En memoria de Hildeberto Martínez

Pedro Bracamonte y Sosa
CIESAS Peninsular

Pedro Bracamonte, Hildeberto Martínez y Ludka de Gortari en CIESAS Peninsular
Fotografía de Teresa Rojas Rabiela. Archivo TRR. (2017)


En 2003 publiqué un libro con el nombre de Los mayas y la tierra. La propiedad indígena en el Yucatán colonial, trabajo que me permitió obtener mi ingreso al CIESAS con plenos derechos y obligaciones. Tiempo antes había leído el libro Tepeaca en el siglo XVI, de Hildeberto Martínez, que resultó fundamental para mi investigación futura acerca de la propiedad territorial entre los mayas yucatecos. Para mí resultó una gran orientación el conocer sus conceptos y su forma de indagar. Pues, para la zona maya peninsular, se daba por verdad incontrovertible lo que en el siglo XVI escribiera fray Diego de Landa en su obra Relación de las cosas de Yucatán, al señalar que los indios acostumbraban ayudarse mutuamente en sus trabajos y que “En tiempos de sus sementeras, los que no tienen gente suya para hacerlas, júntanse de 20 en 20 o más o menos, y hacen todos juntos por su medida y tasa la labor de todos”. En seguida refiere el dogma que todavía tiene los creyentes: “Las tierras, por ahora, son del común y así el que primero las ocupa las posee”.

Una especie de sociedad igualitaria y hasta posiblemente comunalista. Pero algo no encajaba en las reiteradas interpretaciones acerca de ese último párrafo, al enfrentar a una sociedad del alta complejidad civilizatoria, cultural y de organización social. Para el 2000 ya conocía personalmente a Hildeberto y sostuve varias pláticas con él sobre el tema y releí su libro sobre Tepeaca y luego el de Codiciaban la tierra. La verdad es que no me dictó cátedra sino que me invitó a seguir una metodología de investigación de muy alto rendimiento. Debo decir que Hildeberto tenía un compromiso genuino con los pueblos originarios de México y América, pero desdeñaba con su clásica franqueza tanto el denuesto como el paternalismo militante. Su visión para un cambio político y social se centraba en el conocimiento científico como base en la construcción de una etnohistoria mexicana de la que fue gran constructor.

Pronto caí en la cuenta de que ese método de Hildeberto de desentrañar la certeza era el método que incluso ya había ensayado, en la perspectiva de Carlos Marx, el teórico que empleó el estudio empírico para construir conocimiento abstracto. No copiar categorías sin crítica, no ser laboratorista sin salario de estudiosos de otras latitudes. Por el contrario. Dar voz a quienes no se les escucha era una de las misiones de mi querido amigo; quizá su utopía.

Y las recomendaciones que me hiciera Hildeberto dieron resultado muy temprano: en varios repositorios encontré que Landa se leía de forma literal y que se dejaba de lado cientos de documentos (testamentos, ventas de tierras, herencias, papeles de haciendas y más, en lengua maya y castellano) que configuraban una estructura diametralmente diferente, con propiedad de la tierra de linajes o patrimoniales antes de la conquista, y que estas tierras fueron reconocidas como privativas por la misma Corona. De ahí que entre los mayas yucatecos durante la época colonial el despojo de ese bien sin valor pero con precio se realizara por medio del mercado desde el mismo siglo XVI, pues sólo puede vender quien tiene la propiedad, de forma que en esta región no se requirió de mercedes de tierras expropiatorias ni de composiciones fiscales de suelo robado para crear las estancias y haciendas, como también lo constata la documentación. De hecho, los libros de tierras de las fincas yucatecas siempre inician con adquisiciones legales y con pago a los linajes propietarios.

Afortunadamente sí tuve tiempo de agradecer en vida a Hildeberto esa guía, camino, enfoque o método que me ha dado mucho en mi carrera académica. Es una enseñanza que trato de trasmitir a mis alumnos.