Transitar-habitar temporalmente ciudades mexicanas, siendo una persona migrante que reestructura su vida con discapacidad

Samuel Fernando Rivera Andrade[1]
El Colegio de Michoacán

Aprendiendo a domesticar el entorno. Fotografía: Cristina Mazariegos, Irapuato (2021)

Resumen

Este artículo expone hallazgos sobre cómo algunas personas migrantes centroamericanas que reestructuran su vida con una discapacidad, secuela de su tránsito inseguro por México,[2] habitaron temporalmente ciudades estratégicas del corredor migratorio hacia EE. UU.[3] Presento detalles de cómo, en conjunto con otras personas y familias migrantes, cohabitaron campamentos o albergues de estas ciudades, resaltando las formas de cuidado y subsistencia que este particular sector de migrantes implementó para continuar sus tránsitos. La información se deriva de mi investigación doctoral[4] cuya metodología etnográfica estuvo compuesta por técnicas de observación in situ y entrevistas semiestructuradas, en su mayoría móviles; es decir, acompañando los trayectos de las personas migrantes con discapacidad dentro de las ciudades. A partir de la forma móvil, pausada y ocasionalmente sinuosa en que las entrevistas ocurrieron, las personas interlocutoras de esta investigación aludieron a estas charlas-caminatas como andares rencos, término que acogí para denominar esta técnica de entrevista, que recolecta saberes y sensaciones de una particular forma de moverse.

Palabras clave: Migración; Discapacidad; Habitar; Ciudad; Etnografía

Introducción

Desde finales del siglo XX, ciudades como Tapachula, Chiapas, Coatzacoalcos, Veracruz, e Irapuato y Celaya en Guanajuato, han atestiguado el gradual cambio con relación a los flujos migratorios que las cruzan, ya que dejaron de ser únicamente espacios de tránsitos y se convirtieron también en “receptoras”[5] de migrantes (Juárez, 2021). Algunas incluso se han catalogado como ciudades “ideales” para el refugio y son sedes del programa de Integración Local del ACNUR-México (ACNUR, 2024), es decir, como potenciales sitios para que las personas que deciden enrolarse en trámites de refugio en México puedan desarrollarse y quedarse a vivir en ellas. Una narrativa que contrasta con otras prácticas criminalizantes y antiinmigrantes que las distinguen[6] y que han sido registradas por Frank-Vitale y Núñez (2020) o Toledo y Carro (2021). Por otro lado, han atestiguado la creciente variabilidad de la composición de los grupos migrantes[7] y del origen de las personas (Parra, Uribe-Salas y Mayo, 2024) que llegan y transitan por ellas.[8]

Al respecto, me interesa subrayar que mi investigación fue una etnografía multisituada (Santos-Fraile y Massó, 2017). Con ello quiero apuntar que esta decisión se tomó no solo con el fin de recabar información o abordar un suceso de estudio desde diferentes sitios/localidades, sino que el hecho de ir de una ciudad a otra responde a seguir y atender las trayectorias inesperadas de las personas interlocutoras, de sus narrativas[9] e incluso de objetos como sus prótesis, con el fin de conocer las redes de alianzas y tensiones que tejen las personas migrantes que buscan restructurar su vida con una discapacidad.

Similitudes

Si bien hay múltiples aspectos que diferencian a estas ciudades como el clima, la extensión territorial o su densidad demográfica, hay algunos que las asemejan y que impactan en las personas migrantes. Una primera característica que actualmente comparten es que en ellas se instalaron y fortalecieron grupos de crimen organizado (en adelante CO) cuyas raíces datan de las décadas de 1980 y 1990. En los últimos años dichas ciudades han encabezado los rankings nacionales y extranjeros de “ciudades más peligrosas” o “violentas” del mundo (CCSPJP, 2020; Breda, 2024). En el periodo en que realicé mi trabajo de campo, fue regular que recibiera algún tipo de advertencia por parte de las personas oriundas de estas ciudades, quienes han desarrollado una lectura subjetiva de momentos o escenarios peligrosos.

