Del silencio a la sororidad: el aborto como acto político
y de cuidado

Olivia Mariana González-Márquez
Periodista especializada en género

Ilustración Ichan Tecolotl con fotografía de Wikimedia Commons.

Resumen

Este artículo explora el papel de las emociones y el acompañamiento colectivo en los itinerarios abortivos de 15 mujeres cisgénero que vivieron un aborto autogestionado con acompañamiento en la Zona Metropolitana de Guadalajara, Jalisco, antes de la despenalización del aborto en este estado en octubre de 2024. A través del concepto de agencia afectiva, el artículo propone que emociones como el miedo, la ira y la sororidad no son meros estados pasivos, sino brújulas que orientan la toma de decisiones y transforman la experiencia privada del aborto en una práctica política de cuidado colectivo. El análisis presenta el itinerario abortivo como un viaje con distintas estaciones donde los obstáculos institucionales, legales y sociales son sorteados gracias al intercambio horizontal de saberes entre mujeres, potenciando tanto la autonomía reproductiva individual como la construcción de redes de resistencia frente a la criminalización.

Palabras clave: aborto autogestionado; agencia afectiva; autonomía reproductiva; cuidado colectivo; itinerario abortivo.

Introducción

El aborto en contextos restrictivos, como ha sucedido en México y sigue sucediendo en algunos estados del país, va más allá de un mero acto médico o un debate legal. Se trata de un proceso que involucra el cuerpo, las emociones y los afectos, que van dando forma a un itinerario, un proceso en el que la agencia afectiva (Macón, 2021) y las estrategias para llevarlo a cabo se transforman en nuevas formas de dar sentido, de abrazar la autonomía y decidir sobre el propio cuerpo.

Para muchas mujeres y personas con capacidad de gestar, la vida se detiene unos momentos ante un resultado positivo. Un embarazo que no pocas veces es inesperado y que hace plantearse dudas y pensamientos transmitidos desde la sociedad, que revelan discursos en los que el aborto y las mujeres que lo realizan son asesinas, malas personas o irresponsables.

Este resultado positivo desencadena un viaje que hasta hace poco se vivía en la ilegalidad y en el que las emociones y los afectos sirven como una brújula que ayuda a transitar un camino hostil por los obstáculos institucionales, la criminalización y el juicio social. El miedo como forma de supervivencia, la ira como motor para tomar decisiones por sí mismas, la sororidad del acompañamiento como un lugar seguro y de cuidado, les permiten afrontar este trayecto en el que la autonomía se consolida y transforma de una u otra manera su visión del mundo.

Las emociones se vuelven un espacio de resistencia y práctica política porque salen de lo privado a lo público para propiciar el intercambio de saberes entre mujeres y personas con capacidad de gestar. Esta interacción posiciona el conocimiento sobre el aborto desde lo horizontal como una forma de hacer frente a los obstáculos institucionales, legales y médicos, pero también como una manera de cuidado colectivo y común.

En este texto intentaré explicar cómo las emociones y el acompañamiento juegan un papel fundamental para llevar a cabo procesos abortivos en medio de contextos de ilegalidad y cómo potencian estrategias personales que se convierten en autonomía reproductiva y agencia afectiva.

Presentaré el itinerario como si fuese un viaje en el que las mujeres transitan y se van encontrando con diversas estaciones u obstáculos que deben sortear para lograr abortar de manera segura, sin que represente un peligro para su vida o su libertad.

Mi propio viaje

En los últimos dos años, como estudiante de la Maestría de Estudios de Género de la Universidad de Guadalajara, me adentré en las historias de 15 mujeres cisgénero que vivieron un aborto autogestionado –ese que se hace fuera de los hospitales, muchas veces en la intimidad de una habitación propia o prestada– y con acompañamiento en la Zona Metropolitana de Guadalajara, Jalisco, un estado conservador al oeste de México donde, hasta antes de octubre de 2024, el aborto autogestionado o autónomo era penalizado por la ley.

