Vigilancia y control: De la seguridad humana a la injerencia cotidiana

María Guadalupe García Martínez[1]
Universidad Autónoma de Querétaro

Captura de pantalla: Tráfico en la avenida Corregidora, Querétaro

Resumen

En las últimas décadas, los sistemas de vigilancia se han expandido en múltiples entornos bajo el discurso de la seguridad humana y la prevención del delito. En este texto se analiza cómo un mismo problema es visto de manera distinta cuando se atraviesa con el lente de la seguridad, y cómo más cámaras no se traducen necesariamente en menos delitos. Además, se explora cómo la vigilancia se extiende a través no solo de cámaras, sino de múltiples dispositivos tecnológicos y sociales que buscan monitorear toda la vida de los sujetos, siendo esta hipervigilancia un instrumento de gestión del miedo, la percepción y la conducta, que genera una sólida estructura de control y desconfianza.

Palabras clave: seguridad humana, videovigilancia, hipervigilancia, securitización, control social.

Introducción

Caminar un día por el centro histórico de nuestra ciudad, acudir a una marcha o simplemente barrer nuestra banqueta son hoy actividades ampliamente monitoreadas. Muchas lentes y sensores registran con detenimiento cada uno de nuestros pasos, son vigilantes que no descansan, no duermen y no paran.

La hipervigilancia y sus múltiples herramientas se presentan como la solución a la violencia e inseguridad que viven nuestras sociedades. Desde en los discursos públicos y el diseño de políticas públicas hasta en charlas de café y solicitudes ciudadanas se manifiesta la continua necesidad de instalar más cámaras, sistemas de seguimiento, controles biométricos y otras muchas tecnologías que nos puedan asegurar más ventanas y ojos abiertos. Sin embargo, vale la pena cuestionarse si la vigilancia masiva realmente es una figura eficiente en la prevención del delito y en el aumento de seguridad o se ha convertido en un dispositivo de gestión de la precariedad.

No todos los espacios son vigilados con los mismos objetivos, ni con la misma intensidad, “las cámaras se colocan en los lugares donde habitan las clases más favorecidas o transitan con mayor frecuencia para proteger su patrimonio e integridad, así como también en aquellos lugares en los que habitan los más pobres y marginados, vigilando bajo la lógica de la desconfianza y de los prejuicios” (Jasso, 2023: 26). Esto permite realizar un segundo cuestionamiento: ¿cómo es que, pese a la notoria asimetría, estos sistemas han alcanzado un alto grado de legitimación, al punto de establecerse, en amplios sectores sociales, como una necesidad que incluso parece un deseo por ser vigilado?

Seguridad humana y lógica de securitización

Para responder ambas preguntas debemos partir de uno de los conceptos que facilitaron la normalización e injerencia de los dispositivos de vigilancia en nuestras vidas diarias: la seguridad humana. Dicho enfoque parte de una idea inicial:

“el mundo actual es un lugar inseguro, plagado de amenazas en muchos frentes. Los desastres naturales, los conflictos violentos, la pobreza crónica y persistente, las pandemias, el terrorismo internacional y las recesiones económicas y financieras abruptas imponen dificultades y socavan las perspectivas de desarrollo sostenible, la paz y la estabilidad” (ONU, 2016: 5)

E insta tanto a personas expertas en seguridad como a responsables de la formulación de políticas públicas a pasar de la visión de la seguridad territorial a la seguridad de las personas.

En términos generales, y de forma inicial, tal idea parece no representar problema alguno, plantea distintos tipos de inseguridades, desde la inseguridad económica, política, comunitaria y personal hasta la alimentaria, sanitaria y ambiental destacando sus múltiples causas profundas (ver tabla 1). Sin embargo, desplazar el foco de atención de la seguridad del territorio al individuo implica una serie de consecuencias que no son necesariamente neutrales.

