Sentipensar la salud: una praxis de los estudios críticos
de la gordura

Izchel Adriana Cosio Barroso[1]
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán

Ilustración Ichan Tecolotl.

Resumen

En este artículo, propongo una revisión crítica de la relación entre salud y gordura desde el activismo gordo, los estudios críticos de la gordura y el pensamiento feminista-queer situado. Cuestiono la definición hegemónica de salud y la medicalización de la gordura bajo la categoría de “obesidad”, mostrando que este marco produce estigma corporal a partir de la patologización y políticas de control corporal que presentan a las personas gordas como amenazas de tipo económico, sanitario y moral. A partir de la revisión crítica de literatura en español e inglés, identifico varias contribuciones clave del pensamiento gordo al campo de las ciencias de la salud. Primero, la despatologización de la gordura, al subrayar que la asociación gordura-enfermedad no es un hecho estrictamente biológico, sino una construcción histórica, política y cultural. Segundo, el desplazamiento del individualismo hacia una comprensión situada de la salud y la corporalidad, donde las desigualdades estructurales, como las de clase, género, racismo y acceso a recursos, entre otras, son centrales. Tercero, una crítica al sanitarismo neoliberal y al pánico moral, que convierten la salud en imperativo de autocontrol y capitalizan el miedo a la gordura. Cuarto, la denuncia del estigma, la violencia y el racismo que atraviesan discursos biomédicos, políticas públicas y prácticas culturales. Finalmente, planteo reimaginar la salud como una serie de capacidades colectivas, relacionales, políticas y éticas, más que como logros individuales medibles. Concluyo que es posible reconocerse saludable desde la gordura y que esta posibilidad se sostiene en una ética cíborg feminista basada en escucha, experiencia y diversidad corporal.

Palabras clave: salud; gordura; despatologización; sanitarismo; estigma.

Introducción

“Un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades” es la definición de salud formulada por la Organización Mundial de la Salud, institución que desde mediados del siglo XX ha delineado buena parte de las pautas globales en materia sanitaria. A partir de este marco, tanto en su dimensión categorial como experiencial, la gordura aparece hoy profundamente tensionada por su clasificación médica y patologizante bajo la categoría “obesidad”. Desde el activismo gordo y su corpus intelectual, los estudios críticos de la gordura[2] se plantean la necesidad de interrogar críticamente dicha categoría, en la medida en que opera con un registro reduccionista que inscribe a la gordura en la lógica de la patología, la emergencia epidemiológica y como un enemigo nacional a combatir. Esto no solo dificulta pensar la gordura en articulación con la noción de salud y su praxis, sino que invisibiliza sus lenguajes propios, sus prácticas de resistencia, sus gestos de imaginación y sus formas de cuidado corporal que, por supuesto, desafían las narrativas de abyección reproducidas por las actuales políticas sanitarias institucionalizadas.

Al parecer, la gordura y las corporalidades gordas han quedado excluidas del imaginario contemporáneo de la “salud” y de aquello que se considera “saludable”, por lo que cabe preguntarse qué posibilidades de articulación se presentan desde análisis críticos y activistas. A partir de una revisión crítica de literatura, este artículo explora las contribuciones que los activismos y los estudios críticos de la gordura han realizado al campo de las ciencias de la salud, aun cuando estas no han sido plenamente reconocidas por este ámbito como recursos para repensar lo que hoy entendemos por salud. En última instancia, esta exploración busca recuperar el sentipensamiento que subyace a la salud, concebida como una capacidad que articula conocimientos y experiencias y que, en consonancia con el legado del pensamiento feminista, afirma el carácter situado de los saberes, las tecnologías, las prácticas y los cuidados, en especial aquellos que involucran mujeres y corporalidades feminizadas.

Metodología

Este trabajo deriva de mi investigación doctoral y se nutre, en particular, de la revisión de literatura sobre activismos y estudios críticos de la gordura que realicé para construir los antecedentes y el aparato crítico. Una revisión crítica de literatura implica un análisis sistemático y reflexivo de textos clave para examinar qué se ha dicho sobre el tema, desde qué enfoques se ha producido ese conocimiento, qué aspectos han sido problematizados y cómo se ha escrito al respecto. Para esta propuesta, me centré en la exploración acerca de la articulación entre las nociones de salud y gordura.

