Comunidades de cuidados. Vincularidades e insubordinaciones

Verónica Moreno Uribe[1]
Universidad Veracruzana

Para hablar del cuidado, tengo que dejar de cuidar.
Daniela Rea, Fruto
A La Gira

Ilustración Ichan Tecolotl con imagen de Wikimedia Commons.

Resumen

Este artículo propone una reflexión polifónica sobre las comunidades de cuidados, categoría que da cuenta de esfuerzos cooperativos que ponen en el centro de su quehacer y deliberación la relevancia de los cuidados, en tanto prácticas sostenedoras de vidas y que en su despliegue producen comunidad. Articulando los aportes de los sures feministas con los saberes y reflexiones producidos en procesos de disidencia y rebeldía de las propias comunidades de cuidados, el texto transita por tres rutas: el posicionamiento epistémico y político de la reflexión, el análisis de las vincularidades como urdimbre de comunidades de cuidados, y las tensiones que enfrentan estas comunidades para construir relaciones orientadas a la salud de los cuerpos-territorios. La propuesta desustancializa y desromantiza los cuidados y debate en qué sentido es que pensamos su insubordinación frente a la embestida del capitalismo patriarcal y colonial que intenta usufructuar sus esfuerzos e invisibilizar su relevancia, reconociendo la importancia de observarlos desde sus contradicciones y apostando por una imaginación colectiva capaz de nombrar posibilidades de re-existencia en contextos de múltiples violencias.

Palabras clave: cuidados comunitarios; interdependencia; insubordinación de cuidados; sures feministas; feminismos del sur global.

Introducción

La reflexión que se comparte tiene como punto de partida varias preguntas: ¿Cuál es la peculiaridad de los vínculos a partir de los cuales se construyen comunidades de cuidados y de qué manera estos vínculos propenden por la salud de los cuerpos-territorios? ¿A qué tensiones se ven sometidos cuando se despliegan en contextos de múltiples violencias? ¿En qué sentido hablamos de la insubordinación de los cuidados?

Las ideas aquí planteadas se han tejido en conversación polifónica entre diversas comunidades epistémicas, no solo provenientes de academias del sur global, sino de procesos de disidencia que, en medio del proceder organizativo de la lucha, han gestado saberes y estrategias para la re-existencia y la resistencia. Quien esto escribe, habla desde la convergencia de ambos procesos, en tanto académica que estudia y documenta la configuración de formas cooperativas de cuidado entre mujeres en contexto de violencias, y como integrante de algunas de las comunidades de cuidados asentadas en Veracruz. Claramente, aunque la responsabilidad de las ideas sea de la autora, decido nombrar los procesos reflexivos en el “nosotras”, en torno al cual mi propia voz se ha tejido.

El texto está organizado a partir de tres rutas que constituyen una invitación a transitar por veredas posibles, que no únicas, del campo amplísimo de los cuidados comunitarios. El propósito es compartir reflexiones hilvanadas alrededor de las cuatro preguntas con las que abrimos y que se vertebran desde el objetivo de pensar los avatares que enfrentan las comunidades de cuidados en su disposición a construir vínculos para el cuidado y la salud de los cuerpos-territorios, y al mismo tiempo para insubordinarse de las mediaciones capitalistas-patriarcales y coloniales que les explotan.

A la primera de estas rutas la llamamos “Las coordenadas” y expone el posicionamiento epistémico y político de la reflexión compartida, señalando a los sures feministas como brújula fundamental de encuentro y debate entre diversas voces. En este mismo apartado, se avanza en el propósito de restituir autoridad epistémica a los saberes que convergen en la intención de encontrar salidas a la hecatombe de miedo y muerte que expolia y fragmenta las vidas, tanto no humanas como humanas. Asimismo, se cuestiona la gramática beligerante propia de las narrativas del terror y, a contracorriente, se proponen posibilidades del nombrar ancladas en la imaginación colectiva que emerge de las experiencias de disidencia e insubordinación.

