Origen, funciones y factores socioculturales del sueño

Fernando Gordillo León[1]
Universidad de Salamanca
Bernardo Adrián Robles Aguirre[2]
Escuela Nacional de Antropología e Historia
Lilia Mestas Hernández[3]
Facultad de Estudios Superiores Zaragoza

Resumen

El presente artículo analiza el sueño como un proceso biológico y adaptativo fundamental para la restauración fisiológica y mental de los seres humanos. A partir de una revisión de la literatura científica, se abordan sus características neurofisiológicas, las fases que componen el ciclo sueño-vigilia y las principales estructuras cerebrales y los neurotransmisores implicados en su regulación. Asimismo, se examina el origen evolutivo del sueño y su función adaptativa en relación con las condiciones ambientales y ecológicas de las especies. Finalmente, se discuten los factores socioculturales que influyen en los patrones de sueño en las sociedades contemporáneas, en particular aquellos asociados con la industrialización, el uso de tecnología y los cambios en los estilos de vida, destacando sus implicaciones para la salud física, mental y social.

Palabras clave: sueño, neurofisiología, evolución, factores socioculturales, salud.

Introducción

El sueño es un proceso esencial y adaptativo en los humanos, por esta razón, reducir las horas de sueño en favor de la vigilia debería hacerse solo si este cambio supone alguna ventaja evolutiva. Esto explicaría muchas de las conductas sociales que se dan en este sentido, como cuando perdemos horas de sueño por cuidar a nuestros bebés o invertimos tiempo para trabajar en la noche o preparar un examen. En términos sociales, esta tendencia está ganando terreno y desde la industrialización de las sociedades se han modificado los patrones de sueño en favor de una mayor productividad, que en lo social tiene beneficios que superan a los costos, pero, a nivel individual, ¿tiene beneficios? En este artículo abordaremos esta cuestión, desde la definición del sueño, con una breve aproximación a las estructuras cerebrales implicadas, su funcionalidad, hasta las variables que estarían determinado esta “lucha” entre el sueño y la vigilia por las horas del día. En ella encontramos variables internas (fisiológicas) y variables externas (ambientales, culturales y sociales), que en muchas ocasiones provocan que los costos de no dormir superen a los beneficios, dando lugar a trastornos físicos y mentales.

¿Qué es el sueño?

El sueño es un estado fisiológico que conlleva una disminución de la conciencia, la actividad sensorial y la respuesta motora, que cumple una función principal relacionada con la restauración fisiológica y mental. El ciclo del sueño se compone de dos fases: el sueño sin movimientos oculares rápidos (NREM) y el sueño con movimientos oculares rápidos (REM). El sueño NREM, a su vez, se compone de tres fases que progresan hacia una mayor profundidad del sueño, con características singulares de las ondas cerebrales, el tono muscular y los patrones de movimiento ocular. Por otro lado, el sueño REM se caracteriza por un alto voltaje, una frecuencia de onda lenta y movimientos oculares rápidos. En cada ciclo, el sueño inicia con una breve fase NREM 1, después con la NREM 2, y la NREM 3, seguidas de la fase REM. La fase NREM supone entre el 75%-80% del tiempo invertido en cada ciclo y la fase REM entre el 20%-25%. Esta progresión de etapas se repite a lo largo de la noche, con ciclos que duran entre 70 y 100 minutos. La cantidad de sueño REM se incrementa en cada ciclo, siendo muy poca al inicio, hasta alcanzar el 30% en los últimos ciclos de la noche. El sueño REM se suele llamar “paradójico» porque sus características fisiológicas resultan contradictorias, ya que el cerebro muestra una actividad parecida a la que se da en el estado de vigilia.

Si bien el sueño es un proceso reparador, la dinámica de la sociedad actual ha generado una tendencia hacia la reducción de su tiempo total, lo que se refleja en el incremento de la incidencia de trastornos del sueño, en especial en la población joven, que se muestra más vulnerable debido a factores como el clima, la cultura y la disponibilidad de luz, así como a diferentes hábitos relacionados con el consumo de sustancias estimulantes. Algunas investigaciones muestran evidencias de que la consolidación de la memoria podría ser una de las funciones adaptativas del sueño, dando un papel importante al proceso de repetición neuronal, en el que grupos de neuronas activan patrones de actividad similares a los que se dieron durante la experiencia de aprendizaje previa. Este mecanismo se produce de manera espontánea, sobre todo durante la fase de ondas lentas, NREM (Klinzing et al., 2019). Pero esta no sería la única función atribuida al sueño, también se ha estudiado su papel en el restablecimiento o conservación de la energía; la eliminación de radicales libres, la regulación y restauración de la actividad eléctrica cortical; la regulación térmica; la regulación metabólica y endocrina; la homeostasis sináptica y la activación inmunológica.

¿Cómo surgió el sueño en nuestro desarrollo evolutivo?