Revisé textos de divulgación científica, artículos e investigaciones de licenciatura, maestría y doctorado, poniendo especial atención en el uso y la articulación de palabras clave como salud, gordura, estudios de la gordura y activismo gordo. La selección del material respondió a dos criterios principales: por un lado, procuré incluir a autoras reconocidas de diversos países que son consideradas referentes en los activismos y en los estudios críticos de la gordura, atendiendo al principio de saturación teórica; por otro lado, prioricé trabajos en inglés y en español que problematizaran la noción de salud y estuvieran disponibles en acceso abierto.

Con el fin de sistematizar la información del material revisado, apliqué un análisis de contenido temático, el cual expongo a continuación.

El contexto: un discurso dominante sobre la gordura

Durante décadas, la salud pública no solo ha hablado sobre la gordura, sino que ha definido los marcos desde los cuales debe ser nombrada, estudiada e intervenida. Así, ha configurado y difundido el discurso de la “epidemia de obesidad”, consolidando una narrativa que sitúa a determinadas corporalidades en el registro permanente del riesgo y la amenaza. Entonces, desde el ámbito biomédico,[3] la gordura no se concibe como un rasgo corporal normal o posible, ni como una experiencia encarnada deseable, sino como el enemigo público número uno de la salud en México. Se ha producido un lenguaje técnico que define la gordura como una “acumulación anormal de grasa”, resultado de un “desbalance energético” y causa de múltiples enfermedades (Rivera et al., 2013). De este modo, la corporalidad gorda y la gordura aparecen inscritas en la lógica de la carencia o la falla funcional (Harjunen, 2017).

Un ejemplo de esta perspectiva es el Acuerdo Nacional para la Salud Alimentaria (ANSA), elaborado por el Gobierno de México en 2010, cuya traducción en políticas públicas reforzó el uso del Índice de Masa Corporal (IMC), las cintas métricas y las básculas como herramientas indispensables para la evaluación corporal, al tiempo que incorporaron la noción de “ambiente obesogénico”. Bajo este enfoque, la obesidad (gordura) se interpreta como el efecto de entornos que promueven el consumo de alimentos ultraprocesados y estilos de vida sedentarios, característicos de sociedades neoliberalizadas (Rivera et al., 2013). En este debate confluyen investigaciones biomédicas, genómicas, epidemiológicas, salubristas, sociológicas y antropológicas que han señalado factores como la urbanización, la desigualdad socioeconómica y la industrialización alimentaria (Rivera et al., 2013). Posteriormente, en 2013, la decisión de la Asociación Médica Americana (AMA) de reconocer la obesidad como enfermedad, en lugar de factor de riesgo, endureció la medicalización del tema a escala global (Saguy, 2013) y contribuyó a consolidar en México una retórica institucional bélica articulada en torno al eslogan “guerra contra la obesidad”.

A partir de este contexto, es posible afirmar que la biomedicina, los medios de comunicación y las políticas públicas orientadas por la salud pública han contribuido a consolidar la gordura y la corporalidad gorda como un problema de debate público, que le ha declarado la guerra a las personas gordas. Amparándose en estudios “basados en evidencia”, estas instancias han reforzado su autoridad a lo largo del tiempo y legitimado intervenciones sobre las corporalidades consideradas en riesgo de muerte. Incluso ciertas vertientes del pensamiento feminista dialogan con esta perspectiva. Por ejemplo, Marin Warin (2014) propone articular el feminismo material con la epigenética para comprender la obesidad como un fenómeno simultáneamente biológico y social. Este diálogo resulta relevante en la medida en que ambas perspectivas, con matices distintos, conversan y en ocasiones se integran con el discurso hegemónico sobre la gordura. Así, su análisis sobre la “programación fetal” demuestra que la mala nutrición materna en contextos de pobreza puede asociarse a enfermedades crónicas en la vida adulta, por lo que cuestiona al activismo gordo y los estudios críticos de la gordura que, desde su perspectiva, establecen una división rígida entre naturaleza y sociedad al hablar sobre la gordura, y enfatiza que estas desigualdades afectan de manera desproporcionada a mujeres pobres. Frente al argumento de Warin, sugeriría que, más que indagar únicamente en la causalidad de la gordura o en por qué nos “volvemos” gordas, conviene examinar los efectos que ha tenido la configuración discursiva médica y salubrista, al igual que las prácticas que la materializan.