La última coordenada nos ubica en una discusión de los cuidados desde las tensiones y contradicciones que les atraviesan; perspectiva que propone una mirada compleja que los desustancializa y desromantiza.

En la segunda ruta, “Vincularidades. La urdimbre de las comunidades de cuidados”, se exponen dos argumentos interrelacionados. En el primero se desarrolla de manera no exhaustiva algunos de los aportes que la economía feminista, en diálogo con feminismos del sur global, ha hecho a la discusión de los cuidados comunitarios. En el segundo, se desarrolla la noción de comunidades de cuidados y se presentan ejemplos de su aplicación para comprender procesos organizativos sostenidos entre mujeres en el estado de Veracruz, México.

Para cerrar, la tercera ruta, “La insubordinación de los cuidados. Imaginerías para transitar la tormenta”, comparte cavilaciones a manera de artilugios para seguir confabulando en medio de esta crisis sostenida a partir de la clave de la insubordinación de los cuidados.

Ruta uno. Las coordenadas

Son varias las coordenadas que proponemos para darle rumbo a la presente reflexión. Estas tienen como epicentro “mirares y haceres feministas desde los sures”, que en su diálogo con comunidades epistémicas diversas nos han abierto caminos, veredas y trochas por donde transitar.

Como punto de partida en este caminar conjunto, es fundamental posicionar el presente texto como un hilvanado que abreva y conversa con los procesos organizativos y cooperativos de mujeres y disidencias que desde el sur global han buscado entender, documentar y trastocar las múltiples violencias que les cercan, despojan y lesionan. Esta primera coordenada se coloca en la intención de restituir autoridad epistémica y política a los saberes que se habilitan en el aprendizaje de organizarse, de hacer y disentir de forma colectiva, y tiene varias vertientes.

Por una parte, impele a la academia a no solo esbozar interpretaciones sobre la profunda crisis de la reproducción de la vida que nos acecha a todxs, sino a proponer formas posibles para interpelarla y desorganizar sus arreglos de muerte. Por otra, la restitución de autoridad pasa por identificar y desmantelar los dispositivos desautorizadores que en muchos sentidos producen y actualizan a la propia academia y otras instituciones certificadas socialmente en la producción de conocimientos, y que son tan propios de las lógicas patriarcales de jerarquización de cuerpos, recintos del saber, logos y epistemes.

Así, esta ruta se afirma en la consideración política y epistémica de que la experiencia de organización y cooperación con objeto de generar condiciones para la reproducción material, simbólica y afectiva de las vidas, y la restauración de estados de salud socioterritorial, constituye saberes fundamentales y necesarios en estos tiempos de despojo reiterado y rapaz.

La segunda coordenada está dada por la convocatoria que nos hacen los feminismos sureños a apalabrar nuestras propias experiencias. Esta es una invitación a la imaginería colectiva para crear un léxico que trascienda el acartonamiento de la gramática académica más ortodoxa, y que se anime a nombrar con un vocabulario propio. A tono con la coordenada anterior, se propone un lenguaje nutrido de los saberes anidados en los esfuerzos por sostener la vida, dado que, como menciona Menéndez (2021), estas luchas y trayectorias:

Nos han ayudado con dos problemas centrales e interrelacionados, la producción de olvido (Menéndez y Sosa, 2018) o, dicho de otro modo, el desgarro de las tramas de la memoria colectiva y la dificultad de crear una lengua política capaz de dar cuenta de nuestras experiencias y deseos. (16)

Este desacato, prosigue Menéndez, se funda en la necesidad “de organizar la huida del lenguaje político plagado de metáforas bélicas” (Castro, 2019, en Menéndez, 2021: 18).

Parafraseando a una colega: ¿cómo creamos historia sin archivo? Como veremos más adelante, la noción de comunidades de cuidados busca contribuir con la documentación de los esfuerzos colectivos de cooperación entre mujeres para la construcción de horizontes de deseo, de futuro y de proyectos no orbitantes en torno al mercado, ni tutelados por el patriarcado, ni fundados en la forma de lo político Estado-céntrica. Por ello, no solo restituye autoridad política, sino también epistémica a los saberes y esfuerzos de quienes se empeñan en gestionar cuidados como mediaciones con el mundo y con ello construye registro; y contra la producción de olvido, producen memoria y narrativa en voz propia.