Si queremos entender el origen y función del sueño debemos preguntarnos cómo este complejo proceso satisface las necesidades que surgen de un entorno en continuo cambio. En este sentido, algunos autores proponen que el sueño evolucionó para permitir a los organismos adaptarse a los cambios ambientales periódicos (invierno/verano, día/noche), que debían ser afrontados para que los organismos fueran competitivos. De esta forma, la necesidad de dormir estaría programada genéticamente, pero no la forma en la que se satisface dicha necesidad, que dependería en alto grado del entorno en el que se desarrolla el organismo (Freiberg, 2020). Esto explicaría las diferencias observadas entre especies respecto al número de horas y los tiempos de las fases del sueño necesarios para satisfacer esta necesidad. Si bien una parte del tiempo invertido en el sueño podría ser necesaria para sus funciones, antes mencionadas, el resto podría atender a la satisfacción de las demandas ecológicas o a las circunstancias ambientales concretas de cada especie (Lakhiani et al., 2023). En este sentido, se ha documentado que los mamíferos que duermen en entornos más peligrosos tienen menos sueño REM, manteniendo un mayor bloqueo motor que evitaría que fueran percibidos por los depredadores (Lesku et al., 2006).

Respecto a la variabilidad observada en los patrones de sueño de los mamíferos, se ha comprobado que el mamífero adulto “promedio” duerme una media de 11.7 horas al día, con un 17% del tiempo en sueño REM y con una duración media de 21 minutos entre cada episodio de REM. También muestran una gran diversidad entre especies, que varían desde 3 horas en el asno, hasta 20 horas en el armadillo. Por otro lado, el equidna no parece exhibir los signos EEG clásicos del estado de sueño REM, mientras que el ornitorrinco invierte el 40% de su tiempo total de sueño en REM. Por último, los ciclos del sueño pueden ser muy cortos, como los 6 minutos de la chinchilla o tan largos como los 60 minutos del caballo (McNamara et al., 2008). Esta variabilidad respecto al tiempo invertido en el sueño REM es congruente con el valor adaptativo del sueño en relación con la peligrosidad del entorno (Lesku et al., 2006). Los humanos con un estilo de vida asociado con la caza y la recolección (e.g., grupos tribales) duermen entre 6 y 8 horas por noche, teniendo la duración mayor en invierno, con una prevalencia de insomnio baja (2% aprox.).; Mientras que la prevalencia de insomnio en sociedades industrializadas oscila entre el 10% y el 30%. La duración del sueño no se ha relacionado con el tamaño del cerebro ni con la capacidad cognitiva, sino con el nicho ecológico de cada especie y sus necesidades alimentarias. Esto evidencia la función adaptativa del equilibrio entre vigilia y sueño a la hora de adquirir alimentos y conservar la energía.

Cerebro y sueño

Esta variabilidad entre especies deriva de la estructura y funcionalidad del cerebro en el proceso de adaptación al medio, que en el ser humano se conforma a partir de una compleja red de interacciones que involucra a diferentes regiones cerebrales y neurotransmisores. Las regiones cerebrales involucradas en la regulación del sueño son el prosencéfalo basal, el tálamo y el hipotálamo. Además, diferentes sustancias estarían promoviendo la vigilia o el sueño, como la serotonina, la noradrenalina, la histamina, la hipocretina (orexina), la acetilcolina, la dopamina, el glutamato y el ácido gamma-aminobutírico. La transición y continuidad entre la vigilia y el sueño estaría determinada por estas sustancias, que participan en una compleja conectividad recíproca entre los centros implicados en la regulación del sueño junto a diferentes señales ambientales, que son integradas por un marcapasos central (núcleo supraquiasmático), que conecta con regiones corticales y con tejidos periféricos para inducir el patrón sueño-vigilia (Falup-Pecurariu et al., 2021).

Las características individuales en la dinámica del sueño podrían estar reflejando diferencias en el funcionamiento cerebral que perduran a lo largo de la vida de las personas. En concreto, los espectros de potencia del EEG individual durante el sueño se mantienen en gran parte a lo largo de la vida, como una “huella electroencefalográfica” (Eggert et al., 2022), influyendo en el desarrollo cerebral y, por lo tanto, en la vulnerabilidad ante estresores internos y externos. Por otro lado, la calidad del sueño puede informar sobre la integridad del tejido cerebral (biomarcador de procesos neurodegenerativos graves), al igual que la pérdida de la armonía cerebral durante el sueño puede perjudicar el mantenimiento del tejido cerebral, dando lugar a un envejecimiento cerebral acelerado.

