Descripción de un estado onírico: los sueños extáticos entre curanderos nahuas de la Huasteca

José Joel Lara González[1]
Escuela Nacional de Antropología e Historia

Una sensación de quemadura ácida en los miembros,
de músculos retorcidos y como en carne viva, el sentimiento de ser de vidrio y fácil de romper, un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. Un trastorno inconsciente del andar, de los gestos, de los movimientos […]

Necesidad de recomponer los movimientos, una especie de fatiga mortal, fatiga del espíritu para una aplicación de la tensión muscular más simple, el gesto de asir, de engancharse inconscientemente con algo,
que sostener mediante una voluntad aplicada.
Una fatiga de comienzo del mundo, la sensación de que hay que llevar el propio cuerpo, un sentimiento de fragilidad increíble, y que se transforma en un sufrimiento demoledor,

un estado de dolorosa torpeza, una especie de torpeza localizada en la piel, que no impide hacer ningún movimiento.

Antonin Artaud

Resumen

Este artículo presenta la experiencia de los sueños extáticos en la tradición nahua de la Huasteca Veracruzana e Hidalguense. El soñar constituye una práctica de conocimiento que involucra transformaciones corporales, sensoriales y ontológicas, mediante las cuales los soñantes acceden a otros regímenes de existencia y establecen comunicación con entidades espirituales. A través del análisis etnográfico de las narrativas de dos curanderos sobre sus experiencias de sueño, se describe el papel del éxtasis, la descorporización y la muerte simbólica, como procesos fundamentales en la adquisición de saberes rituales y en la formación de especialistas del conocimiento tradicional. De este modo, se plantea que el soñar constituye una práctica social y corporal que articula experiencia, conocimiento y vida ritual dentro de la cosmovisión indígena.

Palabras clave: sueños extáticos, descorporizar, alteridad, nahuas, Huasteca.

Introducción

Los sueños extáticos tienen la capacidad de conducir por diferentes estados alternativos en los que los regímenes corporales, ontológicos, temporales y espaciales se presentan radicalmente diferentes a los propios de la cotidianidad. Provienen de afectaciones a la conciencia en las que las personas experimentan estar fuera de sí, para abrir la percepción sensorial y acceder a otras formas de aprehender, comprender y ser en el mundo. La experiencia extática reconoce variadas formas de sentir, percibir y hacerse del conocimiento, principalmente a partir del padecimiento.

Transforman a la persona en un especialista del saber que, a partir del desprendimiento corporal, puede tener contacto con seres de otras dimensiones y recibir mensajes que sostienen sistemas epistemológicos y ontológicos que deben ser socializados con las comunidades para que los sueños tengan sentido.

En este artículo ensayo una caracterización sobre el estado onírico a partir de las narrativas de dos curanderos nahuas de la Huasteca Veracruzana e Hidalguense, que describen su experiencia corporal de soñar, dando cuenta de cómo soñar y morir son dos actividades simétricas y complementarias en las que se funda la epistemología tradicional en la Huasteca.

Sueños extáticos: abordajes antropológicos para el análisis de los sueños

Se ha llamado sueño a la actividad cerebral narrativa que sucede mientras las personas duermen. Esta capacidad crea situaciones, personas, seres, tiempos y paisajes que son experimentadas de forma consciente por el soñante, de manera relativamente coherente y ordenada. Puede incluir imágenes en aparente completo desorden; sin embargo, al ser relatadas en el testimonio oral, se conoce el contenido latente de los sueños y, con ello, se ordena y se interpreta adecuadamente.

Para evitar confusiones, es necesario hacer algunas precisiones. Primero, “sueño” y “dormir” pueden pasar por sinónimos. Solemos decimos “tengo sueño” para hacer referencia a un estado de cansancio que nos lleva a dormir; sin embargo, no pueden entenderse como actividades pares. Fisiológicamente, el sueño durante la etapa del dormir es un proceso de descanso y reposo que suprime los sentidos y los movimientos corporales voluntarios, y que sirve para regular diferentes funciones neuronales, físicas y biológicas para mantener sanas a las personas.

