Andrés Antonio Fábregas Puig
CIESAS Occidente

Foto: Archivo familiar Ricardo Pérez Montfort.
Conocí a Ricardo Pérez Montfort el día en que nuestra amiga en común, Victoria Novelo, me lo presentó. No recuerdo con exactitud la fecha y lamento no poder preguntarle a Vicky, quien, al igual que Ricardo, ya no está con nosotros. Pero lo que sí recuerdo vivamente es que bregaban por que en el CIESAS se diera atención a la antropología que se hacía –y se hace– con las cámaras: la llamada “antropología visual”. Era un esfuerzo sostenido de ambos, convencidos como estaban de que la fotografía en sus múltiples manifestaciones y usos era una herramienta vital de la pesquisa antropológica. Siempre que pude y tuve oportunidad me uní a ese reclamo y traté de colaborar con ellos cada vez que me lo solicitaban.
La personalidad de Ricardo Pérez Montfort, de Ricardo, me era muy atractiva. Franco, directo, con un prodigioso sentido del humor, cultivador de la amistad, inteligente, pronto para la observación que exigía precisión, Ricardo encarnó al historiador y al etnólogo. Más aún, fue un excelente etnomusicólogo, con un trabajo de campo riguroso que hizo siempre portando su buen humor y una pasión infinita por lo popular.
Ricardo disfrutaba estar en medio del pueblo, que para él no era un argumento demagógico, sino una experiencia real, una relación vital con la fuente que le proporcionaba la savia que él transformaba en conocimiento sin traicionar el crédito a quien lo merecía. No concebía la noción de “informante”. Él conversaba con el pasado y con el presente. De esa manera oteaba el futuro, no sólo de la información que traía entre las manos, sino de las disciplinas a las que se dedicaba.
En los días en que escribía esa formidable biografía del general Lázaro Cárdenas del Río, conversamos en varias ocasiones debido a que mi padre fue un republicano catalán que le debía a Cárdenas y a Gilberto Bosques el haber arribado a México. Recuerdo el entusiasmo de Ricardo al escuchar mi testimonio. ¡Cómo hubiera disfrutado de la palabra directa de mi padre!, quien fuera un excelente conversador. Se lo hice saber. Imposible sustituir el testimonio directo de quien le debía la vida a Lázaro Cárdenas, ese mexicano del siglo XX, como decía Ricardo Pérez Montfort. Pero me esforcé para que, como lo hubiera hecho mi padre, las palabras fluyeran mientras disfrutábamos de la cerveza, el elemento ritual de la conversación y de toda celebración.
Me consta que Ricardo guardaba una gran admiración por Lázaro Cárdenas, como él mismo lo revela en su gran libro (tres volúmenes), además de considerarlo un presidente de México excepcional. El título del libro expresa la inteligencia de Ricardo, su capacidad para comprender contextos, su admirable generosidad para revelar a un ser humano como el general Cárdenas, que fue un pilar de la voluntad del pueblo mexicano. Por eso me llamó tanto la atención el título de la obra cuando ésta llegó a mis manos, con la dedicación cariñosa de Ricardo. Cárdenas era un mexicano del siglo XX, un hombre de su tiempo, embonado en la historia de su pueblo, en perfecta sincronía: Un mexicano del siglo XX. Su desempeño como presidente del país era el de un mexicano del siglo XX, sin más.
Extraordinaria la percepción de Ricardo y qué espléndido homenaje a Cárdenas fueron los tres volúmenes que escribió. Cárdenas fue el propio pueblo mexicano gobernándose a sí mismo. Ahora comprendo la atención, las preguntas que me hacía Ricardo, mientras le contaba lo que escuché de mi padre en sobremesas inolvidables allá en Tuxtla Gutiérrez. Esa obra sobre la vida de Lázaro Cárdenas es en la que con mayor claridad Ricardo Pérez Montfort se revela como antropólogo e historiador.
