Ilianna Elizabeth Bautista Reyes[1]
Centro de Investigación del Movimiento CIM-CX
Palabras clave: ritualidad, Ayotuxtla, el costumbre, maíz, cosmovisión indígena.
Hablar del maíz para los pueblos indígenas de México implica hablar sobre una forma particular de comprender la existencia. Más que un alimento, el maíz constituye una relación viva entre los seres humanos, la tierra y las fuerzas que sostienen el universo. Su presencia atraviesa las prácticas agrícolas, la organización comunitaria y los sistemas rituales que han permitido, generación tras generación, renovar un pacto de reciprocidad con la naturaleza.
En Ayotuxtla, comunidad otomí ubicada en el municipio de Texcatepec, Veracruz, la fiesta del elote o “el costumbre” se convierte en un territorio ritual donde se reúnen para agradecer las cosechas del maíz y renovar su relación con la semilla como una manera de honrar esta relación ancestral.
Nota: Todas las fotografía de este ensayo son de Ilianna Bautista Reyes. Tomadas en Ayotuxtla, Texcatepec, Veracruz, el 21 de septiembre de 2022.
Un curandero o curandera invita a curanderos, músicos, familias y gente de comunidades cercanas a ofrendar, rezar, danzar y tocar sones dedicados a los dioses que habitan su universo espiritual, pero principalmente al espíritu del maíz, para agradecer todo lo recibido, al tiempo que piden protección para las personas, los animales, el agua y la continuidad de la vida.
Sin embargo, la noche ritual comienza mucho antes de que se enciendan las velas y el humo del copal se expanda. Días antes, el curandero, su familia y las personas de la comunidad que lo acompañan, se preparan para convertir el hogar en un territorio sagrado dispuesto a recibir la semilla. Se internan en la milpa para cortar las hojas y los elotes que formarán parte del altar, recolectan flores de cempasúchil para elaborar collares y adornos, realizan los cortes de papel que representarán a los dioses de la naturaleza y preparan los alimentos que serán parte de la ofrenda.
La milpa abandona temporalmente el campo y entra en la casa. Las hojas verdes se levantan desde el suelo y construyen un pequeño paisaje alrededor del altar. Las canastas se llenan de ofrendas: pan, fruta, refrescos, ceras, flores, alimentos, aguardiente y aquello que cada familia ofrece desde la fe. 
En este universo ritual, la dualidad se hace presente en múltiples formas. Los santos del panteón católico comparten el espacio con la semilla, el agua, la tierra, el fuego y otras fuerzas que habitan la naturaleza. Lo católico y lo indígena no aparecen como dos mundos separados; las fronteras entre ambos sistemas de creencias se vuelven delgadas y permiten que distintas presencias dialoguen entre sí, convirtiendo el altar en una representación del universo entero, donde todo encuentra un lugar.
No obstante, lo que ocurre allí desborda cualquier descripción festiva. “El costumbre” despliega una cosmovisión en movimiento donde las relaciones entre la comunidad, la naturaleza y las fuerzas espirituales se activan constantemente a través de las ofrendas, la
música, las oraciones y los cuerpos reunidos alrededor del altar.
Niños, jóvenes, hombres, mujeres, ancianos y curanderos se incorporan de forma gradual a una misma dinámica ritual. Comienzan a orar y a danzar, avanzan y retroceden suavemente, mientras que, con copales en mano, conducen el humo hacia el altar en un gesto repetido una y otra vez.
Las oraciones de los curanderos frente al altar se convierten en una sola voz, en un canto envolvente que parece expandirse por debajo de la piel de quienes están presentes. Las campanas suenan y acompañan el movimiento, marcando el ritmo de los pasos que sacuden la tierra. El polvo se levanta y, al encontrarse con el humo del copal, forma una neblina espesa que envuelve el espacio. Los músicos sostienen el encuentro, con el rasgueo de la jarana y el toque del violín saben exactamente qué deben tocarle a la semilla.
Conforme avanza la noche, los cuerpos comienzan a desdibujarse a través del humo. Las llamas de las velas iluminan fragmentos de rostros, manos y hojas de maíz que parecen emerger desde la penumbra, el olor del copal impregna la ropa, el cabello y la respiración. Las hojas de maíz se inclinan alrededor de los altares y la música de los sones se prolonga hasta convertirse en un pulso continuo que sostiene el tiempo. La escena adquiere una cualidad onírica.