A diferencia de este tipo, los sueños remiten a una experiencia en la que soñar es parte sustancial de la visión del mundo de los grupos humanos, ya que permite comprender los sueños como actividades institucionalizadas, socialmente compartidas y comprendidas entre una comunidad soñante, con valores, normas y códigos de significación onírica. Exigen ser comprendidos e interpretados, por lo que la experiencia de soñar atribuye, mediante un lenguaje simbólico y refinado, diversas significaciones a las acciones que suceden durante las fases del soñar.

Otro marcador fundamental del soñar es que la diferencia entre los estados de sueños y el de vigilia no representan fases opuestas (Tedlock, 1992a), sino que son constituyentes de una misma experiencia en la que se conceptualizan otros regímenes de espacializar, historizar, subjetivar y encarnar determinados tipos de conocimientos que requiere de especialistas del soñar, así como de la exégesis del contenido onírico, para así establecer la facultad cognitiva de los sueños.

Entre los grupos étnicos mesoamericanos, los sueños tienen cuatro características que permiten distinguirlos como sistemas cognitivos y ontológicos en los que se basa su etnicidad.

  1. La facultad de regímenes que crean, posibilitando otros modos de ser y estar en el mundo.
  2. La necesidad de ser transmitidos mediante la lingüisticidad de la experiencia; es decir, son parte medular de la tradición oral.
  3. La exégesis adecuada y eficiente de los mensajes transmitidos durante los sueños, lo que los hace un medio comunicativo bien decodificado y, la mayoría de las veces, “el valor indicativo del sueño puede encontrar una expresión aún más exquisitamente simbólica” (Signorini y Lupo, 1989: 123).
  4. La observación de otras formas de expresión del contenido onírico, materializaciones objetivas y subjetivas en las que los sueños concretan sus diferentes mensajes.

Estas características iniciales son las que, antropológicamente, hacen de los sueños objetos de estudio, pues se estudia cómo se estructura la experiencia del soñar, sus representaciones e interpretaciones sociales que permiten compartir y comprender los sueños al interior de un grupo humano, así como los valores axiomáticos que definen esferas de la vida ritual, religiosa, médica, política, económica y cultural.

Este tipo de sueños son la materialización de habilidades técnicas y socioafectivas en las que se funda la experiencia cognitiva y ontológica; es decir, refiere a cualidades de aprendizaje, experiencia, tránsito extático e incluso enfermedad, que conducen a comprender cómo se conforma el concepto indígena del sueño (Pitarch, 2017) y argumentar por una teoría antropológica del sueño que parta de una etnografía detallada de éstos (Tobón, 2015; Galinier, 2016) que considere el contenido latente de esta actividad para asociarla con las imágenes que producen intertextualmente, con tradiciones orales, rituales, medicina tradicional, músicas, danzas y textiles.

Los sueños son sistemas de conocimiento y saberes especializados que no consideran fases de descanso y exigen de un aprendizaje desde el cuerpo en la encarnación del sueño, pues demandan un conocimiento sensorial importante, ya que son experiencias de ver, estar y ser en otros regímenes temporales, espaciales y ontológicos. Por medio de ellos se interactúa con esos regímenes de alteridad en los que se sostienen los saberes del mundo de la vida común.

En el siguiente apartado, presento narrativas de dos curanderos nahuas de la Huasteca para poder comprender cómo se conforman los conceptos del sueño y el éxtasis que caracterizan los estados oníricos, desde el interior de la exégesis local.

Sueños y procesos extáticos en la Huasteca

La principal característica de los sueños extáticos es que son tránsitos de estados alternativos donde los regímenes corporales, temporales y espaciales se presentan radicalmente diferentes a los estados de aparente normalidad en los que viven las personas. Son sueños disruptivos, perturbadores, activos que exigen de una conciencia cerebral, espiritual y corporal.