En cierta medida, planteamientos como el de Warin ya habían sido anticipados con la incorporación de la perspectiva de género en los estudios sobre obesidad, la cual ha contribuido a complejizar el análisis social, político y cultural al mostrar que no se vive ni se atiende del mismo modo, pues está atravesada por el orden de género. De acuerdo con Luz María Moreno Tetlacuilo (2016), los roles y mandatos de género modelan los hábitos alimenticios, la práctica de ejercicio, el acceso a servicios médicos y la salud mental. En este sentido, las mujeres enfrentan presiones estéticas más intensas, mayores cargas de cuidado y más obstáculos económicos severos, lo que incrementa el riesgo de estigmatización, de trastornos alimentarios y de malestar emocional. En contraste, los hombres lidian con expectativas asociadas a la fuerza, la musculatura y la productividad, atributos que parecen ponerse en entredicho cuando emerge la gordura.

Si bien la perspectiva de género ha sido clave para entender los sesgos en el estudio de la obesidad, y en cualquier otro en el campo de la salud y de las ciencias médicas, al visibilizar desigualdades entre hombres y mujeres y reconocer el género como determinante social de la salud, no ha cuestionado de manera sustantiva la premisa de que la gordura constituye una enfermedad o un trastorno que debe prevenirse o corregirse siempre y sin dudar. Al respecto, cobra fuerza la afirmación de Debrujin:

La gordura es abrumadoramente temida y denostada en la cultura occidental contemporánea. El paradigma médico, la industria de la dieta, las compañías aseguradoras, la publicidad, los “reality shows” y la currícula de la educación física parecen ser unánimes en su mensaje de que la gordura no es atractiva, en el mejor de los casos, y es letal, en el peor de los casos. (2012: 68)

Esta premisa sitúa el temor y la abyección como ejes estructurantes del imaginario contemporáneo sobre la gordura, y son justamente los que el activismo gordo y los estudios críticos de la gordura interpelan en un gesto de desobediencia.

Desobedecer el llamado a la guerra contra la gordura

Si bien los activismos gordos anteceden a los estudios críticos de la gordura en su expresión pública, ambos se han desarrollado de manera imbricada. La elaboración teórica producida por este campo activista (político) ha sido clave para dotar de densidad conceptual y de proyección política a las luchas contra la patologización y el estigma de las corporalidades gordas. A partir de este andamiaje, y con base en una revisión crítica de literatura, afirmo que los activismos gordos y los estudios críticos de la gordura han realizado aportaciones sustantivas al campo de la salud. A continuación, presento algunas de las que considero más significativas.

  1. Despatologización de la gordura

Una de las aportaciones centrales es la insistencia en la despatologización de la gordura y, en consecuencia, de las corporalidades gordas. Al respecto, pensadoras como Abigail Saguy (2012) hacen un análisis minucioso sobre cómo la asociación entre gordura y enfermedad no constituye un hecho puramente biológico, sino una construcción histórica, política, económica y cultural. Señalan que la categoría “obesidad” no solo describe un supuesto estado patológico, sino que, al configurar ciertas corporalidades como problemáticas, se producen efectos sociales, políticos y culturales que escapan de la lógica médica, pero sitúan a la corporalidad en un orden específico de relacionamiento. Así, al reducir la gordura a cifras, gráficos y diagnósticos clínicos, el discurso médico la transforma en un problema por corregir y a la persona gorda en un sujeto por disciplinar. En este sentido, no se niega la existencia de condiciones de salud diversas, pero se cuestiona la premisa de que la gordura sea, por principio, una enfermedad. Incluso, otras pensadoras como Marilyn Wann, Charlotte Cooper y Kathleen LeBesco, han señalado que la equivalencia gordura-enfermedad no descansa exclusivamente en evidencias científicas, pues la lectura biomédica dista de ser neutral, ya que está atravesada por relaciones de poder que establecen jerarquías sociales basadas en valores culturales, morales, estéticos, de género y raciales. Una mirada queer, en este sentido, permite desestabilizar esas categorías fijas y evidenciar su carácter histórico y disciplinario. En consecuencia, la gordura no debería ser entendida ni estudiada como una enfermedad, sino como un artefacto de pensamiento que da cuenta de la sociedad actual.

