El cuerpo que pare: umbral donde se funde el tiempo

Yaredh Marín Vázquez[1]
El Colegio de México

Umbral del tiempo. Fotografía: Yaredh Marín. Tijuana, agosto de 2021

Resumen

En este texto se explora cómo las mujeres y familias usuarias de servicios de partería profesional, a través de su elección de servicios de atención al nacimiento, disputan los significados del alumbramiento y la construcción del “yo”. El cuerpo que pare es el protagonista de este texto, mediante la etnografía se narra como en el alumbramiento —entendido como un espacio-tiempo—, tienen lugar procesos de autonomía corporal y la resignificación de las experiencias. En la piel del cuerpo que pare se retejen el pasado, el presente y la posibilidad de futuro. El entendimiento del cuerpo como un “territorio carnoso” es crucial en la reflexión, pues desde esta perspectiva es posible identificar cómo se entrelazan la historia personal, las relaciones de poder y su cruce con el tiempo-espacio. La experiencia de Leonora y Dionisio en este texto es el núcleo del planteamiento, pues nos deja ver sus disputas y negociaciones con las expectativas familiares, sociales y clínicas que dominan en una urbe del bajío mexicano. Este artículo dialoga con el trabajo de Michel Foucault sobre biopolítica —para la comprensión de la atención hegemónica y biomédica del nacimiento— y heterotopías —para comprender las casas de parto y el trabajo de parteras en la urbe—. Y finalmente expone cómo la elección de un parto en casa con parteras forma parte de una apuesta personal y familiar por Proyectos de Vida Alternativos. Más que una simple preferencia obstétrica, su elección expresa una búsqueda de construir relaciones, corporalidades y futuros menos violentos dentro de la ciudad contemporánea.

Palabras clave: cuerpo; tiempo-espacio; biopoder; partería; proyectos de vida alternativos

Introducción

Las ciudades están hechas de cuerpos. Cuerpos que caminan, trabajan, se enferman, gozan, sangran, se cansan y sostienen la vida cotidiana. Sin embargo, en la experiencia urbana contemporánea el cuerpo rara vez es reconocido como territorio sensible y relacional. Se le suele tratar como a una unidad administrable: un conjunto de datos, un expediente médico, un riesgo estadístico, una fuerza de trabajo que debe ser regulada. Cuando se trata de cuerpos feminizados, gestantes o racializados, esa administración se vuelve intensa. Las métricas dominan la atención a la salud reproductiva, lo que en muchas ocasiones se convierte en violencia sobre el cuerpo, porque el cuerpo no se considera como experiencia en la que se funde el tiempo y el espacio no sólo individualmente, sino como cronotopo colectivo. Pocas experiencias muestran esta tensión entre control y autonomía de forma tan clara como el nacimiento.

En la medicina moderna, el parto se ha convertido en un procedimiento técnico cuyo objetivo es producir un resultado considerado exitoso —un bebé vivo, una madre que “no se complique”— bajo criterios de eficiencia, previsibilidad y minimización del riesgo. Esta forma de organizar el nacimiento forma parte de lo que Michel Foucault llamó “biopolítica”: un conjunto de tecnologías de poder que se ejercen sobre la vida misma y que buscan “regir la multiplicidad de los hombres en la medida en que esa multiplicidad puede y debe resolverse en cuerpos individuales que hay que vigilar, adiestrar, utilizar y, eventualmente, castigar” (Foucault, 1976/2014: 220). Tener un bebé sano en brazos y una madre estable físicamente está muy bien, sin embargo, esta perspectiva “exitosa” en la atención de la salud reproductiva nubla y limita la percepción de la gama de experiencias que emergen durante la atención, como el dolor físico y emocional, y la posibilidad de la muerte durante el nacimiento. Ello limita las habilidades clínicas y sociales para acompañar y vivir la amplia gama emocional de experiencias que aparecen durante el embarazo, nacimiento y postparto.

