Patricia Balderas Castro
Documentalista, productora y sonidista

Foto: Archivo personal Ricardo Pérez Montfort.
El encuentro
Cuando pienso en lo que significa el Laboratorio Audiovisual (LAV), pienso en que ha sido como un salvavidas en el mar, asimilable a un madero que flota a contracorriente y que, aun con su aparente sencillez, ha sido lo suficientemente fuerte para mantener a salvo a muchas almas investigadoras, almas creadoras y hasta atormentadas almas perdidas. Algunxs llegamos al laboratorio por un golpe de suerte, otrxs por necesidad y otrxs por curiosidad. Aunque nuestras historias y nuestros tiempos no necesariamente fueron los mismos, casi puedo asegurar que la mayoría de las personas encontramos ahí un espacio-tiempo acogedor, lleno de creatividad, goce y libertad.
Llegué al Laboratorio Audiovisual del CIESAS un lunes del año 2009. Recorrí un largo pasillo, lo suficientemente silencioso como para pensar que no había nadie en el edificio. Mi colega y amigo editor Eric Moncada, quien me había informado que en el laboratorio buscaban a una persona que les apoyara con las gestiones administrativas, caminaba a mi lado y me conducía al lugar de la entrevista. Yo tenía 26 años y mi prioridad en esos tiempos no sólo era acumular experiencia profesional, sino tener un ingreso económico que me permitiera aliviar un poco la carga económica familiar. Nunca imaginé que ese pequeño espacio, al fondo de un frío y solitario edificio, sería la base fundamental de mi camino hacia el cine documental. Mucho menos pensé que las personas que conocería ahí ocuparían un lugar tan importante en mi vida hasta hoy en día.
Eric abrió una puerta que dejó ver un pequeño pasillo con seis puertas cerradas. Atravesamos la primera del lado izquierdo, en donde se encontraba un joven de semblante muy serio leyendo un libro. No recuerdo si nos saludamos o no porque yo me encontraba sumergida en un dramático monólogo en el que con indignación y amargura le contaba a mi colega los infortunios de mi anterior trabajo. Era una oficina pequeña, la distancia entre las tres personas que estábamos ahí era de menos de dos metros, por lo que era inevitable escucharme. Pasaron alrededor de 20 minutos cuando Eric encontró una pausa en mi discurso y me dijo: “Por cierto, Pato, te quiero presentar a mi jefe, la entrevista es con él”. Entonces aquel joven lector dejó su libro sobre la mesa, volteó su rostro y al levantarse me saludó sonriente, con cierta diversión indulgente. Muy tensa y desbordada de vergüenza me acerqué a saludar a Isaac García Venegas, coordinador operativo del Laboratorio Audiovisual, quien sería mi jefe, amigo y mentor por seis años consecutivos. Con palabras torpes me disculpé varias veces por haber irrumpido en su espacio y en su lectura, y le dije que estaba lista para ser entrevistada.
En un tono serio, pero con la risa contenida, Isaac me dijo: “No te preocupes por la entrevista, ya escuché suficiente”. Pensé que acababa de arruinar la única entrevista de trabajo que tenía hasta ese momento y, por lo tanto, la posibilidad de experimentar con algo que siempre me generó curiosidad, el audiovisual. La devastación que sentía fue interrumpida por Isaac, quien me dijo: “No te preocupes, estás dentro. ¡Ven, te voy a presentar al Dr. Ricardo Pérez Montfort, coordinador general del laboratorio!”. Al escuchar eso, el miedo me invadió. Isaac me dijo por primera vez la frase que me repitió un sinfín de veces durante muchos años: “Tú tranquila”.
Entramos a la oficina del Dr. Pérez Montfort e Isaac me presentó sin preámbulos como la nueva integrante del Laboratorio Audiovisual. El Doc, como le decíamos de cariño, levantó un poco el rostro y me miró fijamente por encima de sus gafas, con una mirada analítica que buscaba encontrar aquello que había detrás de mi cara de susto. Al solo hallar eso, amablemente me invitó a sentarme y me hizo un par de preguntas, luego comenzó a contarme qué era el laboratorio, cómo lo operaban y qué buscaban a través de él. Su personalidad me resultó por momentos imponente y por momentos dulce, tal vez lo percibí así por su aspecto amable y su peculiar forma de hablar, directa y segura, matizada por su melodiosa voz, que recuperaba tonitos agudos al inicio de cada frase mezclados con palabras contundentes y tonos muy graves, casi como un canto. Aquella conversación con el Doc fue breve, suficiente para dejarme ver que en ese equipo la confianza y el riesgo estarían presentes siempre.
