Emma Magdalena Oropeza De Anda[1]
Universidad de Guadalajara
Ilustración Ichan Tecolotl.
Resumen
El presente artículo analiza el proceso de configuración subjetiva mediante el cual algunas mujeres diagnosticadas con cáncer de mama transitan de pacientes oncológicas a activistas sociales. Empleando la Teoría de la Subjetividad de Fernando González-Rey y Albertina Mitjáns-Martínez, y el concepto de “la cuerpA” como archivo de opresiones, resistencias y re-existencias, se reconstruye el trayecto sanitario de un caso emblemático antes, durante y después del diagnóstico. El análisis muestra cómo la experiencia de la enfermedad, lejos de ser únicamente devastadora, puede activar sentidos subjetivos que permiten a las mujeres resignificar su corporalidad, organizarse de forma colectiva y transformar su experiencia personal en un motor de cambio institucional en favor de otras mujeres con quienes comparten diagnóstico.
Palabras clave: cáncer de mama; subjetividad; activismo; corporalidad; resistencia.
Introducción
A manera de locus de enunciación, quiero mencionar que por varios años trabajé en una investigación médica sobre cáncer de mama. Gracias a ello, conocí a un sinnúmero de mujeres diagnosticadas con esta enfermedad. Yo las veía resistir y, en mucha menor medida, desistir. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo logran ser tan fuertes? ¿Cómo una mujer que transita un tratamiento oncológico encuentra la energía para rebelarse ante el sistema, organizar a otras mujeres y lograr cambios institucionales?
Estas inquietudes, cargadas de admiración y probablemente también de cierta idealización de la resistencia, dieron paso a mi tesis de maestría “Configuración de la subjetividad de mujeres que, tras ser diagnosticadas con cáncer de mama, comenzaron a realizar acciones voluntarias en pro de la detección oportuna y el acceso a tratamientos” (2022). De los hallazgos y reflexiones desarrolladas en dicha investigación se desprende el presente artículo, el cual tiene como objetivo analizar el proceso de configuración de la subjetividad en mujeres activistas que iniciaron su labor a partir de su diagnóstico de cáncer de mama, desde una comprensión de la cuerpA como archivo de opresiones, resistencias y re-existencias que se activan y resignifican a lo largo de dicho proceso.
Para este texto, seleccioné un caso emblemático que permite registrar con claridad el proceso de configuración subjetiva mediante el cual algunas mujeres diagnosticadas con cáncer de mama transitan de pacientes oncológicas a activistas sociales, además de concentrar elementos que aparecen de manera recurrente en la mayoría de las biografías de otras mujeres con quienes comparte diagnóstico.
Guiaré la reflexión siguiendo el trayecto sanitario de las mujeres antes, durante y después de ser diagnosticadas, así como aquello que se encarna en sus cuerpAs. Evidentemente, este trayecto no es igual para todas, cada mujer lo recorre desde condiciones sociales, económicas, afectivas y corporales distintas, que influyen tanto en la manera en que acceden o no a la atención médica, como en la forma en que viven y significan su experiencia.
Coordenadas teórico-metodológicas
Dado que mi interés se orienta a comprender cómo algunas mujeres, tras ser diagnosticadas con cáncer de mama, emergen de sí mismas para transformarse de pacientes oncológicas a activistas sociales en apoyo a otras mujeres con quienes comparten diagnóstico, mi investigación ha tenido como núcleo teórico la propuesta conocida como Teoría de la Subjetividad, desarrollada por Fernando González-Rey y Albertina Mitjáns-Martínez.
Desde esta mirada, la subjetividad se constituye a partir de la construcción de sentidos subjetivos generados a lo largo de las experiencias vividas. Estos sentidos son unidades psicológicas que expresan el carácter propiamente subjetivo de los procesos psíquicos humanos (González-Rey, 2010). También son formas de significado que permiten dar cuenta de los múltiples factores que conforman la vida social y que no solo definen la historia personal de cada mujer, sino que evidencian el espacio social en que dicha subjetividad se manifiesta.
