Eréndira Muñoz Aréyzaga
Secihti-Universidad Autónoma del Estado de Morelos

Foto: Archivo familiar Ricardo Pérez Montfort.
La partida del Dr. Ricardo Pérez Montfort deja un vacío en la historiografía mexicana, pero su trascendencia intelectual llena de luz los intrincados caminos de quienes queremos alcanzar una comprensión profunda de los procesos culturales irremediablemente entretejidos con la identidad, la memoria, la política, la economía y la distinción social.
Es común escuchar que era un historiador atípico –y es cierto– porque se alejó de la historia oficial, objetivada, aquella que según Pierre Nora surge cuando la memoria y los afectos mueren. Así se convirtió en un buscador de la verdad, o de la verosimilitud, como él prefería decirlo; y esa verdad estaba en la recuperación de las memorias que habitan en las expresiones cotidianas como la música, la fotografía, el cine, la nota roja y la cultura popular. Con ello se posicionó como un claro referente de la historia cultural.
Su rigurosa obra conformó un sólido corpus que evidenció y, al mismo tiempo, desmanteló las estrategias discursivas del Estado para construir símbolos en los que nos reconociéramos como mexicanos. Visualizó con claridad que había muchos mundos de los que el poder se apropiaba, pero que en la práctica ignoraba, o aquellos que simplemente ocultaba porque eran historias que no debían conocerse y entonces estaban destinadas a ser borradas. Con ello construyó una mirada crítica, libre y original para cuestionar, desentrañar y conocer las múltiples expresiones culturales presentes y del pasado, que responden a sus propias dinámicas: algunas veces porque, más que representar al poder, son contestatarias y otras porque encarnan de manera vívida los sentires de una comunidad y se convierten en un entramado dinámico y activo de memorias propias con componentes sonoros, visuales o escandalosos. Esta perspectiva abrió caminos inéditos para la investigación que hoy nos obliga a mirar los usos políticos de la memoria y la cultura, pero también a entusiasmarnos por el conocimiento de aquello que emociona a una comunidad por ser suyo.
Conocer al autor consagrado a través de sus textos es una experiencia enriquecedora, pero tuve la fortuna de coincidir con él cuando fue mi maestro del Posgrado en Antropología del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) y, de forma más cercana, como mi director de tesis de doctorado.
Ricardo compartía en el aula con contundente honestidad sus verdaderas pasiones: la música, la imagen y los archivos; mostrándonos que éstas no eran sólo sus aficiones, sino ventanas indispensables para aproximarse a la cultura, comprenderla e incluso reproducirla, al mismo tiempo que se generaba un registro para mantenerla viva. No sólo era un maestro apasionado por sus temas, era generoso con sus saberes y sabía transmitirlos, no se guardaba nada y estaba dispuesto a enseñar más allá del aula.
Organizó una visita al centro histórico de la Ciudad de México para ver distintas expresiones culturales. Como cualquiera, imaginé un recorrido con un guía experto centrado en edificios virreinales, palacios porfirianos y lugares icónicos. Sin embargo, aquella visita reflejó las profundas exploraciones que Ricardo realizaba cotidianamente para conocer lo que por lo regular permanecía oculto y se convirtió en una revelación que me hizo comprender los lentes con los que veía el mundo.
Visitamos el mercado popular Abelardo Rodríguez, no por la estética de sus murales, sino porque ese lugar era la memoria viva de una utopía socialista, expresada en la materialidad de su arquitectura y el arte de sus paredes, que reflejaban desde su mirada las condiciones de la producción artística en la primera mitad del siglo XX y las relaciones de poder que paradójicamente existían en un mundo que pugnaba por la colectividad. Esa no fue sólo una clase magistral, se convirtió en un impulso para no dejar de investigar con profundidad las expresiones culturales materiales e inmateriales, desentrañando sus significados, comprendiendo a sus autores, su contexto histórico y las relaciones de poder que no se revelan por sí solas, pero es necesario sacar a la luz.
Tal vez esta pasión que imprimía en sus clases, la sensación de estar en presencia de una enciclopedia viva y abierta o la claridad que parecía darle a la historia cultural o a cualquier otro sustento teórico que descubría para comprender procesos tan complejos como la identidad nacional, me enseñaron a ser una rigurosa investigadora en ciernes, pero fue de mayor importancia observar cómo él se atrevía a construir una voz propia, validada por sus análisis. Así, no sólo aprendí, sino que me inspiró a construir mi propia voz, a ser fiel a ella y a validarme como autora, tal como él lo hacía.
