María Gabriela Durán Valis[1]
CIESAS, Ciudad de México

Café. Hatuey Viveros, 2014. Aldea Cine / FOPROCINE
Palabras clave: trayectorias educativas; pueblos indígenas; educación superior; desigualdad educativa; cine documental
Igual que sucede en otros géneros cinematográficos, cualquier persona puede acercarse al campo documental en busca de historias sobre asuntos que le resulten significativos. Bajo esta lógica, y en sintonía con el tema que ha convocado a las y los autores de este número de la revista, podríamos emprender la tarea de identificar documentales que, desde distintas perspectivas, aborden las oportunidades y barreras que enfrentan las personas indígenas de diversos contextos para ingresar y permanecer en la educación superior.
Quien se adentre con esta inquietud en los vastos catálogos disponibles, tanto en las grandes plataformas internacionales de streaming como aquellas promovidas por el gobierno nacional —como es el caso de nuestrocine.mx—, pronto se topará con una constatación poco sorprendente: los títulos dedicados específicamente a estos temas parecen estar ausentes de los principales buscadores. Pero, ¿y si el problema radica no únicamente en la escasez de producciones, sino también en que nuestras palabras clave y operadores booleanos dejan fuera miradas más amplias o menos delimitadas?
Esa fue la reflexión que tuve después de ver Café (2014), documental dirigido por Hatuey Viveros Lavielle, que retrata la cotidianidad de una familia nahuahablante que vive en Cuetzalan, municipio enclavado en la Sierra Norte de Puebla.
A lo largo de 80 minutos, el director nos sumerge en la intimidad de las interacciones entre Teresa y sus hijos, Jorge y Rosario, quienes, tras la muerte de su padre, se esfuerzan por tomar las mejores decisiones para su futuro.
Aunque la trama del documental se concentra en las experiencias de Jorge como estudiante universitario en proceso de titularse como abogado, para quien afine la mirada, cada escena de la vida cotidiana se convierte en una pieza que invita a reflexionar sobre cómo las trayectorias educativas se entretejen con complejas redes de relaciones, acontecimientos y estructuras.
En la parte inicial, la cinta ofrece una inmersión en los paisajes de Cuetzalan. Las primeras escenas reciben al espectador con el repique de las campanas de la iglesia, para después acompañar a la familia protagonista en los rituales fúnebres dedicados a Antonio Hernández Hilario, padre de Jorge y Rosario. Bastan apenas unos minutos para empaparse de las calles angostas y empinadas, de la neblina y del verde húmedo que envuelve la flora del lugar.
Con un sincretismo que combina rezos de tradición católica con la colocación de un altar más cercano a lo que reconocemos como mesoamericano, observamos cómo un grupo de personas de distintas edades se congrega para despedirse en comunidad. Es en ese marco de despedida colectiva que conocemos en primer plano a Jorge, a Rosario y a su madre, Teresa.
Luego de las plegarias, del humo de los sahumerios y de las velas, queda el silencio que envuelve a las familias dolientes cuando la vida vuelve a su curso habitual. En ese regreso forzado somos testigos de cómo, en este mundo, no hay lugar para detenerse ante la pérdida. En un cuarto que funciona a la vez como cocina y como resguardo de diversos objetos, vemos a Teresa bordando servilleteros durante los lapsos de espera que impone la cocción de las tortillas en el comal.
Es en este contexto donde se presenta la primera conversación explícitamente relacionada con la educación de Jorge: Teresa le pregunta a su hijo la fecha de su examen de obtención del grado de licenciatura. Él responde que no lo sabe, pero aclara que, más allá del día, lo importante es que, si lo aprueba, estará listo para recibir su título. En cambio, si no lo logra, tendrá que esperar un año más y volver a pagar.
“Nosotros ya queremos terminar porque cada ratito están pidiendo dinero y más dinero. Pero bueno, pues ya, tres o cuatro años que ya estudié”, se lee en los subtítulos que traducen el náhuatl de Jorge. Luego añade: “No era en balde cuando discutían tú y mi papá, que no me mandara a trabajar para que estudiara”. Teresa retoma la conversación y señala que ella intercedía porque fue el propio Antonio quien, en un inicio, había alentado a su hijo a estudiar.
