Andares de una gorda flâneuse. Anotaciones sobre el caminar en Ciudad de México y Barcelona

Gabriela Quintero Camarena[1]
Investigadora independiente

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Gordofobia urbana. Barcelona, 2024. Fotografía de la autora

Resumen

Este texto analiza el caminar urbano como una experiencia corporal y política desde la perspectiva de una mujer gorda y racializada que transita la Ciudad de México y Barcelona, cuestionando la figura clásica del flâneur y sus reapropiaciones feministas en la flâneuse, al evidenciar que estas nociones han sido pensadas desde cuerpos blancos, delgados y burgueses. A partir de una autoetnografía situada, el texto muestra cómo el espacio público no es neutro, sino que está atravesado por dispositivos de género, clase, raza y corporalidad que producen exclusiones materiales y simbólica, desde la arquitectura urbana y el transporte público hasta la publicidad médica y estética que refuerzan la gordofobia como norma moral. Caminar, para una mujer gorda, no es un paseo desinteresado ni una práctica de ocio, sino una experiencia marcada por la hipervisibilidad, el acoso, la vigilancia y la pedagogía del miedo, tanto en el contexto mexicano como en el europeo, aunque con modulaciones distintas. Frente a ello, se propone la figura de la flâneuse gorda como una presencia que interrumpe el paisaje urbano y desestabiliza los ideales del cuerpo eficiente, ágil y productivo. El texto sostiene que caminar despacio, ocupar espacio y gozar el movimiento se constituyen como prácticas de desobediencia estética y resistencia cotidiana. La autoetnografía resulta central porque permite articular la experiencia personal con las estructuras de poder que organizan la ciudad, visibilizando cómo la gordofobia y la racialización se inscriben en lo cotidiano y legitimando el cuerpo como una fuente situada de conocimiento crítico sobre el espacio público.

Palabras clave: gordofobia; corporalidad; autoetnografía; flâneuse; caminar

Introducción

Bajé del trolebús en la estación Eje Central y me dirigí hacia el norte, rumbo a mi casa en la colonia Portales. Recuerdo el frío de la noche y la humedad característica de la Ciudad de México. En la esquina de Eje Central con Zapata vi a un hombre de pie al otro lado de la calle que me miraba fijamente. Cuando los coches dejaron de pasar, crucé; su mirada me puso nerviosa y apreté el asa de mi bolso con fuerza. Justo antes de pasar a mi lado, se inclinó hacia mí y con una risa socarrona dijo «gorda». No me detuve porque tardé en procesarlo; cuando volteé hacia atrás, vi que él seguía riéndose. Le mostré el dedo medio.

Los insultos en la calle, las miradas inquisitivas que nos juzgan por el tamaño de nuestro cuerpo, y el acoso —sí, a las gordas también nos acosan— pueden presentarse a diario. Comentarios gordofóbicos, consejos no solicitados para adelgazar, publicidad agresiva sobre pérdida de peso: todo esto habita el espacio público y nos interpela cada vez que salimos de casa.

Durante mucho tiempo me hice la pregunta ¿qué significa caminar siendo mujer? Con los años, al reflexionar sobre la corporalidad y el estigma de la gordura, surgieron más interrogantes: ¿qué significa caminar siendo mujer y gorda? Después, al viajar por motivos académicos y de ocio a ciudades como Barcelona, se añadió otra capa: ¿qué significa caminar siendo mujer, gorda y racializada?

Al investigar sobre el caminar me encontré con la figura del flâneur de Walter Benjamin: ese hombre burgués del siglo XIX que deambulaba por París sin rumbo, por puro placer. Noté que no se mencionaba a mujeres. Indagué más y encontré a la flâneuse, la reivindicación feminista de la mujer que también camina la ciudad. Pero otra vez —soy filósofa, no esperen otra cosa de mí— surgieron más preguntas: esta flâneuse de la que se hablaba era blanca, burguesa y delgada. ¿Y las gordas? ¿Podemos ser flâneuses?

La flâneuse fue una figura de liberación, pero ¿liberación para quién? Ser mujer gorda y racializada significa que mi cuerpo nunca es neutro en el espacio público: es leído, juzgado y sentenciado. La gordofobia y el racismo se inscriben en las banquetas angostas, en los asientos del metro, en la publicidad que me dice que debería empequeñecerme. La ciudad misma —con sus escaleras sin alternativa, sus torniquetes estrechos, sus bancas con reposabrazos que delimitan quién merece descansar— me recuerda constantemente que no fui considerada en su diseño. Mientras la flâneuse clásica tenía el privilegio de la invisibilidad normativa, las gordas cargamos con la hipervisibilidad de lo que no encaja.

