Mauricio Sánchez Álvarez[1]
Escuela Nacional de Antropología e Historia
Departamento de Medios Audiovisuales
el teatro y el mundo del espectáculo requieren de todo lo que hacen los humanos para poder reflejar todo lo que los humanos hacen
Stephen Colbert
Una ventana hacia distintas historias de dolor e ignominia
Quizás no podemos entender, como señala Susan Sontag en Ante el dolor de los demás (2004), cuánto y cómo otros viven en carne propia la difícil ruta de querer vivir en paz y no poder lograrlo. No, uno no está ahí para vivir los múltiples rostros de la tragedia y la frustración: los seres queridos heridos o muertos, los lugares de antaño destruidos, los cultivos y animales que se han cuidado de generación en generación que ya no están. Y más que nada, la sensación entre terror e incertidumbre y la necesidad —aún así— de sobrevivir. Sin embargo, como también da Sontag a entender, las reflexiones y testimonios son de indudable valor, sea para recordar o para simplemente dejar huella; que sirvan de constancia de algo. Francisco de Goya y Lucientes intentó algo así con sus Desastres de la guerra, una serie de grabados cuya expresividad no deja lugar a dudas de cuánto horror e indignación le producían la belicosidad y la desmesura: gente empalizada o ahorcada o despedazada (Hughes, 2004). Algo en verdad espeluznante. Y en este sentido el cine y el video constituyen, sin duda, una opción valiosa para tanto registrar como revelar el padecimiento humano. Esto es lo que se propone este texto: mostrar distintos rostros de la terrible violencia que se vive en Palestina a manos del ejército y el expansionismo israelí.
Sabemos que la violencia tiene muchas formas de expresarse. No es simplemente el proceder por y con la fuerza bruta, eliminando a diestra y siniestra lo que haya. También está en la suspicacia, así como el acoso, hacia ese Otro que se considera indeseable, peligroso e incluso inhumano o simplemente no-humano. Alguien o que no es digno de uno o que representa un escollo, a pesar de ser, ante todo, un ser humano. Y es esta diversidad expresiva de las violencias, representadas en obras cinematográficas, lo que se quiere presentar aquí, a propósito de la terrible e injusta situación que vive el pueblo palestino a manos del estado israelí y sus fuerzas armadas. La gama de películas escogidas muestra distintas facetas de cotidianidades sumamente complicadas y por lo mismo difíciles, cada una a su manera; sobre todo porque, de uno u otro modo, la asimetría en las relaciones de poder resulta tan aplastante como acongojadora. Por otra parte, resulta curioso y sugerente que, en esta muestra, que de ninguna manera es exhaustiva, haya producciones palestinas e israelíes.
El árbol de limón, de Eran Riklis (2008)[2]

Empezamos, precisamente con una cinta israelí, que a modo de un melodrama (es decir: que articula situaciones trágicas e irónicas) narra la difícil e incómoda circunstancia de la vecindad en un entorno de suspicacia y temor. El ministro de defensa israelí decide irse a vivir en su pueblo natal y la casa queda justo en la línea fronteriza que separa a su país de Cisjordania (conocida en inglés como West Bank, la margen occidental), y al otro lado de la cerca, que ya es territorio palestino, hay un limonar, cuya dueña continúa una tradición intergeneracional, de su abuelo a su padre y de él a ella, cuidando y aprovechando los árboles. Pues no bien se ha instalado el ministro, que se yergue una torre de vigilancia y se instala personal del servicio secreto, que, junto con el ministro, ven con ojos sospechosos al limonar, porque de allí, temen, puede brotar un ataque terrorista en cualquier momento. Y entonces proceden a tratar de eliminar los árboles, a cambio de una indemnización. Pero Salma, la dueña, ni tonta ni perezosa, busca apoyo en distintos medios: primero con uno de los hombres mayores de la localidad, quien solo le indica que de ninguna manera puede aceptar el dinero y luego con un abogado que pertenece a la Autoridad Nacional Palestina. Y junto con él, Salma emprende el difícil camino de la justicia israelí, enfrentándose en tribunales al ejército (la parte demandada), cuyo alegato es que se trata de una cuestión de seguridad nacional. Mientras, Salma encuentra dos aliados: una es la prensa, que magnifica el asunto, y la otra es Mira, la esposa del ministro que, sintiendo simpatía por su vecina, le indica una y otra vez a su marido que el limonar no implica ningún riesgo. Y ante los oídos sordos de él, Mira decide hablar directamente con la prensa. Aunque finalmente el pleito llega al tribunal más alto y éste decide semi-salomónicamente que el limonar no será erradicado sino podado, algo que Salma resiente humillada, Mira decide dejar a su marido, quien se quedará en la casa, por cierto, cada vez más blindada.
Si bien El árbol de limón tiende una mirada un tanto liberal sobre las tensiones israelíes-palestinas, deja ver claramente no sólo el clima de arbitrariedad y de suspicacia; a través de esa suerte de alianza entre dos mujeres también logra darle una bofetada tanto a la opresión como al patriarcado confabulado con ésta.
Ninguna otra tierra, de Basel Adra, Hamdam Ballal, Yuval Abraham y Rachel Szor (2024)