Tabla 1. Tipos de inseguridades humanas y posibles causas profundas

Tipo de inseguridad Causas profundas
Inseguridad económica Pobreza persistente, desempleo, falta de acceso a créditos y a otras oportunidades económicas.
Inseguridad alimentaria Hambre, hambruna, subida repentina de los precios de los alimentos.
Inseguridad sanitaria Epidemias, malnutrición, malas condiciones sanitarias, falta de acceso a atención sanitaria básica.
Inseguridad ambiental Degradación ambiental, agotamiento de recursos, desastres naturales.
Inseguridad personal Violencia física en todas sus formas, trata de personas, trabajo infantil.
Inseguridad comunitaria Tensiones por motivos étnicos, religiosos y otras cuestiones relativas a la identidad, delitos, terrorismo.
Inseguridad política Represión política, violaciones de los derechos humanos, ausencia del estado de derecho y de la justicia

Fuente: ONU (2016: 7)

Esto no quiere decir que la pobreza, el hambre, las epidemias, el agotamiento de recursos, la violencia física, las tensiones por motivos étnicos, las represiones políticas y las violaciones a derechos humanos, entre otra gran cantidad de vulnerabilidades que enfrentan las personas día a día no existan. Tales condiciones existen y marcan la vida de poblaciones enteras. Sin embargo, al llevarlas al terreno de la seguridad el enfoque cambia, se redefine qué actores deben actuar, cuándo debe actuarse y cómo debe actuarse.

Por ejemplo, si consideramos a las epidemias dentro de un marco sanitario, los actores serán las comunidades médicas, el sistema de salud y la persona enferma, vista como un sujeto de cuidado; la temporalidad de atención depende de la propia enfermedad e incluso pueden pensarse medidas preventivas a largo plazo; por último, la lógica de intervención podría estar centrada en el cuidado, el fortalecimiento del sistema de salud y el mejoramiento de las condiciones de vida. Por el contrario, desde una perspectiva de seguridad los actores implicados pueden abarcar a órganos de control tales como cuerpos policiales u órganos de vigilancia creados expresamente para esos fines durante tiempos determinados; la persona enferma es vista como un vector de riesgo; y se adopta una postura de emergencia, por lo que se proponen medidas de implementación inmediata y a corto plazo; entre las medidas de intervención surgen dispositivos de vigilancia, sistemas de rastreo, actividades no permitidas, lugares no aprobados y marcos de excepción.

Así, las causas políticas, sociales y estructurales pasan a segundo término y se priorizan soluciones técnicas de corto plazo y de urgencia, trasladando al terreno de la seguridad elementos que tendrían que ser analizados desde una visión estructural. Estas soluciones técnicas y de urgencia son a su vez legitimadas por el discurso de que “el mundo actual es un lugar inseguro, plagado de amenazas en muchos frentes”, que asume al peligro como un elemento que se encuentra en todas partes y que puede manifestarse en cualquier momento.

¿Más cámaras, menos delitos?

Entre las medidas de implementación inmediata que responden al discurso de seguridad se encuentran múltiples herramientas de vigilancia, que han ganado un amplio terreno de legitimación en términos de atención y prevención de violencias y delitos.

De acuerdo con Carmina Jasso, los procesos de videovigilancia inician durante la Segunda Guerra Mundial con fines bélicos, para posteriormente comenzar a venderse al público en general (Jasso, 2023: 16) y adoptarse en algunos países con fines de prevención del delito. En México particularmente, el primer despliegue masivo de videovigilancia con estos fines se dio en 2008, y se consolidó después con el fortalecimiento del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano de la Ciudad de México (Jasso, 2023: 17).

Sin embargo, la Ciudad de México no es hoy la ciudad más videovigilada del país. Si bien es la urbe con mayor número de cámaras (con datos de 2022), con un total de 99,254, al dividirlas entre la población total de ese año (21,782,378 habitantes), se obtiene que existen 4.55 cámaras de CCTV por cada 1,000 habitantes (Mathenge, 2024). De acuerdo con el reporte de 2022 de PrivacySavvy, la ciudad más videovigilada de México es Guadalajara, con 14.76 cámaras por cada 1,000 habitantes.

En el panorama global, Guadalajara ocupa el lugar número 47 en la lista de 50 ciudades más videovigiladas del mundo, mientras que en primer lugar se posiciona la ciudad China de Taiyuan con una tasa de 114.84 cámaras por cada 1,000 habitantes, es decir, por lo menos 482,256 cámaras para una población de 4,199,289 habitantes (Mathenge, 2024). Sin embargo, la correlación entre el número de cámaras y un índice bajo de criminalidad parece no ser directa, ni constante. Al respecto, continuemos con el análisis de los casos de Guadalajara y Taiyuan.

