Anabella Barragán Solís[1]
Escuela Nacional de Antropología e Historia
Alfredo Ramírez Bermejo[2]
Hospital General de México
Tras el vivir y el soñar,
está lo que más importa:
despertar.
Antonio Machado
Resumen
Este artículo estudia el sentido que adquieren los sueños, las ensoñaciones y las alucinaciones durante el proceso de enfermedad, particularmente en contextos de hospitalización, sedación e intubación. Se muestra que las vivencias oníricas ocurridas en estados liminales de enfermedad adquieren significados culturales y personales que influyen en la forma en que los sujetos comprenden su supervivencia, su relación con la muerte y la reorganización de su vida posterior al padecimiento. Así, el trabajo contribuye a la comprensión de la experiencia vivida de la COVID-19 y las dimensiones simbólicas que acompañan los procesos de enfermedad grave.
Palabras clave: COVID-19, narrativas oníricas, enfermedad, pandemia, antropología médica.
Introducción
El estudio de los sueños, los ensueños y el trance ha interesado a la antropología en diferentes momentos de su desarrollo desde el siglo XIX. Si bien no han sido tema central, sí ha sido relevante explorar el sentido del sueño tanto para la vida individual como para la construcción de la cultura, en particular en la conformación de mitos, rituales, y para la permanencia del régimen normativo de las sociedades (Mier, 2000). Sueño y trance han sido un tema privilegiado en la exploración de las cosmovisiones de los pueblos originarios en México, íntimamente ligados a la religión. Éstos se significan como formas de adquirir conocimiento, esclarecer soluciones a conflictos, anticipar eventos por venir. Son momentos de privilegio de especialistas rituales que tienen el don de dialogar con las divinidades en medio del sueño, el trance o el éxtasis. Ese don se revela en sueños recurrentes, visiones o revelaciones, y no se trata de una invitación a ejercer el oficio de curar, sino una obligación impuesta por las divinidades que debe ser acatada. Así podrán dialogar con personas vivas o difuntas, con animales e incluso con los espacios del paisaje. De allí la importancia que se le dio a estos fenómenos en la época colonial por los frailes evangelizadores, quienes intentaron controlar las experiencias oníricas para intervenir en las creencias religiosas y los saberes de las poblaciones conquistadas (Benítez, 2023; Fagetti, 2015). Es decir, el mundo onírico es parte de la existencia de las culturas de las que se tiene conocimiento, sean del pasado o contemporáneas.
Es importante señalar que en el mundo onírico, que consideramos aquí como las experiencias de soñar al dormir, la ensoñación, el trance, las visiones y alucinaciones, se compone de fenómenos efímeros que no sólo ocurren durante la noche o cuando se está dormido, sino en la vigilia, durante estados de meditación, trance e incluso en situaciones de enfermedades graves y peligro de muerte.
Desde la perspectiva de la antropología médica, un aspecto nodal para reconocer el proceso salud-enfermedad-atención-prevención es recuperar la voz de las personas que padecen las enfermedades. En un trabajo previo (Barragán y Jiménez, 2023), que corresponde a una investigación de largo aliento sobre la salud de los trabajadores de la salud, inscrito en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, se exploraron las experiencias vividas durante la pandemia de COVID-19 por un grupo de médicas y médicos especialistas de un hospital público. Entre los hallazgos, se documentaron fragmentos de las experiencias del padecimiento de esa infección respiratoria aguda grave, causada por el virus SARS-CoV-2, ya que en ese grupo de 21 especialistas, 17 se enfermaron de COVID-19; y 4 persisten con síntomas físicos y emocionales que se consideran secuelas de la infección, a lo que se denomina Long Covid, COVID largo, COVID prolongado o post-COVID-19, un nuevo padecimiento tipificado por los organismos internacionales de salud desde el año 2020. En ese trabajo no se exploró en profundidad la experiencia vivida por las personas que estuvieron gravemente enfermas y hospitalizadas, 2 del total de ese grupo de estudio.
Es por ello por lo que iniciamos la exploración de tales experiencias, ya que, en diversos medios de comunicación, publicaciones médicas y de ciencias antropológicas se han dado a conocer diversas imágenes y narraciones sobre el proceso de hospitalización, una situación dramática que impacta en las imágenes y relatos (Martínez, 2021; Fortuna y García, 2024); sin embargo, las narrativas sobre la experiencia en las etapas de hospitalización e intubación no se han desarrollado lo suficiente.
