El vaivén del cuerpo: entre la zona gris y el sueño

María del Carmen Aguirre Serrano[1]
Escuela Nacional de Antropología e Historia

Resumen

Este artículo tiene como objetivo analizar la experiencia del cuerpo en el espacio hospitalario denominado zona gris, como lugar de producción de sentido, y su relación con el sueño quirúrgico, a partir de un acercamiento autoetnográfico. Utilizando el modelo del drama social de Victor Turner, daré cuenta de los estados del cuerpo en los momentos pre, inter y post operatorio.

Palabras clave: autoetnografía, drama social, enfermedad, zona gris, experiencia.

Introducción

La búsqueda del ser humano por entender el porqué de los fenómenos culturales me hace pensar que sólo teorizando encontraremos respuestas, éstas han estado siempre ahí. Son esas explicaciones que vienen desde dentro del ser humano que vive la experiencia, quien siente y padece en el proceso salud-enfermedad, quien se duele y se siente desplazado, en ocasiones sustituido en su rol social.

Así se generó esta narración, desde la experiencia personal, como una vivencia que me planteaba dudas, de la que no podía encontrar explicación a tantos momentos en donde parecía haber perdido el sentido de la vida, hasta que todo encontró su lugar en el mundo.

El “yo” como instrumento

“La autoetnografía es un enfoque de investigación y escritura que busca describir y analizar sistemáticamente (grafía) la experiencia personal (auto) para comprender la experiencia cultural (etno)” (Ellis, 2004; Holman-Jones, 2005). La autoetnografía como método de investigación permite al investigador compartir su visión del mundo social mediante la experiencia personal, trasladando ésta a una experiencia cultural a través de la narrativa, con el objetivo de captar un fenómeno desde lo cotidiano.

Este enfoque destaca formas particulares de acercarse, de conocer, quizá no incluidas en textos rigurosamente científicos, constituyendo una investigación crítica que cuestiona supuestos preestablecidos para explicar los fenómenos sociales, compartiendo perspectivas desconocidas, diferentes, que nos llevan a la interpretación de lo ya significado, lo ya escrito. Estableciendo diferencias en la comprensión de la realidad, de la cotidianidad, su carácter incluso anecdótico muestra ángulos que pueden no estar contemplados en otros métodos de investigación.

El “estar ahí” ofrece una perspectiva de un fenómeno social, aproximándose desde el cuerpo que siente y no sólo observa. En la voz de quien padece, de quien ve trastocada su realidad por un evento que altera el funcionamiento del organismo y lo conduce a un estado de malestar, de desequilibrio. Afectando también su entorno como resultado de la interacción de factores diversos, como la inestabilidad emocional, económica y social derivada del proceso de salud-enfermedad, en el que paulatinamente se ve transformada la vida cotidiana en una nueva dinámica social, a veces transitoria, otras definitiva, al no poder recuperar la salud.

El tiempo se acercaba

La experiencia presentada a continuación tuvo origen con el padecimiento denominado miomatosis uterina y las interacciones que se llevaron a cabo para transitar por este proceso de salud-enfermedad. Este padecimiento me llevó a la pérdida de la salud, iniciando así las cuatro fases planteadas por Victor Turner como constituyentes de lo que denominó “drama social”. Para este autor, el drama social intenta ver las inarmonías, pero más aún “los puntos de estabilidad en un espacio de inestabilidad” (Mier, 1993: 22). Para entender esta acepción es necesario mirar cada una de estas fases en su relación con el proceso de salud-enfermedad que presento.

Una primera fase: la pérdida del rol social, viendo transformadas mis actividades al convertirme en paciente de cortas estancias hospitalarias. Éste fue el disparador que rompió con la estructura establecida, la señal para iniciar el proceso del drama social.

Una segunda fase, en la que se desencadenó la agudización de signos y síntomas, que condujeron a acciones específicas que pusieron en crisis el desarrollo de la vida cotidiana como madre y jefa de familia. Al punto de quiebre le sobreviene una crisis creciente, suspendiendo el estado normal de las cosas.

