Trilce Rangel Lara[1]
CIESAS Occidente

Ilustración 1. Mis noches con Igor. Fotografía: Gustavo Robles, Guadalajara, 2026
Resumen
Este ensayo aborda las dificultades que enfrentan las mujeres con múltiples tatuajes para habitar espacios públicos en la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG), México. El problema central es cómo los tatuajes convierten estos cuerpos en “llamativos” o “incómodos”, generando fricciones sociales que obligan a reducir el espacio recorrido para evitar miradas insistentes, comentarios despectivos y tocamientos indebidos. El objetivo es ilustrar, desde una perspectiva de género, cómo estas prácticas empoderadoras en lo personal devienen elementos de vulnerabilidad en contextos públicos, limitando la movilidad y agencia femenina. El texto se construye mediante autoetnografía reflexiva (Ellis, 2004), tejiendo la experiencia personal con etnografías y narraciones recopiladas durante diez años de investigación. Se integra una reflexión teórica sobre embodiment (Csordas, 1990), capital corporal (Bourdieu, 1986; Illouz y Kaplan, 2020) y racialización. Los hallazgos clave revelan cuatro dinámicas: 1) acortamiento del espacio habitable por percepción de peligro; 2) hipervigilancia ante miradas; 3) necesidad de compañía para salir de “zonas seguras”; y 4) uso de perros grandes como protección en paseos colectivos e individuales, permitiendo reclamar espacio público. Estas estrategias destacan las intersecciones con maternidad, estrato socioeconómico y tono de piel. Los tatuajes empoderan subjetivamente, pero exponen a violencias simbólicas y estructurales en el espacio público, reproduciendo desigualdades de género, a pesar de la popularización de la práctica del tatuaje. El ensayo llama a repensar el cuerpo tatuado femenino como sitio de resistencia urbana, proponiendo implicaciones para los estudios corporales y políticas de movilidad segura.
Palabras clave: embodiment; estudios de género; corporalidad; modificaciones corporales; desigualdad.
Introducción
Como antropóloga especializada en estudios corporales, he dedicado gran parte de mi trayectoria a desentrañar cómo el cuerpo se convierte en un lienzo dinámico de intervenciones, resistencias y fricciones sociales.
Mi propia trayectoria corporal es un testimonio vivo de estos fenómenos: con más del 80% de mi piel tatuada y entrelazada con rutinas de fitness, mi posición no solo es la de investigadora, sino la de sujeto encarnado del objeto de estudio. Este ensayo se construye mediante una autoetnografía reflexiva, inspirada en enfoques como los de Carolyn Ellis (2004), donde mi experiencia personal se teje con las narraciones y etnografías recopiladas durante los últimos diez años. En mi tesis doctoral realicé observación participante en estudios de tatuajes y gimnasios de la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG), entrevisté a más de 100 personas involucradas en proyectos corporales (incluyendo tatuadoras, mujeres tatuadas y expertas en intervenciones dérmicas), y documenté cómo estas prácticas no solo ornamentan la piel, sino que reconfiguran la subjetividad en un mundo capitalista que valora el cuerpo como capital acumulado.
El tema central de este ensayo son las dificultades que enfrentamos las mujeres tatuadas, y posiblemente los hombres también con sus variantes, para habitar las ciudades, un proceso que nos obliga a reducir el espacio que recorremos para evitar encuentros desagradables: desde miradas insistentes hasta comentarios despectivos y tocamientos indebidos. Estas experiencias no son aisladas; responden a regímenes de intervención corporal, dérmicos (tatuajes) y de modelamiento (fitness, cirugías) que, aunque empoderadores en lo personal, nos exponen a ciertas lecturas sociales de género, clase y racialización. El capital corporal, entendido de manera escueta como la valía apreciativa del cuerpo basada en ideales de belleza y estatus, se articula con estos regímenes, en los que los tatuajes operan como estrategias de distinción, pero también de vulnerabilidad en diversos entornos. Aquí replico mi voz en primera persona: la mía, entrelazada con las de mis informantes, para ilustrar cómo los tatuajes nos convierten en cuerpos “llamativos” o “incómodos” en el espacio urbano, forzándonos a estrategias de autoprotección que limitan nuestra movilidad y agencia. Este texto dialoga con conceptos como embodiment (Csordas, 1990, 2015), que podría definirse de manera rápida como la encarnación viva de experiencias, y metodologías horizontales (Corona y Kaltmeier, 2012) que desdibujan el lugar privilegiado del observador, construyendo datos desde la piel.