Aquí queremos explorar: ¿Cuáles fueron las experiencias de la COVID-19 de los dos trabajadores de la salud que estuvieron hospitalizados debido a la gravedad de la enfermedad? ¿Cuáles fueron las experiencias oníricas durante el proceso de la enfermedad de COVID-19? Partimos de reconocer que la experiencia de la COVID-19 se significa según la gravedad de los síntomas ante el peligro de perder la vida y que las experiencias oníricas cumplen un papel social y cultural según el contexto de los sujetos e influyen en la significación de la vida de estas personas. Los objetivos son recuperar las voces de estos actores sociales y mostrar, a través de sus narrativas, el sentido de tales experiencias, que permiten visualizar las redes de relación social, institucional y familiar que aparecen en ese proceso que sorprendió al mundo por su virulencia y magnitud.
La COVID-19
En diciembre de 2019, aparecieron casos de neumonía en China cuya causa era desconocida. Se trataba de una nueva enfermedad respiratoria aguda grave con una rápida propagación. En febrero de 2020, se identificó que era causada por el denominado SARS-CoV-2 y se denominó COVID-19, nombre que identifica al coronavirus. La D se refiere a la palabra disease, “enfermedad” en inglés, y 19 por el año en que se conocieron los primeros casos. Esta enfermedad se diseminó por todo el mundo con una rapidez inusitada debido a la movilidad de las personas a través de los actuales medios de transporte. En México apareció el primer caso en febrero de 2020. Debido a la rápida propagación y al aumento del número de personas infectadas y fallecidas, el 20 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud la declaró como una pandemia. Las medidas sanitarias a nivel mundial se centraron en promover quedarse en casa, evitar aglomeraciones, mantener una sana distancia, lavarse las manos, usar gel desinfectante y mascarillas, ya que el virus se esparce por el aire y se contagia fácilmente.
Sin embargo, la medida de quedarse en casa no fue posible para una gran parte de la población; entre ellos, los trabajadores de la salud, como médicos, enfermeras, camilleros, psicólogos, nutriólogos, técnicos biomédicos, etc. Se trató del personal de salud que no tuviera comorbilidades que los hiciera vulnerables a la COVID-19, como diabetes, obesidad, enfermedades cardiovasculares, renales, inmunocomprometidos, o mayores de 60 años, ya que entre el sector vulnerable estaban las personas de la tercera edad. Fueron los trabajadores que estuvieron al frente de la atención de los enfermos por COVID-19 quienes engrosaron las cifras de personas infectadas y fallecidas.
En México fallecieron 334 mil personas y hubo 7 millones de casos confirmados. En el mundo se contabilizaron más de 7 millones de fallecimientos en 234 países, y 776 millones de casos confirmados. Se considera que el 6% de las personas con COVID-19 ahora sufren de COVID persistente; por otra parte, se ha reconocido que la vacunación reduce la posibilidad de desarrollar COVID largo. Es importante señalar que en 2024 el 31% de la población mundial recibió una dosis de vacuna (OMS, 2024).
Los personajes de este estudio
La pandemia dejó muchas enseñanzas y queremos recuperar algunas a través de las narrativas de dos varones trabajadores de la salud, compartidas en octubre de 2023, febrero y marzo de 2025. Rodrigo y Javier, mexicanos, solteros, residentes en la Ciudad de México y el Estado de México, respectivamente. Rodrigo, de 59 años, es médico especialista adscrito a dos nosocomios del sistema nacional de salud: ejerce labores clínicas en un hospital general de tercer nivel y se ocupa de labores administrativas de alto rango en un Hospital Regional de Alta Especialidad.
Javier, de 54 años, es médico veterinario y se está especializado por una compañía farmacéutica en la promoción de medicamentos opiáceos para el dolor en clínicas y hospitales que atienden a pacientes con dolor crónico. Ambos señalaron en sus relatos que consideran que se infectaron en 2021 al estar en contacto con enfermos de COVID-19 en los hospitales donde ejercen su labor. Ninguno estaba vacunado. Rodrigo tuvo desconfianza de la efectividad de las vacunas y no acudió a vacunarse cuando en diciembre de 2020 se inició la vacunación para el personal de salud y personas adultas mayores. Javier no se vacunó porque no tuvo acceso debido a la escasez de vacunas.