Entre 2017 y 2019 realicé trabajo etnográfico en una casa de partos del Bajío mexicano a la que llamaré La casa de Iemanja. Me interesaba comprender por qué mujeres urbanas, teniendo acceso a servicios hospitalarios, planean parir en casa con parteras. Colaboré con las parteras en su vida cotidiana, pero también con nueve mujeres y familias usuarias. Estas interacciones me permitieron observar cómo la partería profesional urbana y las casas de partos operan como espacios que ponen en tensión ese régimen biopolítico. No están completamente fuera del sistema médico ni del orden urbano, pero tampoco se someten del todo a sus lógicas. Funcionan como lo que Foucault llamó “heterotopías”: espacios reales que existen dentro del mundo social, pero que, al mismo tiempo, “suspenden, neutralizan o invierten” las relaciones dominantes que los rodean (Foucault, 1967/2010: 19).

En estas heterotopías, el parto no se organiza únicamente en función de protocolos y tiempos institucionales, sino en función del cuerpo que pare, de sus ritmos, de su historia y de sus relaciones. Esto no significa que se rechace la tecnología o el saber médico, sino que se cambia su lugar. En lugar de ser la autoridad absoluta que dicta lo que debe ocurrir, se convierte en un recurso que acompaña un proceso corporal, emocional y relacional mucho más amplio.

El trabajo con parteras y mujeres me ha llevado a comprender el “cuerpo que pare, gesta y alumbra” más allá de las métricas biomédicas. A partir de escuchar a las mujeres contarme sus experiencias y al presenciar el tacto de las parteras en los procesos de atención he propuesto entender el cuerpo como un “territorio carnoso: la materialidad en la que tiene lugar la existencia, en y con la que se construye un mapa de significados del yo a partir de negociaciones con las y los otros, las relaciones de poder y los marcos espacio-temporales” (Marín, 2023: 22). Desde esta perspectiva, el parto no es únicamente un evento fisiológico, sino un momento de alta densidad simbólica y política en el que se reconfigura la relación de una persona consigo misma, con quienes la rodean y con el mundo.

Las mujeres con las que he conversado me han señalado que, durante el parto, en ese proceso en el que el cuerpo se estira y se duele para dejar pasar la vida, ellas “pierden la noción del tiempo”. No se sabe exactamente qué pasó primero y qué paso después. Las parteras lo identifican así también. Yo argumento que lo que ocurre no es una desorientación en sí, sino una transformación profunda de la temporalidad. En el cuerpo que pare, pasado, presente y futuro dejan de ser líneas separadas. El pasado aparece como memoria corporal —como huellas de experiencias previas de cuidado, de abandono, de violencia o de placer—; el presente se intensifica hasta ocuparlo todo a través de sensaciones, sonidos y movimientos; y el futuro se anuncia de manera inminente en la figura del bebé que está por llegar. El cuerpo se convierte en un umbral temporal.

La búsqueda de una atención alternativa del nacimiento pone en jaque la noción lineal del tiempo. Y con ello se disputan los significados del embarazo como métrica de semanas, el parto en horas y centímetros de dilatación y el recién nacido y su bienestar entendido como gramos y percentiles. Se ponen en disputa porque estas traducciones técnicas no son neutras: forman parte de una economía política del cuerpo que tiende a volverlo predecible, gobernable y comparable. En este régimen, el cuerpo gestante es tratado como una infraestructura de producción biológica que debe funcionar de manera eficiente, minimizando imprevistos y desviaciones.

La casa de partos interrumpe esa gramática urbana del tiempo. Allí, el parto no se mide principalmente con relojes ni en números, sino en cambios de ritmo, en sensaciones, en estados de ánimo, en olores y sonidos. Esta diferencia no es sólo cultural: es una diferencia en la forma de concebir para quién existe el cuerpo. Mientras el hospital tiende a inscribirlo en una cadena institucional de control, responsabilidad legal y eficiencia, la casa de partos lo reinscribe en una red relacional donde lo que importa es cómo se vive la experiencia.