El altar se despliega en toda su amplitud, se mira colorido, abundante, alimentándose de la fe y los cuidados de quienes se entregan a él, convirtiéndose en algo vivo que respira junto con la comunidad. Una curandera prepara el copal. De espaldas, rodeada por otras personas que apenas se distinguen entre el humo, sus manos continúan una labor repetida. Revela una parte fundamental: la de los cuidados silenciosos que permiten que la noche ritual exista.
Antes de que el humo envuelva la noche, alguien tuvo que prepararlo. Antes de que las oraciones comenzaran, alguien dispuso el altar. Antes de que la comunidad se reuniera, muchas manos ya estaban trabajando.
La fiesta del elote mantiene vivos los saberes heredados. Lo aprendido de los antepasados no permanece en el recuerdo: se respira, se danza, se ora y se manifiesta en cada gesto de la celebración.
De pronto, la noche se convierte en un lugar donde la tierra, los dioses y la comunidad vuelven a encontrarse. La intimidad no desaparece a pesar de la multitud; al contrario, crece.
Se prepara la ofrenda para “el de abajo”, una presencia importante dentro de la cosmovisión indígena, que también se reconoce, alimenta y respeta porque forma parte de las fuerzas necesarias para mantener el equilibrio del mundo.
Sobre una lona extendida en la tierra se depositan aguardiente, cerveza, refrescos, cigarros y cortes de papel que materializan su espíritu. Una gallina negra es sacrificada y su sangre salpica el suelo, alimentando aquello que no permanece visible, pero que está presente. Quienes participan alrededor del fuego inclinan la mirada hacia abajo y desde ahí la ofrenda ardiendo lentamente los ilumina.
Los curanderos forman un círculo, sus oraciones se vuelven más fuertes, más profundas y comienzan a repetirse hasta adquirir una cadencia hipnótica. Sus cuerpos bailan y se agitan de un lado a otro, sus pies golpean la tierra con firmeza mientras los brazos atraviesan el espacio, obedeciendo a una fuerza que parece nacer desde el interior del cuerpo y expandirse hacia afuera. Las voces se unen en una sola vibración. Las campanas y la música acompañan cada movimiento. Todo ocurre de forma simultánea: el fuego crece, las oraciones se elevan, los cuerpos de los curanderos giran y se aceleran, y la comunidad observa en silencio.
El tiempo parece sostenerse y la repetición de los movimientos construye una sensación envolvente y cíclica, como si la noche entera respirara al mismo ritmo que los curanderos; sin embargo, nadie permanece ajeno, todos forman parte de una misma energía compartida que circula entre los cuerpos, la tierra y el fuego.
Es en la repetición e intensidad de la danza, la elevación de las oraciones, el pulso ininterrumpido de la música y las campanas y la fe con la que los curanderos se manifiestan pidiendo frente al altar, donde algo comienza a transformarse.
Poco a poco, algunos curanderos parecen abandonar los límites ordinarios de su corporalidad. Sus movimientos cambian, la respiración se modifica y la presencia que sostienen deja de pertenecer únicamente a ellos. Entonces, la semilla comienza a manifestarse.
El curandero entra en trance y su cuerpo se inclina, cambia el peso, tiembla y es sostenido por otros miembros de la comunidad. El cuerpo del curandero se convierte en un puente y cuando él se ausenta, los demás lo sostienen. Un brazo aparece detrás de él, unas manos soportan sus manos y acompañan sus pasos. La experiencia ritual nunca es una tarea individual, el trance también es una responsabilidad compartida.
En Ayotuxtla dicen que la semilla aparece. La semilla puede manifestarse en el cuerpo, en la palabra, en la danza o incluso materializarse en granos de maíz. Esto que ocurre pertenece al orden de la reciprocidad: la comunidad entra en contacto con aquello que la alimenta, la protege y le da continuidad a la vida.
Porque aquí el maíz no es sólo un alimento de la tierra. La semilla es un dios, una memoria y un vínculo vivo. Los humanos la cuidan y, a cambio, ella nos cuida. La fiesta del elote no consiste únicamente en pedir; consiste en corresponder. Y quizá por eso, cuando la noche termina, algo permanece suspendido en el aire: el humo, la música y la certeza de que la vida sólo es posible porque existe una relación continua entre los cuerpos, la tierra y la semilla.
-
Correo electrónico: ilianbta@gmail.com ↑