Jorge reafirma el acuerdo con su madre y le confiesa que, de hecho, quisiera tener un tiempo para dedicarse exclusivamente al estudio, ya que, si trabajara en un despacho, no tendría oportunidad de concentrarse como quisiera. Ante esto, Teresa le sugiere que podría trabajar de lunes a viernes —quizá medio día los sábados— para dejarle un poco de tiempo libre. Para cerrar esa conversación, Teresa le recuerda que uno de los deseos de su padre era verlo titulado antes de morir, aunque nunca se lo dijo directamente.
En la siguiente parte del documental conocemos a la hermana mayor de Jorge —cuyo nombre no se menciona—, madre de dos niños pequeños. Con ella se introduce otro diálogo vinculado a la educación. Mientras cocina, Jorge le pregunta si está conforme con vivir allí. Ella responde que sí, especialmente porque la escuela de los niños está cerca. No obstante, ante un gesto que puede interpretarse como inconformidad, Jorge amplía la pregunta: “¿Quieres vivir siempre así? Tú tienes una carrera”. Su hermana responde que sí, pero que es difícil “sacar sus papeles”, lo que permite inferir que no cuenta con su título profesional.
Finalmente conocemos a Rosario, la hermana menor de Jorge. La acompañamos en una caminata hacia la escuela, donde, por primera vez en el documental, escuchamos diálogos en español. Más adelante, a través de una conversación grabada a cierta distancia, nos enteramos de que está embarazada y de que la familia del padre del bebé no quiere que él se haga cargo directamente, pero están dispuestos a acompañar a Rosario con visitas frecuentes para saber si necesita algo y si todo va bien, además de cubrir los gastos médicos hasta el parto. El argumento que subyace a esta postura es que el padre no puede asumir esa responsabilidad porque está estudiando. Frente a ello, Rosario se muestra inconforme y subraya que ella también es estudiante y que nadie ha considerado su situación. Más adelante, Rosario, sus hermanos y su madre conversarán en varias ocasiones sobre la decisión de tener o no al bebé.
Después volvemos con Jorge, quien, tras un par de escenas en las que lo vemos platicando con sus abuelos maternos y su madre, aparece bañándose y alistándose para salir de casa. Observamos su atuendo formal: pantalón de vestir, camisa a rayas, corbata y un peinado cuidadosamente elaborado con gel. También lo vemos colocar en un portafolio algunos documentos y un libro encuadernado que parece ser su tesis. Luego lo seguimos mientras entra a una iglesia y se acerca a la figura de San Miguel Arcángel, a quien dirige rezos y plegarias. En la escena siguiente, Jorge aparece en un salón con sillas cubiertas con fundas y una cinta azul, a la usanza del mobiliario que suele usarse en bodas y bautizos. Lo vemos nervioso, preparando un proyector. Finalmente, comprendemos que este escenario corresponde a su examen profesional para obtener el grado de licenciado en Derecho.
En las escenas siguientes, el espectador puede acompañar a Jorge durante su defensa inicial, momento en el que explica que su investigación versa sobre la Comisión y la Corte Interamericana de Derechos Humanos como instituciones protectoras de los derechos de los pueblos indígenas. Más adelante, atestiguamos el momento en que el jurado le comunica que fue aprobado por unanimidad y que, además, se le ha otorgado la mención honorífica.
Entre los reconocimientos y felicitaciones, un miembro del jurado se dirige a Jorge para decirle: “Cómo lamento no hablar tu lengua para decírtelo en tu lengua: no es fácil que te encomiende lo que la historia ya te asigna. Siendo el primer abogado totalmente hecho, formado, creado y desarrollado en Cuetzalan, te corresponde la obligación histórica de ser el mejor defensor de los derechos humanos de tu pueblo.” Esta parte del documental cierra con las escenas de la fiesta de graduación de Jorge, en la que, entre lágrimas, celebra junto a su madre, sus sobrinos y sus abuelos.
Tras este rito de paso, presenciamos una transformación: ahora vemos a Jorge caminando por las veredas cubiertas de vegetación del pueblo, rumbo a una vivienda construida con madera, donde una mujer lo recibe con una taza de café. En una conversación completamente desarrollada en náhuatl, Jorge le explica que es abogado y que puede ayudarla. Ella le cuenta que ha sido acusada de no pagar un préstamo, aunque en realidad fue su empleador quien lo solicitó, aprovechando que previamente le había pedido una copia de su credencial de elector.