Este artículo nace de mi experiencia caminando la Ciudad de México (CDMX) y Barcelona con un cuerpo gordo y moreno. Son fragmentos de una autoetnografía, sí, pero también es una provocación política: una invitación a reflexionar sobre qué cuerpos tienen permitido habitar, deambular y gozar la ciudad.

El paseo y la norma: del flâneur a la flâneuse

Los primeros escritos sobre el flâneur describieron, en esencia, un hombre con tiempo. Un cuerpo masculino, delgado y burgués que puede perderse por la ciudad sin que nadie lo cuestione, sin miedo a ser tocado, observado o juzgado. Su caminar no es un desplazamiento, es un privilegio. Como explica Lauren Elkin, «del verbo francés flâner, el flâneur o ‘el que callejea sin rumbo’ nació en la primera mitad del siglo XIX en los pasajes cubiertos de vidrio y acero en París» (2006: 11).

Walter Benjamin lo describió en Los Pasajes como un lector de palimpsestos capaz de descifrar las capas superpuestas de la ciudad. Ilocalizable, escondido, experimentaba una «embriaguez anamnética» —del recuerdo— al caminar (2005: 422). Estas características lo convertían en un laboratorio ambulante de percepciones. Pero esta forma de estar en la calle no era accesible para todas las personas. Rebecca Solnit lo dice claramente: «los hombres siempre han podido caminar por la calle sin mayores problemas. Las mujeres han sido castigadas e intimidadas por intentar hacer efectiva la más simple de las libertades: salir a caminar» (2015: 242). La calle, para las mujeres, no era un espacio de placer ni ocio, sino de sospecha.

De ahí que la flâneuse tardara tanto en aparecer. Esto no significa que no existieran mujeres que caminaran —lo hicieron siempre—, sino que nadie consideró que su experiencia mereciera un nombre. «No hubo equivalente en mujer al flâneur«, afirma Elkin (2016: 15). Durante siglos, caminar sola implicó una amenaza moral: eso solo lo hacían las trabajadoras sexuales, las mujeres de la calle. Desafortunadamente, el problema no quedaba sólo en una consideración moral. Las consecuencias correctivas de ese desacato podían dañar no solo la reputación, sino costar la vida. Pienso, por ejemplo, en los feminicidios de Ciudad Juárez o en aquella mujer trans muerta sobre el asfalto en la Calzada de Tlalpan que me tocó ver una mañana de camino a la universidad.

La flâneuse, cuando por fin se nombra, es una figura de desobediencia. Elkin la define como aquella que se atreve a «desviarse de las rutas trazadas para nosotras y aventurarse en busca de sus propios territorios» (2016: 31). Pero incluso esta figura reivindicativa conserva sesgos. La mayoría de las flâneuses representadas en la literatura o el arte —incluso la propia Lauren Elkin— son mujeres delgadas, cis, blancas, cosmopolitas. Su libertad es parcial, su visibilidad tolerada porque encaja en los códigos estéticos dominantes. El cuerpo gordo y racializado sigue siendo un exceso, un ruido en la escena urbana.

La caminata, entonces, no se experimenta igual desde todos los cuerpos. Si el flâneur se confunde con el paisaje, la flâneuse gorda lo interrumpe. La ciudad es una maquinaria de normatividad corporal y su arquitectura e infraestructura suscriben esos discursos. En mis recorridos por Barcelona y la Ciudad de México, noté que el espacio urbano se vuelve un medidor de exclusiones: desde los asientos estrechos del metro y los pasos acelerados de quienes caminan a mi lado, hasta las miradas que se clavan en mi panza o brazos gordos.

Puede parecer exagerado, pero cualquier mujer que lea esto sabrá de lo que estoy hablando. «El caminar femenino suele ser entendido como una exhibición o un espectáculo más que como un traslado» (Solnit, 2015: 343). A las mujeres se nos socializa para ser vistas y no para mirar. Para Sandra Lee Bartky, esto ha sido parte de los procesos de subjetivación que producen cuerpos feminizados, habla incluso de una triple exigencia: «El movimiento femenino, la gestualidad y la postura corporal no sólo deben exhibir constreñimiento, sino también gracia, y un cierto erotismo restringido por la modestia: los tres elementos tienen que estar presentes» (1990: 41). Esto se asegura mediante un adiestramiento que pasa desapercibido, pero que nos enseña a sumir la panza, a que nuestros pasos sean cortos, a limitar el espacio que ocupamos hasta el punto de llegar a pedir disculpas por hacerlo.