Una tercera fase, en la que se buscaba la reparación de las condiciones de salud, encaminada a soluciones definitivas; siendo también un momento liminal en donde la neutralidad es imposible y el cuerpo se ve amenazado por el colapso. Dando paso a la cuarta fase, que me reintegraría a los roles sociales y a un estado de salud.

Si bien éste es el marco teórico que sustenta esta autoetnografía, cabe aclarar algunos términos que emplearé como “la zona o área gris” en un hospital, refiriéndome a la zona intermedia entre el área negra (menos estéril), correspondiente de las áreas administrativas hasta las de hospitalización; y el área blanca (más estéril), donde se ubica el quirófano. Por lo que la zona gris es un área de tránsito, dividida en una entrada y una salida del quirófano, conocida como sala de recuperación postoperatoria y toda ella un área restringida. La zona gris es de suyo un lugar difícil de describir, poco clara y sujeta a definiciones técnicas específicas.

Camino al umbral

La experiencia sucedió en la Ciudad de México, en el Centro Médico La Raza del Instituto Mexicano del Seguro Social, el día 7 de agosto de 2009. Antecedentes: miomatosis uterina de 2 años de evolución, anemia moderada como consecuencia de hemorragias recurrentes derivadas del padecimiento. Ello mantenía en un tiempo de espera la decisión de una cirugía, que ya para ese momento era el último y único recurso viable para recuperar la salud. He aquí la primera fase del drama social: la ruptura. Otras condiciones previas por considerar para la cirugía eran: cardiopatía, dos cesáreas antes de término por preclamsia, tromboembolia pulmonar derivada de preclamsia con estancia en unidad de cuidados intensivos.

En un segundo paso se determinó que se tenía que implementar un protocolo para elevar los niveles de hemoglobina, ya que esta condición me hacía paciente de estancias ambulatorias recurrentes. Se establece el plan: en cuanto alcanzara 8 g/dL (gramos por decilitro) de hemoglobina (los valores normales en mujeres varían entre 12.1 a 15.1 g/dL), se programaría como cirugía de emergencia para evitar cualquier complicación.

Tal cual sucedió, mis hijos de 5 y 7 años quedaron al cuidado de mis padres, con lo que ellos quedarían ocupados y significaba una estancia hospitalaria sola. La experiencia había sido descrita por los médicos como sencilla: tres días de ingreso en el hospital, una cirugía si acaso un poco más dolorosa que una cesárea y la certeza total del inicio de un proceso de recuperación de la salud.

Nada estaba más lejano de eso. Ingresé al hospital muy temprano por la mañana y a las 15:00 horas entré al quirófano. Ahí fue cuando tuve consciencia por primera vez de la zona gris, pero todo fue muy rápido, todos tenían prisa, era el cambio de turno. Desafortunadamente, hasta la ginecóloga que me operó, la misma que había sido mi médico tratante por 2 largos años, en los que había cuidado mi tratamiento médico y hasta mi salud emocional, la que espero con paciencia a que mi hemoglobina subiera, ese día también tuvo prisa. Al terminar la cirugía, ella tenía sospechas de una hemorragia, lo comentó con el doctor que la asistió, pero apresuradamente cerró la herida y me mandó a recuperación.

En ese momento se constituyó la segunda fase del drama social, en tanto representó la expansión del daño o la crisis. Ésta, apunta Turner, “es siempre uno de esos puntos decisivos o un momento de peligro y suspenso en el que se revela el verdadero estado de las cosas” (Turner, 1974: 15). Que a su vez llevó a la fase más dramática: la recuperación o, en palabras de este autor, la reparación.

La liminalidad del dolor

Todo lo que sucedió después fue el postoperatorio más difícil de creer, imposible de imaginar para cualquier paciente. Un dolor indescriptible; lloraba, gritaba y todos me regañaban y preguntaban si no había sido advertida de lo doloroso de la cirugía. Yo les decía que “era un dolor de muerte”, mucho más de lo que había soportado antes. El dolor “contamina la totalidad de la relación con el mundo, pues éste rompe las amarras que ataban al individuo a sus actividades familiares, hace difícil su relación con los más próximos, elimina o disminuye en el hombre el placer de vivir” (Le Breton, 1999: 27).