Los éxtasis son afectaciones a la conciencia que permiten acceder a otras formas de aprehender, comprender y relacionarse con distintas formas de ser en el mundo. La experiencia extática reconoce variadas formas de sentir, percibir y hacerse del conocimiento. En palabras del especialista ritual:

Me echo a dormir, ya no distingo si estoy dormido o todavía despierto, pero empiezo a sentir que mi cuerpo se queda ahí solito. Yo salgo de él, es como si fuera mi cáscara. No siempre sueño lo mismo, a veces las de antes me piden ofrenda, a veces me lastiman y quedo bien amolado cuando regreso. Otras veces, si estoy curando, me vuelvo a ir, no es de noche porque estoy trabajando con alguna persona, pero en mi sueño tengo que saber qué es lo que tiene o contra quién voy, qué tan duro es lo que el paciente trae. Si el pacientito trae enfermedad dura, se pone complicado, porque tengo que caer como en sueño, porque su sombra se fue. Desde que llegan se nota si traen sombra y después veo dónde traen el mal, hago oración y pido la ayuda, porque los casos son difíciles y siempre son varias consultas. Con la oración repito y pido porque me ayuden a encontrar dónde está la sombra, luego doy remedio y el paciente regresa siete días después. En esos días a veces sueño con la sombra, porque se sigue escondiendo y yo la sigo en mis sueños para que no se pierda, porque si se pierde, la persona se muere. A los siete días lo recibo y otra vez con la oración y ‘ora sí me enfrento con la sombra, pero no es la sombra de él, sino que son los malos los que la esconden y contra ellos voy y los santitos me ayudan, porque los otros son extraños y muy fuertes, pero pido para que los santitos me ayuden y me den la fuerza, los llamo y mi cuerpo se pone fuerte. (Juan, agosto de 2015)

Es clara la idea de un desprendimiento corporal, una entidad que sale del cuerpo para experimentar los regímenes de alteridad a los que es sometido. Para existir en esos regímenes se precisa de una experiencia corporal; es decir, no sólo es aquella entidad volátil que se desprende, sino que, para cualquier experiencia de existir, se requiere de una materialidad carnal, que evidentemente es diferente a la de la vida común.

El testimonio llama la atención en varios sentidos. Primero porque ese otro régimen corporal está sujeto a afectaciones que lo pueden lastimar o lastimarse en alguna batalla que tenga para recobrar la salud de una persona. Se comprende que la experiencia de la vigilia y el soñar no son mundos por completo separados, más bien se articulan en una sola experiencia, ya que los sueños tienen una función social importante en la vigilia social. Y también se puede distinguir entre sueños pasivos y activos.

Son sueños activos aquellos en los que existen momentos en los que el soñador produce acciones que lo llevan a tener contactos corporales directos con entidades, ya sea que ellas mismas lo lastimen o cuando se está luchando contra aquello que afecta a las personas o a la comunidad. Son sueños pasivos aquellos que son contemplativos; por ejemplo, cuando pueden diagnosticar alguna enfermedad, presagiar una situación, recibir algún tipo de conocimiento especializado o mensaje.

En este sentido, la curandera comparte:

Yo chamaca empecé a soñar, cosas raras, le dije a mi nana y me llevó con un viejito curandero, le contaba mis sueños y me dijo que yo traía don, que tenía que estar atenta a los sueños. Cada vez más venían sueños, se me aparecían muchas viejitas y viejitos, me hablaban, a veces no quería irme a dormir porque despertaba muy cansada. El viejito me dijo que tenía que hacer caso a lo que me dijeran, pero yo no quería. Me empecé a sentir muy mal, me dolía la cabeza, el cuerpo y ya no podía dormir, todo el tiempo tenía dolor de cabeza y la panza la sentía que por dentro se me movía todo. Me dio mucho miedo porque de una señora de acá delante se decía que le llamaron de los sueños y ella no quiso hacer caso y quedó como loquita. No hablaba y luego andaba caminando así bien lejos y la tenían que estar buscando. Eso me dio miedo y empecé a poner atención en mis sueños, en lo que me decían los viejitos: “Mira, tú vas a curar así y así”; siempre venían los dos juntos, la viejita y el viejito, para hablarme. Un día me dijeron: “Mañana vas a aprender a hacer cortes, pero tienes que ir al cerro a buscar antigua”. Y sí soñé el primer corte, el del niñito, y sí fui al cerro, todo un día estuve buscando y sí encontré, sí apareció, quiso que lo viera. Dejó de dolerme la cabeza, la panza, ya me sentía bien, pero a veces iba a ver al curandero para que me explicara algunas cosas que yo no entendía. Hay sueños que son tranquilos, pero hay otros que sí son fuertes, que hay que batallarle con los de allá, más cuando hay enfermedad y están enojados, ahí sí es difícil (Jovita, agosto de 2013).