En el gráfico 1 puede apreciarse la correlación entre el número de cámaras de CCTV por cada 1,000 habitantes (eje X), y el índice de criminalidad (eje Y). Al ubicar a la ciudad de Guadalajara se puede observar que existen 14.76 cámaras por cada 1,000 habitantes, como se mencionó con anterioridad. Al ser la ciudad más videovigilada de México se esperaría un bajo índice de criminalidad, si dicha lógica fuera cierta. Por el contrario, se identifica que el índice delictivo supera los 60 puntos, que, de acuerdo con los datos empleados para el análisis, se cataloga como “un nivel general de delincuencia alto” (Numbeo, 2026).

Gráfico 1. Correlación cámaras de CCTV por cada 1,000 habitantes e índice de criminalidad

Fuente: Mathenge (2024)

El caso de Taiyuan no es muy diferente al de Guadalajara, ocupa el primer lugar entre las ciudades más videovigiladas a nivel global y aun así cuenta con un índice de criminalidad de 50.57 (Mathenge, 2024). Tal como puede apreciarse en el gráfico 1, solo 4 de las 50 ciudades tienen índices de criminalidad más altos que Taiyuan, mientras que 45 ciudades menos vigiladas tienen menores concentraciones delictivas. Si la lógica de securidad basada en la expansión de cámaras se cumpliera, Taiyuan, al ser la ciudad más videovigilada del mundo, no debería figurar entre aquellas con mayores índices delictivos del conjunto analizado y, por el contrario, debería encontrarse en los niveles más bajos.

Con esto no se afirma que las cámaras no puedan disuadir a algunos individuos de cometer delitos, o que no sean útiles en la identificación de posibles responsables, sino que más cámaras no se traducen de manera directa en menos delitos. Entonces, ¿cómo se justifica la expansión de las herramientas de vigilancia?, ¿la vigilancia se remite a otras funciones distintas a la prevención de delitos, control de epidemias y atención de violencias enunciadas por la seguridad humana?

De las cámaras a la hipervigilancia

Si bien hasta este punto nos hemos limitado a describir a la vigilancia en términos de la instalación y operación de cámaras, va más allá de eso. La vigilancia y más aún la hipervigilancia engloban estructuras complejas que combinan una serie de elementos tecnológicos y dispositivos sociales. La hipervigilancia no trata únicamente de mirar a través de las cámaras y los circuitos de CCTV, sino que también nos mide y nos clasifica mediante herramientas biométricas y algoritmos de comportamiento.

En la tabla 2, pueden apreciarse de manera ilustrativa algunas de las muchas tecnologías que vigilan campos de la vida, que van desde el espacio urbano hasta el hogar y la salud. Se ha tratado de enumerar los dispositivos más usuales de cada campo, pero está lejos de nombrar todas las herramientas tecnológicas de los sistemas de vigilancia. Conviene visualizarla para darnos una idea de la cantidad de dispositivos presentes en nuestro día a día.

Tabla 2. Tecnologías de vigilancia por campo de intervención

Campo de intervención Tecnologías de vigilancia
Espacio urbano y seguridad pública
  • Cámaras de CCTV fijas y móviles.
  • Drones de patrullaje.
  • Arcos lectores de placas.
  • Centros de Comando, Control, Cómputo y Comunicaciones (C4/C5).
  • Sistemas inteligentes de alumbrado, semaforización, etc.
Entorno digital
  • Ubicación a través de GPS de celulares, computadoras, relojes, etc.
  • Metadatos de mensajería y llamadas.
  • Cookies y rastreadores web.
  • Reconocimiento facial o de huellas dactilares.
  • Monitoreo automatizado de contenidos.
Hogar
  • Cámaras inteligentes.
  • Timbres con video.
  • Asistentes virtuales de escucha permanente.
  • Dispositivos de Internet de las Cosas (IoT).
  • Alarmas.
Salud
  • Wearables que monitorean signos vitales.
  • Cámaras térmicas y termómetros.
  • Contadores de pasos.
Trabajo
  • Software de monitoreo de pantalla.
  • Checadores de asistencia digitales y registro biométrico.
  • Geolocalización de trabajadores y unidades.
  • CCTV.
Economía y consumo
  • Reconocimiento biométrico (facial, dactilar o de voz) como acceso a servicios o identificación.
  • Seguimiento de compras.
  • Perfilamiento de consumo.
  • Sistemas de scoring financiero.
Migración y fronteras
  • Escáners corporales.
  • Drones fronterizos.
  • Sistemas predictivos de riesgo migratorio.
  • Intercambio internacional de datos biométricos.
  • Sistemas de reconocimiento facial.