La tercera coordenada moviliza la discusión de los cuidados a partir de la conjunción de los feminismos del sur, en diálogo con la antropología y la economía feminista. Esto tiene, al menos, dos implicaciones relevantes. Por una parte, nos permite proponer una apuesta que los piensa desde la contradicción y la tensión. Como punto de partida, esto es fundamental porque desustancializa su abordaje y lo coloca en situación de contingencia; esto es, interpela su consistencia al ubicarla territorial y situacionalmente a razón de los cuerpos, los territorios, las comunidades y las relaciones de poder, dominación, disputa, disidencia e insubordinación, en medio de lo cual se relacionan y despliegan. Diríamos también que esta desustancialización los desromantiza, puesto que al mirarlos en contradicción se observa en qué medida, en tanto se articulan en medio de relaciones de desigualdad, pueden potencialmente ser cooptados por la maquinaria del patriarcado-colonial y capitalista.

Por otra, los sitúa en medio del debate por las estrategias para la reproducción del vivir en contextos de agresión a los cuerpos, territorios, pueblos, aguas; lo que significa desplazar la mirada de los procesos de acumulación de capital y de la devastación que ello conlleva hacia los procesos que sostienen la vida y procuran, en sentido amplio, estados de salud, justicia y dignidad. Retomando a Raquel Gutiérrez Aguilar (2018), este cambio de coordenada representa una “revolución copernicana” que no solo desobedece la glosa con la que nos han acostumbrado a nombrar y problematizar, sino también los sentidos y orientaciones que le son inmanentes:

Resulta que sí, como es costumbre en la modernidad capitalista, patriarcal y colonial, la reflexión parte de la producción y acumulación de capital –y se emplea el lenguaje generado para pensar desde ahí; entonces, se alumbran procesos productivos y procesos de consumo, y se indaga en sus interrelaciones. Colocando la acumulación capitalista como punto de partida, sencillamente se invisibiliza y niega la amplia galaxia de actividades y procesos materiales, emocionales y simbólicos que se realizan y despliegan en los ámbitos de actividad humana que no son de manera inmediata producción de capital, aun si ocurren en medio de cercos y agresiones. (55)

Ruta dos. Vincularidades. La urdimbre de las comunidades de cuidados

El abordaje que proponemos enfatiza la dimensión comunitaria de los cuidados. Hemos insistido en que cuando la organización y gestión de los cuidados se mira desde los feminismos, emergen preguntas y cuestionamientos particulares que resaltan sus contradicciones y permiten observar las tensiones en medio de las cuales se despliegan. Retomando a Corina Rodríguez (2020), los cuidados han sido de interés para los feminismos por tres razones: primero, porque ponen en el centro la pregunta sustantiva por las condiciones para el sostenimiento de las vidas. Segundo, porque han identificado que, tal como se organizan los cuidados en las sociedades patriarcales, coloniales y capitalistas, son reproductores de desigualdades. Tercero, puesto que se preguntan por las implicaciones de que sean sobre todo mujeres racializadas las que asuman las tareas de cuidados remunerados o no remunerados en sus sociedades.[2]

Cada uno de estos problemas ha sido ampliamente discutido y no es nuestro propósito aquí recuperar con exhaustividad los diversos planteamientos que los fundamentan. Sin embargo, retomamos algunas ideas que nos parecen centrales y nos permiten apuntalar la noción de comunidades de cuidados.

La primera idea tiene como premisa la interdependencia, esto es, la consideración de que, en tanto somos seres precarios,[3] la única manera de afrontar la vulnerabilidad que ello conlleva es por mediación de los cuidados, por cuanto estos son la condición de posibilidad del sostenimiento de las vidas y de todo proceso que implique conservar, reparar o restituir estados de salud de los diversos cuerpos.