Es importante señalar que se dio prioridad en las jornadas de vacunación a los trabajadores clínicos institucionalizados y hubo incluso protestas públicas de personal de salud que no se consideró de primera línea a pesar de que estuvieran en situación de vulnerabilidad, como suponemos fue el caso de Javier. Lo mismo ocurrió con trabajadores sociales, psicólogos y otros profesionales de la salud (Fortuna y García, 2024).
Los primeros síntomas y la hospitalización
En agosto de 2021, Rodrigo, que en ese momento tenía 56 años, relata lo que cree fue la causa del contagio. Explicó que después de cinco o siete días de haber estado con dos pacientes que tosían mientras los atendía en el consultorio del hospital donde trabaja, y que se retiraron el cubrebocas durante la consulta, presentó cansancio leve. Se tomó la temperatura y el nivel de oxigenación, que encontró normales. Ante la sospecha de COVID-19, acudió a hacerse la prueba de detección y los resultados fueron negativos; ahora dice que fue “un falso negativo”. Siguió con su rutina acostumbrada, se tomó un paracetamol para el cansancio durante dos días porque también tenía dolor de cabeza. Cuatro días después, un lunes, mientras se encontraba en su hogar preparándose muy temprano para acudir a su jornada laboral, percibió cansancio y debilidad extrema, a tal grado que no fue capaz de manejar su automóvil. Regresó a su habitación, decidió no ir a trabajar y se quedó dormido. Como las 11 de la mañana, el termómetro marcó 39.5 de temperatura y el nivel de saturación según el oxímetro fue de 74.
Aún pensaba que podía tener alguna otra infección, ya que los resultados de la prueba habían salido negativos; sin embargo, sucedió lo inesperado: se le nubló la vista y, a pesar de tener los ojos abiertos, todo lo veía negro. Una serie de bolas de fuego corrían en una línea sin fin ante sus ojos. Fue entonces que se percató: “Eso no era normal, algo estaba sucediendo. Sí llegué a pensar que era COVID”. Intentó darle alguna explicación a lo que estaba ocurriendo: “Yo sabía que eran irreales […]. Ya después [supe] que era por la baja saturación de oxígeno. Llega poco oxígeno a tu cerebro y eso es una manifestación, y habitualmente los seres humanos vemos todo negro, ves algunas estrellitas y ya después pierdes el conocimiento”. Les llamó alucinaciones, que persistieron durante ese día y tres más, ya hospitalizado en el Hospital Regional de Alta Especialidad en el que es administrativo. Decidió acudir a ese lugar porque sabía que tenían los equipos necesarios y el personal, y las autoridades aceptaron atenderlo allí.
Mientras decidía qué hacer con su posible diagnóstico de COVID-19, su hijo se encontraba en la habitación contigua, pendiente de lo que pasaba, pero sin acercarse, ya que Rodrigo decidió mantenerlo alejado para evitar el contagiarlo. Era el único miembro de su familia que vivía con él, un joven ingeniero de 29 años, preocupado por su padre. Rodrigo decidió llamar a un amigo para que lo trasladara al hospital y no aceptó el apoyo de sus hermanos, igualmente para evitar contagiarlos, a pesar de que ellos se ofrecieron a ayudarlo cuando les llamó por teléfono para informarles que lo iban a hospitalizar.
Hasta aquí esta historia tiene múltiples aspectos que llaman la atención: Rodrigo se sometió a una prueba que resultó en un falso negativo, como ocurrió en múltiples casos a nivel mundial; la desconfianza en las instituciones de salud; las falsas noticias, como la posibilidad de eliminar con las vacunas a los ancianos o la incrustación de un chip con fines inciertos, entre otras, se sumaron a la animadversión hacia el personal de salud, que sufrió múltiples episodios de violencia. Aparece también la red familiar y de amistad, que fungió como apoyo en el cuidado físico y emocional, lo que demuestra la importancia de la interacción social y la construcción de redes formales e informales para afrontar la enfermedad, para un acceso oportuno y expedito al cuidado y a los servicios de salud.