Las indicaciones de precaución para evitar horarios y lugares se asentaban con frases como: “a esta hora es peligroso, no debería de caminar usted solo por ahí”, “no se acerque a X colonia, aunque vaya en auto”, “no confié en las personas con X apariencia o actitud”.[10] Entre las áreas y personas que pueden ser leídas como peligrosas destacan: aquellas que viajan en camionetas usando ropa táctica; espacios como las zonas de bares o ciertas colonias periféricas; algunas personas señalaban a las y los migrantes o los sitios que temporalmente utilizan para descansar, charolear y esperar una forma de transporte, como personas y lugares de quienes “hay que tener cuidado”.

Esto reflejaba los niveles de estigma y tensión que podían fraguarse en el encuentro entre pobladores y personas migrantes. Frank-Vitale y Núñez (2020) y Sandoval-Cervantes (2021), indican, como parte de sus observaciones con personas migrantes que transitaron por México, que regularmente las poblaciones locales exigen una construcción corporal y discursiva de la persona migrante que refleje pasividad, vulnerabilidad y “estar solo de paso”. Por lo que aquellos que se aventuran más allá del perímetro de las vías del tren o permanecen en estas ciudades por semanas despiertan sospechas a una parte de la población.

No obstante, es importante reconocer que este trato no es generalizado. También hay habitantes de estas ciudades que han sido o son interpelados por las dificultades que viven las personas migrantes, empatizando con ellas y creando conciencia del abandono y abusos que las llegan a envolver. Algunos llegan a convertirse en actores de ayuda, practicando ejercicios solidarios que van desde una relación informal, como participar en donaciones de comida o ropa, hasta otra que podría enunciarse como formal (Rivas y Parrini, 2017; Rivera y Mazariegos, 2025), prestando una ayuda que se vuelve continua y planificada. La presencia de personas migrantes en las ciudades mexicanas ha despertado reacciones de un amplio gradiente, que va desde el apoyo total, hasta situaciones conflictivas.

Una segunda similitud que encontré fue el entorno arquitectónico del área donde se reúnen los migrantes a esperar el tren, conformado por una intersección entre puentes vehiculares y vías férreas. Estos perímetros se definen por estar rodeados de propiedades industriales, por un lado, y colonias populares, por otro lado. Durante el periodo de mi investigación, el número de casas de campaña que se instalaban bajo los puentes vehiculares aledaños a las vías fue creciendo. A la par, las propiedades industriales aumentaban la colocación de cámaras de seguridad y alambrado de púas, y lo mismo sucedía en algunas casas de las colonias aledañas.

Un grupo de personas en una plaza

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En la parte superior, un campamento migrante bajo un puente de Irapuato, Guanajuato. En el ángulo inferior izquierdo, un par de migrantes se refugian de la intemperie en un puente vehicular de Celaya, Guanajuato. En el inferior derecho, una familia de migrantes descansa después de que personas voluntarias les ofrecieran comida en Coatzacoalcos, Veracruz.
Fotografías de Samuel Rivera (2021-2022)

Una tercera semejanza, que desafortunadamente se extiende a otras ciudades, es la inaccesibilidad que las personas con discapacidad (PcD) experimentan en espacios públicos, oficinas y transporte, aspectos de ciudades capacitistas (Paniagua, 2022). Las personas migrantes con discapacidad y las que comienzan a reestructurar su vida con discapacidad a consecuencia del inseguro tránsito migratorio, continuamente negocian su desplazamiento en áreas vehiculares pavimentadas, ya que las precarias o inexistentes banquetas limitan sus movimientos. De igual forma, disputan espacios en el transporte público.

Por último, a excepción de Tapachula, las ciudades a las que me referiré no contaban con oficinas que permitieran a las personas migrantes iniciar o concluir trámites de refugio, por lo que en caso de detención en operativos del INM, eran trasladados a ciudades donde existían estaciones migratorias o estancias provisionales, los cuales han sido altamente cuestionados por omitir garantías y derechos humanos (Fernández de la Reguera, 2020). Esto provoca que las personas migrantes, además de estar precavidos del encuentro con grupos del CO y vecinos conflictivos, también lo estén de agentes de migración u operativos migratorios.

Hasta el momento, se puede advertir el panorama de inseguridad y peligro —causado no solo por el CO, sino por otros actores sociales y condiciones que pueden ser infraestructurales o incluso climáticas— con el que arriban las personas migrantes a estas ciudades. A ello se suma estar bajo una lupa social que los criminaliza, una constante vigilancia de sus movimientos y una búsqueda de limitar sus espacios. No obstante, frente a este horizonte, las personas migrantes y quienes se alían con ellas, encuentran fisuras y tácticas para continuar móviles.

