ERRE PE EME
sonoridad revolucionada de larga duración

Álvaro Alcántara López
Centro INAH Veracruz

Foto: Isaac García Venegas.

I

Cómo íbamos a imaginar que aquellos tortuosos viajes en autobuses de segunda y, muy rara vez, “de primera”, en aquellos trenes atestados de gente, mercaderías y animales de traspatio, que se detenían a cada rato; o acaso deletreando nubes y caminos en algún automóvil remendado –cuando se tenía– en el que nos convertíamos en sardinas y polizontes, marcarían de manera tan intensa nuestros quehaceres en la vida. Cala honda esa nostalgia y no parece exagerado decir que la de muchas y muchos de nosotres ha sido un constante dar de tumbos por la fiesta de las pasiones, en pos de aquellos paisajes, sonoridades, fragancias, querencias o colores que alguna vez, muchas veces, nuestros cuerpos sintieron con vivaz intensidad. Incluso si en aquel momento se vistieran de aburrimiento y fastidio. Quienes nacimos antes de 1987 algo sabemos de eso.

El país era otro, bien distinto aquel mundo respecto del que ahora nos toca habitar. Y así nos ha tocado aprender a cambiar. Sin teléfonos celulares, sin internet ni redes sociales, incluso, no pocas veces, sin música para ir escuchando en el camino; tocaba mirar, escuchar, sentir, manejar, preguntar cuánto falta o sacar las tortas que tú misma habías preparado y repartirlas entre quienes viajaban contigo. Se viajaba de noche y de día, lo mismo con calores extremos que con frío que ajaba la piel. Los olores en aquellos vagones de ferrocarril y autobuses de ventanas polarizadas eran intensos, bien por ti si podía abrirse la ventana y contrarrestar así los humores pestilentes de humanos que aún hoy visitan tus recuerdos. Estas son algunas de mis memorias de viaje.

Las que él decide contarnos se ubican en un diciembre de 1968: un viaje familiar al sur de Veracruz queriendo asimilar la violencia que Díaz Ordaz había propinado a la comunidad estudiantil que demandaba la democratización de un país, hasta entonces, perfecto. El resplandor nocturno de la refinería a lo lejos, las cenas al aire libre y el primer amor, algo mejor incluso que el primer amor: “creo que fue allí [en Minatitlán] donde escuché por vez primera un repertorio de sones jarochos campesinos”.

II

Tengo el recuerdo de venir caminando en bola, de regreso de haber comido con Mateo (el lugar se llama Roberto’s, pero no conozco a nadie que lo nombre así; los parroquianos decimos simplemente “con Mateo”), para regresar a las actividades de aquel coloquio que organizamos en Humanidades, sobre la calle Ezequiel Alatriste, en una Xalapa distinta. Él caminaba delante de mí y yo lo observaba de espaldas, a unos 10 o 15 metros. ¿Acaso tenía un suéter verde y aquel morral de cuero que otras tantas veces le vi? Seguro no estoy. Hablaba animosamente con otras personas de la comitiva, reía, lucía contento; aquella estampa era de pura intensidad y viveza, “de la vida misma”, pienso ahora al recordarlo. Saco cuentas y tendría entonces 40 años. Su ya clásico Estampas de nacionalismo popular mexicano acababa de salir y de eso precisamente vino a hablar a la Universidad Veracruzana.

Eran tiempos aún de combate y de luchas intensas por la representación de la cultura veracruzana “auténtica”, y Ricardo había fijado una posición: la suya era del lado del son campesino, de lo que por entonces ya empezaba a llamarse, con mayor o menor conciencia/convicción, “el movimiento jaranero”. Dos años después, en el encuentro que se organizaría en el Patio Muñoz, su planteamiento sería bastante más mesurado. Llamaba a la reconciliación, proponía un acercamiento y un diálogo entre las partes en conflicto: por un lado, el son jarocho en su modalidad de acompañamiento de los ballets folclóricos y de entretenimiento en restaurantes y clubes nocturnos; por el otro, aquel son fuertemente anclado a la fiesta del fandango/huapango, que demandaba para sí la etiqueta de “tradicional”, “campesino”, “comunitario”.

Pero ese futuro aún no llegaba y allí estábamos aquella tarde esa marabunta de gente, rebosantes por la comida y bebida ingerida, volviendo a Humanidades para continuar aquel coloquio. Porque al pan… pan, y al vino… vino. Con él así era la cosa, tuve que aprenderlo a la buena o a la mala. Si no cumplías, estabas fuera. Fiesta, fandango o parranda “hasta el amanecer”, como recuerda aquel vallenato del Binomio de Oro, pero a la hora pactada había que estar puntual, con dos o tres cafés encima –o lo que hiciera falta– y trabajar.