Después, miré la sonda postoperatoria que me habían colocado y era evidente que había restos de sangre; sin embargo, no había ninguna reacción por parte del personal médico ni de enfermería. El dolor era tan intenso que mi frecuencia cardiaca había aumentado de forma considerable, sudaba profusamente por las palmas de las manos, el sudor salía incluso como gotas de rocío. La taquicardia se presentaba por lapsos cada vez más largos y sostenidos, en cifras muy altas, y presentaba taquipnea e hipertensión arterial. Habían transcurrido en ese momento 20 horas de haber salido del quirófano. En la desesperación del médico que recibió el turno, llamó de nuevo al médico internista y éste, a su vez, al cardiólogo, y comenzaron otra vez el interrogatorio. Referí que después de mi primera cesárea, estando en terapia intensiva, había presentado una situación similar, excepto por el dolor agudo, y que la solución había sido una transfusión sanguínea, con lo que mi organismo se había estabilizado. Después de dos horas de dilucidar sobre el tema, decidieron que iban a transfundirme. Para corroborar mi tipo de sangre, hicieron exámenes de laboratorio para iniciar el procedimiento. Al ver los resultados, se dieron cuenta de que sólo tenía 3 g/dL de hemoglobina. La decisión: una reintervención para “buscar” si había una hemorragia interna.

Cuando escuché el nivel de hemoglobina, tuve la certeza de la muerte y empecé a pedir que me prestaran un teléfono para llamar a mis hijos. Siendo pequeños, pronto se olvidarían de mí, les decía. La ginecóloga que me había operado, ahí presente, lloraba y me pedía perdón. Nadie atendía a mi suplica de permitirme escuchar a mis hijos, hablarles. Yo seguía gritando de dolor, cada vez más débil, muy asustada. Me notificaron que me intervendrían el director del hospital y el director de la unidad de terapia intensiva, y que a la brevedad me trasladarían al quirófano.

El dolor agudo es una señal del cuerpo, un signo de alerta de daño, repentino y contundente, que lleva al cuerpo a un desequilibrio físico y mental y desencadena conductas de protección y reparación. Es un dolor que impide razonar, que te pone en ningún lugar, en el que pierdes el sentido de la vida, de la realidad. El cuerpo sufre, va y viene de la sobrevivencia al abandono, llega a perder la fuerza y la esperanza, en un estado de suspenso.

El trayecto hacia el quirófano fue a toda velocidad, todos me decían que iba a estar bien. Yo sólo lloraba, suplicaba que alguien me permitiera hablar con mis hijos. Algunos acariciaban mi cabeza, otros decían que cuando saliera del quirófano, otros sólo sonreían amables. Llegué a la zona gris: los camilleros que me trasladaron al quirófano abrieron una puerta de dos hojas y entonces ese espacio liminal empezó a ser. Por esa puerta sólo entró la camilla; ellos la empujaron, no entraron, nadie estaba ahí para recibirme. Pusieron el expediente entre mis piernas y cerraron. Al otro extremo de ese espacio había otra puerta, igual de dos hojas. Era un pasillo pintado de blanco, iluminado por una lámpara de neón, clásica de los hospitales, quizá medía 2 x 2 metros. Un lugar frío, que de pronto parecía olvidado, en el que uno quedaba en la nada, indefenso y sin salida.

Yo seguía llorando, gritaba, suplicaba, hasta que me percaté del silencio y comencé a pensar si era yo quien ya no escuchaba. Creí que incluso ya no sentía dolor. Pensé en bajarme de la camilla y correr a mi casa. Los pensamientos en ese momento me absorbían los sentidos, iban a los escenarios más imaginativos e imposibles; la realidad era que ya no tenía fuerza ni para levantar una mano. Para Turner, los espacios liminales están definidos por su carácter transitorio y su posición intermedia entre un estado y el otro. En ellos están suspendidas jerarquías, normas y roles sociales, y ahí se pone en riesgo la salida o no de un estado del drama social al otro.