Para realizar la tesis de grado quería saber cómo transitan las mujeres el itinerario abortivo y qué elementos se involucran en ello desde la perspectiva de género, esa que concibe el género como una construcción social enmarcada en “una estructura de poder” que afecta especialmente al cuerpo de las mujeres (Segato, 2003: 201), y que fue una herramienta que me permitió entender las opresiones y ejercicios de poder que se entrecruzan en la interrupción del embarazo. Me interesaba escuchar a las mujeres, comprenderlas, tratar de ponerme en su lugar mediante una conversación cuyo guion fue rebasado por la potencia de sus historias. Escuchar sus relatos de vida me permitió hacer un cruce entre la subjetividad de sus historias y el contexto social, de manera que su experiencia personal forma parte de una “experiencia colectiva compartida más amplia” (Aceves Lozano, 1998: 218), inmersa y condicionada por las estructuras de poder sociales, culturales, religiosas e institucionales.

La teoría de las emociones ayudó a entender cómo eso que sienten se convierte en una fuente y una potencia política para encarar el poder médico y legal, y llegar a concretar el proceso. Esta teoría permite comprender cómo las mujeres se relacionan con el mundo exterior y cómo este interviene en sus acciones, valores, percepciones y las emociones que las constituyen (Jaggar, 1989). Abordar el cuerpo y las emociones desde lo social pone en el centro los saberes de las personas, su carácter sintiente y sensible, además de proporcionar recursos interpretativos para analizar por qué se siente de un modo y no de otro, y qué condiciona sus prácticas (Sabido Ramos, 2011).

Para dar un marco de sentido a las emociones, busqué tener como referencia los itinerarios de aborto, entendidos como los “recorridos experienciados por las personas que buscan interrumpir un embarazo no deseado en un contexto de clandestinidad” (Siskindovich, 2018: 69). Tomé como referencia algunas de las fases que han sido descritas en otras investigaciones relacionadas con el tema por académicas y académicos en América Latina.

Los diálogos con las participantes fueron realizados desde la horizontalidad y la escucha activa, para indagar acerca de lo que vivieron en su experiencia abortiva y cómo esto se entrelazaba con su biografía y su contexto, deseando encontrar ese dato sensible que pudiera ser analizado desde lo cualitativo. Todas sus historias sucedieron antes de que interrumpir el embarazo hasta las 12 semanas de gestación fuera una causa no punible en Jalisco. Lo que encontré en nuestras conversaciones no fue un relato de víctimas, sino un mapa de estrategias de resistencia. Encontré que el aborto autogestionado es un proceso, un viaje que tiene sus propias estaciones, sentires, obstáculos, pero que también encuentra aliadas y aliados.

Las estaciones del viaje

Como en todo viaje, es necesario un mapa para entender hacia dónde ir. Para tratar de comprender mejor los itinerarios de aborto, hice una cartografía basada en las experiencias de las mujeres participantes en la investigación. El camino que siguen no es lineal y, aunque podemos identificar algunas fases que tienen en común, hay un ir y venir entre todas las etapas que afrontan de acuerdo con diversos factores, como su biografía, su contexto socioeconómico o el tipo de acompañamiento con el que cuentan. Este camino tiene curvas, obstáculos sociales e institucionales que van moldeando lo que las mujeres sienten al buscar abortar.

Dividí este mapa en ocho fases, como se puede ver en la figura 1. Estas dialogan con otras investigaciones que han sido realizadas por diversas autoras y autores en América Latina.

Figura 1

Nota: Las imágenes son de elaboración propia.

Este camino se vive con el peso del equipaje personal, desde la complejidad de las emociones, los afectos que se articulan y la subjetividad de cada historia; pero también se vive en silencio. En él encontramos un repertorio emocional, es decir, una serie de emociones que incluyen el miedo, la rabia, el rechazo, el asco, la culpa o la vergüenza, la frustración, la esperanza o la determinación, el agradecimiento o el orgullo.

Las mujeres también transitan este camino desde la urgencia, en una carrera contra el tiempo, en el intento de que el embarazo no avance y la etapa gestacional no ponga en peligro sus vidas. El itinerario de aborto se convierte entonces en un recorrido experienciado que no es igual para todas y tampoco es pasivo; se transforma en una lucha, un momento de resistencia por la posibilidad de decidir sobre el propio cuerpo y la vida que se desea, y en el que las emociones sirven como brújula, como faro de luz para llegar a buen puerto.

