Teresa Carbó
CIESAS Ciudad de México

Foto: Archivo familiar Ricardo Pérez Montfort.
Entré al CIS-INAH en octubre de 1979, convocada por Guillermo Bonfil Batalla. Llegué con él, a Victoria 75 (Centro de la Delegación Tlalpan), gracias al oportunísimo apoyo de Gabriela Coronado, quien acudió a mi casa para avisarme que me buscaban, mientras mi teléfono estaba cortado por falta de pago. Yo había conocido a Guillermo en diciembre de 1975, director del INAH él entonces.
Llegaba exiliada, poco antes del golpe cívico-militar en Argentina (24 de marzo de 1976), cuya materialización era previsible e inminente. Quería un empleo. Guillermo (como le llamábamos todos: con su nombre de pila a secas) me aconsejó que estudiara algo, que no buscara trabajo en el último año de un sexenio, cuando todo se cerraba y nada se abría. Me anticipó que estaba pensando con otros colegas antropólogos un programa interinstitucional e interdisciplinario sobre el impacto de la educación bilingüe y bicultural, al que me invitaba anticipadamente. Acordamos que, al concluir mis estudios, iría nuevamente a verlo.
Cursé pues el Doctorado en Lingüística Hispánica de El Colegio de México (1975-1978). Empecé todavía en la calle Guanajuato 125, colonia Roma. Fue esa una magnífica experiencia, intelectual e interpersonal: un puerto seguro, una adscripción institucional inmejorable, una biblioteca de inabarcable vastedad y estantería abierta. Deambulaba yo, incrédula, por ese laberinto de tesoros. Allí también hice algunos sólidos vínculos, como Irene Fonte Zarabozo, amiga querida de mi vida entera.
En el CIS-INAH, mientras “los magníficos” antropólogos críticos del poder unipartidista postrevolucionario afinaban el futuro Programa de Educación Indígena, coordinado por María Eugenia (“Nina”) Vargas Delgadillo, Ricardo y yo nos conocimos en un seminario de análisis de textos que Guillermo me encargó impartir a los colegas del Programa IV del Centro, Minorías Étnicas. Participaron Gloria Artís, Daniela Grollova, Lina Odena Güemes, Brígida von Mentz, Ricardo Pérez Montfort, Verena Radkau y Clara Elena Suárez.
La simpatía fue instantánea y recíproca. Ricardo fue no sólo el mejor estudiante, sino que se apasionó por el enfoque. Tomaba con seriedad conceptual y esmero analítico el valor de la lengua y los discursos en la conformación del sistema político prevaleciente, el llamado “milagro mexicano”. Quería saber con exactitud cómo descifrar la materia verbal que, en el nivel simbólico y con éxito notable, instituía y reproducía la legitimidad formal de un régimen de gobierno profundamente autoritario. Se perfilaba ya su vasta obra, esclarecedora de la construcción estatal de una retórica omnipresente y agobiante.
Su actitud me cautivó. También me halagó, dado el alto grado de narcisismo necesario para ser un docente exitoso, elocuente y bien querido. Un vínculo de afecto y de recíproco reconocimiento intelectual se fue creando. Ya no cesó ni se dañó, aunque un par de veces tuvimos, en privado, fuertes discusiones sobre distintas coyunturas del Centro. Discrepancias afables las hubo numerosas. También fui varias veces a cenar en la amplia, antigua casona familiar de Ana Paula de Teresa, su mujer de toda la vida.
Los años corrieron. Ricardo se instaló en Tepoztlán, con el grueso de su vastísima biblioteca y breves estadías en casa de Ana Paula. Yo, en Santo Tomás Ajusco, cerro arriba. Muchos asuntos atendimos por correo electrónico. Prioritario, el convenio internacional con un grupo de institutos alemanes de investigación y formación de postgrado, y otro análogo en México: el Colegio Internacional de Graduados (CIG). Junto con Jean François Prud’homme del Colmex, Ricardo fue crucial en el desarrollo apacible de ese convenio, bicultural al fin, con alto riesgo de malentendidos.
Fue entonces, creo, por mail y después en persona, que Ricardo empezó a llamarme “Teresinha”. No le pregunté por qué. Simplemente escuché y disfruté la suave forma sonora de mi nombre así reconvertido. Me retrotraía vívidamente a mi infancia y adolescencia en Córdoba.