No dejo de mencionar que disfruté en grande su libro Detrás de la verde arboleda, desde su portada, que me recordó mis días de trabajo de campo en Coatepec, Veracruz, hasta la belleza de cada página que Ricardo dedicó para revelarnos la naturaleza prodigiosa de los fandangos, los sones, las décimas, que caracterizan la cultura jarocha. Ricardo me envió por correo su libro, cuya lectura me aventé de corrido. No pude sustraerme, no lo quise hacer, de esa prosa que él hacía fluir como los arroyos de nuestra gran geografía, con esos remansos en los que meditaba acerca de las claves que constituyen la cultura. Así, en ese libro, Ricardo Pérez Montfort es el historiador, el etnólogo y el etnomusicólogo que pone su talento a descifrar las claves del alma popular.
No sé cuántos libros y textos escribió Ricardo, pero lo que sí afirmo es que su obra es de una solidez y honradez admirables. Es más, él logra desaparecer sin desaparecer en las páginas de sus libros para ceder el espacio a ese pueblo que amó tanto, el mexicano. Me parece que uno de sus libros en donde esta característica es clara se titula Disparos, plata y celuloide (2023), que, fiel a su título, enlaza la historia del pueblo de México con el cine y la fotografía. ¿Qué es lo que imaginamos que ha ocurrido en el transcurso de una historia? Son el cine y la fotografía los que han fijado en nuestra mente las imágenes de los protagonistas de momentos medulares de la historia mexicana. Ricardo Pérez Montfort nos enseña que al entrar a una sala de cine no sólo veremos una película y pasaremos un buen rato, sino que el propio filme modelará la imaginación acerca de sucesos definitorios del destino de nuestra historia. ¡Qué libro tan importante es éste que comento! Ricardo es, en estas páginas, un observador de quienes observan y nos lleva de la mano en una visión de cómo el cine construye personajes, pasajes históricos, situaciones y los instala en nuestra memoria. Por ello, en el momento en que sucedió la terrible tragedia del incendio de la Cineteca Nacional en 1982 se quemó una parte del acervo memorioso colectivo de la Nación; así termina su libro.
Y en estos tiempos en los que las drogas tienen tanta presencia en la discusión pública, en su uso político, en los estragos que causan, es oportuna la lectura de Tolerancia y prohibición. Aproximaciones a la historia social y cultural de las drogas en México (2016). Lo primero que nos descubre Ricardo en estas páginas es que el asunto de las drogas viene de lejos en el país, no es nuevo. Escogió el periodo que va de 1840 a 1940 porque es en el que se proponen las reglas que dieron pie al establecimiento del código de salud y las prohibiciones. Un libro del que emana una inteligente visión de los antecedentes de lo que hoy ocurre.
El deceso de Ricardo Pérez Montfort me llenó de tristeza. Sobre todo, porque ya no podré disfrutar de su conversación, como tantas veces hicimos. El ritual de la cerveza queda interrumpido. Cuando me enteré de la infausta noticia aquel martes 10 de marzo del año en curso, también pensé en Vicky Novelo, en lo que nos indignaba a los tres cuando hablábamos de las infamias de nuestro tiempo y de nuestro medio, pero también de las risas que nos provocaban los ingenios infinitos del alma popular mexicana. Ricardo es alguien a quien se extraña, alguien de quien uno se pregunta qué pensaría de lo que ocurre hoy en el mundo, en esta nuestra América, donde se instala nuevamente el fascismo. Su vida se interrumpió en uno de sus momentos más creativos. Así es el destino.
Al terminar este breve texto, recuerdo las coplas que a la muerte de su padre escribió Jorge Manrique en 1476:
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
Y así es: nuestras vidas son como las aguas de los ríos que desembocan en el mar, dijo Manrique. A Ricardo lo recordaremos no sólo a la orilla del mar, sino en el resplandor de los nuevos amaneceres de la historia, en la noticia, en la fotografía de primera plana, en la sala de cine y en el disfrute permanente de las páginas que su talento nos prodiga.