Un habitar transitorio y provisional en “clave disca”

Para estas poblaciones, llegar a las ciudades señaladas es un reto de asimilación a espacios diseñados bajo lógicas de orden que nunca contemplaron la discapacidad ni la migración. Ángela Giglia (2022), retomando una definición de Augé (1992), señaló que habitar es proveer de significados y memorias compartidas a un lugar; es decir, transformar el no lugar en un lugar, y agregó que “Nuestra relación con el mundo y nuestra posibilidad para domesticarlo tendrán que acomodarse a las características del espacio habitable” (Giglia 2022: 47). En este sentido comprendo las cautelosas pero constantes caminatas y rodadas de mis interlocutores; con ellas reconocen lugares y horarios donde pueden charolear sin ser molestados, ubicar zonas seguras donde subir al tren o encontrar espacios para asearse y lugares donde pueden alimentarse de forma económica o gratuita.

De esa manera comienzan a forjar un orden en el uso del espacio: no son elecciones al azar, hay ejercicios de prueba y error y de profunda observación para saber si en qué sitios se puede llevar a cabo tal o cual acción. De ahí que el espacio ordena, pero también se deja ordenar. Este es un aspecto del habitar que señala Giglia (2022): las diferentes maneras de reconocer y establecer un orden que permita estar presentes y ubicados. Con ello es posible domesticar el entorno.

Un primer ejemplo que me arrojó pistas para comprender las hábiles y vertiginosas formas de domesticar el espacio y habitar una ciudad fue cuando en el 2021 intenté seguir a un interlocutor al que me referiré como Mariano. Él era un varón hondureño de 42 años. Gracias a voluntarios de la asociación Amigos del Tren en Coatzacoalcos, que lo habían entrevistado y fotografiado, supe que tenía tres años viviendo con discapacidad, ya que en octubre de 2018 cayó del tren cerca de Escobedo, Nuevo León. Quienes lo conocieron mencionaron que él no había finalizado su trámite de reconocimiento de refugiado y que durante meses se desplazó clandestinamente de una ciudad a otra por el sureste mexicano.

A partir de las fotografías que me mostraron de él y su silla de ruedas —la cual pintó de azul y blanco haciendo alusión a la bandera de Honduras— me di a la tarea de buscarlo, tanto en inmediaciones del puente donde se reúnen los migrantes, como en puntos del malecón de la ciudad, donde probablemente podría estar charoleando. Durante mi búsqueda noté que dejó una estela material e inmaterial de su presencia. Cada persona a quien preguntaba me daba una pequeña referencia de él:

Sí, es uno que anda tunco, hace como cuatro días nos compartió un pollo, luego se va a charolear al Oxxo de la avenida de allá. A mí me dijo que ya se iría para Tabasco al albergue porque nadie le echaba la mano para ver lo de sus prótesis. Además, dijo que su mamá estaba mal, que quería ir para el sur para que migración lo llevaran hasta Honduras. (Angy, persona migrante, conversación personal, 2021)

Otras personas a las que cuestioné sobre su paradero me dejaron varios datos sobre él: “Sí, es un catracho, anda su bandera en su silla de ruedas”, otros decían “aquí dejó una cobija nueva, seguro vuelve”, “se queda a dormir en la central de autobuses” y otros más decían que llegaba de madrugada “a dormir al puente con los migrantes” y que repartía o compartía fruta que le regalaban a lo largo del día. Algunos me señalaron que “fue golpeado porque intentaron robarlo” y que por eso ya no regresó; “tomó el tren para Apizaco o Celaya, va y viene”. Otros que “vendía marihuana”, que “andaba pisto[11] suficiente para pagar un cuarto” y que por eso dejó de quedarse en el puente, que “necesitaba curar sus heridas” y que “se fue a un hospital”, que “se negó a recibir ayuda”, y así muchas cosas más. Quizá conocí más de él siguiendo su rastro que por medio de una entrevista presencial. Al sexto día desistí de buscarlo, Mariano probablemente había retornado a Honduras, o quizá seguía en México y, como muchos de los migrantes que conocí, continuó realizado su tránsito migratorio a manera de bucle, entre ciudades del norte, centro y sur de México.[12]