Existe un doble castigo para las mujeres que rompen con esos mandatos de género: la burla o el acoso callejero. Si se pasa de guapa y erótica, será vista como una mujer de “moral relajada”; si le hace falta belleza y gracia, será víctima de burlas lesbofóbicas. En el caso de las gordas, al ser más visibles por nuestra corporalidad, hay un ensañamiento mayor. La ciudad tiene su propia pedagogía del miedo.

Es por eso que la flâneuse gorda desestabiliza tanto: no encaja ni en la delicadeza burguesa ni en el imaginario de la agilidad neoliberal (fit). Su cuerpo no produce la ilusión del orden visual ni la promesa de eficiencia. Es un cuerpo que ocupa y pesa. En cada paso, con el movimiento de nuestras carnes, ponemos en evidencia que el espacio público no fue pensado para todas.

Elkin reflexionó sobre el acto transgresor de caminar siendo mujer, pero debido a su contexto social, su análisis se queda corto sobre lo que implica cruzar la puerta de casa. En el contexto mexicano, caminar siendo mujer implica sobrevivir al acoso, al miedo. Implica pensar reflexivamente la vestimenta que nos vamos a poner para no mostrar la ropa interior o demasiada piel —no por gusto propio, sino para evitar el acoso callejero—. Implica calcular rutas y horarios, medir riesgos. Implica que la flânerie, ese paseo sin rumbo y por puro placer sea casi impensable porque la calle puede ser un espacio de violencia.

Flâneuse gorda en dos ciudades: CDMX y Barcelona

En mi primer viaje de Mexicali a CDMX en 2002, me impresionó mucho que la gente caminara tanto. El ritmo es rapidísimo: la gente empuja en las aceras, los comerciantes con sus carritos pueden atropellarte, las motos se meten por todos lados, el nivel de ruido es agresivo. También destaco que es una ciudad que tiene espacios abiertos, banquetas anchas, calles peatonales, vegetación en las cunetas y camellones.

Caminar en la CDMX es una mezcla extraña de alerta constante, prisas, ruidos, inseguridad y, a la vez, admiración por la belleza de su arquitectura. La flânerie es complicada aquí, y está profundamente relacionada con los privilegios de clase: no es lo mismo caminar por las calles de Polanco o la colonia Roma que por Tacuba o el Centro Histórico.

Polanco, por ejemplo, es hermoso en marzo cuando las jacarandas llenan las aceras anchas y limpias con su morado brillante. No obstante, cuando caminé por ahí me sentí fuera de lugar. En las calles que no son principales hay poca gente transitando; las casas y departamentos son lujosos, hasta los perros son de razas finas. Polanco dice algo a través de sus espacios poco amigables para quien pasea y las miradas de las personas. Es un lugar que te expulsa sutilmente, que te recuerda con su arquitectura impecable que no perteneces ahí.

El Centro Histórico es diferente. La gente se mueve con más prisa, durante el día hay demasiadas personas. Las banquetas no son estrechas, pero tienen hoyos o están quebradas por raíces de árboles centenarios. El ruido es extremo, los cuerpos se pegan unos contra otros de formas desagradables. El Centro tiene multiplicidad de cuerpos y, aun así, los espacios siguen siendo pequeños e incómodos en restaurantes, cafés y algunos comercios.

Ser gorda en la Ciudad de México es no caber en los asientos diminutos de los microbuses o pasar momentos de angustia en el Metrobús cuando está repleto de gente. Es sudar con las subidas y bajadas de las estaciones sin escaleras eléctricas (eviten ir a la estación Camarones); es escuchar los comentarios de personas que se creen superiores moralmente por ser delgadas, como aquel que me dijo «gorda» con desprecio en Zapata esquina con Eje Central, o el que por la Calzada Doctor Vértiz me gritó «¡pinche gorda!» solo por caminar despacio y «obstaculizar» su tránsito en un cruce peatonal, o el anciano desconocido que me regaló una flor que me serviría para adelgazar. Mi cuerpo, simplemente por existir y moverse, es leído como un estorbo o un error.