El equipaje invisible

A las mujeres se nos enseña a ser madres. Desde pequeñas nos entrenan para cuidar, para ser la mujer buena, la madre que cuida. Con esta responsabilidad en la espalda, afrontar una prueba de embarazo positiva pone en tensión el deseo de ser madre. Si ese deseo no está ahí en ese momento o como perspectiva de vida, esa certeza nos confronta con aquello para lo que nos prepararon. Esto desata un diálogo interno en el que se dispara la disputa subjetiva (Amuchástegui et al., 2015), esa voz interna que se debate entre lo que se desea en un futuro a corto o largo plazo y las voces de otras personas que nos dicen que abortar te convierte en una mala mujer por no seguir tu supuesta naturaleza. La instrucción religiosa, la opinión de la familia, el juicio social y los discursos conservadores o antiderechos se entrelazan en esa disputa.

Esperanza, una de las participantes en la investigación, quien eligió un nombre ficticio para proteger su integridad, tuvo una experiencia de aborto en la que la disputa subjetiva se presentó todo el tiempo, incluso al momento de nuestra conversación. Con cuatro hijas e hijos previos, se considera una mujer “provida”. Cuando se vio embarazada de una pareja que la violentaba emocionalmente y en medio de una separación con mucha manipulación, toda su formación religiosa le dio vueltas en la cabeza, pero al mismo tiempo, su voz interna, la de una mujer que estaba por iniciar una carrera universitaria, le decía que no podía empezar de nuevo con un bebé.

Si aborto, Dios me va a castigar, pensaba todo el tiempo eso […]. Después entraba la parte de mamá luchona de que: si pudiste sacar adelante a los otros teniendo otro tipo de trabajo, otro tipo de salarios, sí puedes; pero yo decía: “Estoy cansada de poder, estoy cansada de decir sí puedo, ¿hasta cuándo?”. Y me entraba la culpa. (Comunicación personal, 10 de abril de 2024).

El nudo que se forma entre los deseos de quienes abortan, los discursos conservadores que han escuchado toda su vida en torno a la obligación de ser madres y el juicio por decidir no serlo, genera culpa. Un sentimiento que no es una emoción individual ni aislada, sino que es la forma de controlar el cuerpo para el disciplinamiento y la autovigilancia (Cedeño Peña y Tena Guerrero, 2022). De los relatos de las participantes, podemos entender que la culpa no es natural, es una emoción aprendida desde la infancia. Defender los propios deseos, quebrantar la felicidad que debería encarnar la maternidad, pensar en sí mismas a futuro; todo eso desarticula y se sale de “lo correcto”.

El miedo como motor de arranque

Al escuchar a las mujeres participantes en la investigación, encontré que la emoción que está presente en todas, en mayor o menor medida, es el miedo. El miedo paraliza, sí, pero también se vuelve un detonador de las decisiones que las mujeres tomarán durante el trayecto y las estrategias que llevarán a cabo.

Como se ha dicho, hasta octubre de 2024, el aborto estaba criminalizado en Jalisco y las mujeres que querían interrumpir un embarazo no deseado lo hacían con el miedo de ir a la cárcel. Este temor prevalece y va tomando diferentes formas conforme van avanzando en el camino: a morir en un procedimiento inseguro, a no tener los recursos económicos necesarios, a decepcionar a sus padres, a que su pareja las abandone o a que sus seres queridos las juzguen. Estefanía, una joven con posgrado y la firme convicción de no ser madre, se paraliza al pensar en abortar y las consecuencias que esto pudiera tener en su vida.

La primera palabra que se me viene es el miedo, para todo: el miedo de que te pase algo, incluso el miedo de si te pones grave y vas al hospital, porque una amiga me llegó a platicar su proceso de aborto, lo hizo también voluntario y el de ella sí se complicó, fue a parar a Urgencias y la trataron mal. (Comunicación personal, 16 de octubre de 2024)

En las narrativas de las participantes, el miedo se relaciona con la incertidumbre, con sentir que no tienen el control de lo que les pasa; se convierte, además, en un mecanismo de alerta y de supervivencia. Los discursos dominantes en torno al aborto apelan al miedo para “condicionar y vehicular nuestra percepción y juicio”, que tiene efectos en los sentimientos de confianza y seguridad, produciendo un estado permanentemente alterado (Díaz Álvarez, 2022).