Salí del Laboratorio Audiovisual con un nuevo trabajo, bastante sorprendida y un poco confundida. Con el paso del tiempo entendí que en el LAV muchas cosas ocurrían de formas poco convencionales, con procesos más sencillos, dinámicas de trabajo prácticas y fluidas que derivaban en buenos resultados, formas que de alguna manera contrastaban con los protocolos y el rigor institucional de cualquier centro de investigaciones del entonces CONACYT.
El proyecto y sus entrañas
El Laboratorio Audiovisual surgió en el año 2005 como una iniciativa institucional impulsada por el Dr. Ernesto Isunza Varela y el Dr. Ricardo Pérez Montfort. En sus inicios, el proyecto formó parte de una estrategia más ambiciosa, que le ayudó a financiar su labor: el Central American and Mexican Audiovisual Archive (CAMVA), iniciativa del Centro de Estudios Latinoamericanos y Caribeños de la Universidad de Indiana, donde colaboraban, además del LAV, el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica de la Universidad Centroamericana de Nicaragua (INHCA) y el Museo de la Palabra y la Imagen de El Salvador (MUPI). En ese momento, el objetivo principal del laboratorio era la creación de un archivo digital integrado a partir de la recuperación y el resguardo digital de materiales audiovisuales sobre movimientos sociales, sin procesar y creados por investigadorxs del CIESAS e instancias afines. Esto con el fin de que en un futuro cercano aquellos materiales tuvieran fines académicos y de divulgación.
A finales de 2009 el plan para todas las personas que estábamos en el laboratorio era muy claro: recuperar y preservar registros en imagen y sonido generados por la comunidad del CIESAS, producir materiales audiovisuales para la divulgación científico-social a partir de registros nuevos y existentes, colaborar a través de la producción audiovisual en la construcción de la memoria institucional y de la memoria antropológica en México, brindar a la comunidad y al público en general espacios de formación técnica en materia audiovisual, y crear espacios de diálogo sobre el mundo audiovisual en las ciencias sociales. Todo ello en la víspera de una transformación cultural en la que la imagen y el sonido ocuparían un lugar central en la vida de las personas. Si bien el plan era ambicioso, nuestro equipo humano y técnico era bastante pequeño.
El equipo base del LAV estaba conformado en ese momento por cinco personas: el Doc, Isaac, Eric, Martín y yo. Este equipo se expandía o disminuía de acuerdo con las necesidades y recursos con los que contaba el proyecto, porque si una peculiaridad tuvo el Laboratorio Audiovisual del CIESAS, al menos durante mi estancia desde mediados del 2009 hasta inicios del 2015, fue la incertidumbre financiera con la que operaba, ya que su principal soporte, el proyecto CAMVA, había sido suspendido por falta de recursos por la Universidad de Indiana en el año 2011. Hecho que derivó en la necesidad de intensificar la búsqueda de apoyos y colaboraciones institucionales que de por sí hacía el laboratorio. En la oficina era común escuchar al Doc y a Isaac platicar sobre sus estrategias para conseguir financiamientos, no sólo para ampliar y dar estabilidad al equipo operativo, sino para sostener las actividades que ya estaban en curso y echar a andar aquellas que seguían asentadas en el plan.
El Doc consiguió en distintos años varias colaboraciones y financiamientos. Gracias a ello, al pequeño equipo base y a la importante labor de prestadores de servicio social, de prácticas profesionales, y autoridades e investigadores del CIESAS, el laboratorio tuvo importantes resultados, como la publicación del libro conmemorativo Cien años de prevención y promoción de la salud pública en México, 1910-2010. Historia en imágenes, para los festejos del Bicentenario en México; la publicación de la antología Ciencias sociales y mundo audiovisual; la realización del documental Un remolino sobre lo social… Faro de Oriente. Diez años; la producción de la serie documental de 20 capítulos Palabra del CIESAS; la realización de talleres, cursos y espacios destinados a compartir reflexiones, como el “Seminario de las Ciencias Sociales y el Mundo Audiovisual”; y el resguardo y divulgación de valiosos materiales audiovisuales, como Voces de la Chinantla y los nueve capítulos de la serie documental Antropovisiones, concebida y dirigida por la gran amiga del Doc, de Isaac y del laboratorio, la Dra. Victoria Novelo Oppenheim, quien creía firmemente en que las investigaciones del CIESAS debían llegar más allá de la esfera académica y que para ello era fundamental usar un lenguaje asequible, tanto en la escritura como en lo audiovisual.