No escuchaba nada, sólo lloraba. De pronto miré al frente y lo único que había en ese espacio de paredes blancas y absoluto silencio era una imagen religiosa. No sabré nunca cuánto tiempo estuve ahí, no sé qué imagen era, nunca he podido recordarlo, pero en ese instante lo único que me quedaba por hacer era tener fe. En qué, en quién; quizá en el amor de madre que habría de levantarme de la muerte para correr hacia mis hijos. Volví a tener la sospecha, la conciencia, la certeza de la muerte.

Estaba ahí, en ese lugar, que podía ser el último donde yo existiera, donde no era nadie, donde era casi nada. Me encontraba en un espacio intermedio, incierto, un lugar donde no sabía si ese cuerpo doliente, el mío, aún existía. Un cuerpo expuesto a un sufrimiento indecible, un cuerpo solo. Entonces dije mi nombre completo, creí que sería la última vez que lo escucharía, pero ya no me decía nada, ya me sentía nada.

De pronto se abrió la otra puerta, llegaron dos mujeres con traje de quirófano azul, gorro, cubrebocas. Confirmaron que era yo y, de igual modo, sólo estiraron sus manos. No traspasaron esa puerta; al cruzarla estaba el quirófano. Ellas salieron por un momento del lugar. Escuché una voz masculina hablando a mi oído: “Te vas a morir”, dijo, “No consiguen tu sangre y me van a cargar el muertito a mí, soy el anestesiólogo”. Apenas pude voltear a mirarlo cuando de pronto entraron muchas personas, personal médico, todos hacía cosas a gran velocidad, revisaban los sueros, los monitores, llevaban charolas con plasma, con sangre. Se oían voces dar instrucciones entre ese “rápido, rápido” que me daba horror escuchar.

Sentí mucho miedo, soledad. Se acercó el cirujano y me dijo: “Ya nos conocemos, pero ahorita estoy disfrazado”. Después vi al anestesiólogo, que no había abandonado su posición junto a mí, como ave de mal agüero. Lo rocé levemente con mis dedos y él se agachó para escucharme. Le pude decir: “Avíseme, no quiero pensar que me estoy muriendo”. No olvido su mirada. Casi de inmediato se acercó de nuevo a mi oído y dijo: “Ya te vas a dormir”; le respondí: “Voy a despertar, mis niños están en casa”. Me apretó la mano y dormí.

Dormí el sueño de la anestesia, ese que me puso en un estado de consciencia reversible, estado inducido en el que, por cierto, el 20% de los pacientes bajo anestesia general recuerdan haber tenido sueños y éstos hacen referencia a los minutos previos. Dormí ese sueño que, para mí, también pudo ser el de la muerte.

Restitución

El informe médico: hemorragia interna. Habían sido cortadas dos arterias del estómago, lo que había originado la formación de un hematoma que se localizaba en el espacio que había dejado el útero; el cual, por su volumen, se había adherido a la vejiga y empezaba a absorberla. El hematoma se retiró, a la vejiga habían tenido que “rasparla” para retirar la sangre pegada a ella. Al estar constituida por capas, quedó latente el riesgo de haber sido perforada, por lo que se decidió colocar una sonda permanente, como un recurso probablemente definitivo.

Esta experiencia puedo percibirla como una marca de tiempo, un antes y un después, un adentro y un afuera, un vaivén del cuerpo y del sentido de mi ser corpóreo en el mundo. La zona gris constituyó un momento de crisis que demuestra que las fases del drama social no son lineales ni consecutivas, sino que pueden superponerse o repetirse si es que la crisis no ha sido resuelta; por lo tanto, el cuerpo y sus procesos de salud-enfermedad, en este caso, establecen los derroteros del drama social de un cuerpo viviente, doliente y sintiente.