Comúnmente se dice que los sueños son medios de saber con la mente, pocas veces se reflexiona sobre la experiencia del cuerpo en la adquisición de los conocimientos; sin embargo, es fundamental pensar que precisamente por el cuerpo, sus técnicas especializadas y la experiencia sensible, es que se incorpora el saber, encarnándolo.

Encarnar es controlar aquello que se incorpora en el cuerpo o algo del propio cuerpo que se extiende en su posibilidad de ser otro u otros, llevando la vida más allá de sus propios límites en esta experiencia de alteridad. Los sueños sí son una experiencia liminar, pero sobre todo son una experiencia de alteridad que se desarrolla para comprender la propia humanidad, porque son esa forma de ver, aprender, vivir y transmitir los conocimientos.

Como apuntan las narrativas, el tiempo del sueño es un régimen de abandono corporal en el que se develan las verdades de las cosas y la aparente inconsciencia, lo obnubilado y lo confuso propician estos estados de abandono.

Yo ya había días que no me levantaba de la cama porque mi cuerpo no tenía fuerza, sentía que me corría una temblorina. Le pregunté al curandero que cómo hacía para decir que sí aceptaba porque ya me dolía mi cuerpo y sólo me dijo que cuando vinieran los viejitos, les dijera que aceptaba el encargo, y así fue. Estaba sentada en el porchecito cuando llegó un viejito y me dijo que lo acompañara, ahí me empecé a sentir muy mareada y como así quieta, inmóvil, me cayó el sueño, pero yo veía pasar mi hijo y me hablaba, pero yo no le podía contestar porque ya iba con el viejito; era como ver dos cosas. Así me fui con él y luego alcanzamos a una viejita que me dijo que si de verdad iba yo a querer aprender de ellos, porque a veces se sufría, y yo le dije que sí, que sí quería porque ya no quería sentirme mal, con dolor, con espanto, y me dijo que eso pasaba porque yo tenía don y suerte y la gente quería que yo le ayudara. Ese día me llevaron a una parte del cerro grande y ahí me dejaron los viejitos y “el antigua” me empezó a hablar, a decirme que con esto no se juega y que si aceptaba, era para siempre. Yo le dije que sí y regresé del cerro, ya sin los viejitos, pero el camino ya no me dio miedo, venía solita y así como oscuro. Yo veía y oía, pero no sentía mi cuerpo, así pasa cuando sueñas, estás como ida, es como morir, y así también dicen algunos que soñar es como morir porque te vas, y dicen también que algunos no regresan (Jovita, agosto de 2013).

Esta narrativa ejemplifica la relación entre sueños y éxtasis resultante de un desamparo corporal en el que la inadvertencia, lo obnubilado y lo confuso permiten que el soñante abandone sus condiciones de existencia material para existir con otras formas de existencia que promueven que éste adquiera diferentes corporalidades.

Para hacer existir, los soñantes recurren a una suerte de vaciamiento de sí para despersonalizar su cuerpo y que éste sea el recurso para explorar la otredad. Todo esto lleva al soñante a estar al límite de la excitación corporal y nerviosa, que suspenden al cuerpo, abriendo la posibilidad de ser otro u otros durante la fase de la experiencia soñante. La persona deja de ser persona, se anulan las cualidades cotidianas que la caracterizan para pasar a un estado de anulación y liminalidad, y entrar a estados del ser caracterizados por la intensidad, la pulsión y el desbordamiento, que pone en riesgo, vulnera y transgrede al cuerpo del soñante para alcanzar la experiencia extática.

A partir de las narrativas de los curanderos, se puede deducir que, para la descripción de un estado onírico, existen dos fenómenos ontológicos que se constituyen en la experiencia extática. Por un lado, la descorporización; por otro, la muerte simbólica.

Descorporizar implica, según Antonin Artaud, salir de la realidad, “una ruptura aplicada que parece multiplicarse ella misma entre las cosas y el sentimiento que producen en nuestro espíritu el sitio que toman” (2014: 27). Es una característica de insustancialidad física material inmediata para poder abrir a múltiples posibilidades de existencia, que hacen del soñante un especialista del saber sagrado (Eliade, 2001).