Este primer ejemplo aporta información que va más allá de medir o dimensionar las distancias que una PcD recorría rodando en su silla de ruedas o el origen y destino que sus movimientos tenían: expone la experiencia urbana que Mariano tejió con otros usuarios de la ciudad, incluyendo otras personas migrantes. Hay elementos que muestran que Mariano recorría la ciudad buscando lugares donde poder hacer dinero; en ocasiones le iba tan bien que levantó sospechas de cómo lo conseguía. Estas ciudades tienen en común una restricción espacial y simbólica hacia las personas migrantes, por lo que el hecho de que Mariano pudiera movilizarse sin trabas, mientras que otras personas sí las padecían, despertaba cierto recelo. No obstante, Mariano también buscaba ayuda especializada para resolver asuntos vinculados a su discapacidad. Esto nos deja ver que Mariano performaba la vulnerabilidad que envuelve su discapacidad, mostrándose en ocasiones como una persona frágil que necesitaba apoyo para conseguir una prótesis o retornar a su terruño, pero también como alguien competente, dispuesto y con ganas de trabajar, cuando abría las puertas del Oxxo a los clientes, o cuando mostraba a otros migrantes que tenía las posibilidades de pagar una noche de hotel.

Como segundo ejemplo, recupero parte de las experiencias de un migrante que reestructura su vida con una discapacidad secuela del inseguro tránsito por México, que conocí en Tapachula, Chiapas, a inicios del 2022. Esta persona tiene una discapacidad física vinculada a una agresión ocurrida al intentar viajar en La Bestia en 2001. Me referiré a él como David. David es un varón nicaragüense y cuando lo conocí dentro del albergue Jesús el Buen Pastor del Pobre y el Migrante (JBPPM), tenía 39 años y utilizaba una prótesis por una amputación transtibial. Era su tercera estancia ahí. La primera vez fue cuando resultó mutilado por el tren en 2001; en el albergue se recuperó físicamente y después retornó a Nicaragua por algunos años. Estuvo por segunda ocasión en 2010, cuando intentó migrar de nuevo hacia EE. UU., pero al no conseguir un coyote confiable, retornó por segunda ocasión. Finalmente, en 2022, decidió hacer su trámite como refugiado en México y estaba a la espera de entrar a un programa de integración local.

Para ese año, la vasta presencia de personas migrantes modificó el ritmo y estética de Tapachula. Rincones que parecían desolados comenzaron a ser ocupados por las personas migrantes; aparecieron campamentos en los parques públicos y las calles que antes contaban con unos cuantos negocios, se volvieron rebosantes de vendedores y migrantes que buscaban ganarse la vida ofreciendo algún servicio. En este panorama, David, que tenía más experiencia viviendo la discapacidad y recorriendo Tapachula, me mencionó que había algo que afectaba directamente a las personas migrantes con discapacidad y era que, a diferencia de las personas discapacitadas mexicanas, los derechos de las y los migrantes discapacitados no eran respetados en espacios públicos, y eran vulnerables a barreras burocráticas.

Desde su punto de vista, era importante que las personas migrantes que comienzan a reestructurar su vida con una discapacidad entablaran amistad con otros discapacitados oriundos de Tapachula, que posiblemente los orientaran sobre cómo obtener servicios de salud, descuentos, y conocer puntos para acceder al transporte público sin trabas. David explicaba: “Hay un sinfín de tropiezos con los que vos tenés que lidiar afuera, y más si sos migrante, yo aprendí a librar trabas en mi país y en mi ciudad, pero aquí tenés que volver a aprender”. Me expuso dos situaciones que repetidamente vivía en Tapachula.

Seguido peleo por formarme en las filas preferentes, si la gente no te ve en silla de ruedas o todo desvanecido, se enoja, lo mismo pasa si vos subís a un bus. Ah ese no es discapacitado, dicen. Yo no quiero actuar como dando lástima, ni puedo andar con un rotulo en la frente que diga “Soy discapacitado”, pero tampoco puedo tener un carnet de discapacidad, como los discapacitados mexicanos que lo andan, lo muestran y les dan descuento en el pasaje. ¿Por qué solo a los discapacitados mexicanos les pueden dar un carnet que diga “soy discapacitado” y a nosotros los migrantes no? COMAR debería de pensar en eso. Yo he tenido que enseñar mi prótesis cuando no tendría la necesidad de hacerlo, no es digno. Por eso salí de Nicaragua, lo que necesitamos acá y allá es que se garantice que las otras personas nos respeten, que piensen en todos los cuerpos, que no nos pongan fronteras en todos lados, en la calle, en el transporte, en las oficinas de migración o de COMAR. (Entrevista a David, marzo de 2022).