La perspectiva feminista sobre la interdependencia nos ha ayudado, no solo a nombrar a través de esta palabra una condición común de la existencia sin la cual ninguna vida humana sería posible, sino también a reconocer que el sistema capitalista se ha erigido sobre la invisibilización de dicha condición. Esto es, sobre la negación de los trabajos de cuidado como una dimensión ineludible de la existencia y sobre el ocultamiento de los términos asimétricos bajo los cuales, en las realidades capitalistas, las relaciones de interdependencia que sostienen la vida son organizadas y gestionadas a partir de la transferencia desigual de los cuidados y de la explotación. (Pérez-Orozco, 2014, como se citó en Linsalata et al., 2023: 39)

La segunda idea la encontramos desarrollada con especial contundencia por el grupo constituido en los años setenta del siglo pasado[4] por Silvia Federici, Mariarosa Dalla Costa, Leopoldina Fortunati y Selma James; ampliada con creces en nuestro tiempo por las economistas feministas contemporáneas. De este vasto planteamiento, recuperamos dos argumentos.

El primer argumento expone que, en el capitalismo, el trabajo reproductivo que las mujeres realizan para sus congregaciones (familiar o comunitaria, por ejemplo) es fundamental no solo para sostenerlas, sino que está en el centro de la maquinaria del capital. Pese a ello, pero sobre todo por esto mismo, el capitalismo patriarcal monta a toda costa una serie de dispositivos de devaluación y ocultamiento de su relevancia, configurando así las condiciones idóneas para su explotación. Como apunta Silvia Federici (2010), el marxismo clásico fue incapaz de ver en la esfera de la reproducción la producción de valor y explotación, contribuyendo a la invisibilización de esta explotación, al considerar que solo se daba en la relación capital-trabajo. Al plantear el trabajo reproductivo como no-trabajo, dejó fuera de la ecuación el análisis de las condiciones particulares de su explotación.

La segunda idea, interrelacionada con la anterior, expone que en el proceso de acumulación primaria que dio origen al capitalismo, vía la desposesión de los medios materiales para la reproducción de la vida por medio de los cercamientos, fue fundamental el disciplinamiento de los cuerpos, los saberes y la sexualidad de las mujeres. La caza de brujas, documentada por Federici (2010), muestra de qué manera los feminicidios masivos se convirtieron en un mecanismo de control de las mujeres y de pérdida de poder, de saber sobre sus cuerpos, su salud y su sexualidad, y de autoridad en sus comunidades. Pese a que estos cercamientos deterioraron la vida comunal de la totalidad del gremio campesino, fueron las mujeres, en el marco de esta emergente economía salarial, las que se vieron doblemente afectadas, en tanto perdieron sus medios de vida y vieron deteriorado su estatus y poder en la comunidad debido, entre otros factores, a la construcción de un régimen de sexualidad heteropatriarcal que les impuso la obligatoriedad de los cuidados[5] y a estos los descolectivizó, encerrándolos en el espacio doméstico (Pérez, 2014; Federici, 2010; Vega Solís, 2019).

Cristina Vega Solís (2019), haciendo hincapié en la relevancia del aporte de Silvia Federici, nos muestra de qué manera el capitalismo convierte a las mujeres en un común al instalar regímenes sexuales que implican un control de sus cuerpos y trabajos, lo que, vinculado a la desposesión de sus medios de vida, implicó ponerlas a disposición de los hombres de sus comunidades (también desposeídos de las tierras que les permitían su sustento). Este “trueque” se derivó de una complicidad interclasista entre varones en esta “desposesión/sustracción” que significó, entre otras cosas, la sustitución de un común natural (la tierra) por otro naturalizado, las mujeres: “De esta manera, la conexión entre mujeres y comunes se decanta en un sentido específico relativo a la producción de sujetos subordinados en un nuevo orden: el patriarcado capitalista y colonial” (55).