Parir: el umbral del tiempo y la soberanía sobre el cuerpo

Durante el trabajo de campo acompañé decenas de consultas prenatales y varios partos. Escuché una y otra vez la misma idea: parir es cruzar un umbral. En la casa de partos el nacimiento es tratado como un evento liminal, cargado de sentido. Las mujeres se preparan con cursos, lecturas, rituales, música, palabras de poder. Construyen una narrativa sobre lo que va a suceder.

Leonor, una de las mujeres que conocí, había armado una playlist para su parto. Tenía frases escritas que la ayudaban a concentrarse. Había pensado cada detalle. El día que llegó el trabajo de parto Leonor se aventó al mar y navegó en compañía de Dionisio, su pareja, el vaivén de las contracciones que como olas de un mar que se embravecía impactaban en su cuerpo. En ese momento, el cuarto se volvió un pequeño mundo aparte. La ciudad quedó afuera. El reloj perdió sentido. Pasado, presente y futuro se condensaron en ese cuerpo que pujaba.

Dionisio recuerda un momento clave del trabajo de parto: varias parteras y estudiantes estaban dentro de la habitación cuando Leonor dijo con firmeza: “No, no quiero tener tanta gente en el cuarto, por favor (…) Leonor traía una determinación cabrona”. Ese gesto —pedir que algunas salieran, marcar un límite— condensa una de las operaciones más importantes que observé en la casa de partos: la reapropiación del cuerpo como territorio soberano.

Para muchas mujeres urbanas, el cuerpo ha sido históricamente un espacio abierto a la intervención de otros: médicos que tocan sin pedir permiso, parejas que opinan, familias que juzgan, instituciones que deciden. En el parto, cuando el cuerpo se vuelve más vulnerable y más potente al mismo tiempo, esa historia reaparece con fuerza. Por eso, el acto de poner límites no es una simple cuestión de comodidad: es una reescritura de la biografía corporal. El siguiente foto-bordado, creación de Renata Garza Rosaldo y Soraya Montes, muestra esa apuesta. Una de las piezas visibiliza el protagonismo de la mujer durante el alumbramiento. Su cuerpo es territorio acompañado, sostenido, registrado; apenas en la orilla dela foto se pueden observar los dedos de la partera, esa presencia que sostiene respetando los límites.

Ondas de luz. Fotografía: Renata Garza Rosaldo. Arte bordado: Soraya Montes. 2023

Esa soberanía no aparece de la nada. Es el resultado de trayectorias marcadas por negociaciones constantes con normas de género, con figuras de autoridad y con experiencias de control o violencia. El cuerpo, como territorio carnoso, guarda las huellas de esas negociaciones: recuerdos de vergüenza, de silencios, de invasiones, pero también de resistencias y deseos de autonomía. Durante el parto, esas huellas se activan. Decidir quién entra, quién sale y quién toca es una forma de reinscribir el pasado en el presente.

Dionisio también recuerda un momento particularmente intenso cuando el equipo de parteras salió a desayunar y la habitación quedó en silencio. “Durante esa hora y media tuvimos momentos muy lindos”, cuenta. “Hubo una canción con la que los dos, agarrados, nos soltamos llorando… como que nos cayó la realización completa de que esto está pasando… fue un momento muy espiritual”. Esta escena permite nombrar uno de los núcleos de esa investigación: en el parto el cuerpo se convierte en un espacio donde pasado, presente y futuro se funden. El pasado aparece como historia acumulada —miedos, aprendizajes, límites antes vulnerados— y como espera: “por años hemos pensado en esto”. El presente se intensifica hasta volverse absoluto: música, respiración, contracciones, tacto, sudor. Y el futuro irrumpe como anuncio: “esto está pasando”, “ya somos”. No es un futuro abstracto, sino un futuro encarnado.