Acortar el espacio habitable en las urbes
En ciudades como Guadalajara, donde la industria del tatuaje ha experimentado un boom impulsado por exposiciones anuales y redes transnacionales de artistas, las mujeres tatuadas nos vemos obligadas a acortar nuestro espacio habitable. No se trata de una elección caprichosa, sino de una respuesta acumulada a fricciones que transforman el recorrido urbano en un campo minado de juicios y riesgos. Al cuerpo femenino tatuado se le atribuyen algunas características distintas al masculino que se vinculan con una supuesta disposición sexual.
Mi propio proyecto corporal inició a los 16 años, en 2003, con un tatuaje discreto en tinta blanca (una caligrafía árabe inspirada en lecturas de Alberto Ruy-Sánchez), un acto de rebeldía contra un entorno familiar conservador que buscaba mantener la “pureza” corporal. Con el tiempo, acumulé piezas densas: blackwork en brazos, piernas y torso, caligrafías literarias que honran mis escapes, y diseños que se entrelazan con mi rutina de fitness para negociar una estética suicidegirl, que podría definirse como una combinación de la idea de feminidad frágil con marcaciones densas que resultan “incómodas pero deseables” (Christiansen, 2009). Esta densidad, que para mí representa agencia y embodiment, y el dolor, convertido en marca tangible de autoafirmación, se lee en la ciudad como una provocación, un desafío a las normas de recato y la feminidad hegemónica, en la que, aunque los tatuajes han empezado a ocupar un lugar en los cuerpos, es como notas aisladas.
Recuerdo un día en 2018, caminaba por el centro de Guadalajara y me dirigía hacia un estudio de tatuajes para una entrevista, mis brazos expuestos atraían miradas de transeúntes: hombres mayores mirando fijamente de arriba a abajo, gente cuchicheando y más de alguien bajándose o cruzándose de banqueta a mi paso. Decidí desviarme por calles secundarias, evitando la avenida principal abarrotada, un acortamiento que dejó de ser aislado, y se convirtió en un hábito. En mi tesis doctoral, informantes como Ana, una tatuadora de 32 años con el 60% de su cuerpo cubierto en blackwork y neotradicional, narraban experiencias similares: “Antes caminaba por Chapultepec de noche, disfrutando las luces y el ambiente relajado. Ahora, con tantos tatuajes visibles, evito esa zona después de las 7 pm. Me siento como un imán para comentarios, y no quiero lidiar con eso sola”. Ana, como muchas de mis informantes —provenientes de estratos socioeconómicos medios y medios altos, con edades entre 21 y 68—, reducía su radio urbano a barrios conocidos, como la Colonia Americana, Santa Tere, Ladrón de Guevara o Providencia, donde la presencia de artistas, hipsters y comunidades alternativas normaliza los cuerpos modificados. Esta contracción espacial responde a cómo somos percibidas como “llamativas” o “incómodas”, términos que encapsulan la racialización y clasismos inherentes a las lecturas corporales.
En términos teóricos, los tatuajes operan como capitales incorporados, ya sea culturales o corporales (Bourdieu, 1986; Illouz y Kaplan, 2020; Moreno Pestaña, 2020), que, en cuerpos femeninos, desafían las normas de género y una idea de pulcritud. En contextos urbanos mexicanos, donde la racialización juega un rol pivotal, mis tatuajes en piel clara se leen como “arte” o “audacia”, pero en densidad alta, me convierten en “puerta de baño público” o “pupitre del CONALEP” (comentarios que he recibido en gimnasios, espacios públicos y privados). Para mujeres morenas, como mi informante María, una madre tatuada con piezas en tinta negra en brazos, espalda y cuello, el estigma es exacerbado: “Me dicen ‘chola’ o ‘de la maña’, y prefiero sacarle la vuelta para que no me vayan a hacer algo, tú sabes, pero no siempre se puede”. María, de 28 años y perteneciente a un estrato socioeconómico bajo, reducía su movilidad a rutas peatonales cortas cercanas de su hogar en Oblatos, y evitaba plazas donde notó que las miradas se intensificaron después de adquirir tatuajes en el cuello. Sin embargo, no todas pueden modificar su movilidad de esta manera, María lo logró dado que recibe remesas de su esposo que se encuentra en Estados Unidos, pero si tuviera que trabajar fuera del hogar, sería muy complicado.