Elaboración propia

Ahora bien, las estructuras de vigilancia van más allá de la instalación y puesta en marcha de todas estas tecnologías; se extiende en una red de operaciones y procesos que atraviesan cuerpos, identidades y percepciones. La expansión de la vigilancia no radica en su eficiencia para la reducción del delito o la protección ante las “inminentes amenazas” sugeridas por el enfoque de seguridad humana, sino que se extiende por su eficiencia discursiva, simbólica y política.

El 19 de agosto de 2025, la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, anunció el programa “ojos que te cuidan” que implica instalar 30,400 nuevas cámaras, para alcanzar un total de 113,814 cámaras de vigilancia en la ciudad (R3D, 2025). El boletín que el gobierno de la Ciudad de México emitió al respecto da cuenta de dos de los elementos discursivos más importantes en este tipo de estrategias. En primer lugar, en el título del boletín, “C5 está en cada rincón de la CDMX”, apela a la cobertura extendida, ininterrumpida y centralizada de la vigilancia. Ya en el cuerpo se describe que se instalarán 15,200 tótems de vigilancia, cada uno compuesto por una cámara fija y otra de 360 grados con el fin de fortalecer la vigilancia con tecnología para consolidar comunidades más seguras y conectadas (Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano, 2025).

Es en este último argumento donde se encuentra el segundo elemento discursivo de relevancia, ya que hay una referencia clara a la seguridad como justificación para extender la instalación de dispositivos; el propio nombre del programa alude a las capacidades de “cuidado” atribuidas a estas tecnologías. A pesar de no existir una correlación directa y sostenida entre la vigilancia y la incidencia delictiva, se utiliza en el discurso dándola por hecho.

Existen otros ejemplos en nuestro país, otros municipios y ciudades como Querétaro, Guadalajara, San Luis Potosí y Ecatepec que han desarrollado amplias estrategias de vigilancia apelando a su relación con la reducción de delitos. Relación que, se ha analizado, no es necesariamente clara. No se trata entonces de tecnologías de seguridad, de manera directa, sino de una tecnología de gobierno para gestionar miedos, percepciones y conductas.

Las cámaras, sensores, arcos lectores, identificadores biométricos, drones y algoritmos predictivos no reducen estructuralmente la violencia y delincuencia, pero funcionan como escenografía de la seguridad proyectando fuerza estatal y generando una sensación de acción. Da la apariencia de que se “está haciendo algo” y al mismo tiempo se visibiliza el “poderío” del estado. Es una solución rápida (aunque costosa) a demandas ciudadanas, que no toca causas estructurales.

Esta no es la única consecuencia de la vigilancia: también produce sujetos vigilables que aceptan el monitoreo e injerencia en sus vidas. Es decir, no solo hay un desplazamiento de la política social por soluciones rápidas basadas en tecnologías, sino que estos dispositivos se vuelven tecnologías de control.

Del panóptico disciplinar al panóptico digital

En Vigilar y castigar, Michel Foucault describe las medidas adoptadas en Europa frente a la lepra y la peste. Mientras para la lepra se dispusieron medidas de exclusión, prácticas de rechazo y exilio que expulsaban a quienes contraían la enfermedad, para la peste se diseñaron estrictas divisiones espaciales que relegaban a las personas a sus hogares, permanentemente vigilados por síndicos, oficiales y agentes del ayuntamiento que registraban cada día todo cuanto era posible y señalaban cuando algo se salía de su lugar. Describe Foucault:

El exilio del leproso y la detención de la peste no llevan consigo el mismo sueño político. El uno es el de una comunidad pura, el otro el de una sociedad disciplinada. Dos maneras de ejercer el poder sobre los hombres, de controlar sus relaciones, de desenlazar sus peligrosos contubernios. La ciudad apestada, toda ella atravesada de jerarquía, de vigilancia, de inspección, de escritura, la ciudad inmovilizada en el funcionamiento de un poder extensivo que se ejerce de manera distinta sobre todos los cuerpos individuales, es la utopía de la ciudad perfectamente gobernada. La peste (al menos la que se mantiene en estado de previsión), es la prueba en el curso de la cual se puede definir idealmente el ejercicio del poder disciplinario. (Foucault, 1976: 183)