La experiencia extática hace descender a los abismos más profundos del miktla o mundo de los muertos, elevarse por los niveles del ilhuicactli o cielo, así como estar en las orientaciones cósmicas donde viven las antiguas ineska tonati (este), ineska xopanati (norte), iwewetzica tonati (oeste) y el mikaohti (sur), para recibir los conocimientos y mensajes. También permite entrar al corazón del cerro, a la profundidad de las aguas, a los lugares sagrados donde se guardan los saberes culturales, así como conocer y escuchar los mensajes de las deidades y espíritus de cada elemento de la naturaleza.

Asimismo, esta experiencia produce dos fenómenos significativos. Por un lado, el desprendimiento temporal del cuerpo por parte de la toanima o tonal, que es la esencia que encarna las variedades existenciales del ser y que, desde diferentes perspectivas teóricas, se ha denominado como “dobles”, para describir este proceso de encarnar otros regímenes de ser durante la actividad onírica. Por otro lado, durante este tránsito extático por el que atraviesan los soñantes, la muerte simbólica es otro aspecto medular.

Esta experiencia es netamente corporal, pues durante estos sueños se suspenden las capacidades motrices, sensoriales y cerebrales de la vida común, por ello, el cuerpo puede experimentar estados catatónicos que hacen abandonar el cuerpo físico para propiciar una muerte simbólica. Este soñar asimilado a la experiencia de morir puede provenir del sueño natural o bien del provocado, y conduce al estado prístino de las cosas en el que el alma siente y conoce, conoce y encarna, para volver al mundo de la vida social y compartir lo que se aprendió mediante la socialización del conocimiento encarnado.

La muerte simbólica es una condicionante para la adquisición del conocimiento especializado. Condiciona porque el soñador debe sortear drásticos cambios que modifican sensaciones, percepciones, emociones e incluso nociones de lo que se es y donde se está, ya sea con diferentes tipos de movimientos, colores, sonidos, olores, temperaturas y sabores que llevan al cuerpo por experiencias corporales liminares propias, como el autosacrificio, o condiciones a las que la danza, la música y las oraciones conducen a los soñantes, llevándolos al desmayo para recibir y encarnar lo que en los sueños se recibe.

Estas condiciones permiten comprender que la antropología del sueño, desde sus márgenes étnicos, va más allá de un reduccionismo occidental que ha pretendido enmarcarlos como remanentes del inconsciente, acontecimientos fantasiosos o simplemente reducirlos a expresiones individuales que proyectan aquello que se desea en la vigilia. Al contrario, los sueños son sistemas de enseñanza y aprendizaje que generan conocimiento significativo a partir de una experiencia sensible que equilibra el pensamiento y la reflexión con la capacidad sintiente del cuerpo que encarna, y los conocimientos transmitidos y compartidos entre los miembros de una comunidad.

Me daban una buena sangoloteada, sí, a veces como que me pegaban, pero no estaba dormida. Caía en el sueño mientras estaba despierta y esos sueños me hicieron sentir más cansada, me sentía como hecha de barro que se quiebra, así sentía mi cuerpo, como quebrado y mi cabeza ya no descansaba. Todo el tiempo pasaban cosas, veía cosas y escuchaba las voces, y caí muy mala, muy enferma, por eso es que empecé a curar. Hay sueños en los que siento que me pegan y ahí mis músculos tiemblan, los chingazos me hacen sentir quebrados los huesos y no dejo de temblar, y la sensación de mi cuerpo cada vez es más caliente y me quema todo por dentro. Eso me dobla también porque no sólo duele el cuerpo, como cuando te caes en el monte y duras días así, sino que también se siente el ardor y pido porque mi cuerpo aguante el madrazo, pero sigue doliendo. Duele y a veces viene como el desmayo, también me caigo, como si se rompiera mi cuerpo, es como si me muriera y así quedo un rato, después de sentir que la cabeza como que explotara, ahí me viene la fuerza y el mensaje para poder trabajar. En ese sueño como que muero y esos decían los de antes que era el sueño verdadero. (Juan, agosto de 2015)

Este estado transitivo hace morir simbólicamente a las personas, descorporizándose de sí mismos y posicionándolos en el umbral de la inconclusión, en donde emergen los saberes del mundo. Durante la fase de los sueños extáticos no están ni en un sitio ni en otro, sino que están en el no sitio y no tiempo que procuran la definición del ser, a partir del no ser. Es precisamente la lingüisticidad de la experiencia uno de los principales soportes materiales para alcanzar a ser, porque justo la palabra abre las relaciones entre las personas y fijan, sin sedimentar, el sentido de las prácticas culturales (Bajtín, 2012).

