Experiencias de racialización de las inmigraciones coreanas en Estados Unidos

Rachel Lim[1]
Texas A&M University


Ilustración elaborada por Ichan Tecolotl

La población coreano-estadounidense es una minoría reducida pero significativa en la historia de los EE. UU. y las dos Coreas. Los primeros inmigrantes de la península coreana llegaron a los EE. UU. a principios de siglo XX, incluyendo importantes figuras como Syngman Rhee, el primer presidente de Corea del Sur, y Dosan Ahn Chang-ho, un activista independiente respetado por sus actividades y escritos filosóficos en las dos Coreas. Tras la devastación provocada por la Guerra de Corea (1950-1953), durante la cual la décima parte de la población civil falleció, el gobierno estadounidense promulgó políticas migratorias destinadas a promover la emigración de los individuos más vinculados con la intervención militar estadounidense. Aunque las leyes estadounidenses restringían la entrada de inmigrantes asiáticas, el gobierno hizo excepciones por “las novias de guerra” ‒las esposas coreanas de soldados estadounidenses‒ y “los adoptados de raza mixta” ‒los niños de mujeres coreanas y soldados estadounidenses‒. Estas inmigraciones militarizadas de género han dado forma a la comunidad de inmigrantes coreanos hoy en día (Yuh, 2002).

Según el censo más reciente, hay casi dos millones de coreanos en los Estados Unidos. La mayoría de ellos salieron de Corea del Sur después de la aprobación de la Ley Hart Celler en 1965, que eliminó el sistema inmigratorio de cuotas de orígenes nacionales y abrió el camino para un aumento de inmigración proveniente de Asia, África y América Latina. Además, la Ley Hart Celler estableció la prioridad de la reunificación familiar y facilitó la migración de profesionistas altamente cualificadas, como médicos, enfermeros e ingenieros. Estas reformas transformaron y crecieron la inmigración coreana en Estados Unidos en posteriores décadas, dando prioridad a estas personas profesionistas, con ellas llegaron también personas con más recursos socioeconómicos y con elevado nivel educativo. A la misma vez, alentó la migración en cadena, preservando las raíces militarizadas de la comunidad coreana.

Como sugiere este resumen breve, la experiencia coreana-estadounidense está arraigada en las particularidades de la historia moderna de la península coreana, incluyendo el colonialismo japonés, las políticas de la Guerra Fría que sostenían la división de la nación coreana, y el imperialismo político, económico y militar de los EE. UU. Así mismo, al llegar a los Estados Unidos, la identidad étnica de los inmigrantes coreanos se redefine bajo un sistema de clasificación racial que agrupa a “los asiáticos” ‒que vienen de orígenes de étnicos y nacionales muy diferentes‒ en una realidad social que adscribe tropos raciales a individuos de ascendencia asiática. Es decir, las trayectorias inmigratorias asiáticas después de la reforma de 1965 desarrollaron en paralelo, con la consolidación con una ideología racial muy potente, el mito de la minoría modelo: creencia generalizada de que los inmigrantes asiáticos, incluyendo los coreanos, están naturalmente inclinados a trabajar más duro que otros grupos minoritarios.[2] El mito estereotipó a los asiático-estadounidenses como sumisos, callados y despolitizados, aceptando las estructuras raciales de la supremacía blanca. Muy arraigada en las estructuras sociales y políticas de los Estados Unidos, el mito se ha utilizado para denigrar otros grupos minoritarios, especialmente estadounidenses negros, minimizando el papel del racismo en las persistentes desigualdades raciales del país.

El mito de la minoría modelo también produce el efecto de invisibilizar una historia de violencia racial contra inmigrantes asiáticos. Numerosas matanzas de chinos en California, Wyoming y Washington procedieron de la aprobación de la Ley de Exclusión de Los Chinos en 1882, la única ley en la historia del país contra la inmigración que nombra a un grupo específico. Durante la Segunda Guerra Mundial, residentes japoneses y estadounidenses de origen japonés fueron sacados a la fuerza de sus hogares y encarcelados en campos de internamiento.

Además, esta historia refleja los procesos de la racialización, ya que los distintos grupos étnicos que provienen de Asia se meten en un mismo saco sin hacer distinciones. En 1982 en la ciudad de Detroit, hogar de la industria automotriz de los Estados Unidos, el resentimiento contra fabricantes de automóviles japoneses resultó en el asesinato de Vincent Chin, un chino-estadounidense, erróneamente identificado como japonés por parte de dos trabajadores automotrices blancos. Lejos de ser un caso aislado de “la identidad equivocada,” el asesinato de Vincent Chin representó que, en las palabras del jurista Frank Wu (2010): “el insulto ‘todos los asiáticos parecen iguales’ había convertido al Lejano Oriente en la fuente de una horda sin rostro.”