A la vez, el miedo activa la agencia, es decir, las hace moverse, buscar soluciones, tomar decisiones por sí mismas. Las hace abrir un buscador en internet o navegar en las redes sociales en busca de información, las hace romper el silencio y guardar la vergüenza para encontrar apoyo de alguna persona de confianza. Al ser una emoción instintiva, el miedo las impulsa a la acción urgente dado el momento que viven. Al transitar esta emoción y despojarse de ella, entran en un proceso en el que su experiencia va tomando otros sentidos; van configurando una “agencia afectiva” que las hace conscientes de sus posibilidades y de su capacidad de atender sus propios deseos, necesidades y metas para lograr una vida mejor. Este proceso hace posible que algunas mujeres saquen de la maleta los discursos que les fueron impuestos por la sociedad, la religión o la familia, y metan en ella aquello que les permite horizontes inmediatos más justos.

El laberinto de la información y la búsqueda

Una vez que el miedo echa a andar el motor, comienza la búsqueda, y aquí es donde se topan con más obstáculos y dificultades. En un mundo ideal, una mujer iría a su centro de salud, recibiría información veraz para tomar su decisión y tendría a la mano los recursos económicos y materiales para realizar el aborto. Pero en la realidad de Jalisco, muchas se toparon con un muro cuando esta práctica era criminalizada, y estoy segura de que esto sigue sucediendo en alguna medida ahora que pueden elegir libremente hasta las 12 semanas.

Los obstáculos son varios y desde diferentes veredas: farmacias que niegan la venta de misoprostol, un medicamento legal creado para tratamiento de úlceras gástricas, pero usado para abortos farmacológicos,[1] simplemente porque juzgan a la mujer que lo pide. Dificultad para el acceso a la compra de mifepristona y altos costos para pedir los medicamentos desde otra ciudad. Médicos que, amparados en sus creencias personales, mienten sobre las semanas de gestación para asustar a las pacientes o que las obligan a escuchar los latidos del producto durante la ecografía.

El poder médico se hace presente en los cuerpos de las mujeres. La disposición del fármaco en contextos de clandestinidad provoca angustia, desesperación, la preocupación de no contar con dinero suficiente y pasar por el proceso con la esperanza de no tener que comprar una nueva dosis.

Me acuerdo de mí diciéndole [a la acompañanta]: solamente tengo esta [misoprostol] y no sé cómo conseguir la otra, y creo que en ese momento estaba investigando y sí era como un poquito complicado conseguir la mife. Entonces me dijo: no, no hay problema, con el misoprostol se arma. (Edith, comunicación personal, 29 de enero de 2025)

Es en este momento que la tecnología y la organización feminista toman relevancia en el trayecto. Ante el abandono del Estado y la falta de difusión de información confiable, las mujeres encuentran refugio en las redes. TikTok, Instagram y el boca a boca se convierten en las fuentes de información. Años antes de necesitar abortar, Sid había guardado videos de TikTok de colectivas feministas con información del aborto con medicamentos, “por si acaso”. Monse buscó en Google artículos académicos. Esperanza preguntó a sus amigas con formación médica, quienes le compartieron sus saberes y experiencias. Pero muchas de ellas se dieron cuenta de que gran parte de la información que encuentran es contradictoria o no se ajusta a sus necesidades o posibilidades económicas. Es aquí cuando el acompañamiento en aborto se vuelve fundamental, pues orienta, aclara dudas y muestra un camino en el que hay opciones y en que las mujeres pueden decidir.

El cuerpo habla y la red guía el viaje

Cuando Azul, una estudiante de entonces 18 años, contactó a una colectiva de acompañamiento de aborto, sabía que no solo buscaba la dosis, el procedimiento o los horarios para tomar los medicamentos, sino también orientación y guía acerca del proceso. Lo que recibió de quienes componen esta organización fue validación a su decisión y a las emociones que estaba sintiendo. Cuando las mujeres encuentran a alguien que les ofrece esa contención y validación, venga de quien venga, la incertidumbre empieza a ceder paso a la determinación.

En ese momento, yo todavía estaba así como hecha bolas, me dio muchísima tranquilidad hablar con ella [la acompañante], muchísima tranquilidad […] y yo salí con otra mirada, ya más tranquila, ya más de que en realidad no es el fin del mundo, más aliviada. (Comunicación personal, 4 de abril de 2024)

El aborto con medicamentos es un proceso físico intenso. Hay dolor, hay espera y se convierte en una situación de vulnerabilidad extrema. Todas las participantes contaron que en este momento lo único que importaba era que su cuerpo transitara a salvo y bien por el proceso, aguantar el dolor y expulsar el producto sin consecuencias. Si una mujer atraviesa esto sola, con miedo a ser descubierta por sus padres o familiares en la habitación de al lado, la experiencia puede ser terrorífica. Pero cuando hay acompañamiento, cuidado y certeza, el significado cambia radicalmente y las emociones se apaciguan.