Pasé aún 17 días hospitalizada, con una sonda para orinar que estuvo por 3 meses instalada en mi cuerpo y una de drenaje abdominal en donde circulaba algún resto de la cirugía, y que me fue retirada antes de salir del hospital.

Por fin, llegué al cuarto estado descrito por Turner, en el que me fue posible paulatinamente reintegrarme a mi rol social, feliz al lado de mis hijos. La enfermedad llega a invadir la vida, no sólo la del enfermo, también la de nuestra red de apoyo y de las personas que dependen de nosotros. En conjunto se vive este proceso dramático en el que nos vemos vinculados a un sistema de salud tradicional o hegemónico, en el que se llevan a cabo procesos curativos para reintegrarnos al lugar social que ocupábamos antes de comenzar el tránsito por el proceso de salud-enfermedad. En este camino se ven representados los procesos culturales que resignifican lo vivido, los momentos liminales que me colocaron en un lugar de no ser, no estar y tampoco saber si volvería a pertenecer.

Las otras miradas

Esta experiencia involucró a quienes esperaban afuera del quirófano. Mis padres recibieron una llamada inesperada en la que les anunciaron que algo se había complicado y tenían que volver a ingresarme a quirófano, apenas poco más de 24 horas después de haber salido. Mi padre guardó silencio y se refugió en la oración, mi madre llamó a mi hermano mayor y le pidió consejo y consuelo. Mi hermano tomó el control y, llenos de incertidumbre, acudieron al llamado. Pasaron horas de angustia y desesperación por la falta de información, no les habían explicado el porqué de la decisión de una nueva cirugía.

Mis hijos estaban asustados, preguntaban si ya iba a salir del hospital, para irme con ellos a casa. El mayor, de 7 años, era el que entendía un poco más lo que pasaba, escuchaba y hacía preguntas desde su mundo, desde su mirada e incertidumbre. Tal como describen lo que significó esta experiencia en sus vidas:

A los 7, yo tenía muy poco conocimiento de qué era la vida, las enfermedades y el riesgo físico de los procedimientos médicos de cualquier tipo. Puedo recordar únicamente la expresión de “tu mamá se va a morir”, sin conocimiento real de la condición médica, ni cuál sería el destino próximo por afrontar en caso de suceder. El proceso posterior a la cirugía, así como los cuidados específicos requeridos, fueron una confrontación a una realidad desconocida en relación con mi edad. Puedo recordar a mi mamá conectada a una sonda por donde además de orina a veces salía sangre, sin entender por qué salía cualquier cosa de su cuerpo.

He tenido oportunidad de acompañar en procesos médicos a mis papás, tíos y abuelos en diferentes momentos de la vida y he tenido también la oportunidad de aprender respecto a diversos cuidados específicos con los diferentes padecimientos que personas cercanas a mí han desarrollado en el transcurso de su vida. He podido observar diferentes formas de padecer la enfermedad o recuperación posterior a una cirugía, he podido observar el sufrimiento tanto en la enfermedad como en el acompañamiento entendido en un cuerpo ajeno. Así como también en quien lo padece y decide sufrirlo o transitarlo.

Actualmente, a mis 30 años, puedo entender el dolor como una parte necesaria y casi fundamental, para entender que el desarrollo del cuerpo no siempre surge del amor y la tranquilidad, sino que también puede replantearse a través de la incomodidad y la incertidumbre. (Leonardo)

Por su parte, Alejandro recuerda:

Mi recuerdo como niño es muy vago y muchos años después pude entender lo que representó esa experiencia para mi mamá. Como niño, resulta complejo entender la experiencia del dolor, basta con decir “me duele aquí” o “me pica acá” para que los padres asuman la responsabilidad de llevar al médico a su hijo para entender la causa del dolor. Los pocos recuerdos que tengo están basados en las imágenes borrosas de mi madre con una sonda. Yo sólo podía entender que era una sonda para que ella pudiera orinar, pero nunca imaginé el trasfondo del porqué ese objeto estaba adherido al cuerpo de mamá. Me preguntaba si el dolor se quedaba en el cuerpo o se extendía a ese objeto extraño o si, como era evidente, el objeto generaba algún dolor en el cuerpo de mi madre.