El parto funciona, así, como una experiencia cronotópica: distintos tiempos de la vida se superponen en el cuerpo. La infancia de Leonor, sus vínculos afectivos, sus pérdidas, sus aprendizajes sobre el placer y el dolor comparecen en el presente de las contracciones, mientras el bebé que aún no nace ya reorganiza el mundo emocional y material de la pareja.

Las parteras saben que el cuerpo recuerda. Por eso reducen al mínimo las intervenciones invasivas y privilegian la observación, el tacto cuidadoso y el respeto al ritmo de cada mujer. Por ejemplo, una partera explicó a Dionisio cómo la “línea púrpura” que aparece en la espalda baja puede indicar la progresión del parto sin necesidad de exploraciones internas. Esta práctica no es sólo técnica: es una ética del límite.

En la casa de partos, el cuerpo es tratado como un archivo vivo. No un archivo ordenado, sino un tejido de memorias, afectos, heridas y deseos que se expresan en tensiones, silencios y resistencias; tejido que está en proceso de cambio constante. Cada contracción puede leerse como huella de experiencias previas. El cuerpo “habla”, aunque no lo haga en palabras.

Aquí el diálogo con los estudios sobre trauma resulta iluminador. Bessel van der Kolk (2014) ha mostrado que las experiencias traumáticas se inscriben en el cuerpo y que una vía de sanación implica permitir que “el cuerpo tenga experiencias que contradigan profunda y visceralmente la impotencia”. En este contexto, la reducción de invasiones, la escucha y el permiso no son sólo gestos de cuidado: son prácticas que permiten que el archivo corporal se reescriba, que se retejan significados en él.

Desde esta perspectiva, el parto acompañado por parteras puede funcionar como una forma de reparación. No porque sea indoloro o ideal, sino porque devuelve a la mujer la capacidad de decidir: quién la toca, cómo, cuándo, con qué palabras. Una de mis interlocutoras, Irene, terminó su proceso en cesárea. Aun así, recuerda haber sostenido la mano de una partera y sentir que era la mano de su madre. Esa sensación la sostuvo. El sentido del nacimiento no estuvo en el resultado técnico, sino en la experiencia corporal de no estar sola ni sometida. La siguiente obra de Renata Garza Rosaldo y Soraya Montes ilustra ese sentido en el registro de una cesárea. La posibilidad de vivir el nacimiento como una experiencia en la que los cuerpos florezcan.

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Flore-ser. Fotografía: Renata Garza Rosaldo. Arte bordado: Soraya Montes. 2023

Es importante subrayar un matiz: la violencia obstétrica no es exclusiva del hospital. Puede ocurrir en cualquier espacio si una voluntad se impone sobre otra —incluso en una casa de partos con una partera—. Lo relevante en este grupo de interlocución no es la idealización de la partería, sino la presencia de una ética explícita del límite y de la autodeterminación.

Proyectos de Vida Alternativos: futuros que se ensayan en el cuerpo

La presencia de Dionisio durante el nacimiento de su hija refuerza esta dimensión colectiva del tiempo. Cuando las parteras le piden que coloque las manos para recibir a la bebé y Leonor decide: “Sí tú”, se abre la posibilidad de una paternidad distinta. El primer llanto de Malena anuncia una vida nueva que ha arribado a contracorriente de una lógica dominante.

Para comprender por qué estas familias eligen parir de este modo, propuse el concepto de Proyectos de Vida Alternativos. No se trata de utopías totales ni de cambios de paradigma, sino de búsquedas de relaciones menos violentas, de cuerpos más habitables, de futuros que no reproduzcan exactamente el mismo orden que los rodea. Estos proyectos combinan feminismo, espiritualidad, ecología, crítica al capitalismo y deseo de comunidad, y están atravesados por clase y género.