En coherencia con lo anterior, opté por una metodología cualitativa, entendida como aquella que privilegia la producción de datos descriptivos, las palabras, experiencias y expresiones de las propias personas, así como la observación de su conducta (Taylor y Bogdan, 1987). Pues la subjetividad, al ser una entidad abstracta, requiere abordarse desde una perspectiva epistemológica específica: la cualitativa, que concibe el conocimiento como una producción interpretativa y constructiva, de naturaleza dialógica y atenta a la singularidad (González-Rey, 2010).
Desde esta lógica, el método biográfico resultó especialmente pertinente, ya que me permitió explorar a profundidad la emocionalidad y el comportamiento de las mujeres con quienes trabajé, a través de sus historias de vida, las cuales funcionan como “ventanas para observar grandes temas de la sociedad” (Meccia, 2020: 27) y reconocer a los sujetos como productores de sentido capaces de incidir en la realidad que les atraviesa. En esta misma línea, diversas aproximaciones sostienen que las historias de vida se fundamentan en experiencias concretas y buscan recuperar el sentido que las personas otorgan a su trayectoria, en estrecha relación con su propia subjetividad, lo cual coincide con la perspectiva teórica que orienta mi trabajo.
La construcción del escenario de investigación se realizó por medio de observación participante (Taylor y Bogdan, 1987) en el Instituto Jalisciense de Cancerología (IJC) y en el Centro Médico Nacional de Occidente, durante el periodo 2014-2022, durante el cual participé en Grupos de Ayuda Mutua (GAM) organizados por mujeres diagnosticadas con cáncer de mama, les brindé acompañamiento en sus procesos médicos y realicé entrevistas conversacionales.
Durante este periodo, registré la historia de vida de 27 mujeres diagnosticadas con cáncer de mama, de las cuales cinco se desempeñaban como coordinadoras de GAM u organizaciones sin fines de lucro dedicadas al apoyo de mujeres con diagnósticos oncológicos. Dos de ellas fundaron GAM, participan en la Mesa Interinstitucional de Cáncer en Jalisco y cuentan con una incidencia directa en los procesos hospitalarios, en particular en la articulación entre las necesidades de las mujeres que reciben tratamiento para cáncer de mama en estos hospitales y las instancias directivas, logrando beneficios institucionales como la incorporación de servicios psicológicos y nutricionales especializados en oncología, entre otros.
Para desarrollar este artículo, seleccioné un caso emblemático, debido a la particularidad de su participación social y la acumulación de elementos que aparecen de manera recurrente en la mayoría de las biografías registradas.
La cuerpA
Parto de la necesidad de reconocer la estructura corporal como un territorio atravesado por discursos, prácticas y normas sociales que configuran la experiencia vital. Retomo aquí la noción de “cuerpA”, propuesta por Vergara (2014), con esa “A ruidosa, incómoda y poco decorativa” que irrumpe para marcar disidencia; porque nombrar la cuerpA permite evidenciar que nuestra estructura física no es un mero soporte biológico, sino un archivo personal e histórico, contenedor de opresiones, resistencias y re-existencias. Desde esta comprensión de la corporalidad, trazo los elementos que configuran la experiencia subjetiva de las mujeres antes, durante y después de recibir un diagnóstico oncológico y reconozco que está inscrita en la materialidad misma de la cuerpA: sus colores, olores, texturas, tamaños, formas, tumoraciones, marcas, huellas, cicatrices, etcétera.