Las trabas para acceder a actividades y espacios propios de Tapachula hacían que David, en comparación con Mariano, performara su discapacidad, haciendo hipervisible que tenía una amputación. Este ejemplo de adaptación muestra como ningún espacio es plenamente ajeno a procesos de apropiación. Por otro lado, expone que las disputas por el habitar no necesitan estar focalizadas en la infraestructura o la función del espacio, sino en las prácticas sociales que lo producen cotidianamente.

Quiero exponer un último ejemplo sobre la domesticación del espacio, no solo como una práctica material, sino también como una acción política: un modo de reclamar presencia, humanidad y derecho a existir en territorios diseñados para el paso, no para la vida. Para ello retomo lo que aprendí con Jess y Brian. La primera es una mujer trans con una pierna amputada a quien conocí en Celaya en octubre del 2021, y el segundo un varón hondureño con una mutilación en su pie derecho a quien conocí en Irapuato un mes antes. Al acompañar sus andares desde el campamento aledaño a las vías, hasta los puntos donde charoleaban, detecté pequeños sitios que a primera vista parecerían basureros, pero al analizarlos de cerca encontré que son espacios deliberadamente creados para descansar, asearse, alimentarse y esperar el tren, a los cuales se referían como nidos. En la mayoría de estos nidos y en los campamentos bajo los puentes se desplegaban prácticas que buscan remedios a dolencias provocadas por ampollas, llagas, torceduras, fiebres, jaquecas y conjuntivitis, a la vez que brotaban alianzas insospechadas, entre migrantes, vecinos e incluso investigadores. En estos espacios se gestaba un poco de estabilidad que les permitía la reorganización de la vida y del transitar.

Un tren pasando por un camino

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Brian dirigiéndose a uno de los nidos cercano al campamento bajo el puente en Irapuato.
Fotografía de Samuel Rivera (septiembre 2021)

Reflexión final

Las prácticas y experiencias corporeizadas de Mariano, David, Jess, Brian y otras personas migrantes que comienzan a restructurar su vida con discapacidad, nos llevan a reflexionar junto con Judith Butler (2002) y Mimi Sheller y John Urry (2006) que, al centrarnos en la experiencia de moverse por ciudades como las que he descrito, no solo dilucidamos la práctica política de manifestarse y hacerse presente que da el performance, sino que la movilidad es una forma de habitar. En estas geografías de tránsito, el habitar no se define por la permanencia en una vivienda, albergue o campamento, sino por la capacidad de domesticar transitoriamente entornos diseñados bajo lógicas de orden que excluyen tanto la discapacidad como la migración.

Lo que las trayectorias de mis interlocutores revelan es una persistencia, donde el cuerpo enfrenta tres capas de hostilidad simultáneas que laten en las cuatro ciudades señaladas: la hostilidad del crimen organizado y el estigma social, la hostilidad arquitectónica y capacitista, y la hostilidad burocrática. Finalmente, habitar la ciudad «en clave disca» y migrante es, por tanto, un ejercicio de asimilación táctica. A pesar de la vigilancia, el alambrado de púas y la precariedad infraestructural, estas personas encuentran las fisuras del sistema para continuar móviles. Sus andares y rodadas no son solo desplazamientos, son actos de insurgencia que obligan a la ciudad capacitista a reconocer que, incluso en el tránsito más incierto, se puede y se tiene el derecho de habitar.

