
Foto: Aerra Carnicom vía Wikimedia Commons
Muy buenas tardes a todas y a todos.
Quiero comenzar agradeciendo al doctor Carlos Macías Richard, director general, a las doctoras Emiliana Cruz y Natalia de Marinis, y a las y los investigadores del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, por su atenta y solidaria invitación. Y a todas y todos ustedes por su presencia.
Amigas y amigos,
Les saludo con toda Palestina en el alma y con profunda admiración por cada uno de los corazones que laten junto al nuestro en esta lucha compartida por la libertad, la soberanía y la dignidad humana.
Hablar hoy de Palestina es enfrentarse a uno de los mayores fracasos morales y políticos de nuestro tiempo. Es hablar no solo de un pueblo bajo ocupación, sino del intento de borrar a una nación entera frente a los ojos del mundo. Frente a los ojos de todos ustedes.
Es hablar de Gaza, donde durante más de dos años una población completa ha sido sometida a un genocidio que desafía toda comprensión. Un genocidio que ninguna narrativa —ni en pasado, ni en presente, ni en futuro— podrá justificar.
Hablar de Palestina es ver el rostro de Cisjordania, donde la opresión cotidiana continúa bajo el peso de la ocupación militar y del apartheid. Allí, el proyecto de destrucción no es menor: la estructura que la ocupación busca imponer sobre cada centímetro de nuestra tierra, sobre nuestra historia y nuestro porvenir, es la deshumanización. Su objetivo es la desaparición total de un pueblo.
Y lo que en Cisjordania se impone con control, con despojo y con humillación diaria, en Gaza se ejecuta con el exterminio abierto de una población entera. El mundo ha sido testigo —día tras día— de una campaña de destrucción implacable.
Por eso, cuando hablamos de Palestina, entendemos que Cisjordania y Gaza no son dos historias distintas, sino un mismo proyecto de aniquilación. La masacre que el sionismo ha impuesto sobre Palestina revela lo que significa secuestrar a un pueblo, privarlo de su Estado, de su memoria y de su derecho a existir. La política de apartheid y desplazamiento constante en Cisjordania es visible desde cualquier punto: desde el Mediterráneo o, un poco más cerca, desde el Mar Muerto; desde Gaza o, más cerca aún, desde Jerusalén Oriental. Los métodos cambian, pero no la intención, porque el proyecto de deshumanización tiene un destino único: toda Palestina.
Eso se puede ver desde las aguas del Mediterráneo, desde el Mar Muerto, desde el Río Jordán; desde cualquier parte del mundo, a lo largo de todos los hechos de la historia.
Y entonces llegamos al presente.
A la herida abierta.
A la masacre que el mundo observa en directo.
Es difícil de creer, pero durante dos años el mundo ha visto un genocidio en tiempo real. Muchos de los rostros que pedían ayuda ya no están. Quienes podían detenerlo miraron hacia otro lado, y su silencio fue complicidad.
El costo humano es indescriptible. Casi setenta mil palestinos han sido asesinados.
Estudios independientes —incluidos los de la Universidad de Harvard— estiman que la cifra real podría superar las cuatrocientas mil muertes, al considerar a quienes permanecen bajo los escombros o murieron de hambre o por heridas sin tratamiento.
Más de veinte mil niñas y niños han sido asesinados, muchos en brazos de sus madres.
Dos mil doscientas familias han sido completamente borradas del registro civil. Más de cincuenta y ocho mil han perdido a uno o a ambos padres.
Y Gaza es hoy la población con mayor número de niñas y niños amputados y mutilados en la historia moderna.
Más del ochenta por ciento de la población ha sido desplazada. Ciudades enteras yacen en ruinas. Los 2.3 millones de habitantes de Gaza viven sin agua potable ni acceso adecuado a alimentos o medicinas. Hospitales, escuelas, universidades, iglesias y mezquitas han sido destruidos deliberadamente. Incluso los cimientos de la vida —la electricidad, el refugio, la educación— han sido atacados de manera planificada. Esto no es una guerra entre dos ejércitos. No es un conflicto entre dos bandos. El pueblo palestino está bajo ocupación, indefenso ante un ocupante brutal que además es una potencia nuclear respaldada por la superpotencia del mundo. No es una guerra ni un enfrentamiento: es un sistema perfeccionado de exterminio. Es, en la visión arrogante y supremacista del opresor, un “castigo colectivo” diseñado para borrar a un pueblo que se niega a rendirse.