Aparece entonces con claridad la cuerpA como archivo, como memoria viva capaz de narrar procesos de salud-enfermedad, discriminación, desigualdades en el acceso a la atención, violencias estructurales y transformaciones profundas de la feminidad ante la posibilidad de salvar la vida. Las cuerpAs de las mujeres diagnosticadas con cáncer de mama, sobre todo aquellas que han sido intervenidas para remover uno o ambos senos, condensan estos relatos de manera elocuente. Como señala Cachorro, “las marcas sociales del cuerpo se pueden expresar en las cicatrices, las quemaduras, las mutilaciones, los rasgos peculiares que otorgan las manchas, lunares, las irrepetibles huellas dactilares” (2008: 2). Estas marcas revelan tanto las imposiciones del poder como las historias de resistencia que lo enfrentan.
No puedo perder de vista que las cuerpAs femeninas han sido históricamente objetivadas, moldeadas al deseo de consumo masculino y a las estéticas coloniales que imponen formas de ser y de verse, opresiones nombradas como violencia estética por Pineda (2014). En este sentido, concuerdo con Angulo Agudelo (2018: 45) cuando afirma que “el cuerpo cumple un lugar clave para comprender las diferentes relaciones de dominación/resistencia que se establecen; en el cuerpo se rastrean las marcas del poder, pero así mismo los procesos de sanación de estas heridas”. Esa sanación, en especial en las mujeres que transitan un proceso oncológico, se construye colectivamente y al mismo tiempo reorganiza la subjetividad, pues esta mantiene una relación indisociable con la cuerpA.
Desde esta mirada, la cuerpA emerge como un espacio para develar y cuestionar las múltiples formas de opresión que se imponen sobre las mujeres, pero también como un lugar desde el cual se gestan nuevas formas de subjetividad que desbordan lo coercitivo y abren posibilidades para la resistencia.
Diagnóstico
Como es de conocimiento general, llamamos cáncer de mama a cualquier tumoración maligna originada en los senos. Cada año, en torno al 19 de octubre, se realizan numerosas campañas rosas que invitan a la exploración mamaria. Sin embargo, más allá de esa fecha, persisten múltiples barreras para acceder a una detección y un diagnóstico oportunos y precisos. Estas barreras no siempre están vinculadas de manera directa con el sistema de salud, pero sí responden a dimensiones estructurales como el racismo, la gordofobia y el machismo, entre otras, que atraviesan la experiencia de las mujeres en su tránsito sanitario. En muchos casos, no se trata de una falta de información por parte de ellas, sino de deficiencias en la capacitación médica, prejuicios profundamente arraigados y lógicas patriarcales que influyen en la manera en que se escucha, se atiende y se valora la sintomatología femenina.
Los obstáculos que enfrentan las mujeres para acceder a la atención médica en relación con su corporalidad pueden entenderse como barreras corporales, pues se relacionan con características atribuidas o leídas en sus cuerpAs, como el color de su piel, su talla, su edad, la presencia de alguna discapacidad, su expresión de género o cualquier otro elemento asociado a su apariencia física, que condicionan tanto la posibilidad de recibir atención como su calidad. Estas barreras operan como filtros que determinan quién merece ser escuchada, atendida e incluso creída, y reproducen desigualdades estructurales en los espacios sanitarios. En el caso de las mujeres, se intensifican por la intersección entre patriarcado, racismo, clasismo, gordofobia, edadismo y un sinnúmero de formas de opresión estética, lo que afecta de manera directa el acceso al diagnóstico necesario para preservar la vida.
Una de las barreras corporales más repetidas es la relacionada con la talla. Para ello, quiero narrar el caso de Ana, quien fue diagnosticada a los 38 años y entrevistada a los 49 años. No tuvo apoyo de ningún tipo de seguro médico durante su diagnóstico y tratamiento. Previo a su diagnóstico, trabajaba como secretaria y en la actualidad lo hace como voluntaria de tiempo completo, llevando a cabo acciones de detección de necesidades de las pacientes, gestión de servicios relacionados con el acceso a sus tratamientos, organización de talleres y actividades de acompañamiento emocional.