Esta historia resuena hoy en día más que nunca. El 16 de marzo de 2021, un hombre armado atacó tres salones de masaje en los suburbios de la ciudad de Atlanta, en el sureste de los EE. UU. De las ocho personas asesinadas, seis eran mujeres asiáticas y cuatro eran de etnicidad coreana. El sospechoso, Robert Long, dijo que apuntó a los salones de masaje porque quería purgar su “adicción sexual” y no por motivos raciales. Pero el caso de los tiroteos de Atlanta demuestra que es casi imposible desenredar la misoginia violenta y los estereotipos racistas que representan a las mujeres asiáticas como sumisas, exóticas y dóciles. Como señalaron activistas y otros miembros de la comunidad asiático-estadounidense, “para las mujeres asiáticas, el racismo y el sexismo son inseparables” (Dewan 2021).

Los tiroteos ocurrieron en el contexto del aumento nacional del racismo anti-asiático, −una ola de violencia contra la comunidad asiático-estadounidense que se intensificó durante la pandemia global de Covid-19, luego de que el expresidente Donald Trump a menudo se refiriera al coronavirus como “virus de China” o “kung flu”−. Amplificando las rivalidades crecientes entre las grandes potencias de los EE. UU. y la República Popular China, su retórica coincidió con un crecimiento en sentimiento anti-asiático que afectaba las vidas cotidianas de asiático-estadounidenses. Según Stop AAPI Hate, una organización sin fines de lucro que fue creada en 2020 al inicio de la pandemia como respuesta a reportajes de violencia contra asiático-estadounidenses, los incidentes más graves −como el asesinato de Vicha Ratanapakdee, un inmigrante tailandés de 84 años en San Francisco, California o el ataque con ácido contra una mujer asiática en Brooklyn, Nueva York− contribuyeron al clima de miedo.

Durante el año pasado, más que nunca, he reflexionado sobre las profundas interrelaciones entre mis estudios académicos y mis experiencias personales. Como dijo la recién fallecida bell hooks (2000 [1998]: 26-27): “Las perspectivas más amplias solo pueden surgir si examinamos lo personal que es político, la política de la sociedad en su totalidad, y la política revolucionaria global.”

Como especialista en migraciones asiáticas a los Estados Unidos y México, reconozco la violencia anti-asiática contemporánea como parte de una historia más larga entre los dos países. A su vez, como una mujer estadounidense de etnicidad coreana, he resentido personalmente la creciente hostilidad racial. Me he sentido desamparada, por ejemplo, cuando me llamó mi abuela después de escuchar las últimas noticias de un ataque violento, pidiéndome que no saliera de mi casa sola. Como hija de inmigrantes surcoreanos y como una mujer asiática que nací y crecí en los EEUU, siempre he sabido que mi pertenencia estadounidense nunca ha sido incondicional. Entretanto, me pregunto si sería posible, incluso deseable, reclamar a los EEUU −un país con una historia de exclusión profunda y violenta contra pueblos asiáticos.

Bibliografía


Dewan, Shaila (2021), “Para las mujeres asiáticas, el racismo y el sexismo son inseparables”, New York Times, https://www.nytimes.com/es/2021/03/19/espanol/racismo-sexismo-atlanta.html.

hooks, bell (2000) [1998], Feminist Theory: From Margin to Center, Londres, Pluto Press.

Lim, Rachel (2020), “Racial Transmittances: Hemispheric Viralities of Anti-Asian Racism and Resistance in Mexico”, en Journal of Asian American Studies, vol. 23, núm. 3, pp. 441-457.

Wu, Ellen (2015), The Origins of Success: Asian Americans and the Origin of the Model Minority, Princeton, Princeton University Press.

Wu, Frank (2010), “Embracing Mistaken Identity: How the Vincent Chin Case Unified Asian Americans”, en Asian American Policy Review, vol. 19, pp. 17-22.

Yuh, Ji-Yeon Yuh (2002), Beyond the Shadow of Camptown: Korean Military Brides in America, Nueva York, New York University.

  1. Investigadora del Departamento de Historia, Texas A&M University| rlim@tamu.edu
  2. Un relato histórico del desarrollo del mito del modelo minoría se puede encontrar en Ellen Wu (2015), The Origins of Success: Asian Americans and the Origin of the Model Minority, Princeton, Princeton University Press.