En esa, nuestra ciudad natal, mi mejor amiga y compañera de la escuela (últimos años de primaria), era Marina Argota Lebeau. Su papá era amante del jazz y tenía en su casa una pared llena de discos de ese género. Era un joven hombre de “buena familia” (aquello era provincia y hace muchos años: los apellidos marcaban rangos y rasgos) que no había querido estudiar: un bohemio, un poeta, un excéntrico que trabajaba en un banco. Y lo detestaba, claro está.
Muchas tardes pasé en esa casa, jugando con Marinita y sus dos hermanos varones, menores que ella. Tirábamos dardos a un blanco en el revés de la puerta del cuarto y yo resulté buena tiradora. Tenía más tino y paciencia que mi explosiva amiga. Ella me presentó a los Beatles apenas empezaban. “Hay unos chicos en Inglaterra que ‘tenés’ que escuchar”, dijo una tarde. Ella, la consentida de su papá, era asimismo una melómana, de su tiempo y estilo. La mamá, también llamada Marina, no se atrevía a entrar al cuarto sin antes golpear sonoramente a la puerta para que cesaran los dardos. Avisaba a Mary que su papá había llegado y la requería.
Allá íbamos las dos. El papá, apodado “Bebe” (Argota), vestía una bata de cuadros escoceses, en rojo, negro y gris. Ya no llevaba el traje y la corbata del “disfraz” (como lo llamaba él) propio del banco. “Hola, Teresinha”, me saludaba. “¿Estás aquí con tu amiga? ¿Les has ganado a los dardos? ¿Han merendado todos bien?”. Era un hombre hosco y un padre afectuoso, detallista y atento.
Cuando aquí en México Ricardo empezó a llamarme Teresinha, lo dejé hacer, sin ni una sola pregunta. Era como si él hubiera sido testigo invisible de mi infancia, allá lejos y hace tiempo (como diría W.H. Hudson). O como si supiera que esa forma de nombrarme y la música eran una sola y misma cosa.
Durante los años de amistad y camaradería que tuvimos, intercambiamos algunos libros. Yo le di una edición de la poesía de Oliverio Girondo (1891-1967), el gran poeta argentino de la vanguardia bonaerense. Ricardo, a mí, un libro de poesía de su autoría: unas delicadas e ingeniosas décimas. Me deleitaron y, varias veces, en distintas pláticas, las comentamos, como género y como obra.
En Córdoba, el papá de mi amiga Marinita se libraba del tedio de su empleo escuchando con todo el volumen de un magnífico equipo reproductor algunas piezas de jazz que le pedía a su hija dilecta, mientras sonaban los hielos del primero de los dos whiskies que tomaría. Siempre dos. Nunca uno más; tampoco uno menos. Sólo para distenderse; no era un bebedor. Tranquilo, fumaba y hacía volutas.
La ciudad era entonces muy silenciosa. Además, había una estrecha proximidad aérea (también edilicia) entre el balcón de la casa de los Argota Lebeau y el patio trasero de casa de mis papás, de modo que se creaba entre las dos una especie de “canal sonoro”. Mi mamá, que gustaba mucho de la música, fingía molestia (en beneficio de mi papá, quien de todos modos se dormía presto y profundo) y decía: “Ya tenemos concierto esta noche”. Eso, cuando yo no estaba directamente allá, en la escena de los hechos.
Cuando sí estaba allí, iba con Mary a buscar el pedido. Dizzy Gillespie, recuerdo una vez. Aunque de pronto, se equivocaba. Al instante, su papá corregía: “No. Ese no. El que toca con Stan Getz” (For Musicians Only), que desde luego estaba también en ese acervo inmenso cuya extensión nunca supe calcular, porque, además, crecía. Era una casa vieja, con techos altos, y los LPs ocupaban una pared completa.
De ese modo fue que, a lo largo del tiempo, el “Teresinha” se entretejió con las décimas y la lírica popular mexicana, y con el jazz norteamericano, con el “Bebe” Argota y con Ricardo Pérez Montfort, en noches inolvidables que formaron mi gusto. Al día de hoy, cuando deseo y puedo descansar de los habituales trámites inacabables, de la vida académica e incluso de la dinámica familiar, me doy un rato de buen jazz. Poseo una pequeña y selecta colección (con rock asimismo) que disfruto escuchar una y otra vez. Así, en ese goce que con ellos aprendí, agradezco y celebro a mis mentores musicales.