Su caso es particularmente revelador, pues al igual que muchas otras mujeres, buscó atención médica de manera reiterada y sin éxito real. Aunque es una mujer blanco-mestiza, con capacidades sociales y de gestión que le permitieron acceder con relativa rapidez a los servicios de salud, esto no se tradujo en un diagnóstico preciso. La cuerpA de Ana es de talla grande y el primer diagnóstico que recibió fue que la bolita detectada en su seno era grasa acumulada debido a la obesidad. Ana recuerda:
Fui a un centro de salud, me dijeron que no era nada, me dieron tratamiento, pero sin hacerme ningún estudio y, pues, sí lo estuve tomando. Con ese medicamento empezó a crecer la bolita; me seguían diciendo que no era nada, que era pura grasa.
Le recetaron vitamina E, pero lejos de desaparecer, la bolita creció rápidamente. Ana regresó a su centro de salud y, una vez más, sus signos y síntomas fueron atribuidos a su talla. No fue hasta que acudió a servicios especializados que recibió una atención adecuada y pudo ser diagnosticada, en su caso, de manera oportuna.
Son múltiples las barreras corporales que dificultan el acceso al diagnóstico, pero la gordofobia es una de las más frecuentes; es por eso, y por su cronología en el caso de Ana, que he decidido iniciar por esta. Sin embargo, en la experiencia de Ana encontramos otras barreras, como la edad que tenía al momento de ser diagnosticada, pues de acuerdo con la NOM‑041‑SSA2-2002,[2] al tener 38 años se ubicaba en un rango diagnóstico menor al esperado, lo que generalmente dificulta el acceso a estudios de imagenología adecuados para su edad y densidad mamaria, por la creencia de que el cáncer de mama no afecta a cuerpAs jóvenes.
A las barreras corporales se suma también el machismo, expresado en el control y la dominación sobre las cuerpAs. En mi trabajo, he documentado con frecuencia la negativa de las parejas masculinas a que las mujeres se realicen estudios, acudan a servicios de oncoginecología cuando el médico es hombre o incluso a que ejerzan su derecho a recibir tratamiento si este implica una mastectomía. Estas restricciones no solo retrasan la atención, sino que profundizan la desigualdad y colocan a las mujeres en una situación de vulnerabilidad frente a una enfermedad que exige acompañamientos, decisiones informadas y acciones rápidas.
Tratamiento
En el caso de Ana, la violencia patriarcal se manifestó inicialmente a través de la gordofobia médica. Además, durante su tratamiento, la violencia no provino de su pareja, como ocurre en muchos de los testimonios que registré, sino de uno de sus médicos, quien después de presentarle el diagnóstico, le comentó:
Me dijo que, desafortunadamente, era un carcinoma ductal infiltrante. Me dijo que me tenía que operar inmediatamente, me dijo que platicara con mi esposo, él me acompañó, y le dije que a mi esposo no le iban a quitar la mama, así que la decisión era mía.
La casi siempre necesaria remoción de la mama afectada o, en algunos casos, de ambas, debería ser una decisión plenamente personal, centrada en la preservación de la salud y la vida de las mujeres. Sin embargo, se ve rodeada de múltiples violencias estéticas y simbólicas, reflejadas en prejuicios que asocian la pérdida de las mamas con la pérdida de feminidad, del atractivo sexual y, en algunos casos, incluso del valor de una mujer. A ello se suman expectativas sociales sobre cómo debe lucir la cuerpA femenina, juicios moralizantes que reducen a las mujeres a su apariencia física y presiones para someterse a reconstrucciones estéticas tempranas e incluso no deseadas. Todo esto incide en su autonomía, vulnera sus decisiones y agrava el impacto emocional de la enfermedad, a la vez que entorpece el tratamiento. En relación con ello, Ana continúa su narración:
Le dije a mi marido en el principio que me quitaron mi mama y ya una recuperación de unos cinco días que estuve en casa, sí le dije: si me vas a dejar, de una vez, y si no, vamos a marchar juntos con esto. Y me gustó lo que me dijo, porque me dijo que no era una mama, que para él yo era su mujer y era toda yo y no una mama. Que ya le había dado la dicha de que le hubiera dado tres hijos, que me había disfrutado como mujer, me seguía disfrutando y me iba a seguir disfrutando como mujer.