El acoso callejero al llevar falda se multiplica exponencialmente. Eso lo aprendí la primera vez que vine a vivir a esta ciudad, cuando noté que las mujeres de mi alrededor siempre iban en pantalón. Cuando preguntaban si no me gustaba usarlo siempre respondía de forma negativa; sin embargo, al indagar más, resultó que el uso del pantalón era para evitar el acoso callejero, algo que he confirmado muchísimas veces. Una vez, mientras descansaba de mi caminata afuera de una tienda Oxxo, un hombre se me acercó y me preguntó cuánto cobraba por hora. Mujer gorda en minifalda, descansando en la calle: pareciera que el imaginario misógino solo puede interpretarme como trabajadora sexual, no como alguien como alguien que simplemente camina su ciudad.

Barcelona

En junio de 2023 me fui a vivir a Barcelona por una estancia de investigación en la Universidad Autónoma de Barcelona. Una vez pasado el jet lag, me propuse caminar todo lo que pudiera. Me enamoré de los árboles altos, de troncos moteados y hojas de un verde irreal (Platanus x hispanica); de los panots con la flor de maig y de los hexagonales del Passeig de Gràcia. Caminé cuanto pude por el Born y el barrio Gòtic; observé a las personas turistas y empecé a notar patrones en la gente. Sudada y con ampollas en las plantas de los pies, recorría las Ramblas y me fui dando cuenta de que no en todos los barrios había gente como yo: las personas de origen magrebí se concentraban en el Raval y la gente latinoamericana podía trabajar en el Eixample, pero no habitarlo por el costo del alquiler; ellxs van del lado del Hospitalet.

Como buena flâneuse que me considero, aprovechaba mis recorridos para escuchar a las personas y ver si aprendía un poco de catalán, pues aunque no era indispensable, me parecía necesario aprenderlo. En ese contacto cotidiano con la gente local fui notando que los comentarios gordofóbicos eran frecuentes, o, al menos, que la delgadez se exaltaba como virtud moral y marcador de clase.

En Barcelona —como en toda España— las aceras están invadidas de terrazas donde la gente come y bebe. En la Rambla de Catalunya, del lado del Eixample, se repitió muchas veces una escena: parejas de gente de clase alta sentadas en la terraza, juzgando a quien pasaba. Muchas veces sentí sus miradas desaprobatorias sobre mi cuerpo sudado, mientras degustaban un vino o un café en esas sillas que parecen avisar que no cualquiera puede sentarse ahí.

En los escaparates de las farmacias abundaban los productos que promueven una idea de salud que es delgada a través de fotos con vientres planos como modelo aspiracional. En una parada de autobús del Passeig Lluís Companys vi una publicidad del Laboratorio Lilly que decía: ANTE LA OBESIDAD, TENEMOS QUE DAR LA TALLA. No es una elección. Entender la obesidad es ganar en salud, sobre la imagen de una camiseta roja con una etiqueta que mostraba un glucómetro, un tensiómetro, un corazón y la frase El peso invisible.

A pesar de ese tipo de mensajes y de las conversaciones sobre dietas, Barcelona resultó una ciudad amable para la movilidad a pie: señalizaciones claras, aceras amplias, bancas para descansar, rampas y elevadores en el metro. Claro, no porque se hubiese pensado en las personas gordas, sino por políticas de accesibilidad dirigidas a personas con discapacidad, pero igual se agradece.

El transporte público es eficiente y puntual —a pesar de las quejas de los locales—. Los asientos de los autobuses son amplios, y en algunos hay uno especialmente más grande, usualmente destinado a personas mayores, embarazadas o con discapacidad. No viví actos gordofóbicos directos, pero sí actitudes que me hicieron pensar que el rechazo podía deberse a mi gordura o a mi racialización. En una ocasión, al subir a un autobús en la zona alta —una de las más privilegiadas—, el vehículo se llenó y, a pesar de que el asiento a mi lado estaba vacío, nadie lo ocupó.

En Barcelona la concentración de cuerpos gordos feminizados es entre mujeres árabes, latinoamericanas, negras y gitanas. Destaco esto porque en muchas ocasiones escuché a personas hablar en voz alta opinando sobre la gordura de las mujeres racializadas y sostener que se debía que no nos alimentamos bien o a que somos perezosas. Claro, nosotras no podemos pagar su perfecta dieta mediterránea.

Las ciudades hablan, publicidad y gordofobia. Adelgaza, corrige, borra

Caminar las ciudades es enfrentarse a una pedagogía del cuerpo impresa en muros, pantallas y escaparates. La ciudad enseña cómo deberíamos vernos, cuánto deberíamos pesar y qué deberíamos desear. En cada esquina hay un recordatorio de que el cuerpo es una tarea pendiente.