Estereotipos, visiones de la cultura impuestas desde arriba, reelaboraciones, mediaciones, resignificaciones. En suma, lo que le escuchamos en aquel coloquio proponía una crítica contundente a la cultura “oficial” construida por el Estado nacional posrevolucionario. En aquel constructo y sumatoria de la unicidad de lo diverso, nuestro maestro nos proponía pensar lo que hacíamos y reproducíamos en tanto actores culturales: preguntarnos para qué hacer historia, trazar una ruta crítica para diversificar las voces y fuentes de la historia; cuestionarnos la perspectiva del relato. Cuando veo algunas de las primeras cosas que publiqué tras terminar la maestría, veo su mano e influencia. Ahora puedo verlo con mayor nitidez. Especialmente en esa sensación incómoda que empecé a sentir cuando la cultura fandanguera jarocha comenzó a convertirse en “el mito de sí misma”: de movimiento de contracultura a cultura oficial estereotipada. Sentirme un jarocho en pugna con su jarochería fue uno de los “regalitos” que él me dio.

III

Existen dos grabaciones que circulan en las redes sociales que retratan muy bien esa otra faceta suya: la amistosa bohemia. Una es de Claudia Artíguez; la otra de Antonio Ibarra. Estamos en la librería Mar Adentro (Puerto de Veracruz) y acaba de terminar la presentación del libro de Antonio García de León, Misericordia. El destino trágico de una collera de apaches. Es octubre de 2019. La generosidad y gentileza de Rafael Blanco y Rocío Bautista nos han prodigado –a la flota Mar Adentro e invitadxs– las mejores condiciones para celebrar por el libro de Toño y, aún más, para volver a brindar por el gusto de coincidir y estar vivos.

La jornada sonera de aquel momento arrancó con el son de “El Siquisirí”, que Toño canta con ese temple y voz que lo han vuelto inmortal. Se les observa, a Ana Paula de Teresa y a él, en la profundidad de la imagen, sentados sobre el rehilo de mampostería de una ventana mientras escuchan la sonoridad de los instrumentos que se tocan en aquella mesa tan animada. Da gusto verlos así, contentos, radiantes, juntos. Ana Paula enciende entonces un cigarro, mientras que Erre Pe Eme, con voz tímida, empieza a recordar y a cantar “por lo bajini” los versos que se escuchan. Un poco más tarde, sólo un momento después, le responde a Toño, quien hace de pregonero en el son de “El jarabe loco”, mientras que Miguel Becerril, quien ya se había unido al espontáneo “fandanguito”, pespuntea su guitarra:

Este es el primer jarabe
que compuso Lucifer.
El que se lleva las almas
al infierno a padecer
Este es el primer jarabe
que compuso Lucifer.

Tras unas vueltas más de la música, el hombre canta un verso de esos que tanto gozaba, del tipo de las “décimas del armadillo” que lo hicieran tan famoso entre la flota, en aquellas memorables noches de fiesta. Toño complementa su copla con una seguidilla y, antes del último verso, Pe Eme lo alcanza y se les escucha decir al unísono “[…] y chilacayotas”. Se acaba el son y todas y todos reímos de contento, también el poeta José Luis Rivas, quien goza con lo que allí acontece, al igual que Liza Roumazo, sentada a la diestra de Toño. Cariñosamente, Antonio Ibarra se había levantado de la mesa unos minutos antes para consignar aquella estampa y regalarnos ese recuerdo para la posteridad.

Recuerdo aquella noche con cariño por muchas razones, pero también porque fue la primera vez que conversé durante un buen rato con Ana Paula. Nos habíamos conocido años atrás, cuando fui invitado por Ricardo a participar en el proyecto que, junto a ella, como pareja de vida y académica, coordinaban (los resultados quedarían plasmados en los volúmenes Cultura en venta I y II). Hubo un momento en que los sones se apagaron y quedó la palabra viva para acercarnos más, quiero decir, la palabra viva y unos buenos tequilas. Entonces, aproveché para compartirle a Ana Paula algunos restos de inquietudes que me habían quedado de dos intensas reuniones de trabajo que, como parte de aquel proyecto, “La razón cultural”, sostuvimos en Tepoztlán. Nos trenzamos a conversar un rato y en algún punto ella dijo algo así como “ya te empiezo a agarrar la onda”. “Qué paradójico”, pensé al día siguiente, que haya sido éste y no aquel el momento y espacio en que arrancó nuestro diálogo.