Cabe señalar que existen dos vías comunes de tratamiento: una inicia con la mastectomía y continúa con el tratamiento quimioterapéutico, que fue el caso de Ana; la otra sigue el camino inverso, comienza con quimioterapias para reducir el tumor y finaliza con la remoción de la mama. Sea cual sea la ruta elegida, durante el proceso de quimioterapia las mujeres enfrentan múltiples violencias simbólicas y estéticas. Con frecuencia son presionadas para mantenerse bellas, resaltar su feminidad con maquillaje y pelucas para evitar lucir enfermas, aun cuando atraviesan uno de los procesos clínicos más retadores y físicamente agotadores, donde la modificación corporal es muy significativa y evidente, sobre todo ante la caída del cabello. En este sentido, Ana señala:
Acepté más la mastectomía que se me cayera mi cabello; con mi cabello me vino una depresión que, qué bárbaro, híjole. Acepté más lo de la mama que lo de mi pelo, pero pues sí me apoyaron mis hijos, fuimos y compramos una peluca entre todos y me rapé antes de que empezara a caerse.
Probablemente, el impacto de la pérdida del cabello sea aún mayor que el de la remoción de la mama debido a la dificultad que supone para ocultar el diagnóstico ante la sociedad, por la evidente modificación corporal y la fuerte valoración social del cabello como un atributo simbólico de belleza, erotismo y sensualidad.
De la reconstrucción al cierre estético plano
Ana, al igual que la mayoría de las mujeres mastectomizadas que conozco, no se ha sometido a una reconstrucción mamaria; sin embargo, al momento de la entrevista, considera deseable que el sistema de salud pueda costear las reconstrucciones para quienes así lo decidan. Uno de los talleres que imparte en su GAM está relacionado con la elaboración de prótesis utilizando pantimedias rellenas de alpiste, con el fin de simular el peso y la caída de una mama real. También gestiona la donación de prótesis mamarias externas de silicón, brasieres especiales y otros elementos cosméticos deseados por las mujeres durante el tratamiento, como pelucas, turbantes y maquillajes. Nunca he registrado un rechazo a la reconstrucción asociado a motivos distintos al miedo o la falta de recursos económicos; invariablemente, esta opción se presenta como algo deseable.
En este punto, resulta pertinente retomar la autobiografía publicada por Sandra Monroy, titulada Jódete cáncer (2022). Ahí relata que fue diagnosticada a los 36 años y describe su experiencia diagnóstica, la motivación que la llevó a la acción activista y su posicionamiento actual respecto a la reconstrucción mamaria, así como la valoración de la cuerpA más allá de los senos femeninos.
Su caso marca una diferencia importante respecto a lo que he podido documentar en otros relatos: a pesar de las recomendaciones médicas, Sandra decidió removerse ambas mamas, priorizando su salud y su autonomía por encima de presiones estéticas, prejuicios o expectativas externas, pero, sobre todo, Sandra se ha mantenido crítica ante la imposición de la reconstrucción mamaria.
Probablemente, la edad de Sandra y el contexto histórico y social en que fue diagnosticada, marcado por la cuarta ola feminista y un relevo generacional respecto a la mayoría de las mujeres con quienes he trabajado, sean claves para comprender su capacidad de reconocer la imposición de la reconstrucción mamaria y sus consecuencias para la salud física y mental como violencia estética. Ella escribe:
Sobrevives. Ese cuerpo es poderoso, aun cuando lo ocultes de los prejuicios creados respecto al cuerpo femenino, en especial cuando se trata de zonas hipersexualizadas, como son los pechos. ¿Por qué solo ver lo que falta? Ese ser humano ha cruzado el infierno con los ojos abiertos, ¿por qué (des)calificarlo como “imperfecto”? (2022: 82)
Sandra ha colaborado con la socióloga Esther Pineda, autora, entre otros textos, de Bellas para morir (2014), dialogando y construyendo conocimientos sobre las violencias estéticas comunes en el mundo oncológico; sobre todo aquellas impuestas a las cuerpAs mastectomizadas. Desde este encuentro, Monroy invita a visibilizar las cuerpAs oncológicas reales.