En el día a día, el LAV se sentía como llegar a un lugar donde eres bienvenidx, un espacio de libertad creativa en donde las ideas fluían, se retroalimentaban colectivamente y si llegaban a vislumbrarse como un buen aporte a los procesos creativos o a las dinámicas de trabajo, se ponían en práctica. Al menos así fue mi experiencia, porque, aunque me contrataron para realizar gestiones administrativas y de recursos, poco a poco me involucré en las distintas etapas de la producción audiovisual, sin abandonar mis responsabilidades en la gestión administrativa y sin que nadie limitara mi deseo y práctica creativa.
Comencé apoyando en la planeación, logística y vinculación que exige la preproducción audiovisual. Después, con el apoyo de Eric, quien tenía experiencia previa en producciones cinematográficas, experimenté la grabación de video, el registro de sonido directo y la edición con software especializado. Finalmente, después de observar de cerca cómo realizaban entrevistas Isaac y el Doc, me aventuré a hacer mis propias entrevistas a profundidad a investigadoras e investigadores del CIESAS. Este proceso de involucramiento no fue inmediato ni lineal, respondía a la organización del trabajo en equipo, los objetivos de corto y mediano plazo del área, y la insistencia de involucrarme en los procesos creativos.
Nunca fueron perfectas las cosas, los errores en el laboratorio, como en la vida, eran parte del crecimiento. Aún recuerdo cuando el Doc destrozó con su crítica mi primera edición del capítulo dedicado al Dr. Héctor Díaz Polanco para la serie Palabra del CIESAS. Ese día significó para mí un antes y un después, porque aquello que yo creía que “funcionaba bien” en realidad estaba muy lejos de ser el resultado esperado y, para mi mala suerte, el tiempo apremiaba. No necesité un discurso muy elaborado sobre lo que había que resolver, en diez minutos o menos, después de analizar la edición, el Doc me había dado los elementos suficientes para entender por qué no funcionaba narrativamente mi montaje. La edición de este capítulo no sólo fue para mí un reto a contrarreloj, sino una lección importante para la construcción consciente de mi propia mirada.
El proceso de creación audiovisual en el laboratorio fue similar para varias personas del equipo: no era imprescindible tener conocimientos avanzados y especializados, bastaba con tener curiosidad, ganas de aprender y la voluntad de arriesgarse. Así el acercamiento a la operación de una cámara o de una grabadora de sonido directo, la decisión sobre la iluminación o la posición de la cámara, o la elección de una pieza musical dentro del proceso de edición no significaba una tarea imposible de dominar, sino la oportunidad de establecer un diálogo creativo con el equipo, de investigar para poder sustentar las decisiones, desarrollar habilidades y descubrir otras formas de trabajar con las imágenes y los sonidos.
A veces me pregunto si el Doc e Isaac realmente tenían una gran confianza en el equipo, integrado mayoritariamente por jóvenes, o si eran las circunstancias financieras del laboratorio las que obligaban a que el proyecto operara con perfiles no tan especializados. El 99% de esas veces pienso que sí confiaban en nosotrxs, que veían el potencial de cada persona y que la experiencia de sostener el proyecto aún con errores era parte de nuestro proceso formativo. Como sea, la sensación de confianza y libertad que percibíamos quienes formábamos parte del equipo creativo y operativo nos hacía sentirnos capaces y segurxs para atender las necesidades del laboratorio con los conocimientos y los recursos existentes. Si bien las decisiones más importantes no se tomaban colectivamente, porque existía una Coordinación General y una Coordinación Operativa encargadas de guiar cada proceso, siempre tuvimos la posibilidad de proponer y experimentar dentro de una dinámica basada en la participación y el trabajo en equipo.
Quienes llegamos al Laboratorio Audiovisual entramos de cierta forma en un ecosistema institucionalmente diferente y estimulante, donde a pesar de las tensiones y desacuerdos internos que en ocasiones podían surgir, prevalecía la amabilidad, el compañerismo y la pasión por crear. Cada una de las personas que habitamos y transitamos ese espacio sabíamos que en pocos lugares encontraríamos una experiencia así de cálida, libre y flexible.