Esta reducción espacial no solo limita la exploración urbana, sino que reproduce desigualdades estructurales. En etnografías con grupos de tatuadoras en la ZMG, observé cómo esta contracción afecta la vida cotidiana: un círculo de cuatro mujeres, que confluyen en un estudio privado de tatuaje, compartían estrategias para mapear rutas “seguras” a través de apps como Google Maps o Waze, evitando lugares donde consideran que el acoso se multiplica. Laura, de 35 años con tatuajes visibles en el cuello y las manos, confesaba: “Mi mundo se ha hecho pequeño. Antes exploraba la ciudad en bici, visitando murales o cafés alternativos; ahora, solo voy del estudio a casa, y evito las multitudes”. Esta dinámica ilustra cómo los proyectos corporales, aunque empoderadores (pues han permitido una negociación de la materialidad maleable para subvertir cánones de feminidad/fragilidad), reproducen desigualdades: el cuerpo tatuado femenino se convierte en un sitio de vulnerabilidad urbana, forzando una geografía personal reducida que impacta las oportunidades laborales, sociales y recreativas.
Además, he explorado cómo este acortamiento se intersecta con la maternidad conflictiva. Carmen, de 65 años y perteneciente a un estrato socioeconómico medio, narraba cómo sus tatuajes abdominales, distorsionados por estrías, agravaban el escrutinio en espacios como playas o gimnasios: “Evito ir a la playa en temporada alta; las miradas a mi panza tatuada me hacen sentir expuesta, como si no mereciera estar ahí”. Carmen reducía su espacio a gimnasios cerrados y caminatas matutinas en parques controlados, destacando cómo el capital corporal parecía devaluarse con la maternidad, obligando a estrategias de camuflaje. Estos acortamientos son formas de violencia simbólica en las que el cuerpo marcado se percibe como “no-adecuado” en ciertos contextos urbanos, reproduciendo jerarquías de género y clase.
Lidiar con miradas: la sensorialidad del escrutinio constante
Las miradas son el primer escalón de los encuentros desagradables, una forma sutil pero invasiva de violencia que nos obliga a navegar la ciudad con hipervigilancia sensorial. En mi experiencia tatuándome, el zumbido de la máquina, el pinchazo rítmico que irradia ardor, seguido de endorfinas eufóricas, se transforma en un ancla para la subjetividad, pero también en un catalizador para el escrutinio ajeno. Durante mi viaje a Turquía en 2019, las miradas en un ferry en el Bósforo fueron abrumadoras: mujeres vestidas con hijab me señalaban y cuchicheaban, mientras hombres jóvenes me fotografiaban disimuladamente con flash accidental. Sentí mi piel “quemarse” bajo esos ojos, un ardor sensorial que evocaba el dolor de la aguja, pero ahora cargado de fricción cultural. Al regresar a Guadalajara encontré experiencias similares en el gimnasio comercial donde realizaba observación participante, comentarios como “se te ven bien porque eres blanca” o “si no fueras blanca, me darías miedo” mezclan admiración con racialización, haciendo que las miradas no sean neutras, sino que carguen juicios que durante un tiempo internalicé.
Esta percepción no es aislada, y muchas de las mujeres con las que conversé, y que tenían proyectos corporales anclados en tatuajes densos y visibles, reconocieron esta sensorialidad. Sofía, de 28 años con tatuajes en brazos y espalda, narraba: “En el supermercado la gente me mira como si fuera un espectáculo. Siento sus ojos perforando mis tatuajes, juzgando si soy ‘buena madre’ o ‘decente’. Termino comprando rápido y saliendo, con el corazón latiendo fuerte”. Sofía, perteneciente a un estrato socioeconómico medio y de piel morena, evitaba centros comerciales de moda o “fresas” para no enfrentar esas “miradas punzantes”, un recordatorio de cómo la racialización opera como dispositivo de distinción.
En etnografías con grupos de tatuadoras, Carla, de 30 años con blackwork denso, describía: “Una ya no puede ir a cualquier lado, nunca faltan las miradas que me hacen sentir fuera de lugar. Es como si mis tatuajes gritaran ‘no perteneces’, y el sudor frío que me da me obliga a irme rápido”. Lidiar con esto implica estrategias emocionales: ignorar, confrontar verbalmente (“¿Qué miras?”) o camuflar con ropa larga, pero en el clima caluroso de Guadalajara, eso agrava la incomodidad física, convirtiendo el cuerpo en un sitio de tensión constante.