Javier enfermó en abril de 2021. Relata que en la empresa “nos adelantaron a que regresáramos a trabajar; todavía había muchos casos y un mínimo descuido, a pesar de cubrebocas, a pesar de gel, un mínimo descuido y contagio seguro”. La necesidad de acudir a los hospitales provocó que Javier se infectara de COVID-19. Con 51 años en aquel entonces, empezó con “ardor de garganta, estornudos, malestar general y fiebre”. Al día siguiente “fui al médico y me dieron tratamiento conservador […], en un consultorio privado, anexo a farmacia”. El médico “no me dijo que fuera COVID, pero yo tenía temor que fuera COVID”. Al notar que no mejoraba, fue a realizarse una prueba en una unidad instalada en el Palacio Municipal de la zona donde reside, la cual salió positiva. Un médico que le recomendó un vecino amigo suyo le recetó “paracetamol, ivermectina y un antibiótico”, pero no mejoró. A la semana de los primeros síntomas se sintió peor, se compró un oxímetro y así se percató de que su oxigenación empezó a bajar de 92 hasta 88. El médico que lo atendió en su domicilio le recomendó que debía hospitalizarse. Ante esa inminente realidad, su hijo, con el que vivía, llamó a su madre, la exesposa de Javier, y ella se encargó diligentemente de llevar a cabo todos los trámites administrativos del seguro de gastos médicos. Ella consiguió el dinero del depósito y estuvo pendiente de su atención; incluso durante las noches se quedaba a acompañarlo con mucha frecuencia, ya que fue hospitalizado durante dos meses. Él reconoce: “Yo estoy vivo en gran medida porque ella me ayudó”. Explicó que tuvieron dos hijos y que a pesar del divorcio tienen una buena relación; sin embargo: “Me sorprendió, no lo esperaba, la verdad. En ningún momento llegué a imaginar siquiera recibir su ayuda de ella […] [ni que] me ayudara como lo hizo. Se encargó de mi mamá, que ya era una paciente cercana terminal. Se iba a quedar con ella, le daba de comer y hasta a una perrita y dos gatitos. No tengo palabras para agradecer”.
Cuando ingresó al hospital, estuvo un mes sedado, boca abajo, con un tubo conectado en la tráquea. Señala las cicatrices en el rostro que le causaron las telas adhesivas que sujetaban el tubo. Javier comenta que: “En el mes que estuve intubado, a pesar de que yo estaba sedado, yo tenía consciencia, yo sabía dónde estaba, yo sabía que estaba grave, que estaba muy cercano a morir”. Decidió luchar por su vida, encomendarse a su “padre celestial” y “pedirle que me diera oportunidad de regresar”. Dice que “todo el tiempo estaba dormido, pero consciente. Al mismo tiempo, tenía en mi mente ensoñaciones”.
En este fragmento de la trayectoria de atención aparece la atención médica privada y de forma significativa el apoyo de la red familiar y de amistad. En ambos casos, las causas de contagio se relacionan con los espacios laborales. Un dato no menor, en el caso de Javier, es la exigencia de la empresa privada de volver a activar las actividades laborales aun a costa de poner en riesgo a los empleados, dadas las exigencias económicas del momento. Debemos recordar que la magnitud de las afectaciones económicas debidas a la pandemia ha sido inconmensurable. Algunos autores han señalado que no sólo se perdieron años saludables de la población, que se habían ganado en la última década (OMS, 2024), sino que también se afectaron los empleos y, por tanto, los ingresos de millones de trabajadoras y trabajadores. Por consiguiente, ello repercutió en las condiciones de vida de las familias.