Desentrañar los entretelones que configuran los discursos nacionalistas del Museo Nacional de Antropología era uno de sus tantos intereses y nos tocó compartirlo al ser el tema central de mi tesis doctoral. Ricardo organizó una visita al museo, compartió con detalle sus conocimientos sobre el proceso de construcción del recinto en 1964 y su anecdotario de vida con grandes personajes. Nombres como Alberto Ruz Lhuillier, Guillermo Bonfil Batalla, el museógrafo Mario Vázquez, la pintora Rina Lazo y otros tantos aparecieron en la nutrida charla.
Ricardo tenía muy claras las luces y sombras de la arqueología y su escenificación. Por un lado expresaba la fastuosidad del hallazgo de la tumba de Pakal en Palenque, por el otro, la oscuridad del robo del Friso de los Placeres, llevado en partes en un avión y recuperado casi al momento; las leyendas negras de piezas cuya procedencia era dudosa, después de haber sido recuperadas tras el robo al museo en 1985; los datos ominosos de quienes exaltaban a Xochipilli como el dios de las drogas recreativas o quienes cada año piden el regreso del penacho de Moctezuma para reforzar su mexicanidad.
Recorrer el museo con él no sólo fue un acto que reflejaba su generosidad o una clase magistral, fue un puente a la memoria y un claro ejercicio antropológico. Cada pieza no era leída solo como lo que es –un objeto arqueológico–, era un símbolo que encapsulaba esas luces y sombras y además escenificaba el pasado mexicano para construir una supuesta única raíz. Esa visita fue el impulso para terminar en tiempo y forma la investigación en curso sin perder en el camino la pasión y la sed por comprender las expresiones nacionalistas en un museo que sobrevivió al fin de los Estados nación y tal vez por ello era más necesario que nunca, pero requería cambios profundos que había que comprender. Así continué tal cual él investigaba: descifrando símbolos, no como aprendí a hacerlo como arqueóloga, sino como antropóloga e historiadora, disciplinas que él combinaba magistralmente.
Fue crítico y profundamente exigente con la elaboración de esa tesis. Su rigor a veces se resumía en un franco “¿órale, te cae?”, “¿esa palabra ‘panista’ qué?”, o en una guía para acercarme a autores que funcionaban mejor para el trabajo: “Está bien que uses a este autor, pero mejor a Carlo Ginzburg”. Fue una brújula firme para mí y la investigación doctoral culminó con el Premio INAH Miguel Covarrubias a la mejor tesis de doctorado en el área de museos. Ese logro fue fruto de horas de trabajo solitario, pero la semilla de esa libertad autoral y autoexigencia fue mérito suyo.
Pasados los años, es momento de dar honor a quien honor merece, a Ricardo, y ejercer la memoria como a él le hubiera gustado, aquella que se entreteje mediante los afectos que trascienden el tiempo. Mi maestro conjuntaba la brillantez intelectual con la calidez humana, y, al ser su alumna, irremediablemente eso se trasluce hoy en mi práctica cotidiana como profesora e investigadora. Su mentoría moldeó mi forma de investigar; soy como él, no una historiadora atípica, sino una arqueóloga atípica. No excavo contextos arqueológicos, sino las capas de la memoria que siguen dando sentido a los restos materiales del pasado; pero lo atípico no es sólo un estilo, es la evidencia de que encontré mi libertad como autora, esa que sólo se gana cuando comprendes lo que él pareció haber comprendido desde hacía mucho: que la investigación debe tener, más que rigor teórico-metodológico, un corazón capaz de alimentar tus pasiones y un espíritu libre que se atreve a cuestionar.
Ricardo también moldeó mi estilo docente. Frente a grupo comparto sin reservas mis pasiones, como él, y cuando reviso tesis, incluso cuando dictamino algunos productos académicos, pienso “¿órale, te cae?”, porque resume de manera perfecta el rigor académico que él esperaba de mí y que ahora yo espero para seguir comprendiendo colectivamente el mundo con rigor.
Mis temas no se han alejado de las discusiones que él tanto disfrutaba. Continué desentrañando los discursos del poder en torno a los significados y usos del patrimonio arqueológico y sí, usando la historia cultural, teniendo una mirada aguda para convertir imágenes, notas periodísticas, relatos de viaje, edificios, expresiones culturales destinadas a desaparecer en símbolos; en ventanas para mirar más allá y tratarlas como el reflejo de esas utopías que algún día nos atrevimos a crear como humanidad o como comunidad, tal como él lo hacía. Y es que en el fondo compartimos el mismo ideal de transformar el mundo, a pesar de conocer profundamente sus sombras y criticarlas, pero teniendo la encomienda, como él, de encontrar sus luces y no perderlas de vista.