Iris del Rosario Jiménez Serrano[1]
CIESAS Golfo
Ilustración Ichan Tecolotl con imagen de Wikimedia Commons.
Resumen
El presente artículo es resultado de una investigación etnográfica sobre las experiencias menstruales de mujeres venezolanas en tránsito por México durante el periodo de octubre de 2022 a enero de 2023. Con un enfoque cualitativo y de derechos humanos, esta investigación abordó los desafíos y necesidades de la salud menstrual en contextos de movilidad humana y su relevancia en la construcción de derechos y políticas públicas. En este sentido, el trabajo tiene por objetivo (de)enunciar la diversidad de realidades menstruales de las personas en situación de movilidad, los retos que enfrentan en su salud y gestión menstrual, así como reflexionar sobre la importancia del papel que juegan las instituciones, organismos internacionales y defensores de derechos humanos en la construcción, protección y garantía de la dignidad menstrual en contextos de movilidad humana.
Palabras clave: menstruación; migración; derechos humanos; salud; feminismos.
Introducción
La necesidad por investigar las experiencias menstruales en contextos de movilidad humana surge en 2019 a raíz de mi acercamiento a los activismos menstruales, cuando conocí la copa menstrual. Durante mi etapa universitaria, vinculé este interés en espacios feministas, lo que me llevó a coordinar campañas de donación de productos de gestión menstrual para el comedor Las Patronas, un espacio para personas en tránsito en Amatlán de los Reyes, Veracruz. A partir de estos primeros pasos, fui reflexionando sobre aspectos poco explorados en la academia: “Los escenarios de la migración también son los escenarios de la menstruación”.
Quienes migran de forma irregular no solo enfrentan desafíos relacionados con la gestión de su ciclo menstrual, sino que, como señala Winkler (2020: 469), “encarnan concepciones, sentimientos y sensibilidades que vinculan el proceso menstrual con la realidad inmediata”; en este caso, de su desplazamiento. Es decir, viven sus ciclos menstruales mientras cruzan fronteras, atraviesan ríos o caminan por lugares sinuosos, en su búsqueda de seguridad y dignidad. Bajo esta premisa surgieron las siguientes interrogantes: ¿Cuáles son los desafíos que enfrentan las personas en términos de salud y gestión menstrual? ¿Qué lugar ocupa la menstruación en sus trayectorias migratorias? Y, sobre todo: ¿Qué estrategias se están gestando en materia de derechos para garantizar su dignidad? Estas preguntas sirven de guía para comprender la dignidad menstrual como un espacio en disputa política y corporal.
El presente artículo, enmarcado en la investigación de tesis para la Maestría en Antropología Social del CIESAS-Golfo y presentado especialmente para este dosier, analiza las experiencias menstruales y su dimensión corporal como elementos intrínsecos al fenómeno migratorio. A través de una etnografía con mujeres venezolanas en Ciudad de México, se expone la diversidad de realidades y desafíos de su salud menstrual en el tránsito. Asimismo, reflexiona sobre el papel que juegan las instituciones y organismos internacionales en garantizar la dignidad menstrual como un derecho fundamental en contextos de movilidad.
Coordenadas metodológicas de una etnografía menstruocentrada
Dado que mi reflexión se basa en las experiencias menstruales de personas en movilidad, las coordenadas metodológicas se situaron bajo un compromiso ético de colaboración con las personas migrantes y las organizaciones con las que me involucré. Para ello, la investigación se configuró como una etnografía afectiva, feminista y, sobre todo, menstruocentrada. Es decir, privilegiando las vivencias y sensibilidades de las mujeres sobre su ciclo menstrual, manteniendo un diálogo constante para que el proceso y sus resultados estén al servicio de las comunidades.
En este sentido, la labor etnográfica fue central para alcanzar comprensiones situadas y profundas, desde la participación e interacción directa. Al investigar la experiencia menstrual, el enfoque etnográfico se centró en generar una mirada (auto)reflexiva del y desde el cuerpo, que, como señalan Felitti y Ramírez (2022), permite resaltar la multiplicidad de la vida social, involucrando la sensorialidad y corporalidad tanto de las informantes como de la investigadora. Esto fue relevante para dar cuenta de que las interacciones entre mis interlocutoras y yo produjeron un intercambio de experiencias, afectos y reconocimientos mutuos que influyeron fuertemente en el análisis.