La racialización se intensifica y este tipo de miradas que incomodan lo denotan: las pieles claras gozan de mayor “permisividad”, sus tatuajes se leen como “arte” pero para mis informantes morenas devienen en estigmatización criminal (Henle et al., 2021; Rosa y Caballero, 2021). Un grupo de mujeres tatuadas que entrevisté en 2019 usaba el término “mirada punzante” para describir cómo, en espacios públicos como el tren o las plazas, los ojos ajenos las reducían a estereotipos de “chola” o “malviviente”. Mónica, de 34 años y abogada, con tatuajes discretos en tinta negra (un dragón y plantas), confesaba: “En el tribunal, cubro todo; las miradas de colegas me hacen sentir juzgada, como si mis tatuajes invalidaran mi profesionalismo”. Esta hipervigilancia sensorial, el peso de las miradas que se siente en la piel, no solo acorta el espacio sino que internaliza una autovigilancia: “¿Cómo me ven hoy?».
En sesiones de observación participante en gimnasios, observé cómo las miradas se entretejen con tocamientos sutiles: una informante, Valeria, de 25 años con tatuajes en las piernas, narraba cómo en el vestidor, otras mujeres “miraban y luego tocaban para ‘ver mejor’”, un acto que violaba su agencia corporal. Esta sensorialidad del escrutinio constante, que evoca náuseas o sudor frío similares al proceso de tatuarse, destaca cómo los tatuajes nos exponen a una biopolítica urbana donde el cuerpo femenino marcado es regulado por una mirada masculina introyectada (Butler, 2002; Foucault, 1999; Heller y Fehér, 1995).
Estrategias de protección colectiva
Salir de las “zonas seguras”, estudios de tatuajes, gimnasios inclusivos, barrios alternativos, requiere compañía, una estrategia que revela la violencia que se ejerce por ser mujer tatuada en entornos públicos machistas. Sola, las miradas se convierten en comentarios despectivos; acompañada, se disipan, creando un escudo colectivo. Esto se alinea con narraciones de mis informantes: Elena, de 29 años con ambos brazos tatuados, decía: “Para ir al centro, llamo a alguna amiga, siempre sobra qué hacer o comprar allá. Juntas nos divertimos y nos sentimos acompañadas, ni cuenta nos damos de los demás”. Elena, de estrato socioeconómico bajo y piel morena, destacaba cómo la compañía mitigaba el riesgo en rutas de transporte público, donde los tocamientos son comunes.
Entrevistas con diversas tatuadoras muestran esta dinámica colectiva como forma de resistencia. Al parecer, una práctica común que están teniendo es generar grupos de convivencia que exceden el entorno laboral y les permiten habitar de manera colectiva la ciudad, a pesar de las miradas y el señalamiento. “Sola evito el parque por los toques; con la bola, lo reclamamos como nuestro espacio”, narraba Karina, de 31 años con blackwork en brazos. Estos grupos no solo protegen, sino que construyen comunidad, resistiendo la reducción espacial mediante solidaridad horizontal; en su caso, la reciprocidad desdibuja asimetrías. Sin embargo, esto limita la autonomía: depender de otros para habitar la ciudad reproduce desigualdades de género, el acompañamiento se convierte en una necesidad impuesta por estructuras patriarcales.
Otras informantes, como Paola de 40 años y enfermera, narraban cómo, después de hacer turnos nocturnos, preferían esperar a otra compañera para no ir en el transporte público cansadas y solas: “Mis tatuajes en el cuello atraen miradas y toques en el camión; si voy acompañada como que no me doy tanta cuenta”. Esta protección colectiva, aunque empoderadora, revela limitaciones en el capital corporal: en contextos de racialización, las mujeres morenas como Paola enfrentan mayor escrutinio, forzando alianzas para contrarrestar los estigmas. En términos teóricos, estas estrategias encarnan una resistencia de género (Lasluisa Mise y Vayas Ruíz, 2024; Piña Mendoza, 2006), donde el acompañamiento transforma el cuerpo individual en colectivo, negociando la maleabilidad urbana ante biopolíticas de control.
Caminantes
Una estrategia innovadora que apareció durante el trabajo de campo es el uso de mascotas (especialmente perros grandes) como protección entre mujeres tatuadas. En la ZMG, donde la violencia urbana y el acoso son palpables, estas mujeres forman «paseos caninos» para reclamar el espacio público. Tal vez el ejemplo más llamativo sea Yue, una tatuadora de Altivolus, que hace recorridos largos por toda la ciudad con su perro Verne, un pastor belga, que la sigue de cerca en sus paseos recurrentes, que pueden durar hasta 6 horas y abarcar 20 kilómetros. Si bien sus paseos en conjunto no empezaron como una estrategia para habitar la ciudad sino para mejorarle el ánimo a su perro después de la perdida de otra mascota, sí han cobrado esa relevancia dado que en estas salidas se han podido integrar otras mujeres que se sienten “protegidas” por ir acompañadas por otras mujeres y por un perro imponente; trayectos y distancias que por separado no recorrerían, en conjunto son experiencias de entretenimiento que les permiten conocer la ciudad andándola. Esta estrategia entrelaza proyectos corporales con cuidado animal, pero revela vulnerabilidades profundas: depender de perros para la seguridad subraya cómo los tatuajes nos marcan como «objetivos» en ciudades patriarcales, donde el capital corporal se devalúa por género y racialización.