Lo que nos interesa resaltar de este y el anterior argumento es cómo la relación entre explotación, devaluación del trabajo reproductivo y de cuidados, y pérdida de poder, saber y valía de las mujeres en el proceso de acumulación primaria que da lugar al capitalismo, afectó ineluctablemente a las mujeres, su bienestar y autoridad, e instaló las condiciones para que el trabajo de reproducción de la vida, que no está dado, sino que requiere ser producido, se devaluara y, con ello, se volviera más vulnerable al expolio y la usurpación hasta nuestros días.

Comunidades de cuidados. La politicidad de los vínculos que sostienen las vidas

La noción que hemos sugerido en otros espacios (Moreno y Casados, 2024), “comunidades de cuidados”, da cuenta de los vínculos que dan forma a iniciativas de cooperación, sostenidas y gestionadas predominantemente por mujeres y disidencias del ordenamiento sexogenérico hegemónico, con objeto de responder a agravios o necesidades diversas y construir horizontes de deseos fincados en la justicia, la salud y la dignidad. Estas comunidades proponen estrategias de reparación, sanación, recuperación de los cuerpos, los territorios y las aguas, que configuran formas de lo político ancladas en la deliberación de la relevancia de los cuidados y las tensiones de su despliegue.

La peculiaridad de estos vínculos es que se organizan en torno a la disposición de co-cuidar las vidas en contextos que tienen en común la agresión a estas. Así, el énfasis que la noción de comunidades de cuidados quiere hacer es sobre la disposición que un grupo de personas tiene para organizarse, enfrentar, resistir o subvertir una agresión, vía la construcción de prácticas de cuidado. Como hemos dicho ya, lo que releva la noción son las complejas vincularidades suscitadas a partir de la intención de desordenar un estado de cosas que lesiona y despoja, y cuestiona cómo ello da forma a una politicidad particular deseante, vertebrada a partir de la mediación de los cuidados.

Verónica Gago nombra esto como potencia feminista, es decir, como capacidad para desplazar los límites que nos han hecho creer y obedecer, “reivindicar la indeterminación de lo que se puede, de lo que podemos” (2019: 13). Esta es, añade, “una capacidad deseante”, lo que significa que su politicidad tiene como epicentro el despliegue de nuestro deseo en el mundo.

La noción de comunidades de cuidados tiene la intención de documentar los esfuerzos, tiempos, energías, afectos, deseos y saberes que personas particulares ponen en juego para comunitar cuidados; esto es, para gestar comunidad, como verbo que nombra la producción de una relación particular, amalgamada en torno a la disposición deseosa de relacionamientos cuidadosos con el mundo. Pone la mirada sobre el acto de hacer comunidad –comunitar–, pero sobre todo en quiénes se empeñan en ello.

Recapitulando, esta noción se llena de contenido a partir del diálogo con mujeres que, pese a la constante agresión a su persona y a los territorios que habitan, o por ello mismo, se han empeñado en armar formas cooperativas de actuación e insubordinación frente a aquello que las lesiona y que, en ese acto político autónomo de despliegue de su capacidad deseante, ponen en movimiento prácticas de sostenimiento mutuo. Todo ello ocurriendo en el marco de una deliberación continua sobre la relevancia de comunitar por mediación de los cuidados, que desacata las lógicas políticas y de sentido que le apuestan al desempeño individual y a la competencia como epítomes de éxito.

Es importante mencionar que hay al menos tres dimensiones analíticas que nos interesa resaltar en la reflexión sobre comunidades de cuidados y que convergen en la pregunta por el lugar de la salud en los procesos de cuidados comunitarios. La primera explora las estrategias, saberes y prácticas de cuidado que estas comunidades construyen para afrontar y subvertir los embates que les agreden y edificar horizontes de deseo y proyecto propios, muchos de los cuales se despliegan en el campo de la salud de los cuerpos-territorios (Moreno y Casados, 2024). La segunda analiza los esfuerzos realizados para el sostenimiento de las propias comunidades de cuidado y su continuidad, sobre todo considerando que muchas de ellas se desarrollan en contextos de precariedad, sobrecarga de trabajo de las mujeres que las sostienen y exposición a riesgos por el hecho de organizarse para cuidar, lo que implica socavamiento de su salud integral, como reiteradamente mencionan. Tercera, los avatares que enfrentan quienes componen estas comunidades de cuidados para desplegar en paralelo varias acciones, trabajos de cuidados y otros trabajos, remunerados o no.