Considerando estos principios, es posible mencionar algunas coordenadas metodológicas. En primer lugar, la totalidad del trabajo en campo se realizó en la Ciudad de México, entre octubre de 2022 y enero de 2023, en distintos espacios de refugio, como el Centro de Día “La Ceiba”, de Sin Fronteras IAP, Casa Fuente A.C. y Casa Tochán A.C. Al abordar las experiencias de mujeres en tránsito irregular, la construcción de un espacio de confianza fue tanto relevante como un desafío. Esto debido a que hablar sobre menstruación no solo implicaba abrir un sitio a la vulnerabilidad, sino sostener una postura de involucramiento que priorizara el cuidado afectivo y empático. En este sentido, la participación observante fue clave para comprender dimensiones de la realidad que suelen pasar desapercibidas si no se establecen dinámicas basadas en compartir con las informantes. Para ello, realizar voluntariados al interior de estos espacios fue importante para poder acompañar a las mujeres en sus actividades cotidianas y tener un nivel de involucramiento mucho más profundo.
A partir de estas acciones, combiné distintas técnicas de investigación, como la facilitación de talleres sobre menstruación y entrevistas semiestructuradas a actores clave. Estos talleres, nombrados “Menstruación consciente y autonomía corporal” y “Menstruar no es solo cosa de mujeres”, fueron impartidos una vez por semana entre noviembre de 2022 y enero de 2023. Se integró una dinámica de grupos focales al inicio de cada sesión, esto con el objetivo de observar y captar el sentipensar de las informantes sobre sus ciclos.
En segundo lugar, estos talleres sirvieron como un espacio para la construcción de itinerarios menstruales, que es una técnica adaptada de la propuesta de Mari Luz Esteban sobre los itinerarios corporales, que se basa en la “descripción de los procesos vitales individuales y colectivos que ocurren en estructuras sociales concretas, centralizadas en las prácticas corporales de cada sujeto” (2004: 58). En este caso, los itinerarios sirvieron como una estrategia para comprender cómo las mujeres en tránsito migratorio se relacionan y perciben sus ciclos menstruales, sin dejar de lado las categorías sociales que enmarcan las desigualdades del contexto. Esto da lugar a las voces de las personas menstruantes y a las subjetividades que emergen de su ciclo menstrual, su corporalidad, su género y, en este caso particular, su identidad y su estatus migratorio.
Por último, para profundizar en dichas experiencias, se realizaron un total de 14 entrevistas semiestructuradas a dos grupos de actores. El primero estuvo integrado por mujeres venezolanas, con el fin de dar seguimiento a los ejes surgidos durante los talleres y explorar sus trayectorias migratorias. El segundo grupo incluyó a figuras clave en refugios, de salud pública, defensoras de derechos y activistas; con el objetivo de conocer la respuesta institucional, de salud y el avance del debate sobre derechos menstruales en contextos de movilidad humana en México. Estos elementos fueron clave no solo para visibilizar la vulnerabilidad en la gestión menstrual, sino para reconocer la voz y la agencia de las mujeres venezolanas en tránsito, bajo un compromiso ético que mantengo vigente.
Los escenarios de la migración también son los escenarios de la menstruación
Tardamos diez días en cruzar la selva [del Darién]. Tardamos tres días más que los hombres porque además íbamos con niños. Uno no sabe los retos que uno pasa ahí dentro, mucha gente muere, caminas entre el fango y el lodo […] te das cuenta de que no debes llevar muchas cosas porque son varios días caminando. Yo tuve que botar mi ropa, ¡ah!, y mis toallitas también porque además no me sirvieron nunca, porque como en la selva llueve mucho, siempre te mojas y eso, se me mojaron. Yo llevaba puestas unas y las tuve que botar porque con la humedad me comenzó a dar una infección. […] Yo me pude cambiar hasta que llegamos a un pueblo en Panamá, donde una señora me regaló unos pantalones. Fue un alivio porque ya me sentía muy sucia. (Johana, en entrevista, Casa Fuente, noviembre de 2022)
Con el testimonio de Johana inició la introducción de mi trabajo de tesis “Menstruación, migración y derechos humanos: Salud y gestión menstrual de mujeres venezolanas en tránsito por México (2022-2023)”. Retomo este relato en el presente marco por dos razones: la primera, por su capacidad para resaltar la experiencia migratoria de esta mujer joven y madre, en condiciones de tránsito irregular por rutas de alta peligrosidad. La segunda, porque pone de manifiesto que la gestión menstrual en situaciones de vulnerabilidad es una expresión de inequidad social y de género a menudo invisibilizada.