De paciente oncológica a activista social
Las cuerpAs oncológicas archivan la frustración de un diagnóstico tardío en las huellas corporales del cáncer y sus tratamientos. En ellas habitan el miedo a la muerte, al rechazo sexual, la vergüenza y el dolor asociados a la imposibilidad de ocultar el diagnóstico, así como el recuerdo del apoyo social, la empatía construida en el encuentro con otras mujeres y el deseo de que ninguna más atraviese la misma experiencia. Como lo narra Ana:
Bueno, sí, a mí me faltó información y las demás no la tienen; yo tuve la oportunidad de que, aparte de que vi aquí a un tío y me recomendó con el doctor Juanito, tuve la oportunidad porque lo conocía, fui recomendada. ¿Cuánta gente hay que viene sin ninguna recomendación?
Es posible reconocer algunos de los núcleos de sentido que podrían sustentar la motivación a la acción de Ana; entre los más importantes se encuentran la reflexión sobre su propia experiencia, el reconocimiento de necesidades diversas y la sensibilidad para imaginar los procesos de mujeres con quienes comparte diagnósticos y empatizar con ellas.
La Teoría de la Subjetividad contempla la capacidad psíquica de modo sistémico, dando un lugar importante a la experiencia emocional, corporal y simbólica en la construcción de sentido sobre la realidad. Estos aportes contribuyen a la comprensión de la motivación a la acción de Ana, quien recuerda haber pensado:
Yo voy a hacer algo que tenga que dejar y que tenga que ayudar a la gente, a las mujeres, más que nada, ayudar en qué podemos hacer. Y empecé a hablar con el doctor Juanito, me empezó a explicar muchas cosas, me empezó a motivar. Cuando había algo por parte de la Secretaría de Salud o había un taller, me decía: “Vaya, vaya, vaya”. Y empecé a hacerlo, empecé a hacerlo, y de ahí mis compañeras empezamos a reunirnos.
En la decisión de Ana se muestra no solo su capacidad para emprender, también se reflejan algunos de los valores que forman parte de su construcción de sentidos subjetivos, que formalizaron su práctica y sentaron los cimientos de su proyecto, al grado de lograr el apoyo de uno de los médicos oncólogos más importantes de Jalisco, a quien ella misma reconoce como un personaje clave en la culminación de su propio diagnóstico, su proceso de tratamiento y la configuración de su subjetividad en activista social.
La cuerpA archivo
El proceso anterior, aunque en apariencia simple, está cargado de evidencias corporales. Aun antes de la aparición de la tumoración, quedan las marcas pasajeras de la mamografía, el recuerdo de la presión y el dolor sobre la mama. A veces, incluso antes de poder palpar un bulto, se manifiestan señales visibles, zonas de piel de naranja, enrojecimiento, inflamación localizada, hundimiento del pezón, cambios en la forma de la mama, heridas y zonas que no cicatrizan.
Cada etapa se archiva en la cuerpA. Un diagnóstico tardío deja huellas más severas, como úlceras, piel necrosada, supuración, heridas de aspecto volcánico. Y, por supuesto, en etapas avanzadas, células que invaden los pulmones, el estómago y otras regiones de la cuerpA.
La detección tardía también deja marcas de su paso: la consecuente mastectomía, la remoción de ganglios linfáticos, la cicatriz que dejan las suturas poco cuidadas, la piel lastimada por la radioterapia, las venas dañadas por la quimioterapia, la posible necesidad de una histerectomía y las múltiples consecuencias emocionales que una experiencia como esta provoca, de manera resiliente o no, incluido el duelo por la posibilidad de no llegar a ser madre en el futuro.