En el siglo XXI, el motor de la vigilancia no es la peste sino la delincuencia, la violencia, las epidemias o cualquier elemento llevado al terreno de la seguridad. Para el autor, la visibilidad es una trampa del poder, su garantía de orden y su mecanismo predilecto de disciplina. Las marcadas diferencias con el ejemplo de la peste son que a diferencia de esta enfermedad, hoy las amenazas se presentan como persistentes, múltiples y provenientes de fuentes diversas, por lo que los mecanismos de vigilancia no se echan a andar a través del encierro de los sujetos en sus hogares, psiquiátricos o cárceles sino extendiendo los dispositivos a todos los campos de la vida.

Ya en su obra Foucault anticipa una transformación del panóptico propuesto por Bentham. Describe que el panoptismo ya no se restringe a una estructura carcelaria sino que se instala como una estructura social que garantiza el aumento productivo del poder, optimiza el control y favorece la administración de la población (Foucault, 1976).

Sin embargo la expansión de la vigilancia actual no se sostiene de manera directa por coerción estatal, sino que se acepta como condición de seguridad e incluso se ha convertido en una demanda ciudadana. Tal aceptación, normalización y aparente necesidad de ser vigilado no se debe únicamente a la lógica discursiva que presenta la vigilancia como respuesta a las “inseguridades” actuales, sino que se ve robustecida por otros mecanismos.

Para Byung-Chul Han, en las sociedades actuales, positivas y transparentes, las cosas adquieren valor solamente cuando son vistas, incluidos los sujetos. Por ello, las dinámicas de exposición no son ajenas sino parte de las dinámicas individuales para ser vistos. Al mismo tiempo, los sujetos emplean su propia exposición como moneda de cambio para observar a otros (Han, 2013).

El panóptico digital del siglo XXI difiere de la estructura carcelaria propuesta por Bentham y del dispositivo social mencionado por Foucault, ya que el sujeto

no es vigilado desde el único centro por la omnipotencia de la mira despótica. Desaparece por completo la distinción entre centro y periferia (…) Esto constituye su eficiencia. La iluminación no perspectivista es más eficaz que la vigilancia perspectivista, porque puede producirse desde todos lados, desde todas partes; es más, desde cada una de ellas. (Han, 2013: 88)

Según esa lógica, los moradores del panóptico no son conscientes de la vigilancia constante que viene de todos lados y creen estar en libertad. A pesar de constituirse ellos mismos como vigilantes de otros moradores: “La sociedad del control se consuma allí donde su sujeto se desnuda no por coacción externa, sino por la necesidad engendrada en sí mismo, es decir, allí donde el miedo de tener que renunciar a su esfera privada e íntima cede a la necesidad de exhibirse sin vergüenza” (Han, 2013: 90).

Para Han, una sociedad que desea conocerlo todo es una sociedad de desconfianza y sospecha, ya que solo cuando no se busca conocerlo y verlo todo se puede cultivar la confianza en el otro. A causa de la desaparición de la confianza, nos apoyamos en el control que parece ofrecer la vigilancia y sus dispositivos tecnológicos y sociales.

Hoy, el globo entero se desarrolla en pos de formar un gran panóptico. No hay ningún afuera del panóptico. Este se hace total. Ningún muro separa el adentro y el afuera. Google y las redes sociales, que se presentan como espacios de la libertad, adoptan formas panópticas. Hoy, contra lo que se supone normalmente, la vigilancia no se realiza como ataque a la libertad. Más bien, cada uno se entrega voluntariamente a la mirada panóptica. A sabiendas, contribuimos al panóptico digital, en la medida en que nos desnudamos y exponemos. El morador del panóptico digital es víctima y actor a la vez. Ahí está la dialéctica de la libertad, que se hace patente como control. (Han, 2013: 95)

Así, aceptamos la vigilancia desde el poder estatal como “herramienta de seguridad”, la del sector privado como “mejor servicio y experiencia” y la de otros individuos como “autocuidado, entretenimiento, etc.”. Y al mismo tiempo compartimos el papel de vigilantes, y la creación de perfiles de sospecha y criminalización.