De acuerdo con Felitti (2016), la experiencia menstrual se relaciona con las posibilidades sociales, económicas, políticas y culturales con las que una persona cuenta. La diversidad étnica, de clase, religiosa, de nacionalidad o de edad son algunos de los factores que influyen en un mayor o menor acceso a estos elementos. Estas dificultades no suelen reconocerse como una expresión de inequidad, principalmente porque la menstruación es considerada como algo que se oculta y pocas veces se plantea como un aspecto de la vida que convive con los contextos y el tejido social.
En el caso de las personas en tránsito irregular, sus experiencias menstruales se vuelven más complicadas debido a los desafíos que enfrentan a lo largo de su trayectoria migratoria. Por un lado, al ser personas extranjeras que transitan entre países, se enfrentan a condiciones precarias para acceder a elementos básicos como la vivienda, servicios de atención médica, expedición de documentos oficiales para su estatus legal, así como dificultades para incorporarse al mercado laboral y ambientes culturales hostiles debido a una larga construcción de narrativas antiinmigrantes (Castro Neira, 2020). Por otro lado, estas dificultades generan, simultáneamente, una precarización en el acceso a condiciones adecuadas para su gestión menstrual, como insumos de productos menstruales, espacios de descanso y aseo, o privacidad. A ello se le suman los prejuicios y estigmas menstruales, lo que abona a que vivan situaciones de exclusión y vulnerabilidad.
A continuación, presento el análisis de la investigación a través de tres ejes temáticos, con el objetivo de profundizar en las vivencias de las mujeres venezolanas y la complejidad de la gestión menstrual en contextos de tránsito irregular en México.
- La gestión menstrual como un desafío en el tránsito
Imagínate estar tú con una toalla puesta desde no sé ni cuántas horas, estar mojada, sentirse frustrada porque estás toda sucia, no hay un baño donde cambiarte, sentir malestar, sentir dolor, cólicos, sentir que no puedes caminar, sentir que no te puedes cambiar tu toalla, que estás toda manchada, que estás toda sucia, que si te pones otra ropa, igual está mojada. Imagínate, no sé, si la menstruación es mala, en la selva es 10 veces peor. (Beatriz, en entrevista, Casa Fuente, noviembre de 2022).
Beatriz, una mujer de 36 años, exmilitar venezolana, describió su experiencia en la selva del Darién como una de “las vivencias más atroces” que ha enfrentado. Al igual que muchas personas que transitan por la frontera biorregional entre Colombia y Panamá en su ruta hacia el norte, ella considera este tramo como un paso fronterizo mortal. Una percepción que converge con la mayoría de los testimonios de mujeres con quienes colaboré. Es decir, para ellas el tránsito migratorio no solo se vive como un desafío geográfico y político, sino como una realidad encarnada.
Migrar (en tránsito irregular) es una situación extraordinaria en la que el cuerpo se expone a condiciones de supervivencia extrema. Al respecto, Horvat (2018) señala que la situación o el contexto juega un papel importante para entender cómo se significan estas vivencias, pues toda existencia humana está definida por su situación. Es decir, los entornos sociales, estructuras y normas afectan la forma en que se percibe el ser persona (menstruante), así como la forma en que perciben y sienten su cuerpo, mostrando “cuán constitutiva es la situación también para el cuerpo biológico-físico” (11). En otras palabras, el contexto también se encarna y produce efectos visibles que pocas veces son reconocidos dentro de los márgenes de la política pública.
En el escenario de supervivencia de la selva del Darién, las limitaciones geográficas y sociopolíticas no solo complejizan la gestión menstrual, sino que transforman un proceso biológico en una carga física y mental, multiplicando la vulnerabilidad del tránsito. Sin embargo, estos desafíos no fueron exclusivos de la selva; persistieron a lo largo de todo el trayecto entre caminatas extenuantes, trayectos en autobuses, pernoctar en campamentos y refugios hacinados o en situación de calle. Asimismo, debieron enfrentar detenciones en estaciones migratorias, deportaciones o incluso extorsión por parte de agentes estatales y del crimen organizado.