En su primer aborto, una acompañante se quedó con Abril toda la noche. Ella tenía miedo de ir al baño, de ver sangre, de enfrentarse a la realidad de lo que estaba sucediendo. Su acompañante no solo le dio instrucciones médicas, también la cuidó.

Ella se quedó ahí [toda la noche] y se fue como a eso de las 11 de la mañana […]. Yo sí me acuerdo que yo me quedaba dormida, pero ella no me soltó nunca, o sea, siempre estuvo ahí. (Comunicación personal, 2 de abril de 2024)

Esa frase resume la política del cuidado feminista: donde el Estado pone barreras y la sociedad pone juicios, estas redes ponen el cuerpo y el corazón, transformando un evento médico en un ritual de sororidad, cuidado, escucha, contención y acompañamiento. Los relatos de las participantes ayudan a romper el mito del trauma psicológico por abortar. No se puede negar que el dolor físico existe, pero el sufrimiento psicológico se mitiga cuando hay alguien que ayuda, orienta, contiene y cuida.

El alivio de encontrar y reescribir el camino

La mayoría de las mujeres con las que conversé sienten alivio al concluir un embarazo. Esta emoción es poderosa, pues es la confirmación de que la decisión fue la correcta. Pero sucede algo más, que podríamos llamar “empoderamiento íntimo” y que tiene que ver con que, luego de atravesar el miedo, desafiar al sistema médico y familiar y tomar el control de su propio cuerpo, estas mujeres se descubren más fuertes y poderosas.

Muchas reevalúan sus relaciones de pareja, que en algunas ocasiones están marcadas por la violencia o la indiferencia durante el proceso, redefinen sus metas y encuentran un camino hacia una vida más disfrutable, un futuro deseado lleno de posibilidades más acordes a sus deseos.

¡Qué bueno que no lo hice! [continuar el embarazo] Porque también estoy como disfrutando muchísimo de la etapa en la que estoy, entonces, siempre mi recordatorio es: si no lo hubiera hecho, no estaría en donde estoy ahorita, y me está gustando lo que estoy viviendo. Después de todos estos pensamientos de culpa que me llegaron en algún momento, sí dije: “¡Pues no! ¿Esa culpa por qué, si estoy donde quiero estar?”. (Edith, comunicación personal, 29 de enero de 2025)

También cambian su idea de la maternidad, ya no como un destino inevitable e impuesto, ni como algo que hay que aceptar porque así toca. Ser madre se convierte en una elección. La experiencia y los saberes que se generan tras un aborto les permiten valorar la maternidad desde la responsabilidad y el deseo, no desde la imposición. Como plantean García Andrade y Sabido Ramos (2014), el cuerpo es una entidad reflexiva, que se produce a sí misma en la experiencia, el tiempo y el espacio; es decir, la autonomía se revela como una reapropiación del cuerpo, como territorio donde suceden y toman forma las decisiones.

De lo privado a lo político

En este tránsito, suele haber un último giro hacia un camino no explorado. Muchas de las mujeres, quienes empezaron su viaje en el silencio más absoluto, terminan esta experiencia queriendo hablar y compartirla para ayudar a otras mujeres; o surge el interés de recibir formación para acompañar de una manera más efectiva los procesos de aborto. Algunas se convierten en referentes para sus amigas, otras comparten información en sus redes, otras normalizan el tema en sus conversaciones. De una experiencia personalísima se genera un activismo cuyo fin es asegurar la salud y el bienestar de las otras.