El Laboratorio Audiovisual, para muchxs de nosotrxs, representó la posibilidad de aprehender el potencial expresivo, social y político de las imágenes y los sonidos, pero también la oportunidad de construir lazos afectivos con personas que, hasta hoy, acompañan nuestro crecimiento personal y profesional. En el mundo audiovisual, especialmente en aquello que dista de la industria hegemónica, la creación es ante todo un espacio de encuentro, comunidad y pertenencia.
Lxs habitantes del laboratorio
De 2009 a 2015, varias personas con distintos perfiles, temperamentos e intereses formamos parte del Laboratorio Audiovisual o de sus proyectos: comunicólogxs, pedagogxs, historiadorxs, antropólogxs físicxs, antropólogxs sociales, músicxs y hasta nutriólogxs aportamos conocimientos, tiempo y esfuerzo, a la vez que recibimos aprendizajes y experiencias que nos enriquecieron profesional y personalmente.
El Doc guiaba el laboratorio junto con Isaac García Venegas. Ambos se encargaban en mayor o menor medida de buscar recursos, consolidar alianzas estratégicas, supervisar proyectos y tareas en curso, además de involucrarse en distintos momentos del largo proceso de producción audiovisual. El resto del equipo sosteníamos la operatividad del espacio al clasificar materiales audiovisuales, organizar archivos físicos y digitales, digitalizar imágenes y videos, realizar investigación iconográfica y documental en archivos públicos y privados, escribir textos especializados, realizar entrevistas, hacer producción audiovisual, apoyar a la producción audiovisual, editar, postproducir, hacer diseño gráfico, administrar recursos financieros y humanos, hacer vinculación y difusión, organizar eventos, redactar informes, dar seguimiento a procesos y gestionar importaciones.
Antes y después de mi paso por el laboratorio circularon muchas más almas que por destiempos de la vida no tuve el gusto de conocer o no tuvieron el disgusto de conocerme; sin embargo, durante mi estancia tuve la fortuna de colaborar con el Doc, Isaac, Eric Moncada, Martín Díaz, Georgina Gama, Carla Córdova, Emiliano García, Mónica Cruz, Juan Carlos Encinas, Lucy Romero, Gabriela Torres, María Rosa Gudiño, Ileana Aguilar, Celia Arteaga, Gabriela Helguera, María José Villaseñor, Citlalli López, José Luis Pérez, Jaime Vélez, Aivlis Barón, Montserrat Salazar, David Arreola, Alonso Getino y Beatriz Reza. Algunas de estas personas no se conocen entre sí porque no coincidieron en tiempos y espacios, pero las une haber sido parte de un proyecto tan trascendente como lo es el Laboratorio Audiovisual del CIESAS.
El Doc en retrospectiva
El Doc era simpático, estratégico, irreverente y perspicaz, escucharle hablar significaba que habría risas o incomodidad segura, todo dependiendo de la conversación. Su personalidad bonachona y extraordinariamente agradable se combinaba con la exigencia y rigor que imprimía en sus textos y proyectos. Tal vez la combinación de sus estudios en cinematografía, música e historia fue lo que le dio ese sentido flexible a los proyectos que se gestaron en el Laboratorio Audiovisual.
Muchas personas visitaban al Doc en el LAV, a veces para que asesorara sus tesis o sus investigaciones, y otras veces para buscar la oportunidad de colaborar con él en algún proyecto. Había días en que su voz traspasaba las paredes de la oficina cuando daba retroalimentación a alguno de sus alumnxs, pues se apasionaba y no ocultaba su indignación ante trabajos que le parecían francamente “terribles” (aún lo escucho decir “terrible”). Nosotrxs, como equipo, llegamos a sentir un poco de pena por aquellos alumnxs que recibían retroalimentación del Doc, pero también sabíamos que ellxs mismxs lo buscarían de nuevo porque era alguien capaz de darles una crítica frontal, útil y luminosa que les ayudaba a cuestionarse y a construir su propia voz en cualquiera que fuera su camino.