Con el paso del tiempo y al experimentar otros procesos de salud-enfermedad de mi mamá, pude darme cuenta de que, si bien el dolor puede hacerte sentir solo, también invade el ámbito interpersonal de quien experimenta dichos procesos. La sensación de soledad se extiende como un dolor sordo que coarta la expresión de las emociones que se esperan de una madre hacia un hijo, en este caso, las que envuelven la noción de cuidado.

Con el tiempo he podido entender que experiencias como la de mamá marcan la vida de una persona y que el dolor, así como la enfermedad, no sólo recaen en quien la padece, sino que está dotada de una fuerte carga social y cultural que da cuenta de la manera en que estas experiencias se significan a nivel colectivo y que, por tanto, nos hacen tener una idea compartida sobre el dolor.

En el testimonio de mi mamá comenzaron a aparecer rostros, voces, diagnósticos y procesos que sólo se podrían entender con un lente social sobre el padecer dolor y el ser intervenido quirúrgicamente en un contexto tan particular como el de los hospitales mexicanos. En el caso narrado por mamá, la negligencia médica y una serie de malas decisiones propiciaron una experiencia de dolor que se inscribió en lo más profundo de su cuerpo.

Consideraciones finales

Esta experiencia me marcó significativamente. Muchos días después, aún hospitalizada, no podía salirme de la zona gris. Esta vivencia me ha acompañado y la he relatado muchas veces, siempre buscando una explicación, un significado, hasta que empecé a estudiar antropología física y la redescubrí a los ojos de las teorías que han estudiado el cuerpo, el dolor y la enfermedad; y la resignifiqué, lo que me llevó a saber que el cuerpo es un vehículo, un motivo y una meta.

Aún más, el tiempo me hizo darme cuenta de que este drama que había comenzado en la intimidad de mi cuerpo y en la profundidad de lo que implicó la enfermedad, se había extendido a otras historias, otras vidas y procesos. Si bien mi drama terminó una vez que me fue quitada la sonda cuatro meses después, otros procesos habían sido detonados. Como apunta Raymundo Mier, fue una extinción del drama que se reconstituyó en el trayecto de otros dramas en proceso y, sigue el autor, esa línea de fractura de la vida de los sujetos, en este caso, de mi propia vida, resonó en todos los otros dramas, como en los de mi entorno familiar (1993).

El cuerpo es arte, naturaleza, vida, y aún inerte no deja de ser maravilloso y sigue manifestándose y hablando a través de lo que somos, de lo que fuimos. Entre la salud y la enfermedad habremos de pasar por zonas grises, por espacios que tienen algo extraño e inquietante, como si estuvieran a punto de cambiar a otro espacio. Espacios que nos pondrán entre dos momentos, en un punto de transición, ni completamente en uno, ni completamente en otro.

Referencias

Barragán, A. (2020). Experiencia liminal en el dolor crónico. Cuicuilco, 27, no. 78, mayo-agosto, 32-56.

Ellis, C., Adams, T. y Bochner, A. (2010). Autoethnography: An Overview.  Forum Qualitative Sozialforschung, Forum: Qualitative Social Research12 (1). http://nbn-resolving.de/urn:nbn:de:0114-fqs1101108

Le Breton, D. (1999). Antropología del dolor. SeixBarral.

Mier, R. (1993). La estética y la imaginación del tiempo: la metáfora del drama en la teoría antropológica. Cuicuilco, 11, no. 33-34, 21-26.

Turner, V. (1982). From ritual to theatre. The human seriousness of play. PAJ Publications.

Turner, V. (1988). El proceso ritual: estructura y antiestructura. Taurus.

  1. Correo electrónico: 120230275@enah.edu.mx