Así, Café nos regala un punto de fuga excepcional para seguir de cerca las complejas tramas que, en la cotidianidad, enmarcan las trayectorias educativas de las personas indígenas. A través de las escenas que acompañan los días de Teresa, Jorge, Rosario y su familia, podemos reflexionar sobre los múltiples elementos que inciden en el acceso, la permanencia y la conclusión de estudios universitarios en contextos marcados por profundas desigualdades.
Uno de los temas que emerge con fuerza es el de las expectativas que recaen sobre quienes logran culminar la educación superior. En el caso de Jorge, no sólo observamos los esfuerzos personales y familiares, sino también las expectativas sociales que lo sitúan como un agente de cambio, un defensor de los derechos de su pueblo. Esta proyección, aunque digna y valiosa, adquiere un matiz particular cuando se considera que, en lugares como Cuetzalan, la educación superior sigue siendo poco común para las personas indígenas, de modo que su consecución se percibe como un logro compartido a nivel comunitario. En este marco, la obtención del título no representa únicamente un hito personal —como suele ocurrir con estudiantes de otros contextos—, sino el surgimiento de una figura a quien la comunidad y los actores externos atribuyen responsabilidades colectivas. Ello plantea interrogantes sobre la carga simbólica y emocional que asumen quienes logran sortear el camino educativo, así como sobre las exigencias diferenciadas que se les imponen por el simple hecho de haber llegado “más lejos” que la mayoría.
De forma paralela, el documental muestra que, aun con los avances logrados en materia de inclusión educativa para las mujeres, persisten barreras vinculadas al género que operan como obstáculos estructurales. El embarazo de Rosario muestra cómo ciertas normas de género y dinámicas familiares limitan de manera desigual las posibilidades de continuar estudiando, en contraste con la ausencia de corresponsabilidad del padre, justificada por su condición de estudiante. Mientras que para él la escuela sirve como argumento para evitar responsabilidades, para ella la maternidad se vuelve una encrucijada que puede truncar su trayectoria educativa. Reconocer estas desigualdades no implica desconocer los rezagos educativos que también afectan a los hombres en distintos contextos; más bien, permite señalar que el género introduce barreras diferenciadas que delimitan las oportunidades disponibles para cada quien.
También aparecen con claridad las dificultades económicas que enfrentan las familias, y cómo estas impactan directamente en los ritmos, decisiones y posibilidades de quienes estudian. La mención constante del dinero, los pagos, el tiempo que se necesita para trabajar o estudiar, da cuenta de las tensiones cotidianas que deben resolverse para que una persona pueda titularse.
En este contexto, el apoyo familiar aparece como un factor fundamental. En la historia de Jorge, el acompañamiento constante de Teresa es clave para sostener su recorrido educativo, no sólo desde el respaldo económico, sino también emocional, simbólico y práctico. La familia aparece, así, como un ancla frente a las inclemencias de un sistema educativo que, con frecuencia, no contempla las condiciones materiales y culturales de los estudiantes indígenas.
Aunque en las ciencias sociales solemos hacer cortes analíticos para delimitar nuestros objetos de estudio, Café nos recuerda que, en el continuo de la vida cotidiana, los temas que interesan a las y los investigadores se despliegan entrelazados en múltiples direcciones. Frente a ello, el cine documental se ofrece como una ventana para redescubrir otras formas de mirar, de preguntar y de pensar, desde perspectivas más amplias y conectadas con la complejidad del mundo social.
Y quizá ahí radica la respuesta a la pregunta inicial: no siempre encontraremos documentales que hablen explícitamente de las trayectorias educativas indígenas, pero sí algunos que, sin proponérselo de manera programática, permiten observar de cerca los hilos que tejen esos procesos. En tal sentido, la elección de Café para esta reseña busca mostrar que la educación superior, las diversas desigualdades y las formas de hacer comunidad no son temas aislados, sino dimensiones que sólo pueden comprenderse en su entrelazamiento cotidiano. Café, por ello, no responde a aquella pregunta con un título evidente, sino con una invitación a mirar de otra manera.
Ficha técnica
Café.
México, 2014.
Dir. Hatuey Viveros Lavielle.
80 minutos
Aldea Cine / FOPROCINE.
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