Elegir parir en una casa de partos es, para muchas de estas familias, una forma de inscribirse en un proyecto más amplio de vida. No se trata sólo de cómo nacer, sino de cómo criar, cómo amar, cómo trabajar y cómo habitar la ciudad. Estos proyectos suelen estar atravesados por contradicciones: usan tecnología médica pero critican la medicalización, viven en la ciudad pero buscan ritmos más lentos, participan del mercado pero desconfían de la mercantilización de la vida. Lejos de invalidarlos, esas tensiones muestran que se trata de búsquedas reales y vividas.

Aquí cobra pleno sentido una idea de Foucault: “El cuerpo es el punto cero del mundo… ese pequeño núcleo utópico a partir del cual sueño, hablo, expreso, imagino”. En la casa de partos, el cuerpo se convierte en el primer territorio donde se ensayan futuros. La manera en que se nace es también una manera de imaginar cómo se quiere vivir.

Es muy importante mencionar que este tipo de atención urbana por partera es una experiencia de difícil acceso para la mayoría, por su difusión, sostenibilidad y legitimidad. La amplia mayoría de las mujeres y familias urbanas no saben que las parteras habitan las ciudades. Por otro lado, el trabajo de las parteras urbanas es “caro”, pues trabajan de manera autónoma y sus servicios no son accesibles para muchas familias. Finalmente, debido a que la partería es considerada inferior frente a la medicina, existen barreras burocráticas, culturales e incluso clínicas que restan legitimidad a su quehacer. ¿Quiénes tienen acceso a estas utopías y heterotopías?, ¿quiénes pueden permitirse disputar el tejido temporal que habita el cuerpo?

Palabras finales

Parir en una casa de partos urbana no es una moda ni una huida de la ciudad. Es una disputa concreta por el cuerpo y por el tiempo. En el parto, el cuerpo deja de ser sólo un organismo y se vuelve archivo, frontera y proyecto. Lo que se pone en juego no es únicamente el modo de nacer, sino el modo de vivir: cómo se construye una familia, qué se tolera como trato, qué se acepta como violencia, qué se imagina como futuro.

Quizá lo más importante de estas experiencias no es que sean “mejores” que otras formas de parir, sino que hacen visible algo que la ciudad tiende a ocultar: que los cuerpos no son sólo soportes biológicos, sino territorios de sentido. En el nacimiento, ese territorio se abre de manera radical. Lo que se pone en juego no es sólo la llegada de un bebé, sino la posibilidad de que una mujer, una pareja y una familia reinscriban su relación con el pasado, con el presente y con el futuro.

Como dijo Dionisio al escuchar por primera vez a su hija, los momentos más importantes suelen recordarse por lo que se ve, pero el nacimiento es un parteaguas auditivo: un quejido que anuncia que una vida comienza, que una familia se transforma y que un cuerpo urbano, por un instante, logra habitar la ciudad desde otra temporalidad.

Referencias

Foucault, M. (2010). El cuerpo utópico, en El cuerpo utópico y las heterotopías, 9-23. Nueva Visión. (Publicado originalmente en 1966)

Foucault, M. (2010). De los otros espacios (Heterotopías), en El cuerpo utópico y las heterotopías, 63-81. Nueva Visión. (Publicado originalmente en 1967)

Foucault, M. (2014). Defender la sociedad. Curso en el Collège de France (1975–1976). Fondo de Cultura Económica. (Publicado originalmente en 1976)

Marín, Y. (2019). Nacer a contracorriente. Mujeres y familias urbanas usuarias de partería profesional en una metrópoli mexicana, 2015–2019 [Trabajo de grado de maestría]. El Colegio de Michoacán.

Marín, Y. (2023). Germinar y sostener la vida en pandemia. Experiencias reproductivas y de cuidados de mujeres en México, 2020–2023 [Tesis de doctorado]. El Colegio de Michoacán.

Van der Kolk, B. (2014). The body keeps the score: Brain, mind, and body in the healing of trauma. New York: Viking.


  1. Correo electrónico: yaredh.mv@gmail.com