  1. Del individualismo al carácter situado de la salud

El aporte específico del pensamiento gordo[4] radica en transformar la interpretación de la gordura como un problema, que además es individual, hacia una comprensión situada que reconoce que las corporalidades están atravesadas por relaciones de poder que exceden la voluntad personal y que no necesariamente se traducen en un problema (sanitario). En este sentido, la discusión se desplaza del individualismo hacia la complejidad y el carácter situado, que configura tanto la experiencia corporal como la propia noción de salud.

Laura Contrera y Nicolás Cuello proponen invertir la lógica dominante que responsabiliza a las corporalidades gordas de su propia condición. En sus palabras: “Eliminar la grasa del Estado no solo es persecución ideológica, es también eliminar el excedente de alteridad que simboliza […] los cuerpos otros, los cuerpos de clases populares, los cuerpos no sofisticados” (2016: 128). La persecución de la gordura no es únicamente sanitaria, también es política y de clase, pues lo que está en juego no es el tamaño corporal en sí, sino el régimen de valor que define la legitimidad corporal o la corrección indiscutible basada en una normatividad corporal vinculada con la obediencia. Esta lógica funciona con independencia de que una persona se asuma gorda o no, o de que sea leída socialmente como tal. Para el campo de salud, esto deriva en un desplazamiento significativo, pues la salud deja de concebirse como derecho humano y se redefine como responsabilidad y “propiedad” individual. Sin embargo, Abigail Saguy (2012) subraya que la distribución de la salud y la enfermedad responde menos a decisiones individuales que a desigualdades estructurales como la pobreza, la discriminación y la precarización, aunque las políticas públicas tienden a despolitizar estas condiciones al reducirlas a fallas de autocuidado. También advierte que las normas contemporáneas de salud y fitness están atravesadas por desigualdades de género, clase, movilidad y acceso a recursos, que determinan la configuración de corporalidades “correctas” o “saludables”. En esta línea, Hannele Harjunen (2017) demuestra que la industria de la dieta y el mercado del bienestar capitalizan el miedo a la gordura, promoviendo soluciones rápidas e insostenibles que refuerzan la culpabilización individual, mientras ocultan los determinantes estructurales que condicionan los resultados. Desde esta mirada, lo verdaderamente neoliberal no es la gordura en sí, sino la normatividad corporal que impone ideales de belleza, salud, moralidad y racionalidad como modelos obligatorios de vida, además, susceptibles de ser capitalizados.

  1. Crítica al sanitarismo y al pánico moral

Harjunen (2017) apunta la existencia del sanitarismo, al cual define como la consolidación de la neoliberalización de la salud y su conversión en imperativos económicos y morales basados en el autocontrol y la competencia individual. En este marco, la pensadora también advierte que el discurso de la “epidemia de obesidad” introduce afectos como el pánico al presentar la gordura no solo como fracaso personal, sino como amenaza sanitaria y hecatombe económica. Para Harjunen, esta corporalidad, considerada socialmente problemática, deriva en su capitalización por las industrias estética, farmacéutica, de dieta y del bienestar, que a su vez refuerzan la culpabilización y reproducen controles culturales y educativos que disciplinan las corporalidades desde la infancia, delimitando quiénes pueden existir sin cuestionamientos y quiénes deben justificarse o transformarse. Como ejemplo, cito la historieta ¿Qué te estás tragando?,[5] del caricaturista El Fisgón, publicada en 2020 en una mañanera del ex-presidente Andrés Manuel López Obrador, respaldada por la Secretaría de Salud para integrarse en los libros de texto de nivel básico como material educativo oficial. Esta fue criticada por activistas y académicas vinculadas con el activismo gordo en México por reproducir abiertamente estigmas y jerarquías de género al presentar la gordura como error moral, casi una traición a la patria y una cuestión feminizada. Ambientada en una escuela pública, la historieta representa a Lupita (delgada, ordenada, higiénica, moral, patriótica) reprendiendo a Lencho (gordo, distraído, “sucio”, egoísta, culpable de su propio cuerpo), naturalizando que la gordura es un error que debe ser motivo de vergüenza, señalamiento, sanción y corrección. Asimismo, es un producto cultural situado en el contexto mexicano, que permite observar la expansión de la medicalización en la vida cotidiana, lo que promueve la idea de que toda desviación corporal, en especial la gordura, es moralmente incorrecta.