Narrativas oníricas
Javier relata una ensoñación que tuvo durante el mes que estuvo intubado, que posiblemente ocurrió cuando lo reanimaban de un paro cardiaco y durante la maniobra cayó de rodillas de la camilla:
Yo de repente me veo como flotando encima de mi cuerpo. Veía a mi cuerpo, veo cómo entra el intensivista y dice “este señor ya no aguantó”. Se va, entran camilleros, suben mi cuerpo a la camilla y se van a llevarme a la morgue. Para mí, para mí fue muy real. Ahora sé que fue una ensoñación, pero para mí fue demasiado real. Como iban corriendo, porque tenían más pacientes, en un bordecito de la alfombra se tropezaron y voltearon la camilla; entonces yo caigo de rodillas. Sentí un dolor terrible en las rodillas. Me vuelven a subir y me llevan a la morgue, de la morgue me llevan al panteón. En el panteón estaba toda mi familia. Allí en ese panteón habían cinco o seis señoras con una vestimenta tipo yute negro, cubiertas, como cinco o seis. Tenían en sus manos guantes largos de terciopelo negro. Recuerdo que estaban heladas sus manos. Me tomaron de la mano ellas, me acuestan en la tumba y ellas me sepultan; sabía que era tierra. Se apaga lo que estaba yo viendo y vuelve una luz, y estaba ya en una especie de cantina de pueblo donde había botellas de vino, copas para vino, bartender, había mariachis, había chamaconas para bailar, había banderitas de colores, ¡era una cantina de pueblo! Allí me reciben, se supone mis antepasados. Allí estaban mis tatarabuelos, mis bisabuelos. Eran del tiempo de la Revolución, todos eran de piel blanca, ojos claros y de bigotito, ¡puro maleante! De esos que se dedicaban a asaltar la diligencia, a asaltar el tren, a robarse el ganado, a robarse las chamaconas, a andar con la guitarra, a andar en la bebida. A mí me gusta mucho tocar la guitarra, a mí me gusta cantar y ellos me invitaban a ser como ellos, a ser un delincuente, a ser como bandido, como el Zarco. Como según yo, en mi entender, me acababa de morir, tenía mucha tristeza de ya no estar vivo. Yo tomé una decisión y les dije: a mí no me gusta su estilo de ustedes, yo me quiero portar bien, yo no quiero ser como ustedes. Cuando tomé esa decisión, una de las señoras que me había sepultado me toma de la mano, me levanta de la tumba y me dice: “Todavía no”. Guarda silencio y me devuelve al hospital. Ya allí en el hospital, ya estaba yo como si estuviera en una mortaja, en una fila de varias personas, hasta que me toca ser atendido. Tengo una vivencia como que me mandan al cielo y ahí veía cómo las almas que estaban en el cielo las ponían como en un paquetito de regalo y las dirigían hacia ciertas familias; como un bebé caían. A mí, de hecho, en esa otra vida se supone me tocaba ser niña, pero yo tenía conciencia de dónde estaba mi familia y yo quería que mi familia me reconociera. Es hasta ahí donde recuerdo.
En esta narración se observa que el tiempo y el espacio de los sueños son otra realidad. En ese mundo se puede cambiar de un escenario a otro y es posible dialogar con la alteridad (Benítez, 2023), con vivos o muertos, ser otro, tomar decisiones, seguir la norma social o la transgresión. Es importante señalar que tanto la enfermedad como los fenómenos oníricos se hallan en un estadio de liminalidad que “sumerge al individuo en el no-lugar, en el entre dos, lo arranca de todas sus referencias, no es más la persona que era antes de que ésta lo golpeara, ni la que será cuando la experiencia haya sido superada” (Le Breton, 2020: 20).
Javier y Rodrigo relataron lo que denominaron “alucinaciones”. Rodrigo explicó la banda sin fin a través de la cual danzaban bolas de fuego. Desde una perspectiva freudiana, Ball (2024) explica que el fuego significa pasión y deseo en sentido positivo, o ira, resentimiento y destructividad en sentido negativo. Traemos esta referencia debido a que en la psicología y el psicoanálisis ha habido una tendencia a significar los sueños desde el inconsciente freudiano. En este trabajo lo que nos importa es el sentido que imprimen los actores a sus experiencias oníricas.
Javier dice que “ya cuando me empezaba a recuperar debido a la sedación, mucho tiempo vi cuadros repetidos como de mandalas, como iris, como octagonales, ¡de colores locos!: amarillo fosforescente, rosa mexicano, verde agua, morado”. Explica entre sonrisas: “Dentro de mi mente yo decía: ‘Esos diseños ¡están bien bonitos! Ahora que me despierte los voy a patentar para venderlos como blusas oaxaqueñas. ¡Se veían preciosos!’”. Aquí vale recordar que en los rituales de diversos grupos originarios en México hay una tradición de convertir en arte las experiencias visuales, como una manera de dar cierta duración a lo efímero del momento liminal. Por otra parte, hay que apuntar que las imágenes iconográficas del arte no nos sirven para “descifrar” simbolismos, “sino que indican que estamos en contacto con seres quiméricos y poderosos que pertenecen a un ámbito de otredad” (Neurath, 2023: 41).