En la cuerpA se registra el temor al rechazo sexual derivado del prejuicio que asocia la pérdida de una mama con la pérdida de la feminidad y con la idea de una cuerpA debilitada; se resguardan la alopecia y las miradas ajenas, los efectos de las terapias hormonales, el nuevo cabello, el vientre abultado, el dolor articular y el trasero grande producto del tamoxifeno. La cuerpA diagnosticada con cáncer de mama se convierte en un archivo personal e histórico del momento político y social que a cada mujer le tocó habitar.
La cuerpA resguarda la evidencia de la presencia del cáncer, pero también documenta la calidad del sistema de salud y las estructuras patriarcales, racistas y clasistas que producen y sostienen las barreras de acceso a una detección y atención oportunas y de calidad. La cuerpA alberga las opresiones, pero también las resistencias, la tenacidad para sortear los obstáculos diagnósticos y para acceder a un tratamiento que, mientras escribo, se desarrolla en un contexto de casi seis años de desabasto en México. En la cuerpA quedan inscritas las marcas de la política en salud, esa que, a través de sus decisiones y omisiones, define quién puede y quién no puede preservar su salud y su vida.
La cuerpA cataloga el cúmulo de violencias estéticas trenzadas a lo largo del proceso de salud-enfermedad. La cuerpA encarna también la configuración de la subjetividad de estas mujeres, la re-existencia con la que transitan de pacientes oncológicas a activistas sociales en busca del bien común. Finalizo con las palabras de Audre Lorde en su texto Los diarios del cáncer (1980):
Las mujeres que me sostuvieron durante ese periodo fueron negras y blancas, viejas y jóvenes, lesbianas, bisexuales y heterosexuales, y todas compartíamos la lucha contra las tiranías del silencio. Todas me dieron una fuerza y un cuidado sin los que no podría haber sobrevivido intacta.
Referencias
Angulo Agudelo, N. (2018). Habitar el cuerpo: Etnografía feminista desde los cuerpos de mujeres de San Basilio de Palenque. Revista Corpo-grafías: Estudios críticos de y desde los cuerpos, 5(5), 42-57. https://doi.org/10.14483/25909398.14205
Cachorro, G. (15-17 de mayo de 2008). Cuerpo y subjetividad: Rasgos, configuraciones y proyecciones [Ponencia]. Jornadas de Cuerpo y Cultura de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. https://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.697/ev.697.pdf
González-Rey, F. L. (2010). As configurações subjetivas do câncer: Um estudo de casos em uma perspectiva construtivo-interpretativa. Psicologia: Ciência e Profissão, 30(2), 328-345. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6135526
Lorde, A. (1980). Los diarios del cáncer. https://www.bibliotecafragmentada.org/wp-content/uploads/2013/08/Los-diarios-del-cancer.pdf
Meccia, E. (2020). Biografías y sociedad: Métodos y perspectivas. Ediciones UNL.
Monroy, S. (2022). Jódete cáncer. Editorial Luxpluslux.
Oropeza-DeAnda, E. (2022). Configuración de la subjetividad de mujeres que, tras ser diagnosticadas con cáncer de mama, comenzaron a realizar acciones voluntarias en pro de la detección oportuna y el acceso a tratamientos. [Tesis de maestría]. Repositorio Institucional de la Universidad de Guadalajara. https://hdl.handle.net/20.500.12104/92521
Pineda, E. (2014). Bellas para morir: Estereotipos y violencia estética contra la mujer. Prometeo Libros.
Taylor, S. J. y Bogdan, R. (1987). Introducción a los métodos cualitativos de investigación. Paidós.
Vergara Sánchez, P. K. (27 de noviembre de 2018). Apuntes sobre la cuerpA lesbiana. La crítica. https://www.la-critica.org/apuntes-sobre-la-cuerpa-lesbiana/
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