Sin embargo, no todos los sujetos son juzgados ni social, ni penalmente de la misma manera. Sobre algunos, las estructuras de sospecha y desconfianza son mayores, por lo tanto la vigilancia sobre ellos también lo es. Valeria Vegh Weis nombra estos procesos sobrecriminalización e infracriminalización. Afirma que los mecanismos de control se han volcado sistemáticamente sobre sectores socioeconómicamente más vulnerables y que condiciones como clase, género, orientación sexual, edad, situación migratoria, pertenencia cultural afianzan los procesos de sobrecriminalización (Vegh Weis, 2024).

Por el contrario, existe una minimización e incluso falta de atención a las conductas de sujetos que, por las condiciones ya enunciadas, ostentan posiciones más ventajosas. Retomando el ejemplo de Foucault de la lepra y la peste, en nuestra actualidad el apestado o sospechoso no es determinado necesariamente por sus conductas y la relación de estas con la seguridad, sino por sus condiciones de clase, género, situación migratoria, etc. Es decir, los sujetos que más resienten las condiciones creadas por el enfoque de seguridad humana son los mismos que son vistos como sospechosos, o amenazas constantes para la seguridad; son el foco de interés para las estructuras de vigilancia.

Conclusiones

En términos generales, la expansión de la vigilancia se legitima a través de un discurso de seguridad y prevención del delito pese a que no existe una correlación clara entre el aumento de dispositivos y la reducción del delito y la violencia. Sin embargo, sí cumple funciones simbólicas y políticas enfocadas en generar percepciones de acción y poder estatal, normalizar la desconfianza y la producción de sujetos sospechosos, y gestionar el miedo y la conducta de los sujetos.

Esto nos permite desplazar la discusión de la eficiencia técnica a las condiciones tanto políticas como discursivas que sostienen la expansión y consolidación de la vigilancia en la vida diaria, tomando en cuenta que la distribución de dispositivos no es neutral, sino que se organiza de manera diferencial, enfocando territorios específicos e insertando lógicas de sospecha selectiva que reproducen dinámicas de sobrecriminalización.

Al mismo tiempo, la exposición constante y la expansión de los dispositivos de vigilancia en el paisaje diario y en múltiples escenarios de la vida pública y privada favorecen su normalización y aceptación social. Dejan de ser elementos excepcionales y se convierten en la norma diaria.

Así, interrogar la vigilancia implica no solo preguntarse si reduce o no el delito, sino examinar qué dinámicas consolida, qué sujetos define como riesgosos, qué asimetrías amplía y qué efectos genera en la vida de quienes nos encontramos bajo su observación constante.

Bibliografía

Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano. (2025, 20 de octubre). Fotonota 009/25 C5 está en cada rincón de la CDMX. https://www.c5.cdmx.gob.mx/storage/app/media/Boletin/2025/20OCT25-FOTONOTA%20Recorrido%20TxT%20col.%20Pueblo%20La%20Candelaria.pdf

Foucault, M. (1976). Vigilar y castigar : nacimiento de la prisión. Siglo XXI.

Han, B.-C. (2013). La Sociedad de la Transparencia. Herder.

Jasso, C. (2023). La ciudad videovigilada. Entre la prevención del crimen y el control social. Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM.

Mathenge, R. (2024, 26 de noviembre). The world’s most heavily surveilled cities (fresh report with latest statistics). PrivacySavvy. https://privacysavvy.com/news/research/most-heavily-surveilled-cities-worldwide-statistics-report/

Numbeo (2026). Understanding Crime Indexes. https://www.numbeo.com/crime/indices_explained.jsp

Organización de las Naciones Unidas (ONU) (2016). Manual de Seguridad Humana.

Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) (2022). Informe Especial 2022. Las nuevas amenazas para la seguridad humana en el Antropoceno.

Red en Defensa de los Derechos Digitales (R3D) (2025, 26 de agosto). Ojos que vigilan: Ciudad de México será la ciudad más videovigilada de América Latina. https://r3d.mx/2025/08/26/ojos-que-vigilan-ciudad-de-mexico-sera-la-ciudad-mas-videovigilada-de-america-latina/

Vegh Weis, V. (2024). Todo Preso es Político, una historia sobre la (in)justicia penal. CLACSO.


  1. Correo electrónico: maria.guadalupe.garcia@uaq.edu.mx