Referencias

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Breda, T. (2024, 17 de enero). Conflict Watchlist 2024 | Mexico: Confronting deadly political and criminal power struggles in an election year. ACLED. https://acleddata.com/report/conflict-watchlist-2024-mexico-confronting-deadly-political-and-criminal-power-struggles

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  1. Correo electrónico: 81samuelrivera@colmich.edu.mx
  2. Siguiendo a Álvarez, Pedone y Miranda (2021), entiendo como corredor migratorio al espacio geográfico transnacional que ha sido modelado por procesos sociohistóricos comunes e interconectados, así como por la acumulación de tránsitos migratorios a través del tiempo y las relaciones de poder desiguales que buscan movilizar o inmovilizar a determinados individuos.
  3. En trabajos previos al 2024, utilicé el término: “migrantes que adquirieron discapacidad en su tránsito por México”; sin embargo, en recientes reflexiones lo he encontrado estéril. En una publicación anterior (Rivera, 2025), señalo que por años algunos investigadores englobamos a este heterogéneo grupo bajo categorías como “migrantes con discapacidad” o “personas en situación de movilidad con discapacidad”. Al no hacer énfasis en su situación de reconocimiento político (refugiado, retornado, etcétera), que a su vez se conjuga con la forma en que la discapacidad llegó a sus vidas (congénita, por accidente, por enfermedad, etcétera) solo damos por hecho que les cruzan violencias, discriminaciones y riesgos similares, pero desdibujamos los particulares. Esto me llevó a identificar y a definir de mejor manera a las principales personas interlocutoras de mi investigación como personas migrantes que reestructuran su vida con una discapacidad a consecuencia o suscitada durante el inseguro tránsito por México, destacando que experimentan/ron y sobreviven/ron a una opresión particular que busca/ó desgastar sus cuerpos y mentes. Por tanto, el verbo “adquirir” no tiene cabida y resulta problemático, ya que por un lado es volitivo y, por otro, desdibuja la responsabilidad que tienen los Estados en el daño ocasionado a los cuerpos de los migrantes. Subrayo que no se trata de accidentes, sino de algo sistémico, parte de una agenda política que busca debilitar el flujo de personas y utilizar la discapacidad como disuasión.
  4. Desarrollada entre 2018 y 2022 como parte del doctorado realizado en El Colegio de Michoacán y titulada Renqueando y haciendo ruta. Personas retornadas, refugiadas y migrantes que reestructuran su vida con alguna discapacidad suscitada durante el inseguro tránsito por México.
  5. Dichas estadías se viven de manera distinta a partir de la intención y temporalidad que las personas migrantes experimentan, algunos expresan sentirse atrapados, mientras otros se mueven intermitentemente entre ciudades aledañas esperando oportunidades laborales o económicas que les permitan asentarse o movilizarse más lejos.
  6. Al ser ciudades donde se concentran los operativos y retenes para apresar migrantes, y concentrar discursos de estigmatización y actos de discriminación racista y xenófoba.
  7. De caracterizarse por ser predominantemente individual y masculina, la composición actual se destaca por estar conformada por unidades familiares, muchas veces compuestas por menores de edad, mujeres embarazadas y personas con algún tipo de enfermedad crónica.
  8. Desde la década de los ochenta hasta aproximadamente 2017, fue común que los grupos migrantes que las transitaron estuvieran compuestos de personas originarias de estados del sur de México y personas de origen centroamericano. Sin embargo, para el 2018 hubo un cambio paulatino hacia una presencia cada vez mayor de grupos de personas provenientes del Caribe y otras latitudes, como África, Asia y Medio Oriente, sin que los grupos previamente mencionados dejaran de estar presentes (OIM, 2022).
  9. Por ejemplo, el testimonio de una persona que entrevisté en Tapachula me ayudó a trazar una ruta que seguí para conocer desde cómo se originó su discapacidad (cayendo del tren en inmediaciones de Coatzacoalcos, Veracruz) hasta cómo sería rehabilitado (en el centro INGUDIS en Silao y hospedado en un albergue en Celaya, Guanajuato).
  10. Algunas personas señalaron que desconfiaban de quienes vestían cadenas y gorra, otras de los jóvenes que viajaban en moto. Otros me dijeron que desconfiara de los que piden un cigarro o que ofrecen trabajo. En mi tesis doctoral hago una reflexión crítica sobre la violencia y riesgos a los que actualmente están expuestas las personas investigadoras y el desigual acceso a información con relación a nuestros géneros. En mi situación, mi privilegio como varón, con capacidad de pagar un transporte en caso de emergencia, así como mi complexión, me permitió acceder a espacios donde colegas no han sido recibidos o han recibido acoso.
  11. Palabra utilizada en algunos países centroamericanos para referirse al dinero.
  12. Algunas investigadoras han referido a este tipo actual de tránsito de personas migrantes como una circulación intermitente (Juárez, 2021) o satelital (Camus, 2021).