Me volví como ese refugio de varias amigas, para bien o para mal, ahí quizá era la lección que tenía que aprender para que otras mujeres también pudieran hacer su propio camino, de decidir no tenerlo. De verdad quiero pensar que la vida tiene un sentido y que a mí me puso eso justamente para que las mujeres pudieran decidir por ellas mismas y que dijeran: “Mira, ella nos está acompañando”. (Anónima 1, comunicación personal, 17 de octubre de 2024)

Así es como lo personal se vuelve político. Su activismo es cotidiano: hablando del tema, pasando el contacto de una acompañante a alguien que lo necesita, escuchando sin juzgar a una amiga angustiada, contando cómo realizaron su propio aborto o uniéndose a alguna colectiva de aborto. Poner el cuerpo, contener, colectivizar y acompañar a otras es tornarse visible, tomar la voz para desarmar las configuraciones afectivas y sacar a lo público lo que se considera de la esfera privada: la posibilidad de decidir sobre los cuerpos y la sexualidad. Se saca al aborto de la clandestinidad y el silencio para impulsar “prácticas afectivas propias” que permitan vivir un futuro distinto (Macón, 2021).

A manera de conclusión

Abortar en casa, acompañada y con información es, en muchos sentidos, un acto de amor propio y de responsabilidad, pero también representa una apuesta política y de salud frente a los contextos restrictivos y los estigmas sociales. El aborto autogestivo acompañado ha demostrado ser seguro médicamente, pero esta investigación sugiere que también genera bienestar emocional cuando se dan las condiciones adecuadas. Recibir acompañamiento en este proceso es una estrategia personal y colectiva que articula los saberes comunes y procura el cuidado y el bienestar físico y mental. Esto despoja al aborto de la idea de que es un acto solitario y criminalizado, para convertirlo en uno colectivo que valida la experiencia y los sentires de las personas, así como su capacidad de decisión.

Referencias

Aceves Lozano, J. E. (1998). La historia oral y de vida: del recurso técnico a la experiencia de investigación. En J. Galindo Cáceres (coord.), Técnicas de investigación en sociedad, cultura y comunicación (pp. 207-252). Addison Wesley Longman.

Amuchástegui, A., Flores, E. y Aldaz, E. (2015). Disputa social y disputa subjetiva. Religión, género y discursos sociales en la legalización del aborto en México. Revista Estudios de Género. La Ventana, (41), 153-195. https://doi.org/10.32870/lv.v5i41.4315

Cedeño Peña, L. y Tena Guerrero, O. (2022). Estigma y empoderamiento posterior al aborto en mujeres mexicanas. Iberoforum. Revista de Ciencias Sociales, 2(1), 1-46. https://doi.org/10.48102/if.2022.v2.n1.212

Díaz Álvarez, E. (2022). Introducción: El poder de los afectos. En E. Díaz Álvarez y R. M. Lince Campillo (eds.), Política y afectos. Poder, subjetividad y emociones. Universidad Nacional Autónoma de México.

García Andrade, A. y Sabido Ramos, O. (2014). Introducción. En A. García Andrade y O. Sabido Ramos (eds.), Cuerpo y afectividad en la sociedad contemporánea. Algunas rutas del amor y la experiencia sensible en las ciencias sociales (pp. 11-36). Universidad Autónoma Metropolitana.

Jaggar, A. (1989). Love and knowledge: Emotion in feminist epistemology. Inquiry, 32(2), 151-176. http://dx.doi.org/10.1080/00201748908602185

Macón, C. (2021). Desafiar el sentir. Feminismos, historia y rebelión. Omnívora.

Sabido Ramos, O. (2011). El cuerpo y la afectividad como objetos de estudio en América Latina: intereses temáticos y proceso de institucionalización reciente. Sociológica (México), 26(74), 33-78. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-01732011000300002&lng=es&tlng=es

Segato, R. (2003). La estructura del género y el mandato de la violación. En Las Tesis (comp.), Antología Feminista. Debate.

Siskindovich, J. (2018). Itinerarios de aborto. Un acercamiento a los recorridos de mujeres que buscan interrumpir un embarazo no deseado en contextos de clandestinidad. Heterotopías: Revista del Área de Estudios Críticos del Discurso de FFyH, 1(1), 68-88.


En el aborto farmacológico, la persona debe ingerir tres dosis en un periodo entre 3 y 12 horas. En el caso de la mifepristona, debe ser administrada por vía oral con dosis única, mientras que la combinación de ambos dependerá de las semanas de gestación. La mujer debe tomar primero la mifepristona y, entre 24 y 48 horas, tomar otra dosis de misoprostol. En casos de entre 9 y 12 semanas de gestación, la persona debe tomar hasta 5 dosis de misoprostol para asegurar la expulsión del producto (Organización Mundial de la Salud, 2012; Ipas CAM, 2022).