la riqueza material, sino del acceso al conocimiento, a lo que ahora llamamos la cultura universal. Pero un acceso libre, un acceso en el que cada sector pueda decir qué es lo que necesita y cómo quiere usarlo”.

Desde cualquier punto donde se localizara Guillermo Bonfil supo fomentar un ambiente de amistad, camaradería y colaboración. Yo lo visitaba en la Universidad Nacional Autónoma de México, en el Departamento de Antropología, cuando se proyectó hacia el Instituto Nacional de Antropología e Historia. También cuando orientó su trabajo en el Museo Nacional de Culturas Populares a presionar a los jerarcas de la política educativa del país para cambiar la visión negativa de las culturas populares y de las culturas étnicas, y le dio una gran dimensión significativa al CIESAS.

Los compañeros que estudiamos en su misma generación: Luis Reyes, Enrique Valencia, Rodolfo Stavenhagen, Arturo Warman, Mercedes Olivera, Margarita Nolasco y Leonel Durán, formamos un grupo del que él era la cabeza central, lo cual permitió dar un viraje serio y profundo a la antropología en sus aspectos teóricos y en sus orientaciones aplicativas.

Fue un gran amigo, amante de la vida, profundo en sus discusiones, no temía a la autoridad, y personalmente le debo su confrontación con el presidente de México, Miguel de la Madrid Hurtado, cuando recibió el premio Manuel Gamio, al mencionar mi nombre en su discurso y reclamarle la represión de la que había sido objeto en esa época.

Su sólido valor civil le mereció múltiples homenajes por parte de toda la comunidad científica nacional e internacional, y en especial por aquellos que nos preciamos de haber sido sus amigos, ya que fue uno de los compañeros más visionarios y comprometido con la lucha de los pueblos y civilizaciones de México y de América Latina; su ejemplar trabajo científico se proyectó en el campo aplicado y político, y sirve de guía y ejemplo para continuar en la misma dirección por quienes asumimos el mismo compromiso y por las generaciones futuras de antropólogos.

[1] La versión completa de esta reseña fue escrita el 30 de mayo de 1992 y publicada originalmente en el libro La perspectiva de etnias y naciones, los pueblos indios de América Latina.

[2] Seminario Internacional Amerindia hacia el Tercer Milenio, San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México, junio de 1991.