Como hemos argumentado en la primera parte de este texto, en su genealogía teórico-política, esta noción abreva del planteamiento desarrollado por colectivos feministas, antirracistas y antiextractivistas del sur global, entre los que se encuentran: Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo,[6] el Grupo de Trabajo de CLACSO, Cuerpos, Territorios y Feminismos,[7] el espacio de pensamiento crítico “Entramados comunitarios y formas de lo político”, alojado en la Universidad Autónoma de Puebla. El común de su análisis es que insisten en dar preponderancia a las estrategias colectivas para el sostenimiento de las vidas en contextos de creciente despojo, y en problematizar la crisis actual como una de la reproducción de la vida, a contrapelo de aquellos planteamientos que se centran en describirla como resultado unívoco del colapso del sistema capitalista.

Ruta tres. La insubordinación de los cuidados. Imaginerías para transitar la tormenta

Así el escenario, ¿en qué sentido hablamos de la insubordinación de los cuidados?[8] ¿Qué aportan los feminismos del sur a este debate?

Son varias las pistas que nos aportan los feminismos para problematizar los cuidados. Por una parte, la noción cuerpo-territorio, desarrollada por los feminismos comunitarios y populares, sobre todo en la voz de Lorena Cabnal y Verónica Gago, nos parece fértil en tanto parte de una premisa: así como no se puede disociar el análisis de las violencias en los cuerpos-territorios, tampoco se puede disociar el análisis de los cuidados en estas dos escalas. En esta dirección, la noción de interdependencia sirve de fundamento para comprender que la integridad, la vida buena, justa y digna, pasa por la salud interconectada de ambas escalas. A contrapelo, cuerpos y territorios subordinados al imperio de la acumulación o explotados bajo su égida se encuentran en el escenario inverso de esta imaginería de la dignidad.

Segundo, afirmamos que, si bien los cuidados no son en sí mismos configurantes de relaciones de poder, en la medida en la que se ejecutan en medio de condiciones propicias para la expansión de la andanada capitalista-patriarcal y colonial, y en esa intersección son usufructuados por ella, esta captura redunda en la reproducción de desigualdades evidentes que se manifiestan, entre otras cuestiones, en procesos de enfermedad, explotación y despojo.

Encontramos en el centro de esta reflexión dos aristas que evidencian sus tensiones y contradicciones: por una parte, el riesgo al que se exponen las personas que constituyen comunidades de cuidados para la defensa del territorio en contextos de extractivismo y que, por el hecho de desplegar prácticas de cuidado, ponen en riesgo sus vidas, derivando de ello un socavamiento constante a su integridad y salud; y en otro sentido –opuesto, pero convergente–, quienes cuestionan la “ética reaccionaria del cuidado” y la obligatoriedad de cuidar como mandato de la feminidad, sobre todo en condiciones de precariedad y de escasa redistribución de estas tareas, y por ello también se exponen a violencia.

En este sentido, como nos advierte Cristina Vega Solís, los cuidados como “comunes relacionales” que reproducen vincularidades afectivas y materiales, se “estrecharon” “al adherirse a las mujeres y a la feminidad” (2019: 56). Por ello, la invitación es verlos como comunes, por cuanto incumben a todxs y nuestras existencias están mediadas por ellos. Frente a los múltiples cercamientos, actualizaciones del despojo y la rapacidad, y exacerbación de las violencias hacia los cuerpos y los territorios que le es concomitante a la actual tormenta, esta segunda imaginería nos interpela para colectivizar las tareas de sostenimiento y gestión de las vidas como forma artilugio contra la subordinación de los cuidados, de manera que estos sean asumidos como “lo común reproductivo [que] actualiza la vida comunitaria y los procesos de lucha por la defensa de cuerpos y territorios” (Composto y Navarro, 2014, como se citó en Vega, 2019: 56).