Post-COVID-19
Javier estuvo hospitalizado durante dos meses, un mes intubado, otro con traqueotomía y un mes en casa convaleciente; mientras que Rodrigo estuvo 15 días con ayuda de oxígeno a través de puntas de flujo, ambos luchando por su vida y atravesando diversos eventos que agravaron su condición de por sí crítica. Los dos presentan secuelas o post-COVD-19. Javier tuvo tratamiento de rehabilitación para recuperar su voz y para volver a caminar, ha recibido masajes y electro-estimulación, ya que durante tres meses de práctica inmovilidad perdió masa muscular. Aún tiene cansancio y dolores articulares debidos a que sufre “dolor crónico” por “estrés oxidativo acelerado, es como un envejecimiento celular acelerado”.
Rodrigo actualmente sufre de cansancio, dificultades respiratorias, dolores articulares, pérdida de memoria, ansiedad y no ha recuperado el peso que perdió. Ante esto, decidió apegarse al tratamiento que le recomendó una nutrióloga. A pesar de su escepticismo ante los tratamientos “alternativos”, aceptó tomar vitamina B, omegas y “factor de transferencia”. La ansiedad es el trastorno que más le preocupa y ha pensado en someterse a “una limpia” con una especialista tradicional.
Ambos consideran que haber sobrevivido a la enfermedad los obliga a ser mejores personas, mejores padres, mejores profesionales y mejores amigos, ya que tienen la oportunidad de estar en “el mundo terrenal”. También se han afianzado sus creencias religiosas.
Conclusiones
Recuperar las narrativas a través de encuentros cara a cara, como se establece en las metodologías cualitativas, permite conocer la experiencia vivida y arrojar luz para la comprensión de la enfermedad COVID-19, el contexto de los sistemas de salud y la existencia de secuelas de la infección, que se comprenden ante la magnitud de los datos epidemiológicos, lo que aporta elementos que pueden influir en la toma de decisiones para las políticas de salud y la enseñanza de los profesionales biomédicos. Este trabajo muestra elementos nodales en la construcción del diagnóstico y la atención de la COVID-19 y el post-COVID-19, y las vivencias oníricas en tanto elementos culturales significados por dos trabajadores de la salud en contexto pandémico. También hay que reflexionar que actualmente están apareciendo nuevas enfermedades virales, como la gripe aviar, de la que se informó el 4 de abril de 2025 sobre el primer caso en México, de una niña que se reportaba como grave. Debemos reconocer que convivimos con enfermedades emergentes y estar preparados para ello.
Referencias
Ball, P. (2024). Sueños. Ediciones Lu.
Barragán, A. y Jiménez, M. (2023). Experiencia de COVID-19 y Covid largo en un grupo de médicos y médicas especialistas. Salud Problema, 33, año 17, 45-60.
Benítez, V. (2023). Prefacio. En V. Benítez (coord.), Antropología del estado onírico. Relatos y acontecimientos del mundo otro (pp. 9-23). INAH/Secretaría de Cultura.
Fagetti, A. (2015). Iniciaciones chamánicas. El trance y los sueños en el devenir del chamán. Siglo XXI/BUAP.
Fortuna C. M. y García, M. J. (2024). La COVID-19 y violencias en el trabajo en salud: algunas consideraciones. En C. M. Fortuna y M. J. García. (coords.), Violencia y pandemia de COVID-19: narrativas de profesionales de salud de México y Brasil (pp. 37-48). Universidad Veracruzana.
Le Bretón, D. (2020). Liminalidad y dolor crónico. Cuicuilco, 27, no. 78, 19-30.
Martínez, M. P. (2021). PANDEMIA. Una mirada al frente. Fauna.
Mier, R. (2000). La antropología ante el psicoanálisis: las iluminaciones tangenciales. Cuicuilco, 7, no. 18, 53-94.
Neurath, J. (2023). Soñar la muerte: sobre la facilidad de la transformación y la dificultad de controlarla. En V. Benítez (coord.), Antropología del estado onírico. Relatos y acontecimientos del mundo otro (925-48). INAH/Secretaría de Cultura.
Organización Mundial de la Salud (OMS) (2024). Actualización epidemiológica de la COVID-19 – 24 de diciembre de 2024. https://www.who.int/publications/m/item/covid-19-epidemiological-update—24-december-2024
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