Relatos de mi padre

Diego Alonso Pérez Sedano

 

Crédito de la foto: Archivo familiar Ricardo Pérez Montfort.

 

Mi padre, Ricardo Pérez Montfort, fue un reconocido historiador y un músico menos conocido de lo que merecía, a pesar de su talento para escribir estrofas, componer al vuelo y su célebre melomanía.

Mi historia con él se divide en dos partes: una infancia en la que apareció poco y un reencuentro durante los últimos años de la universidad. Como de mi infancia no conservo tantos recuerdos como quisiera, centraré este relato en el reencuentro.

Por razones que desconozco, nuestra relación se distanció durante un tiempo. Fue hasta la universidad que un día, caminando frente a la Facultad de Economía de la UNAM, rumbo al metro Copilco, me lo encontré. Cruzamos algunas palabras: él se enteró de que yo estudiaba en la Facultad de Economía y yo supe que él era profesor en la Facultad de Filosofía y Letras. Ambos llevábamos prisa y lo dejamos pasar. Ese día se me quedó grabado y muchas veces quise volver a encontrarlo para planear un encuentro más formal. Pasó el tiempo, quizá uno o dos años; recuerdo perfectamente el día en que decidí buscarlo.

Iba camino a casa y estaba resuelto a ponerme en contacto con él de una forma u otra. Imaginé que, como profesor de la UNAM, probablemente encontraría en línea algún correo para escribirle. De manera un tanto irresponsable, me puse a buscar en medio del tráfico hasta hallarlo en uno de sus perfiles como investigador. Decidí probar suerte y le mandé un mensaje para saber si algún día podríamos vernos e intercambiar teléfonos. Siendo honesto, no esperaba respuesta, no sabía si el portal estaba actualizado ni si ese era en realidad su correo; sin embargo, para mi sorpresa, al día siguiente me contestó.

Intercambiamos teléfonos y quedamos de desayunar en el restaurante La Pause, en la avenida Francisco Sosa, en Coyoacán. Hoy quisiera recordar con exactitud de qué hablamos en ese reencuentro, pero la emoción y los nervios de volver a ver a mi padre probablemente borraron ese recuerdo. Lo importante es que a partir de ahí nuestra relación se volvió más cercana y nuestros encuentros mucho más frecuentes; estos se repitieron más de una vez en ese mismo restaurante y solo después de varias ocasiones acordamos que yo fuera a su casa. Me contó que de vez en cuando organizaba reuniones los miércoles con amigos y colegas, en las que alguien cocinaba para los demás. Recuerdo bien que me invitó a una de ellas y, si no me falla la memoria, estuvimos con su esposa Ana Paula, Isaac García Venegas y Juan Salazar Rebolledo. Al principio no me sentía en total confianza, pues todos colaboraban en libros, artículos e investigaciones, lo que les daba muchos temas en común. Con el tiempo, sin embargo, me fui integrando y terminamos discutiendo sobre el movimiento estudiantil y otros temas revolucionarios hasta cerca de las cuatro de la mañana. Por supuesto, se abrió más de una botella de su tequila favorito y probablemente en nuestra discusión se dijo más de un sinsentido. Así se fue construyendo una relación cada vez más cercana.

Retomando el homenaje que mi padre merece en estas notas, hablaré de cómo fue a lo largo de nuestra convivencia. Durante nuestros encuentros, me contaba de sus viajes por todo el país, de sus continuas visitas a Alemania, donde trabajaba en sus libros sobre Lázaro Cárdenas, y de alguna que otra aventura que se había topado en el camino. Muchas de esas visitas venían acompañadas de libros y cuadros que me regalaba, pues era un lector ferviente: cada vez que llegaba al punto de encuentro, estaba leyendo un libro distinto.

Uno de mis recuerdos más presentes es nuestro viaje a Tlalpujahua, Michoacán, donde me llevó al sitio de la Tragedia de las Lamas, al museo de la mina Las Dos Estrellas y, finalmente, a la alfarería de un amigo suyo. La casa de Tlalpujahua estaba llena de exvotos que adornaban la planta baja, lo cual me resultó impresionante, dado lo agnóstico que era mi padre. Nunca llegué a comprender el motivo por el cual los tenía. Durante ese viaje nos contó de las fiestas que se habían celebrado en esa casa: reventones con mucha música y fandango, algo que caracterizaba a todas las fiestas que él propiciaba.

También recuerdo con mucha añoranza la casa de Tepoztlán, rodeada de vegetación y de árboles frutales que él mismo había plantado estratégicamente para hacer mermeladas de todo tipo, de las cuales, viene a mi memoria una rica mermelada de kumquat (naranja china). Olvidaba mencionar que una de sus aficiones era cocinar y cocinarle a la gente. Tenía su propio recetario y más de una vez nos confesó que experimentaba con alguna especia distinta a la que marcaba la receta o que hacía combinaciones entre platillos diferentes para crear nuevos sabores. En mi opinión, tenía buena sazón, aunque también me gusta pensar que, cuando lo visitábamos, ponía un esmero especial para sorprendernos con un buen plato.

Finalmente, quiero destacar que mi padre y yo no tuvimos una relación larga, pero todo el tiempo que logramos compartir fue de gran aprendizaje. Siempre había música, libros e incluso películas o series que recomendaba y otras que criticaba enérgicamente. Tuve discusiones muy buenas con él, con Ana Paula y con otros colegas, que en más de una ocasión nos llevaron a pasarnos de copas y terminar a altas horas de la noche.

En resumen, el recuerdo de mi padre es el de un hombre intelectual y apasionado: historiador, investigador y profesor, lector incansable y melómano, con talento para la composición y las estrofas. Además, era generoso y hospitalario, anfitrión de reuniones donde se cocinaba y se discutía, regalaba libros y cuadros, ofreciendo una cálida amistad para quien estuviera presente en su casa. Era un hombre festivo y fiestero, amante del fandango, la música y el tequila, y un viajero curioso, con “la incansable tarea de mirar lejos”, con amigos en todas partes del mundo por sus largos recorridos, tanto al interior como fuera del país. Pero, sobre todo, yo lo recuerdo como un gran conversador, nos contaba sobre sus experiencias pasadas y siempre tenía nuestra atención por lo bonito que hablaba.

Hoy extraño la alegría con la que nos recibía en su casa, los diferentes platillos que nos cocinó, las historias de fiestas y aventuras en las que participó a lo largo de su juventud y el cariño que nos mostraba cuando estábamos cerca de él. La relación con mi padre fue mucho más corta de la que hubiera deseado y quedaron pendientes muchas experiencias por vivir a su lado; sin embargo, fue profunda y lo recordaré siempre con un enorme cariño y con la alegría con la que se expresaba al verme, hasta en la última ocasión.

Sé que cada uno de los homenajes que le hacen es más que merecido, no solo por su carrera profesional, sino por la gran persona que era. Espero que en cada uno de ellos siempre le acompañe la fiesta mexicana y el fandango del que tanto disfrutaba.

Su partida me dolió, pero en el mismo año llegó a mi vida su nieto. Yo me aseguraré de que Alonso conozca la historia de su vida.