Es un genocidio, y como lo expresó con claridad la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, “lo que no se nombra no existe”. Por eso, fue un acto de verdad y de valentía que ella lo haya denunciado como tal: un genocidio.
Recuerdo, como si fuera ayer, el siete de noviembre de dos mil veintitrés, cuando los niños se pararon ante las cámaras en el Hospital al-Shifa y hablaron, no en su lengua materna, sino en inglés, el idioma de aquellos que creían que podrían salvarlos. “Queremos vivir. Queremos paz. Queremos juzgar a los asesinos de niños”, dijo un niño. “Queremos medicina, comida y educación. Queremos vivir como viven otros niños.” Incluso entonces, apenas un mes después del inicio del genocidio, no tenían agua potable, ni comida, ni medicinas.
Rogaban en la lengua del colonizador porque pensaban que así su humanidad podría ser entendida. Y ahora, dos años después, me pregunto: ¿cuántos de esos niños ya no están? ¿Cuántos no llegaron a este frágil momento de lo que llaman paz? ¿Cuántos murieron creyendo todavía que el mundo respondería a su llamado?
Amigas y amigos,
Más allá de Gaza, Cisjordania sufre también la violencia incesante. Más de setecientos puestos de control dividen nuestras ciudades en sectores aislados. Un muro ilegal serpentea a lo largo de nuestra tierra, robando territorio y separando familias. Casi un millón de colonos armados, protegidos por el ejército ocupante, vive en tierras robadas, mientras los campesinos palestinos son expulsados en nombre de la “seguridad”.
Cada día llegan nuevas redadas, detenciones masivas y demoliciones de viviendas. Milicias de colonos, respaldadas por el gobierno israelí, atacan a los agricultores y queman los olivos que han resistido durante siglos.
Y en Jerusalén, el corazón de Palestina, familias enteras son desalojadas para dar paso a colonos, mientras la identidad de la ciudad —árabe, cristiana y musulmana—es sistemáticamente borrada.
Así se manifiesta la ocupación: no solo con bombas, sino con leyes, con una burocracia diseñada para celebrar la muerte y el olvido ante los ojos del mundo. Una maquinaria que convierte lo ilegal en política, lo inmoral en rutina, lo inhumano en discurso aceptado.
Para entender este momento, hay que volver a las raíces del exilio. Durante más de setenta y siete años, los palestinos hemos llevado el desplazamiento en el cuerpo y la resistencia en el alma. Abrimos nuestras puertas a los sobrevivientes del Holocausto, solo para ser expulsados de nuestros hogares por aquellos a quienes habíamos acogido. Nuestra desconfianza no nace del odio, sino de la memoria. De saber lo que significa que te arrebaten tu tierra, tu nombre y tu derecho a existir.
Amigas y amigos,
Pese a cada plan de aniquilación, pese a cada promesa rota y a cada falsa paz, seguimos de pie. No como víctimas, sino como testigos del hogar, de la soberanía y de la humanidad que nos negamos a perder.
Hoy, tras dos años de genocidio, existe un alto al fuego frágil, insuficiente y tardío. Agradecemos cada pausa en la matanza, cada niño que despierta a un nuevo amanecer. Pero seamos claros: un alto al fuego no es la paz, y la paz no es una pausa: es un derecho.
Podrá ofrecer un respiro, pero no puede resucitar a los muertos ni sanar a los vivos. Desde que se anunció el alto al fuego, Israel lo ha violado cientos de veces.
Porque no hay alto al fuego cuando las bombas siguen cayendo, cuando el asedio sigue matando de hambre, cuando la muerte solo cambia su ritmo pero no su propósito.
En los 55 días que han pasado desde la entrada en vigor del alto al fuego, las fuerzas de ocupación israelíes han asesinado a más de trescientos sesenta palestinos, y han herido a miles más.
Gaza clama por algo más que el silencio de las armas. Necesita valor, visión y acción real para recuperar la dignidad y el sentido de futuro. Si el mundo no actúa con decisión, la vida palestina misma podría colapsar.