  1. Denuncia del estigma, la violencia y el racismo

Como he señalado, la salud, concebida como imperativo moral, exige disciplina, autocontrol y vigilancia constante. Con base en esto, el pensamiento gordo advierte que la noción contemporánea de salud dista de ser neutral; por el contrario, se imbrica con ideales estéticos, morales y raciales que consolidan un modelo corporal blanco, masculino, delgado y de clase media como sinónimo de vida saludable (Piñeyro, 2016). Cuando el discurso biomédico se articula con el aparato estatal y la cultura, se configura un sanitarismo que estigmatiza. El estigma de la gordura se configura a partir de asociarla con estereotipos como la pereza, la suciedad, la indisciplina y la irresponsabilidad, así como a adjetivos como “vago”, “costoso”, “monstruoso”, “indeseable” o “asqueroso”. Entonces, la apariencia corporal se convierte en un criterio para evaluar el valor de una vida.

Diversas pensadoras de la gordura sostienen, además, que el cuerpo tampoco es una entidad natural e inmutable, sino una configuración compleja. Lo que llamamos cuerpo no remite exclusivamente a la biología, también a la biografía, a la que nombramos corporalidad. Esta refiere a una configuración de historias, afectos, territorios y relaciones de poder desiguales, por lo que, desde esta lógica, la delgadez no puede erigirse como la única forma legítima de salud; sería reduccionista. Esta denuncia adquiere una dimensión histórica y racial en el contexto mexicano. Abril Saldaña-Tejeda y Peter Wade (2019) plantean que el discurso de la “obesidad” ha interpretado la gordura como signo de atraso, degeneración y amenaza al cuerpo-nación, en continuidad con herencias eugenésicas y proyectos de higiene social. En este entramado, la responsabilización recae de manera particular en mujeres pobres y racializadas, especialmente en su rol materno, reproduciendo desigualdades históricas veladas por el lenguaje de la salud. En consecuencia, la y el investigador sostienen que las explicaciones genéticas o epigenéticas reactivan estas lógicas al sugerir predisposiciones “indígenas” que refuerzan la estigmatización de clase y racial. Así, la denuncia del estigma no se limita al señalamiento de prejuicios individuales, sino que revela la imbricación de violencias (moral, genérica, racial y de clase) que estructuran los discursos médicos, las políticas públicas y las prácticas culturales. Frente a estas violencias, el pensamiento gordo no solo desplaza la gordura del diagnóstico médico hacia la categoría política, reivindica la voz en primera persona. Tal es el caso de colectivas lesbianas como Fat Underground en los años setenta, hasta las actuales escritoras y activistas de Latinoamérica: Laura Contrera, Lucrecia Masson, Magda Piñeyro, Erika Bulle, Liz Misterio, Alejandra Oyosa, Magda Aranda y Gloria Soto, entre muchas más, que devienen sujetos de enunciación.

En este proceso, la categoría gordofobia se ha consolidado como herramienta analítica y política que nombra al dispositivo corporal y de género a través del cual opera el sistema de clasificación corporal que deslegitima subjetividades gordas. El pensamiento gordo emerge, en consecuencia, como praxis feminista-queer que disputa la deshumanización, interpela el racismo y defiende el derecho a existir mediante corporalidades gordas de cara a la violencia que se ejerce sobre ellas.

  1. Re-imaginar la salud

Con base en la crítica del pensamiento gordo, es posible transitar de la idea de la salud como logro individual hacia su comprensión como capacidad. Consuelo Chapela (2005), desde la perspectiva de la salud colectiva, sostiene que la salud puede comprenderse como una capacidad humana corporeizada que se articula con la posibilidad de decidir, construir y alcanzar futuros viables. En este sentido, la salud deviene proceso colectivo y configurado por un horizonte de condicionantes y posibilidades situadas. Esto implica reconocer quién es uno, qué problemas se enfrentan y con qué recursos se cuenta; es decir, asumir que las condiciones contextuales delimitan las potencialidades de lo saludable. Entonces, es posible afirmar que la salud es una cuestión política, lo que significa que no se limita al campo biomédico ni como categoría ni como experiencia; por el contrario, se configura como praxis, capacidad y proceso diverso, relacional, situado y negociado, e implica acciones que obligan a su resignificación constante. Por ello, la salud no puede reducirse a mediciones estandarizadas ni a ideales corporales universales. Desde esta lógica, lo que está en disputa es el derecho a producir sentido sobre las corporalidades, incluyendo las gordas, y sobre las formas de vida que se configuran y habitan. En coherencia, desde el pensamiento gordo se impulsa la reconfiguración de políticas sanitarias inclusivas, cuyo propósito no es la corrección, sino el desarrollo de capacidades y espacios libres de discriminación; en esto, la diversidad corporal se reconoce indispensable.