Consideraciones finales: notas para una etnografía de los sueños

Los sueños han sido temas importantes en el pensamiento antropológico y social desde al menos el siglo XIX (Tedlock, 1992). Actualmente podemos encontrar investigaciones sólidas y propositivas al respecto, que dan cuenta de la diversidad y complejidad de este tema (Fagetti, 2010). Para cerrar este artículo, sólo quiero proponer algunas notas importantes para desarrollar una etnografía de los sueños.

Los sueños no son imágenes producidas de ilusiones o proyecciones del inconsciente; son imágenes extrasensoriales con una importante carga de información simbólica que se perciben en diferentes momentos extáticos y contemplativos que no se reducen a las horas destinadas al dormir. Por ello, los sueños significan actividad, es decir, una capacidad moviente y sintiente que distingue a diferentes tipos de especialistas de una comunidad, sin ceñirse a los de la medicina tradicional, sino a los diferentes saberes culturales que caracterizan a un grupo étnico.

Los sueños contienen mensajes, llamados, constituyen procesos de enseñanza y aprendizaje, por ello son sistemas epistemológicos en los que se fundan gran parte de los saberes tradicionales. Asimismo, tal como mostré con la etnografía, son sistemas ontológicos que permiten y promueven la pluralidad de existencias en diferentes regímenes temporales, espaciales y del ser. Son intergeneracionales y permiten la comunicación de seres humanos con los espíritus de deidades, seres nefastos, animales, plantas, cuerpos celestes y fenómenos meteorológicos con los que también se comparte el mundo.

Resulta fundamental comprender que no accedemos al material onírico directamente, sino a lo que los soñantes comparten en la intersubjetividad a partir de la reflexión que hacen de sus contenidos oníricos. Primero entre miembros de la comunidad y después en sus narrativas. Metodológicamente, considero significativo trabajar con los testimonios de los soñantes, como narrativas del padecimiento (Loza Taylor y Barragán Solís, 2016), que describen la experiencia somática del soñar. Por ello considero importante presentarlas prácticamente tal como son compartidas, a fin de constituir de forma lógica y coherente estas narrativas del padecer. También es importante buscar ecos intertextuales entre las narrativas compartidas en la linguisticidad de la experiencia con otros soportes narrativos en los que se exprese el contenido latente de los sueños.

Referencias

Artaud, A. (2014). El pesanervios. Visor Libros.

Bajtín, M. (2012). Problemas de la poética de Dostoievski. Fondo de Cultura Económica.

Eliade, M. (2001). El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis. Fondo de Cultura Económica.

Fagetti, A. (2010). Iniciaciones, trances, sueños. Investigaciones sobre el chamanismo en México. Plaza y Valdés.

Galinier, J. (2016). Una noche de espanto. Los otomíes en la obscuridad. UICEH/CEMCA.

Loza Taylor, T. y Barragán Solís, A. (2016). Narrativas como expresión sociocultural de las enfermedades crónicas: el dolor. Revista CONAMED, vol. 21, suplemento 2, 104-108.

Pitarch Ramón, P. (2017). “Tú nos has soñado”. Notas sobre el sueño en los cantos chamánicos tzeltales. EntreDiversidades. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, 21-42.

Signorini, I. y Lupo, A. (1989). Los tres ejes de la vida. Universidad Veracruzana.

Tedlock, B. (1992). Dreaming: Anthropological and Psychological Interpretations. School of American Research Press.

Tobón, M. (2015). Los sueños como instrumentos etnográficos. AIBR Revista de Antropología Iberoamericana, vol. 10, núm. 3, 331-353.

Entrevistas

Jovita, en Atlalco, Benito Juárez, Veracruz; agosto de 2013.

Juan, en Tehuetlán, Huejutla, Hidalgo; agosto de 2015.


  1. Posgrado en Ciencias Antropológicas | Correo electrónico: joelaraglez@gmail.com