A lo anterior se suma el acceso reducido a los productos de gestión menstrual a los cuales están habituadas. Esta carencia, sumada a los estigmas en torno a su ciclo menstrual, muestra cómo la precariedad de la ruta –consecuencia directa de las políticas migratorias– se entrelaza con sus ciclos hormonales, evidenciando que la gestión menstrual no es un detalle menor, sino un eje que complejiza y marca sus experiencias migratorias.
- Ser en la espera y sus desafíos frente a un contexto de saturación
El 12 de octubre de 2022, el gobierno de Estados Unidos anunció nuevas modificaciones a los requisitos de solicitud de refugio para la entrada a migrantes venezolanos. El documento que publicó el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) había anunciado que abrirían 24 mil permisos para los venezolanos que cumplieran con los siguientes requisitos: 1) debían contar con un patrocinador que financiara su movilidad y estancia en Estados Unidos; 2) pasar los controles biométricos y biográficos de seguridad nacional; y 3) cumplir con los requisitos de vacunación y salud. Asimismo, consideraron como inelegibles a quienes hayan entrado a México o Panamá de forma irregular o cruzaran la frontera de México y Estados Unidos después de entrar en vigor las modificaciones, el 17 de octubre de ese mismo año.
Esta situación forzó a miles de venezolanos a permanecer varados en ciudades fronterizas como Tijuana, Ciudad Juárez y Matamoros. Como consecuencia directa, las solicitudes ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) aumentaron. De acuerdo con el informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), alrededor de seis mil venezolanos solicitaron asilo en México en el periodo de octubre a diciembre de 2022, y lo posicionó como uno de los países con el mayor número de registros individuales de nuevas personas solicitantes de asilo (2023: 6). Aunque este fenómeno tiene antecedentes en las caravanas centroamericanas de 2018 y 2019, el incremento de personas con necesidades de protección internacional y en situación irregular durante 2022 –principalmente de origen haitiano y venezolano– obligó a reconfigurar las políticas migratorias nacionales y regionales, desplazando el enfoque de integración hacia medidas de control y contención.
En la frontera sur, el Instituto Nacional de Migración (INM) comenzó a entregar de manera masiva Formas Migratorias Múltiples (FMM), un documento provisional que permite la permanencia legal en el país por hasta 180 días. El objetivo era que las personas pudieran movilizarse hacia el centro del país y reducir la saturación en las ciudades del sur. Sin embargo, en puntos de control como el campamento de Tapanatepec, Oaxaca, los trámites fueron arbitrarios y se realizaron en condiciones precarias. Según el informe de 2024 del Grupo de Monitoreo Frontera Centro (2025), los tiempos de espera oscilaban entre 8 y 21 días, y la vigencia del documento se definía de forma discrecional (entre 7 y 30 días). Además, la falta de reconocimiento de estas FMM en otras regiones del país incrementó el riesgo de que las personas fueran detenidas por el propio INM en estaciones migratorias.
En este sentido, la prolongada espera de las personas migrantes por una resolución de su estatus es un periodo marcado por la desigualdad y la precariedad extrema. Durante este limbo administrativo, se ven privadas de derechos básicos como el empleo formal, una vivienda digna y seguridad, enfrentando carencias que vulneran incluso su integridad más íntima. En el caso de las mujeres y personas menstruantes, esta espera es sinónimo de violencia estructural, como relata Francis, de 29 años:
En San Pedro vi mucha gente aprovechada. Por ejemplo, nosotros alquilamos una casa, […] nos cobraban 100 diarios por la casa por persona, y luego 50 por estar ahí, y nos cobraban 50 por cocinar y por bañarnos 20 pesos. […] Puedes gastar hasta 300 o 200 diarios para puro usar servicios y más si vas con la familia. Y si no, pues ahí estaba el río para bañarse o ir al baño. Yo casi llevo un mes y tres días en México, acababa de entrar a Tapachula cuando cerraron la frontera en Estados Unidos. Esa vez yo lloré, me tiré al suelo y quise volar a la frontera. (En entrevista, Casa Fuente, noviembre de 2022).
La falta de acceso a entornos seguros y privados dificulta el aseo personal, el cambio de ropa o el descanso durante la espera. Este escenario de alta tensión manifiesta la desigualdad y el desgaste tanto físico como emocional que caracteriza las políticas migratorias actuales como una medida de control.