IV

Cinco años más tarde, en esa misma librería, presentamos su libro Detrás de la verde arboleda. Un recuento de ensayos sobre la cultura jarocha durante los siglos XIX y XX: Fandangos, sones y décimas (Editorial Mar Adentro, 2024). La confección de aquel volumen nos brindó la oportunidad de seguir dialogando y de repensar, desde otros lugares y preocupaciones, algunos de los intereses historiográficos compartidos. Nos dimos cuenta también de lo mucho que se sigue transformando la escena fandanguera jarocha y lo importante que resultaba introducir pequeñas notas a textos suyos, escritos en la década de 1990, que permitieran dialogar con las realidades emergentes y abrir rutas críticas para investigaciones futuras.

El inevitable acto de rememoración que implicó esa antología nos hizo volver a escenas, pasajes y personajes que hacen parte de nuestras respectivas historias; lo mismo que evocar lugares en los que ambos coincidimos o en los que estuvimos en momentos diferentes, a los que no existe ya manera de retornar. Fue en medio de ese proceso de edición que valoré de una manera renovada los relatos que él (como parte del equipo de Radio Educación que creó, junto a Humberto Aguirre Tinoco y otros personajes más, el ahora afamado Encuentro de Jaraneros de Tlacotalpan) escribió en los años ochenta del siglo pasado, como base de los guiones radiofónicos de emisiones que se transmitían semanas después de concluido el encuentro. Pude apreciar entonces al cronista atento a los pequeños detalles, al que se muestra e involucra en el propio relato, no sin cierto recato; lo mismo que al académico en formación que era capaz, en medio de aquella tremenda fiesta de estirpe carnavalesca, de construir la distancia necesaria que le permitiera desmenuzar analíticamente lo que sus sentidos registraban.

Aquel 9 de marzo de 2024 presentamos Detrás de la verde arboleda en la librería Mar Adentro. Volvía con Ana Paula a uno de sus lugares favoritos: el cuatro veces H e inmortal Puerto de Veracruz. La pasamos muy bien, no obstante que para aquel momento nuestro autor traía una ronquera “regular” y de cuando en cuando le entraban ataques de tos, especialmente cuando hablaba mucho, como lo hizo en aquella ocasión. Recuerdo que en algún momento Ana Paula me comentó que su marido andaba “más o menos” de salud y que se acababa de hacer unos estudios. En las semanas venideras se conocerían los resultados.

La mañana siguiente, mientras desayunábamos en el Gran Café del Portal, recordamos el festejo colectivo que dos años atrás nos había reunido en Coyoacán, Ciudad de México. Una foto que se ha hecho más o menos conocida y un videíto casero en el que tocamos y cantamos el son de “El Balajú” han quedado como constancia de aquel jolgorio. Platicamos que se venía un cumpleaños digno de celebrar por todo lo alto y empezamos a imaginar cómo sería, y cómo Eugenia y yo participaríamos en aquella fiesta. Algunos meses más tarde, sumaríamos a los planes de futuro un viaje en conjunto a la Chinantla y a los municipios más jarochos de Oaxaca, con paradas obligadas en aquellos lugares donde fuimos felices.

V

No tengo un recuerdo claro de cuándo lo conocí. Con él pasa lo que con otra tanta gente querida: uno termina por convencerse de que siempre o casi siempre han estado allí, cerquita; mejor aún, que siempre lo estarán. Recuerdo en cambio cuándo (septiembre de 2016) empecé a llamarle, para referirme a él con otras amistades en común: “Erre Pe Eme”. En cualquier caso, pienso que debió haber sido hacia 1992 o 1993 cuando se apareció en mi cartografía sonera. Pero, sin duda, fue hasta el año siguiente cuando nuestro trato se hizo un poco más cercano.

Unos meses antes del inicio de la pandemia del COVID 19 (que inició en marzo de 2020) convocamos a un coloquio en el Puerto, en el marco del Festival Afrocaribeño que desde 1994 empezó a organizar el antiguo Instituto Veracruzano de la Cultura. Departiendo en nuestra antigua “oficina” del zócalo porteño, disfrutábamos de la magnífica música que orquestas veracruzanas y cubanas nos obsequiaban. De manera sorpresiva, una de las agrupaciones de son montuno empezó a tocar un popurrí de canciones del llamado “folklore latinoamericano”. Al escuchar aquello, ese hombre se descontroló, los ojos le brillaban y una sonrisa gozosa y poseída, plantada de oreja a oreja, se reflejaba en los ojos de Ana Paula. Bailando al compás de aquella saya, Pe Eme empezó a cantar el coro en un gozo desbordante:

