El diablo, el fetiche de la mercancía y el “triunfo” del neoliberalismo en contexto del campesinado chileno

Camilo Farías Duran[1]
Antropólogo sociocultural


Las diversas realidades socioculturales de nuestro continente, creadas a capacidad argumentativa de las potencias vencedoras, fueron solapando sistemáticamente las bases culturales locales, en otros casos direccionando plataformas exógenas de pensamiento, pero la mejor síntesis armónica que fue tomando parte de la creación de modelos identitarios propios de la mixtura de habitantes, fue a través de la amplia gama de sincretismos culturales y sociales que emergieron con el encuentro de los mundos, su asentamiento duradero como puente de los centros de poder en el periodo histórico conocido como Colonia y como base de fundamentación en la creación de los múltiples estados nación desde el siglo XVII.

Puede existir un nivel de comparación con las realidades productivas-culturales diagnosticadas por Taussig en el Cauca o en las minas bolivianas con los obreros cada vez más minimizados y precarizados, de la realidad de los contextos campesinos del Chile Central en su nivel de pauperización de las condiciones materiales, pero es necesario poner en antecedente que los preceptos simbólicos en el cotidiano han ido mutando, y éstos cada vez se han mimetizado dentro de las dinámicas de explotación consentida bajo los dictámenes del sistema capital en sus niveles más locales.

Dicho de otra manera, los detentores de los medios de producción no hacen ningún amago en poner dentro de algunas condiciones del imaginario social colectivo, ciertos parámetros de subyugación a través de pautas impuestas y aclimatadas a los contextos, sino que lisa y llanamente se posicionan de forma libre, a través de canales formales y aceptados de explotación laboral, porque si bien el auge de la enajenación de la tierra en nuestro país le entregó números positivos al erario nacional y, sobre todo, a los “dueños” de los medios de producción, a medida que cambiaban los procesos en la amplia gama de especificidades asalariadas (modulando desde los trabajos más simples hacia la puesta en práctica de tecnologías productoras en la maximización de productos y minimización de la hora hombre dentro del contexto de las cadenas de trabajo), las dinámicas propias de la profundidad humana en el escenario diverso y multicultural del Chile actual se calcificaron bajo un ordenamiento hegemónico e institucionalizado.

Este modelo fue instalando en las últimas décadas del siglo XX un motor rentable para pocas manos y con énfasis dirigido hacia la enajenación profunda de los diversos nichos económicos del país, en lo relativo al sector agrícola-campesino, con la llegada de monocultivos forestales de especies exógenas al medio (produciendo niveles graves de desertificación y desplazamiento de los pisos productivos) junto con el monocultivo agrícola (trayendo consigo conflictos socioambientales por el uso indiscriminado de productos tóxicos en las diversas fases de producción) generó un éxodo masivo de población desde los campos a la ciudad, lo que venía a ser un aceleramiento de una dinámica que se daba desde mediados del siglo XX, y la transformación de las pautas culturales en los contextos cotidianos, así también con un despojo en la intervención sociocultural desde los elementos propios de la población hacia sus espacios de desenvolvimiento.

Por tanto, aquella masa del campesinado que tuvo su punto alto de capacidad productiva durante los estrechos años de las promulgaciones de las diversas leyes de reformas agrarias (1962-1973) en una porción importante de la zona central de Chile, puso de manifiesto modos de producción que diferían del capitalismo, ya que a diferencia de este último, donde las fuerzas de trabajo carecen de control sobre los medios de producción, en el campesinado el uso del dinero es directo por sobre el capital como elemento de cambio, y la transacción en el tablero mercantil se daba o bien por concesiones fundadas en los espacios de definición política (asentamientos campesinos pertenecientes a la corporación de reforma agraria) o dentro de los ritos económicos propios de las identidades locales, tendenciando de esta forma lo planteado por Michael Taussig, en torno a la dicotomía valor de uso-valor de cambio, puesto que la imposición de un sistema económico sobre la estructura de funcionamiento social permitía bajo él, amplias posibilidades de organización y funcionamientos a través de reciprocidades sociales.