En la Ciudad de México, la gordofobia visual se vive con un volumen más alto. Las normas de publicidad lo permiten y eso hace que la industria médica y farmacéutica tenga vía libre para ocupar el espacio público con sus sermones disfrazados de ciencia. No es raro encontrar espectaculares con mensajes que prometen “renovarte”, “recuperar tu salud” o “sentirte tú otra vez”, siempre con una mujer delgada sonriendo junto a un estetoscopio o, peor aún, una persona gorda sufriendo o encima de una báscula. Existen, además, clínicas bariátricas, tratamientos milagrosos, suplementos, cirugías y dietas: todo el paisaje visual urbano participa del mismo discurso de corrección corporal. Lo que se vende no es un servicio médico, sino la posibilidad de desaparecer la diferencia.

En Barcelona el tono es más sutil, pero igual de persistente. La ciudad parece más ordenada, más limpia, pero también más higiénica en su sentido moral. No abundan las farmacias como en México, pero se suman las herboristerías que repiten la misma lógica con otro lenguaje: cápsulas naturales para “depurar”, infusiones para “eliminar toxinas”, cremas para “reducir abdomen”. Es un lado más amable de la cultura de las dietas que está al servicio del control corporal. En esas tiendas, las etiquetas hablan el mismo idioma de la culpa: “equilibrio”, “bienestar”, “ligereza”.

Los lugares emblemáticos de las ciudades han sido cooptados por las grandes marcas de textiles de lujo. El Passeig de Gràcia es una avenida llena de escaparates de ropa carísima y lujosa que se exhibe en tallas mínimas. No hay tallas grandes, ni siquiera medianas. Las vitrinas parecen decir con elegancia lo mismo que los espectaculares en México gritan sin pudor: tú no cabes aquí.

En verano, la ciudad condal es víctima del turismo masificado y la gordofobia alcanza su punto máximo. Los bikinis colgados en las vidrieras, los carteles que dicen prepárate para la playa, las revistas que anuncian la operación bikini. Todo el entramado visual se activa para recordarte que el cuerpo tiene una fecha de entrega. Si no lo moldeas a tiempo, quedas fuera de temporada. En una ciudad con playa, la vigilancia estética se vuelve costumbre: la arena, el sol y el cuerpo como mercancía pública.

El disciplinamiento visual no siempre opera desde la violencia directa, sino desde la repetición. Es un susurro constante que se vuelve verdad por saturación. Ahmed (2015) diría que las emociones se mueven con los objetos: esta publicidad de la que hablo nos mueve al deseo de adquirir ese sueño: ser bella y delgada, disfrutar del sol, pasear libre en la playa, pero va más allá de eso, la búsqueda de la delgadez también sirve para deshacernos del miedo al rechazo o la culpa porque supuestamente nos fallamos a nosotras mismas al no poder mantener una dieta.

Caminar entre los anuncios no es solo atravesar la ciudad, es aprender a leerla. En esa lectura corporal, el ojo se entrena para reconocer los dispositivos del control y, sobre todo, para no creérselos. He encontrado placer en esa insumisión silenciosa: mirar los carteles, no obedecerlos y seguir caminando.

Gozar el movimiento: flâneuse gorda, desobediente y visible

Las personas gordas sabemos que somos gordas en todo momento de nuestra existencia. No podemos olvidarlo, y si queremos hacerlo, el exterior nos lo recuerda constantemente: nos lo inscribe en las lonjas y en la retina ajena. Por eso el espacio público es tan hostil para nosotras. Genera miedo y vergüenza notar las miradas porque no sabemos si se van a burlar de nosotras o si nos van a atacar, incluso físicamente.

La mirada conservadora nos juzga, animaliza nuestra gordura, nos convierte en monstruos (Méndez y Cosío, 2023), pero en el fondo, como dijo Bob Pop en las III Jornades Contra la Grassofòbia i la Violència Estètica (2025), quienes señalan y critican a las personas gordas tienen envidia; envidia del desborde, de la desobediencia de las normas corporales. Mientras esas personas tienen que darle sentido al sufrimiento causado por la cultura de las dietas y convencerse de que la gente gorda está mal y merece ser corregida y castigada, nosotras existimos fuera de esa economía del castigo.