Por otro lado, en Ciudad de México, albergues e instituciones de protección llegaron al límite de sus capacidades, lo que aumentó las cifras de personas pernoctando en calles y campamentos improvisados. En las calles, parques y centrales de autobuses, grupos grandes de familias con mochilas y carriolas comenzaron a organizar campamentos improvisados mientras esperaban una resolución a su estatus migratorio. En albergues como Cafemin, esta crisis de infraestructura fue evidente, pues la institución llegó a albergar a cerca de 800 personas a pesar de tener una capacidad para 100 huéspedes. De igual forma, espacios más reducidos, como Casa Tochan y Casa Fuente, recibieron hasta 120 personas, en su mayoría de origen venezolano, superando drásticamente sus posibilidades de atención.
El hacinamiento en estos espacios impacta directamente en la autonomía corporal. Al desbordarse la capacidad de los refugios, el acceso a servicios básicos como el agua o el aseo privado deja de ser un derecho para convertirse en un privilegio en disputa. Para las personas menstruantes, la saturación de estos espacios no solo anula la privacidad necesaria para el manejo de su ciclo menstrual, sino que transforma sus prácticas de higiene en una negociación constante. El colapso de la infraestructura de acogida y de contención se traduce en una barrera estructural que precariza aún más la gestión menstrual, obligando a las mujeres a habitar su cuerpo en condiciones de exposición. No obstante, en contraste con las experiencias del tránsito, contar con un espacio seguro para dormir, comer y asearse representaba una mejora en su experiencia, a pesar de que el estrés o la angustia persistía.
- Los efectos de la migración en la salud menstrual
A lo largo de este artículo se han explorado las dificultades que enfrentan las mujeres venezolanas en su gestión menstrual. Estas dificultades son expresiones de una desigualdad producida por políticas migratorias que apuestan por la desaceleración de los flujos. No obstante, la precariedad no solo limita el manejo del ciclo, también impacta en la salud, inscribiendo el estrés producido por migrar directamente en los cuerpos. Al respecto, la mayoría de las mujeres relataron haber experimentado alteraciones físicas concretas, como la ausencia de su periodo (amenorrea) o sangrados abundantes y recurrentes, acompañados de dolores persistentes (polimenorrea).
En sus narrativas, la irregularidad emerge no solo como una incomodidad para gestionarla, sino como un indicador de las exigencias físicas, económicas y sociales del trayecto. A estas alteraciones se suma el uso de métodos anticonceptivos –muchas veces empleados como una estrategia de protección ante la violencia sexual en la ruta–, cuya administración sin supervisión médica puede desestabilizar su ciclo hormonal. En este sentido, la mayoría de las participantes atribuyó estos síntomas al estrés que les provocaba su trayectoria migratoria, asumiéndolos como una “parte del proceso de migrar”.
La normalización del malestar y la patologización de sus ciclos son consecuencias directas de una desatención médica que a menudo precede a la trayectoria migratoria. Pero que una vez en el tránsito se complejiza aún más, pues enfrentan nuevas barreras, como la falta de privacidad y el acceso limitado a servicios de higiene y productos menstruales. Esta situación propicia afecciones ginecológicas (como infecciones vaginales o urinarias) que se agravan ante la ausencia de servicios especializados y la falta de información clara para navegar el sistema público mexicano. Dicha exclusión pone de manifiesto la carencia de mecanismos efectivos con perspectiva de género para atender a la población migrante.
Consideraciones finales: Tejer dignidad y resistencia frente a la exclusión
A lo largo de este artículo se analizó cómo menstruar en contextos de tránsito irregular resulta una experiencia vulnerable, donde los retos que enfrentan las personas menstruantes se vinculan directamente con el acceso limitado a sus derechos. Lejos de ser un fenómeno aislado, esta precariedad es consecuencia de un escenario migratorio cuyas políticas de control y desaceleración de los flujos se inscriben de forma directa en los cuerpos. Al llegar a México, esta violencia se profundiza ante un vacío institucional y la ausencia de protocolos de salud, evidenciando una falla estructural que ignora las necesidades biológicas y políticas de las personas en movilidad. Esta omisión representa una vulneración sistemática de la garantía de sus derechos humanos y una deuda histórica que es necesario seguir interpelando.
