Ana Paula de Teresa
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa

Foto: Archivo familiar Ricardo Pérez Montfort
La partida de Ricardo Pérez Montfort deja un vacío hondo e insustituible en las aulas, los pasillos y los proyectos que abrazó con entusiasmo, no solo en el CIESAS, sino en la UNAM y en diversas instituciones académicas del país. Investigador riguroso, historiador apasionado de la cultura popular, la música, el cine y las expresiones cotidianas de México y América Latina, Ricardo supo tejer una trayectoria académica excepcional, donde la agudeza crítica convivía de manera natural con el gozo por la vida, la generosidad y la calidez hacia sus colegas y estudiantes.
En los últimos meses de su vida, Ricardo habitó un tiempo provisional de duración incierta. Con la cercanía del final surgió la sombra inevitable de la duda: resultaba imposible prever cuándo y cómo terminarían sus días. Aun así, mantuvo siempre la mirada orientada hacia el futuro. Lo atestiguan el seminario que coordinó con Brígida von Mentz en Tepoztlán, la pila de libros pendientes sobre su escritorio y las selecciones musicales que preparaba para que escucháramos juntos al caer la tarde. Cada instante a su lado fue una lección de entereza, esperanza y dignidad; encaró la enfermedad sin una sola queja, revelando una grandeza humana única e irremplazable. De forma súbita, el 10 de marzo a las 14:17 horas, en el pabellón de urgencias del Instituto Nacional de Nutrición, la ruptura de una arteria en la glotis provocó una hemorragia de la que ya no hubo retorno. Todavía alcancé a tocarlo con suavidad antes de salir a la sala de espera; él me despidió con un ademán sereno y una sonrisa luminosa.
Para honrar su memoria, el pasado 18 de abril nos dimos cita familiares, colegas y amigos íntimos en nuestra casa de Tepoztlán, con el propósito de sembrar sus cenizas en el jardín que tanto amó. En aquel encuentro entrañable –en una fecha que originalmente estaba anotada en su agenda para una sesión de seminario–, leí el texto titulado “Rutas, abrazos y destellos”, que comparto a continuación. Más que una despedida formal, estas palabras dan testimonio del hombre detrás del investigador: el cómplice de andares y proyectos, el conversador incansable, el apasionado de la música, los fogones y la poesía; el compañero entrañable que habitó su tiempo con extraordinario compromiso y vitalidad. En estas líneas se resguarda el destello de una existencia plena que seguirá latiendo en la memoria de quienes compartimos su camino.
Rutas, abrazos y destellos
Ricardo:
Sin ti, mi corazón ha dejado de latir. La vida fluye y me arrastra a ningún lugar porque tú eras mi casa.
Queda este rincón en el que sembraremos tus cenizas para que siga floreciendo el exuberante jardín que fue tu vida. Aquí depositamos tu amor y tu rebeldía. En este refugio permanecen tus libros, las fichas manuscritas, la música, el cine, el canto y la poesía; los programas de radio y el taller de orfebrería donde modelaste los resquicios de tu alma en primorosas vitrinas, armadas con esmero y cubiertas por un velo de melancolía. Resguardamos también el pequeño huerto en el que comenzamos a plantar hortalizas, además de los rollos de película, los guiones y esos documentales donde atrapaste el tiempo y lo transformaste en un destello que aún nos guía.
También nos quedan los hijos que nunca tuvimos, pero que siempre compartimos: Benilde, Marcos, Diego, Isaac y nuestra querida ahijada Lidia. Ellos nos dieron el regalo de los nietos, esos gnomos entrañables que nos colmaron de alegría: Sebastián con sus asombrosas ocurrencias; Ana, entregada a su amor por la música, el teatro y el piano; Luisa, ágil y graciosa, arrebujada en el calor de tu panza cuando no podía dormir; Bruno, observador atento y rastreador incansable del microcosmos que habita tu campo. Quedan por nacer las dos criaturas que hoy crecen en el seno de Matilde y Samantha; esas almitas que absorberán el rastro de tu existencia y llevarán tu bandera de gozo hacia el porvenir.
Ricardo, mi amor: nos dejas una vida plena, colmada de cariño y de tu ácido sentido del humor; una vida de extraordinaria disciplina, de trabajo tenaz y de dicha. Atesoro aquel cálido homenaje, “La incansable tarea de mirar lejos…”, que te organizó Carlos Martínez Assad en el Centro Veracruzano hace apenas un año, donde el afecto de tantos amigos y colegas confirmó la huella de tu paso. Nos queda también un sinfín de pachangas inolvidables, salpicadas de whisky, tequila y cerveza; de sones, cantos, guasas, albures y baile. Imposible no recordar tu furor por los fogones: esos platillos exóticos que orquestabas con la ayuda de Juanita, el aroma de tus mermeladas de fruta y el ritual de las galletas de Navidad que siempre endulzaban nuestras celebraciones.
Solo puedo agradecer todos los años –veintinueve– que transitamos juntos: los cálidos abrazos, las noches sin luna con sus destellos amorosos, así como la suave y feliz cadencia de nuestra vida compartida, que iniciaba cada día con un beso y el aroma del café. Pero también exploro las rutas cruzadas dentro y fuera de este territorio; los viajes proyectados a la Toscana con Rafael y Danielle; otros menos lejanos, con Isaac, Juanito, Eugenia y Álvaro; y esa tan codiciada travesía por la Ruta Maya que pronto habríamos de emprender con Alicia y Gilberto.
Con especial emoción guardo los asiduos fines de semana en el pueblo de Tlalpujahua y nuestras visitas a la mina Las Dos Estrellas, evocando la leyenda del ingeniero François Fournier, aquel buscador de fortunas que transformó una piedra en un imperio para terminar comprando, en 1912, la isla de Porquerolles en la Provenza Francesa. Siguiendo el rastro de ese hombre de “incontables aventuras”, viajamos juntos al archipiélago de Hyères. Entre los ecos de la mina michoacana y el murmullo de los viñedos provenzales queda la huella de quien, como tú, supo plantar árboles de las más diversas latitudes y habitar un nicho que permanece custodiado por remembranzas que callan y ocultan la soledad, el tiempo y el lenguaje de la ausencia.
Todavía anhelo aquel viaje a Costa Rica en el que, después de recorrer los caminos de San José, pernoctamos en una antigua finca cafetalera convertida en hotel de lujo. Allí –¿te acuerdas, Ruqui?– disfrutamos de un jacuzzi con burbujas que anegaron la habitación, provocando nuestra risa y la plenitud inmensa de estar juntos, contemplando el atardecer multicolor de un momento preciso.
Te quiero y te quise con fervor inconfesable.
Hoy toca llorar tu ausencia. Despedirte en este rincón que labraron tus manos con fuerza, amor y anhelo de futuro; con el cariño inacabable que nos brindaste a los que compartimos la vida contigo en compañía de Rafa y Juanita, quienes con su cuidado fueron dos pilares que ayudaron a sostener tu vida estos dos últimos años.
Sigue tu propio resplandor, Ricardo.
Nunca te olvidaremos. Siempre, hasta que mi andar se agote, te llevaré conmigo; anclado en este triste corazón que sufre de infinita soledad con tu partida.
En el fuego,
tu rebeldía;
en el humo,
tu libertad;
en esta tierra,
tu semilla;
en mi corazón, tu hogar.
Ana Paula de Teresa
Tepoztlán, sábado 18 de abril de 2026