Reconstruir será lento y doloroso, pero necesario. Exteriormente, el genocidio puede parecer detenido, pero en Gaza solo cambió de forma.
En esta realidad, resistir es seguir viviendo cuando todo a tu alrededor está diseñado para destruirte.
Resistir es enseñar cuando las escuelas han sido demolidas, curar cuando los hospitales han sido bombardeados, criar hijos que solo han conocido la guerra pero que aún creen en la paz, gracias a las raíces de la familia y de la tierra.
Resistir es reconstruir. Es remover los escombros con las manos. Es filmar sabiendo que tal vez no sobrevivas el día. Es sembrar un nuevo olivo sobre la ceniza del anterior. Es compartir el último pedazo de pan con un vecino.
Como escribió Mahmoud Darwish, “padecemos una enfermedad incurable llamada esperanza”. Eso es lo que nos define: no resistimos la muerte, resistimos el olvido.
Y hoy, Palestina se ha convertido en la prueba moral del sistema internacional, un espejo que refleja sus silencios y sus fracasos.
El mundo le ha fallado a Palestina —me refiero a los poderes que pudieron haber detenido esta masacre: las instituciones, los gobiernos, los organismos internacionales que eligieron el silencio o la complicidad. No a los pueblos, que siguen mostrando humanidad y solidaridad.
Por eso, la pregunta ahora es si el mundo puede salvar su propia conciencia salvando a Palestina. Porque ya no hablamos solo de un territorio, sino de los límites de lo humano, del punto donde la indiferencia amenaza con destruir el sentido mismo de la justicia.
La paz no es una palabra ni una promesa vacía: es una tarea diaria, un acto de conciencia y responsabilidad. La paz verdadera no se impone con armas ni muros, sino con dignidad, memoria y respeto. La paz, como la imaginamos en Palestina, no es ausencia de guerra, sino presencia de justicia.
Por eso, agradecemos profundamente a México, cuya voz firme y coherente en las Naciones Unidas ha mantenido viva la defensa del derecho internacional, del derecho a la autodeterminación de los pueblos y del principio inquebrantable de que ninguna nación está por encima de la ley. Agradecemos a la presidenta Claudia Sheinbaum, al gobierno y al pueblo mexicano por llamar las cosas por su nombre, por no ceder ante la presión del silencio y por recordarle al mundo que la neutralidad frente al genocidio nunca será moral.
Y ustedes…
Gracias, hermanos, por negarse a ser presos de conciencia; gracias por no aceptar los escombros de mi tierra como el último capítulo de la historia contemporánea de Palestina. Shukran por resistirse a los límites cada vez más estrechos y asfixiantes que el opresor Estado de Israel impone a mi pueblo —y al mundo— a través de una narrativa saturada de excusas, cuyo único objetivo, día tras día, es perpetuar el genocidio.
Gracias por ser parte activa de esta emergencia moral, en la que los valores humanos no se negocian ni se secuestran. Hemos decidido enfrentar la verdad, romper las cadenas de una narrativa excluyente, tecnócrata y marcada por crímenes de odio.
Somos, hoy, en esta sala, la voluntad —la mirada que no se desvía— ante el fracaso moral y político que Israel y sus aliados intentan presentar como defensa propia.
Amigas y amigos,
Después de setenta y siete años de despojo, dos años de genocidio y generaciones de lucha, el pueblo palestino sigue de pie, como su bandera. Seguimos firmes, porque resistir es vivir.
Y en este terreno de resistencia y amor a la vida, les hago un llamado a no bajar la guardia, a seguir denunciando la ocupación y el genocidio, y a abrazar esta causa, que no es solo de Palestina, sino de toda la humanidad consciente.
Porque Palestina no solo busca su libertad: busca preservar la conciencia del mundo. Palestina resiste, porque nosotros amamos la vida.
Y en esa lucha incansable por la dignidad humana, México y Palestina caminan del mismo lado de la historia: el lado de la justicia, de la memoria y de la libertad que no se rendirá.
Muchas gracias.
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Conferencia dictada el pasado 4 de diciembre de 2025 ante la Comunidad CIESAS en las instalaciones de la Casa Chata. ↑