Factores socioculturales que influyen en el sueño

Si bien el valor adaptativo del sueño, así como sus funciones en la restauración fisiológica, son muy importantes, también es cierto que los cambios en los patrones de sueño son un problema creciente en la sociedad moderna actual, que se ha agravado en los últimos dos siglos y que es atribuible más a cambios socioeconómicos que a adaptaciones biológicas. Entre estos factores se encuentran la luz artificial y la industrialización. Esto tendría importantes consecuencias para la salud, como se ha mencionado anteriormente, asociándose con diversas enfermedades, como los trastornos metabólicos, cardiovasculares y del sistema inmunológico, e incrementando la ansiedad y la depresión. Como fenómeno sociocultural, la sociedad moderna ha priorizado el trabajo al sueño; además del uso cada vez más frecuente de aparatos electrónicos, que disminuyen la producción de melatonina. Hay que resaltar que la mala calidad del sueño afecta a las interacciones interpersonales, la productividad laboral y la seguridad, haciendo necesario una intervención, no solo desde la perspectiva clínica, también desde la antropológica y social (Andersen et al., 2024).

Si bien el estudio del sueño se ha sustentado en la biología, la fisiología y la medicina, las variables socioculturales son fundamentales para comprender en su totalidad esta motivación primaria (Ross et al., 2025). En este sentido, se ha encontrado conexión entre las relaciones sociales y la calidad del sueño, considerando tanto los aspectos positivos como negativos de las primeras. Es decir, tener apoyo emocional y práctico del grupo social se asocia con un sueño reparador, siendo esto más evidente con relaciones cercanas, como padres, parejas y amigos; mientras que las relaciones negativas, mediadas por la depresión, se asocian con una peor calidad del sueño (Kent et al., 2015).

Son muchos los estudios que han indagado sobre los beneficios del sueño para la restauración fisiológica y mental de los organismos vivos, pero hasta la fecha no se ha determinado con claridad su verdadero propósito evolutivo. Hay teorías que consideran las causas próximas del sueño como un proceso fisiológico, mientras que otras buscan las causas últimas o evolutivas. Ninguno de estos enfoques ha logrado dilucidar con claridad la función del sueño. Si bien es cierto que un organismo que permanezca despierto 24 horas al día sobreviviría mejor, por ser competitivo para conseguir recursos valiosos, también es cierto que estaría más expuesto a peligros como la depredación (Freiberg, 2020).

Conclusiones

El sueño surgió en nuestro desarrollo evolutivo como una adaptación a los cambios ambientales, mostrando marcadas diferencias entre especies. En su regulación participan múltiples neurotransmisores y estructuras como el núcleo supraquiasmático, que nos advierten de la compleja interacción entre mecanismos internos y señales externas. La calidad del sueño está vinculada con la salud mental y física, como se evidencia en la asociación entre los déficits en el sueño y diversas enfermedades y trastornos neurodegenerativos. En la sociedad moderna, la alteración de los patrones de sueño debido a factores como la luz artificial y el estilo de vida, influyen negativamente en la salud, por lo que se hace necesario un enfoque multidisciplinario para abordar sus implicaciones, en el que se incluya en análisis de los factores fisiológicos, socioeconómicos y socioculturales.

Referencias

Andersen, M. L., Pires, G. N. y Tufik, S. (2024). The Impact of Sleep: From Ancient Rituals to Modern Challenges. Sleep Science, 17(2), e203-e207.

Eggert T., Dorn, H. y Danker-Hopfe, H. (2022). The fingerprint-like pattern of nocturnal brain activity demonstrated in young individuals is also present in senior adulthood. Nature and Science of Sleep, 14, 109-120. https://doi.org/10.2147/NSS.S336379

Falup-Pecurariu, C., Diaconu, Ș., Țînț, D. y Falup-Pecurariu, O. (2021). Neurobiology of sleep (Review). Experimental and Therapeutic Medicine, 21(3), 272.

Freiberg, A. S. (2020). Why we sleep: A hypothesis for an ultimate or evolutionary origin for sleep and other physiological rhythms. Journal of Circadian Rhythms, 18(2).

Kent, R. G., Uchino, B. N., Cribbet, M. R., Bowen, K. y Smith, T. W. (2015). Social Relationships and Sleep Quality. Annals of Behavioral Medicine, 49(6), 912-917.

Klinzing, J. G., Niethard, N. y Born, J. (2019). Mecanismos de consolidación de la memoria durante el sueño. Nature Neuroscience, 22(10), 1598-1610.

Lakhiani, R., Shanavas, S. y Melnattur, K. (2023). Comparative biology of sleep in diverse animals. Journal of Experimental Biology, 226(14). https://doi.org/10.1242/jeb.245677

Lesku, J. A., Roth II, T. C., Amlaner, C. J. y Lima, S. L. (2006). A phylogenetic analysis of sleep architecture in mammals: The integration of anatomy, physiology, and ecology. The American Naturalist, 168(4), 441-453.

McNamara, P., Capellini, I., Harris, E., Nunn, C. L., Barton, R. A. y Preston, B. (2008). The Phylogeny of Sleep Database: A New Resource for Sleep Scientists. The Open Sleep Journal, 1, 11-14.

Ross, I., Signal, L., Tassell-Matamua, N., Meadows, R. y Gibson, R. (2025). Sleep as a social and cultural practice in Aotearoa: a scoping review. Kōtuitui: New Zealand Journal of Social Sciences Online, 20, 564-593.


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