Referencias

Federici, S. (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de Sueños.

Gago, V. (2019). La potencia feminista. O el deseo de cambiarlo todo. Traficantes de Sueños.

Gutiérrez Aguilar, R. (2018). Producir lo común: entramados comunitarios y formas de lo político. En R. Gutiérrez Aguilar (coord.), Comunalidad, tramas comunitarias y producción de lo común. Debates contemporáneos desde América Latina (51-72). Colectivo Editorial Pez en el Árbol, Editorial Casa de las Preguntas.

Linsalata, L., Navarro Trujillo, M., Cornejo, A. y Gutiérrez, R. (2023). Repensar lo común desde la clave de la interdependencia. La Pública Digital.

Lorey, I. (2016). Estado de inseguridad. Gobernar la precariedad. Traficantes de sueños.

Menéndez, M. (2021). Palabras-alma para una lengua política propia. En M. Menéndez y M. García (comps.), La vida en el centro. Feminismo, reproducción y tramas comunitarias (pp. 15-26). Minervas Ediciones y Bajo Tierra A.C.

Moreno, V. y Casados, E. (2024). Comunidades de cuidados en contextos de violencia: experiencias en territorio veracruzano. En L. R. Valladares de la Cruz, M. P. Castañeda Salgado y A. Aguayo Ayala (eds.), Antropologías hechas en México, volumen II (pp. 453-477). Universidad Autónoma Metropolitana, Asociación Latinoamericana de Antropología, Colegio de Etnólogos y Antropólogos Sociales.

Pérez, A. (2014). Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Traficantes de sueños.

Rodríguez-Enríquez, C. (2020). Elementos para una agenda feminista de los cuidados. En K. Batthyány (coord.), Miradas latinoamericanas a los cuidados (pp. 127-136). Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Siglo XXI editores.

Vega Solís, C. (2019). Reproducción social y cuidados en la reinvención de lo común. Aportes conceptuales y analíticos desde los feminismos. Revista Estudios Sociales, (70), 49-63. https://doi.org/10.7440/res70.2019.05


  1. Facultad de Antropología | Correo electrónico: vermoreno@uv.mx
  2. Para conocer con amplitud este planteamiento, revisar los trabajos de Silvia Federici, Cristina Carrasco, Cristina Borderías, Amaia Pérez, Yayo Herrera, Cristina Vega, Silvia Gil, Verónica Gago, entre otras.
  3. Proponemos pensar la precariedad en las tres dimensiones que plantea Isabell Lorey (2016): i) como “dimensión socio-ontológica de los cuerpos”, compartida entre todos los cuerpos por ser mortales; ii) la segunda alude al reparto de la condición precaria “con arreglo a las relaciones sociales de desigualdad” (27); y iii) precarización como gubernamentalidad.
  4. Este icónico grupo, crítico del marxismo, salió a las calles con la consigna “Salario por Trabajo Doméstico” (STD) y fue, en la historia del feminismo de la época, la primera vez que se dio centralidad al debate de la reproducción, que posteriormente, en los años noventa, derivaría en la reflexión sobre los cuidados.
  5. Amaia Pérez (2014:91) habla de la “ética reaccionaria del cuidado, que impone la responsabilidad de sacar adelante la vida en un sistema que la ataca como definitoria del ser mujer y como algo a resolver en los ámbitos invisibilizados de la economía, allí donde no se mira y desde donde no se genera conflicto político”.
  6. https://miradascriticasdelterritoriodesdeelfeminismo.wordpress.com/about/
  7. https://www.clacso.org/cuerpos-territorios-y-feminismos-2/
  8. Agradecemos la potencia de esta pregunta planteada por las compañeras de Terraformar Librespacio Cultural, radicado en Puebla, México, y por la provocación de invitarnos a reflexionarla colectivamente.