Pareciera que al Doc le molestaban varias cosas, entre ellas, la dificultad de trascender el propio punto de vista, la mediocridad, los egos vacíos, la intelectualidad conformista y los mariachis (de esto último tiene una gran argumentación que se puede encontrar en sus entrevistas y publicaciones). Pero también pareciera que disfrutaba muchas cosas más: escribir la historia, dar clases, el tequila, la cerveza, la jarana, Veracruz, Michoacán, Alemania, el cine, una buena comida y una buena fiesta. Y uso la palabra “pareciera” porque como espectadora inmersiva de la vida del laboratorio y, por lo tanto, de una pequeña parte de la vida del Doc, reconozco que esos gustos y disgustos pertenecen a la imagen que construí de él a partir de mi mirada.
El Doc era una poderosa guía intelectual para el joven equipo que colaboró con él, pero también es cierto que cada unx de nosotrxs éramos capaces de identificar las cosas en las que no estábamos de acuerdo, tanto en la forma de ver el mundo como en la de hacer las cosas. Y aunque pocas veces le expresamos esas inconformidades directamente, había alguien en el laboratorio que sí lo hacía de forma constante, en una suerte de contrapeso intelectual y humano con quien el Doc intercambiaba ideas todo el tiempo. Esa figura era Isaac y seguramente no era el único contrapeso en su vida, pero al menos en el CIESAS (y fuera) sí lo era, y me parece importante mencionarlo porque el Doc no siempre se hacía todas las preguntas ni tenía todas las respuestas. Como cualquier persona, también necesitaba con quien debatir, quien le cuestionara y quien le acompañara en los momentos más turbios del laboratorio y de la vida. El vínculo que el Doc tuvo con Isaac no sólo fue profesional, sino de amistad; quienes estuvimos ahí fuimos testigos de ese proceso y aprendimos de él. Por eso repito que el LAV no sólo nos dio aprendizajes profesionales, también nos brindó afectos importantes y lugares a los que siempre podemos volver para respirar.
A mediados de 2014 comenzó una crisis financiera en el laboratorio. Antes ya había sucedido y el Doc hasta entonces siempre había logrado subsanar la necesidad, pero en esta ocasión no fue así. La falta de recursos se prolongó por más de ocho meses y Eric, Emiliano y yo trabajamos pro bono por un tiempo para cerrar el proyecto que habíamos sostenido durante varios años, Palabra del CIESAS. Cabe aclarar que ni el Doc ni Isaac nos pidieron hacerlo, nos quedamos por el compromiso de terminar algo que nos representó muchos meses de trabajo previo, por el orgullo profesional y por querer creer que otra vez que el Doc salvaría nuestro sueldo de honorarios para poder seguir. La angustia, la incertidumbre y el enojo invadieron el ánimo que se vivía en el laboratorio, fue un tiempo triste y poco a poco nos tuvimos que ir. Primero Eric, en 2014, luego yo, en 2015, y al final Emiliano, ese mismo año.
Hoy pienso en el Doc, en Isaac, en mis compañerxs y amigxs, y en la trascendencia que han tenido en mi vida. Agradezco infinitamente toda la experimentación técnica y creativa audiovisual que pude hacer en el laboratorio durante seis años, el tiempo, el espacio y los retos a los que me enfrentaron, el acompañamiento, la guía y las múltiples conversaciones que me dejaron ver que lo audiovisual no se limita a una publicación en redes sociales, a una sala de cine o a un festival, que es una poderosa herramienta pedagógica, de divulgación, de construcción de memoria y de transformación social, capaz de hacer comunidad, de abrir diálogos profundos y de imaginar otros mundos más amables y más humanos.
También agradezco al Doc y a Isaac los distintos gestos de amistad y reconocimiento que han tenido conmigo aun después de ya no ser parte del laboratorio, desde las cartas de recomendación que cada uno de ellxs escribió para postularme a la Maestría en Cine Documental de la UNAM (que eran un requisito), hasta las múltiples convivencias llenas de risas y ávidas reflexiones.
Si algo aprendí del Doc, de Isaac y del LAV, es que no hace falta que pensemos de la misma forma para poder reconocer y apoyar el camino de lxs otrxs. Recuerdo que antes de irme del laboratorio, el Doc me preguntó el tema con el cual me postularía a la maestría y cuando se lo dije, su reacción no fue muy entusiasta, pero tiempo después me hizo muy feliz verle sentado junto con Isaac en las butacas de una sala de cine en Michoacán acompañándome en el estreno de mi ópera prima documental, Ahora que estamos juntas, que ha sido distinguida con el Premio del Público al Mejor Largometraje Documental y el Premio MUSA a Mejor Largometraje Documental Dirigido por una Mujer en el Festival Internacional de Cine de Morelia 2022.