Por otra parte, la respuesta ante esta problemática no ha venido del Estado, sino de la cooperación internacional y las organizaciones civiles. Esta red de actores ha implementado estrategias que funcionan como un tejido de contención que transforma la precariedad en acción política, así como espacios de disputa. Un ejemplo de ello es la colaboración entre ACNUR, HIAS, Médicos del Mundo y WASH para integrar el acceso a productos menstruales, agua potable y saneamiento en los protocolos de atención a personas refugiadas en México. Sin embargo, estas medidas, que sirven como remiendos a los vacíos institucionales, al centrarse en lo higiénico, reducen la complejidad de la experiencia menstrual al suministro de productos, dejando de lado los factores socioculturales que estigmatizan estos procesos (Gómez Nicolau y Marco Arocas, 2019: 158).
La dignidad menstrual no solo se trata del acceso a productos menstruales; implica una serie de necesidades atravesadas por la cultura, la clase social, la religión, el idioma, la etnia y el género, en estrecha relación con el entorno y la garantía de los derechos fundamentales (Accerenzi, 2023). Atender esta urgencia requiere una transformación que abarque desde la mejora de la infraestructura hasta la desestigmatización de la sangre y la politización de la salud menstrual. En este sentido, el trabajo de Las Vanders, una colectiva feminista que acompaña procesos migratorios; el proyecto Menstruación Digna en Estaciones Migratorias (MDEM), dedicado al monitoreo de la salud y gestión menstrual de personas detenidas en las estaciones migratorias del INM; y la Clínica Justicia en Salud, cuyo equipo de parteras imparten talleres sobre menstruación en albergues de Tijuana; destacan por su trabajo enfocado en la autonomía corporal, implementando estrategias que promueven un activismo por la dignidad menstrual, situado en su experiencia directa en el ámbito humanitario.
La labor de estas organizaciones subraya la necesidad de establecer relaciones interinstitucionales que integren protocolos de acción orientados a garantizar la salud menstrual como un derecho humano de las personas en movilidad. Por lo tanto, hablar de dignidad menstrual en estos escenarios no solo implica asegurar insumos y espacios de cuidado, sino exigir una transformación en el diseño, la normatividad y aplicación de las políticas migratorias vigentes.
Referencias
Accerenzi, M. (2023). Políticas menstruales y desarrollo. Una crítica al abordaje de la menstruación en el ámbito de la cooperación internacional. Cuadernos de Trabajo/Lan-Koadernoak Hegoa, (93).
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (2023). Informe 2022. Caminando hacia la integración. Principales resultados de ACNUR México. ACNUR. https://www.acnur.org/mx/sites/es-mx/files/2023-05/Informe%202022%20Espa%C3%B1ol.pdf
Castro Neira, Y. (2020). Fabricar a personas ilegales por medio de la ley. Condition humaine/Conditions politiques, (1). https://doi.org/10.56698/chcp.122
Esteban, M. L. (2004). Antropología del cuerpo. Género, itinerarios corporales, identidad y cambio. Ediciones Bellaterra.
Felitti, K. (2016). El ciclo menstrual en el siglo XXI. Entre el mercado, la ecología y el poder femenino. Sexualidad, salud y sociedad. Revista Latinoamericana, (22), 175-206. http://dx.doi.org/10.1590/1984-6487.sess.2016.22.08.a
Felitti, K. y Ramírez, R. (2022). Sangre, lágrimas y abrazos: Reflexiones encarnadas del trabajo de campo en círculos de mujeres. En R. Parrini y K. Tinat (coords.), El sexo y el texto. Etnografías y sexualidad en América Latina (pp. 385-426). El Colegio de México.
Gómez Nicolau, E. y Marco Arocas, E. (2019). Desafiando las reglas: articulaciones políticas del activismo menstrual. Revista Española de Sociología, 29(3), 155-170. https://doi.org/10.22325/fes/res.2020.62
Grupo de Monitoreo Frontera Centro (2025). Entre la espera forzada y la esperanza: Los campamentos de personas migrantes y solicitantes de asilo en Ciudad de México. Resultados del monitoreo 2024.
Horvat, H. (2018). To Menstruate in Peace: Embodied experiences of menstruation during migration [Tesis de maestría]. Linköping University. http://urn.kb.se/resolve?urn=urn:nbn:se:liu:diva-149445
Winkler, I. T. (2020). Introduction: Menstruation as Fundamental. En C. Bobel, I. T. Winkler, B. Fahs, K. A. Hasson, E. A. Kissling y T. A. Roberts (eds.), The Palgrave Handbook of Critical Menstruation Studies (pp. 9-13). Palgrave MacMillan. https://doi.org/10.1007/978-981-15-0614-7
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