Todo ese marco se viene abajo con la imposición de un cuadro económico revolucionario desde la reacción, instalando un sistema económico-social y cultural enrielado con las pautas del liberalismo en su maximización, todo esto en un contexto de ensayo y prueba, bajo la bota de la dictadura militar, generando como producto, un retroceso vertiginoso de los avances del campesinado nacional y un posicionamiento sistemático de pequeños grupos económicos con la capacidad de hegemonizar los nichos productivos y ponerlos en orden con la enajenación profunda, y las pautas genéricas del sistema capital.

Por tanto, el fetichismo de la mercancía en los actuales sectores rurales con capacidad de producción agrícola se puede llegar a entender bajo el relato de la resistencia hacia un entramado superior complejo, con prácticas simbólicas de horizontalidad, de reciprocidad, aunque sumamente marginal y con un no impacto hacia las dinámicas estandarizadas y normalizadas, a esta altura de los acontecimientos es como la realización de un potlatch[2] sin el rito adosado.

El diablo, por su parte y dentro de este mismo contexto, toma diversos roles y ropajes, porque dentro de la amplia gama de constructos culturales generados y recreados bajo el paraguas de un sistema hegemónico, el sentido de una imagen del diablo sirve para explicitar la cara más violenta de los aparatajes económicos extractivistas actuales, atenuando el efecto de significación de resistencias o frenos hacia las dinámicas propias del horizonte de cotidianos, y éstos toman rostros en una larga lista de significaciones, tales como la institucionalidad, el gobierno en turno, el Estado, las fundaciones, etc.; todo bajo un marco de entendimiento común, a través de la atenta mirada del neoliberalismo y sus lugartenientes apostados en toda la extensión.

Aun así, con todo un aparataje de plataformas ideológicas hegemonizantes y con la batería de consecuencias generadas por la reconversión de las prácticas económicas, se deben pesquisar y fundamentar aquellos centros de resistencia que entreguen la capacidad argumentativa para poder poner en valor los constructos propios y con sentido de pertenencia en relación con los modos y formas económicas, por tanto, estamos despojados de los miedos atávicos y se han abierto los espacios para poner en un relativismo exacerbado las condiciones genéricas de trato económico, trayendo consigo una reconversión del fetiche de la mercancía hacia los marcos éticos de base para promover desde ahí el resguardo del medio ambiente, la salvaguarda de los derechos humanos de quienes habitan los pisos ecológico-culturales, y sobre todo poner a disposición de los proyectos político-sociales de transformación los fundamentos locales para entender, conocer y transformar la sociedad desde sus propios habitantes, y desde lo local hacia lo general.

Bibliografia


Blázquez, Gustavo (1996), “El fetichismo de la mercancía: ¿Una religión para el mundo moderno?”, en  Estudios: Centro de Estudios Avanzados, núm. 6, pp. 155-168.

Chonchol, Jacques (1976), ”La reforma agraria en Chile (1964-1973)”, en El Trimestre Económico,  vol. 43, núm. 171 (3), pp. 599-623.

Gudynas, Eduardo (2016),”El petróleo es el excremento del diablo. Demonios, satanes y herejes en los extractivismos”, en Tabula Rasa, núm.24, pp. 145-167.

Taussig, Michael T. (1993), “El diablo y el fetichismo de la mercancía en Sudamérica”, México, Nueva Imagen.

  1. Antropólogo Sociocultural egresado de la Universidad de Concepción, Chile; Magister en Gestión y Políticas Publicas en la Universidad de Talca, Chile.
    Correo electrónico: camilo.fariasduran@gmail.com
  2. Corresponde a una práctica económica y social realizada hasta el siglo XX por grupos culturales de la costa del noroeste de américa del norte, donde a través de demostraciones de regalos grandilocuentes a modo de intercambios con la finalidad de manifestar capacidad de poder, se hacía gala del desarraigo de la acumulación de riquezas con base en el rito de la búsqueda de ascenso social, reconocimiento del otro y el prestigio a conseguir; dicha práctica fue en extenso estudiada por el antropólogo francés Marcel Mauss.