Aun así, hay grietas. El movimiento, pese a todo, puede seguir siendo placer y resistencia. Caminar se vuelve un acto de desobediencia estética: una forma de existir en una ciudad que no te ha previsto. Mi cuerpo gordo enfundado en una minifalda, al moverse por barrios de gente rica en los que predomina la uniformidad, los colores claros, interrumpe los mensajes, los cubre por un instante, les resta poder. Tal vez no desaparecen, pero pierden su continuidad visual.

Caminar con la piel sudada, con ropa ligera que muestre las carnes, la celulitis, las estrías y con el sol pegando en la cara, también puede ser goce. No el goce del consumo ni del fitness, sino el de existir sin justificarte. La lentitud del paso gordo puede ser una crítica al ritmo capitalista del cuerpo eficiente, porque cada vez que camino despacio por una acera de la Ciudad de México, estoy diciendo: mi cuerpo no está aquí para ser productivo, está aquí para estar.

Caminar sin prisa es una forma de resistencia. Caminar gozando es una forma de venganza

La flâneuse gorda es lo que Grillo (2023) llama una «detective fenomenológica»: alguien que investiga con su propio cuerpo las capas de exclusión que la ciudad construye. Somos figuras de desobediencia estética cuando nos politizamos; ocupamos espacio, reclamamos el derecho a la presencia y denunciamos con cada paso las huellas de la gordofobia inscritas en el diseño urbano conservador que se resiste a cambiar para adaptarse a la diversidad de cuerpos.

A pesar de todo, podemos elegir otra narrativa. Podemos caminar por placer, no solo por necesidad. Podemos detenernos a mirar una fachada art nouveau de la época del Porfiriato en el Centro Histórico de CDMX, sentarnos en una banca del Parque México, aunque las miradas se claven. Podemos practicar lo que la flâneuse original pretendía: el derecho a deambular, a perderse, a no tener que justificar nuestro tránsito.

Esto no significa negar la hostilidad. Significa habitarla de otra manera. Significa que mi sudor, mi respiración agitada al subir las escaleras del metro, mi cansancio al caminar horas por la ciudad, no son signos de fracaso: son la evidencia de que mi cuerpo existe, se mueve, desea. Y ese deseo —de caminar, de mirar, de ocupar— es profundamente político.

Cuando una mujer gorda, prieta o trans camina por la ciudad sin disculparse, sin encogerse, sin buscar hacerse pequeña, está haciendo algo radical: está reclamando su derecho al espacio público. Está diciendo que su cuerpo no necesita permiso para estar ahí. Está siendo, contra todo pronóstico, una flâneuse. Y eso, en un mundo que nos dice constantemente que debemos desaparecer, es un acto de profunda desobediencia.

Referencias

Ahmed, S. (2015). La política cultural de las emociones. CIEG – UNAM

Bartky, S. L. (1990). Foucault, la feminidad y la modernización del poder patriarcal. En Femininity and Domination: Studies in the Phenomenology of Oppression (pp. 137-151). Routledge. (Traducción de Gabriela Castellanos).

Benjamin, W. (2005). Libro de los Pasajes. Akal.

Elkin, L. (2016). Flâneuse: Una paseante en París, Nueva York, Tokio, Venecia y Londres (A. Echeverría, trad.). Malpaso Ediciones.

Grillo, B. (2023, 18 de octubre). La niñez tras los signos de un mundo literario inhóspito. Pequeños cuerpos lectores y detectives fenomenológicos en la narrativa mexicana contemporánea [Ponencia]. II Coloquio del Seminario Permanente de Corporalidades: «Corporalidades entre pasado y futuro», modalidad virtual. Mesa 8. SEPCORP. https://sepcorp.org/sepcorp-28-ii-coloquio-del-seminario-permanente-de-corporalidades

Iglesias, A. (2019). La revolución de las flâneuses. Wunderkammer.

Méndez, G., y Cosío Barroso, I. (2022). Género y gordofobia. CIEG – UNAM. https://cieg.unam.mx/docs/publicaciones/archivos/239.pdf

Solnit, R. (2015). Wanderlust: Una historia del caminar. Capitán Swing.

Pop, B. (2025, 7 de junio). Cuerpos incómodos: gordofobia, discapacidad y disidencia [Ponencia]. III Jornades Contra la Grassofòbia i la Violència Estètica vers les Dones i les Dissidències de Gènere a Catalunya. Barcelona.


  1. Correo electrónico: gquinterocamarena@gmail.com