Conclusiones

Entonces, ¿es posible pensar la gordura más allá de la enfermedad? El pensamiento gordo sostiene que sí. Si pensar la salud implica no solo reconocer la concepción de sociedad que la sustenta, en este caso, una neoliberalizada, sino también abrirse a saberes diversos que interpelan lo que entendemos por “lo humano”; entonces, es necesario que la gordura forme parte de esa humanidad que es interpelada desde la noción de lo saludable. La salud no se agota con mediciones ni parámetros estandarizados; exige una ética cíborg basada en la escucha respetuosa, pues se encarna, se siente y se piensa con quienes la experimentan. Así, afirmo que es posible reconocerse saludable desde la gordura, aun sin el permiso de las políticas sanitarias o de los discursos institucionales, lo cual ha sido posible gracias al activismo gordo y a su enraizamiento en las prácticas feministas que apuestan por la libertad radical de las mujeres, así como de las identidades y corporalidades disidentes de la normatividad de género.

Referencias

Chapela, C. (2005). Promoción de la salud. Un instrumento de poder y una alternativa emancipatoria. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco.

Contrera, L. y Cuello, N. (comps.). (2016). Cuerpos sin patrones. Resistencias desde las geografías desmesuradas de la carne. Editorial Madreselva.

Debruijn, A. (2012). Unbounded Embodiment vs. Containment and Control: A Critical Analysis of Fatphobia. Convergence Journal, 3, 68-73. https://convergencejournal.ca/archives/377

Harjunen, H. (2017). Neoliberal Bodies and the Gendered Fat Body. Routledge.

Moreno Tetacluilo, L. (2016). Introducción. El género: un determinante social de la salud-enfermedad-atención. En L. Moreno Tetacluilo y A. Carrillo Farga (coords.), La perspectiva de género en la salud (pp. XIII-XXXIII). Universidad Nacional Autónoma de México.

Piñeyro, M. (2016). Stop gordofobia y las panzas subversas. Baladre-Zamba.

Rivera Donmarco, J. A., Hernández Ávila, M., Aguilar Salinas, C. A., Ortega Vadillo, F. y Murayama Redón, C. (2013). Obesidad en México. Recomendaciones para una política de Estado. UNAM. https://www.anmm.org.mx/publicaciones/Obesidad/obesidad.pdf

Saguy, A. (2012). Why Fat is a Feminist Issue. Sex Roles, 66, 600-607. https://doi.org/10.1007/s11199-011-0084-4

Saldaña-Tejeda, A. y Wade, P. (2019). Eugenics, Epigenetics, and Obesity Predisposition among Mexican Mestizos. Medical Anthropology, 38(8), 664-679. https://doi.org/10.1080/01459740.2019.1589466

Warin, M. (2014). Material feminism, obesity science and the limits of discourse critique. Body & Society-SAGE, 21(4), 48-76. https://doi.org/10.1177/1357034X14537320


  1. Investigadora en Ciencias Médicas en el Departamento de Estudios Experimentales Rurales | Correo electrónico: izchel.cosiob@incmnsz.mx
  2. Esta expresión es la traducción que propongo para el término inglés Fat Studies, un campo multidisciplinario estrechamente vinculado con los feminismos y perspectivas queer, dedicado al análisis de la gordura, cuyo propósito es señalar su configuración epistemológica y política. Esta formulación me permite tomar distancia de la hegemonía de las explicaciones biomédicas que históricamente la han reducido a una patología.
  3. La narrativa dominante también ha sido interpelada desde el propio campo biomédico con enfoques como “Obesidad sin estigma”, “Nutrición incluyente” o “Salud en Todas las Tallas” (Health at Every Size), que plantean que la salud no puede reducirse a medidas corporales, como peso y talla. Por el contrario, enfatizan que las personas merecen un trato respetuoso y no patologizante, y que las características corporales, por sí mismas, no deben convertirse en criterios automáticos de enfermedad.
  4. En adelante utilizaré la expresión “pensamiento gordo” para designar de manera conjunta las contribuciones del activismo gordo y a los estudios críticos de la gordura.
  5. https://www.milenio.com/politica/amlo-campana-nutricion-arranca-entrega-historieta