Curiosamente, este documental también transcurre en Cisjordania y tiene al ejército israelí y al Tribunal Supremo de Israel como personajes clave. En virtud de una resolución del Tribunal, el ejército procede a ir estableciendo un campo de entrenamiento para tanques en la aldea de Masa Fer Yatta, donde viven más de 1,000 palestinos, cuyas viviendas habrán de ser demolidas con bulldozers. Se presentan, entonces, las dos caras del conflicto: la demolición, que tiene lugar al amparo de la presencia de soldados, quienes se ocupan de amenazar, amedrentar y agredir a los lugareños; y la resistencia persistente de estos últimos, que, si bien se traduce en quejas y protestas, algunas espontáneas y otras organizadas, también denota una sabiduría de antaño. Son conscientes que como pueblo llevan casi 200 años viviendo allí y que su dignidad no está en juego, por más que traten de humillarlos. Aunque la belicosidad del intento de erradicación los obliga a reaccionar, saben bien —desde los niños hasta los viejos— cómo enfrentar la afrenta, cuestionando la legitimidad de la demolición, defendiendo el derecho a vivir en su terruño, generando acciones reivindicativas (como construir una escuela, años atrás, pese a la oposición cerrada del estado y ejército israelíes). Aún cuando se ven obligados a vivir en cuevas, casi de inmediato logran restablecer condiciones relativamente adecuadas para seguir en pie, logrando tener electricidad, agua, comida y, sobre todo, también momentos de buen humor. Como bien lo expresa Basa Adra, quien además de codirigir es uno de los protagonistas de la película, la idea es documentar el conflicto y contrainformar al respecto, y también participar activamente en la resistencia. La cámara misma se convierte en un dispositivo para ello. En más de un momento, los soldados exigen vociferando que no se les grabe, y más de una secuencia en que se registra un enfrentamiento culmina con el camarógrafo huyendo la cámara enfocada al suelo, con tomas entrecortadas que registran a saltos trozos de tierra y paja. A diferencia de El árbol de limón, aquí la postura del ejército israelí no es de suspicacia, sino de un claro bullying letal: está convencido de su misión de limpieza paisajística y étnica.
La voz de Hind Rajab, de Kaouther Ben Hania (2025)

Esta película es un acercamiento al tenso y complicado microcosmos de los intentos de rescate de gente inocente atrapada entre la metralla y los tanques israelíes en su incursión a Gaza, y lo deja a uno con el estómago hecho un nudo y una terrible sensación de vergüenza, impotencia e indignación. No sólo está basada en acontecimientos reales, que tuvieron lugar el 24 de enero de 2024. La llamada de solicitud de ayuda urgente que da pie al relato es auténtica. La realiza desde Gaza una niña de cinco años escondida entre los asientos de un auto que ha sido balaceado casi hasta la saciedad, habiendo quedado muertos los demás pasajeros, tíos y primos de ella. O sea: es efectivamente la voz de Hind Rajab la que se escucha. También son auténticas algunas tomas de video que se efectuaron durante el intento de rescate. Toda la puesta en escena transcurre en el Centro de Atención Telefónica de la Luna Roja en Ramala, Cisjordania, de modo que asistimos a cómo los telefonistas atienden a las llamadas de emergencia, en particular el cuidado que le muestran a cada solicitud, convirtiéndose así no solo en interlocutores, sino también en voceros del solicitante. Y también vemos el complicado y dificilísimo mundo de la burocracia del rescate en Gaza. Aunque la Luna Roja tiene personal rescatista en el terreno (del que, se señala, ya ha muerto una veintena), la petición oficial tiene que pasar por el Ministerio de Salud de Palestina y el visto bueno del ejército israelí. La tensión que desata la película es múltiple. Por un lado, está el asedio, la ansiedad y la angustia de Hind, rogando que la rescaten cuanto antes, actitud que amplifican los telefonistas que la atienden. Por otro, está la lentitud desesperante con que avanza el proceso para conseguir que se apruebe el rescate, de horas y horas y horas. Y cuando finalmente se consigue y el rescate se echa a andar, paso a paso, por las calles llenas de cascajo de edificaciones demolidas, es terrible constatar —o así lo da a entender la película— que ya próxima la ambulancia a la niña, el ejército israelí, tal como ha procedido en lugares en que se reparte comida o medicamentos, frustra el intento acribillando a Hind y destruyendo la ambulancia y a sus ocupantes. Con ello, los militares muestran cómo el descaro, la crueldad, la indolencia y la impunidad ya se han vuelto prácticas cotidianas.
Reflexiones finales
Evidentemente, hay muchas más películas que abordan el conflicto palestino-israelí, además de las tres discutidas en este texto. Aquí sólo se ha presentado una pequeña muestra, cuya virtud estriba en que dejan ver distintas problemáticas, distintas miradas y también distintos géneros narrativos. Las tres configuran una gradiente, de tal modo que la situación va siendo cada vez más injusta, más trágica, más terrible, más ignominiosa y más indignante. Lo enaltecedor, sin embargo, es que Palestina y su gente no solo no dan su brazo a torcer. Estas películas los muestran muy altivos y muy claros de propósito, dispuestos —como debe ser— a cambiar el curso de la historia, con un deseo inalterable de vivir como un pueblo libre y dueño de su destino. Estas obras, y las muchas que sin duda seguirán, invitan a que el resto del mundo los acompañemos en su gesta.
Referencias
Adra, B., Ballal, H., Abraham, Y. y Szor, R. (directores) (2024). Ninguna otra tierra. Medios de Comunicación de Yabayay, Películas Antípodas / Palestina y Noruega.
Ben Hania, K. (directora) (2025). La voz de Hind Rajab. Mime Filmes, Tanit Films / Túnez y Francia.
Hughes, R. (2004) Goya. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.
Riklis, E. (2008) El árbol de limón. MACT Productions, Eran Riklis Productions, Riva Filmproduktion, Arte France Cinéma, ZDF, Metro Communications, United King Films y Citrus Film Investors / Israel, Alemania y Francia.
Sontag, S. (2004). Ante el dolor de los demás. Alfaguara, México.
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Esta película se puede ver en línea a través de IMDB-Pro: https://www.imdb.com/es/title/tt1172963/, o en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=ilzF3tG_xWs ↑