Negra, samba
aunque tunante
siempre adelante

Uno viaja para recordar y recuerda para viajar. Los relatos e historias que contamos y que nos cuentan no son sino otra modalidad de esta añeja tradición. Por eso vuelve mi cuerpo, de cuando en cuando, a aquellos viajes en tren o en autobús con mi familia, a aquellas aventuras cargadas de sabores, paisajes, canciones o chistes que alguna vez me ayudaron a combatir el tedio o la espera. Recuerdo incluso aquella vez que, siendo niño, descuidé en la estación de autobús la bolsa con ropa que mi madre me había encargado y que, sin darme yo cuenta, alguien me robó. Tuvimos que ir a visitar a mi abuela con la muda que traíamos puesta. La música que escuchaban aquellos conductores de autobús tiene un lugar especial en mi educación sentimental y musical: Los Pasteles Verdes, Los Socios del Ritmo, Los Terrícolas, Grupo Yndio, Chayito Valdez, Carlos y José, Los Ángeles Negros, Joan Sebastian, La Rondalla de Saltillo, y la lista no acaba.

Me acuerdo entonces de aquella imagen en el zócalo de Veracruz y sonrío. Resultaría inútil tratar de imaginar a qué paisajes y atmósferas lo transportó aquella saya que cantó con tanto gozo aquella noche bailonguera: “Negra, samba, aunque tunante…”.

VI

Mientras trato de cerrar estas notas, me animo a mensajearle a Graciela Ramírez –su colega por años en los viajes y transmisiones que Radio Educación hacía en Tlaco– para consultarle si recuerda cuál fue el último año que Erre Pe hizo parte de aquel equipo. Según yo habría sido hacia 1994 o 1995. Esta mañana, mientras le hago “alineación y balanceo” a este relato, encuentro varios mensajes suyos. Me dice que sus colegas de Radio Educación le comentan que el último registro que tienen de él es de 1996, de una plática que sostuvo con don Julián Cruz, el afamado músico alvaradeño, hablando de sus inicios en el Conjunto Tierra Blanca.

Llega otro mensaje de Graciela recordando que el último encuentro que organizó Radio Educación fue el XVII; después continuaron yendo para hacer transmisiones especiales:

Me parece que los dos primeros años íbamos a grabar a una escuela que estaba un poco alejada del centro. Grabamos a varios grupos con la idea de darles el material para que sacaran su disco, lo cual hicimos, y todavía Ricardo nos acompañó.

Tal vez más adelante pueda entender por qué al escribir de Ricardo, hablar de él y de algunos de los momentos compartidos, lo conecté (al menos en este relato) a la memoria de aquellos viajes que lo llevan a uno, a una, a hacer ciertas cosas en la vida. Tal vez porque conocerlo, aprender de él y compartir experiencias a lo largo de más de tres décadas muy seguramente es eso: una travesía compartida a la que siempre podemos volver en compañía de otrxs.

RPM es una presencia que nos acompaña constantemente, una vital existencia a la que se recuerda de fijo y a quien uno cree reconocer en lugares y momentos insospechados: cantando en un disco de sones prohibidos por la Inquisición, narrando los documentales históricos realizados por Alejandro Pelayo, cortándose las uñas en medio de una clase o hablando de un militar michoacano que influyó enjundiosamente en la vida pública mexicana del siglo XX. Mejor aún, llegando a sentarse a nuestra mesa, del brazo de Ana Paula, para tomarse un toro de jobo en el bar de Tobías, en ese Tlacotalpan que él tanto quiso.

RPM, Erre Pe Eme, revoluciones por minuto. La suya… una sonoridad intensa y duradera, como acetato que puede sonar a 33 o a 45 revoluciones, tocarse en los días de fiesta o ponerse constantemente para acompañar el estudio y la reflexión. Ricardo Pérez Montfort, Erre Pe Eme, el amigo, el maestro, el colega, el historiador, el cineasta, el músico, el políglota polímata –como certeramente le ha llamado Isaac García Venegas–. También el compañero de viajes y andanzas que nos compartió un bonito regalo: vivir la vida intensa y apasionadamente, hacer historia combativa, escribir mucho, soñar al mundo en su redondez y parrandear sabroso, sólo al límite de estar listos para la próxima reunión, clase o conferencia. Apenas el pasado 28 de febrero que trabajamos en seminario anotó en su pizarroncito nuestro siguiente proyecto: pensar las otredades en tiempos de odios, intolerancia y exterminio. Muy pronto tendremos que acometer ese encargo suyo.

VII

El 11 de marzo de este año (2026), Antonio Ibarra volvió a publicar en su página de Facebook aquel video en el que se les ve a Ricardo y a Toño tocando y cantando sones jarochos en la librería Mar Adentro. “La voz de Ricardo, anclada en el son y el sentimiento. Lo recordamos así, en plenitud”, anotó Ibarra.

Asimismito, en plenitud, como un disco sonando en día de fiesta y a muchas revoluciones por minuto, como sólo puede hacerlo Erre Pe Eme, una sonoridad revolucionada de larga duración.