Existen otros casos como el de Yue. Uno es el de su hermana Eve, que también suele salir acompañada para ir al estudio o a pasear con su dóberman Lucio. Sin embargo, esta estrategia no es exclusiva de mujeres tatuadas: en los últimos años se ha popularizado que mujeres no-casadas tengan mascotas que cumplen la función de compañía y protección, permitiéndoles habitar los espacios públicos con mayor tranquilidad y aportando una configuración de unidad doméstica y de cuidado diferente (Bericat, 2025; Díaz Videla y Olarte, 2019). En el lugar donde vivo, por ejemplo, de todos los inquilinos que habitamos en la torre y tenemos mascotas solo uno es hombre, las demás somos mujeres de distintas edades y en su mayoría solteras o que no viven con pareja. Al platicar con algunas, me comentaban que sí es pesado tener a una mascota en un departamento, pues implica sacarla a pasear al menos una vez al día y limpiar constantemente sus terrazas, sin embargo, comentaron en general que era un “precio” mínimo para sentirse acompañadas y cuidadas, pues, aunque la zona es considerada de estrato socioeconómico medio o medio-alto, el robo a transeúntes es común por la cantidad de turistas en el área, por lo que salir a caminar o a diligencias acompañadas de sus mascotas, no necesariamente de gran tamaño, les ofrece cierta seguridad.
En mi caso, tengo dos perros grandes que me permiten salir a cualquier hora a caminar y que en más de una ocasión han ahuyentado a personas que se sitúan muy cerca de mí con motos en las horas de la madrugada. La sensación de ir sola es completamente diferente a la de ir con ellos. En ocasiones regreso caminando tarde de reuniones y elijo mi ruta con cuidado en función del tránsito vehicular y los negocios abiertos que me aseguren que cada cuadra o par de cuadras habrá gente. Llego a mi departamento a dejar mis cosas y a tomar a mis perros para salir a caminar, pues están acostumbrados a pasear tres o cuatro veces al día, y con ellos ya no tengo que ir cuidando esos detalles, ni me siento ansiosa; damos vueltas por el barrio, saludamos a algunos guardias y regresamos a dormir. En algunas de estas caminatas nocturnas he encontrado a mujeres que se dirigen a alguna parada de camión o a un lugar cercano y suelo acompañarlas en sus trayectos unos metros por detrás. Sé que, como mujer, caminar en calles desiertas es estresante pues cualquiera puede abordarte en esquinas o umbrales de puerta, por lo que elijo compartir un poco de mi tiempo en pro de aligerar era sensación de angustia.
Elena, otra informante de 32 años con un par de tatuajes en el brazo izquierdo y que tiene un perro criollo grande, comentó: “Salir a caminar con Horus es terapéutico para mí. Hace algunos años sufrí un asalto con pistola en plena calle y me afectó mucho. Tener que salir me generaba angustia, al punto de que, si no era completamente indispensable, prefería no hacerlo, o sea, hago home office, por lo que a veces solo salía dos o tres veces a la semana, no era sano vivir con ese miedo, por eso mi terapeuta me sugirió tener un perro de compañía que me obligara a sacarlo a pasear. Al principio me negué, pero un par de semanas después ya tenía un perrito que una amiga había encontrado en plena carretera, nos necesitábamos mutuamente, fue el destino. Al principio no fue fácil, nunca había tenido un perro que fuera completamente mi responsabilidad, pero con las semanas nos fuimos adaptando y Horus es muy inteligente y agradecido; no fue complicado enseñarlo a hacer del baño afuera y a pasear con correa. Le estoy muy agradecida [a Horus] por haberme devuelto la confianza, ya puedo salir a la calle sin sentirme tan indefensa, incluso si voy sola”. Este fragmento de una entrevista que tuve con Elena evidencia cómo los perros de compañía están teniendo una función muy precisa en la (re)conquista del espacio público de las mujeres. En ninguna entrevista con hombres encontré este mismo sentido.
Teóricamente, esto se alinea con el embodiment y los modos somáticos de atención (Csordas, 2024), en los que la incorporación y la construcción de la experiencia corporal se encuentran interconectadas, y afectadas, por la conciencia de otras corporalidades, donde las mascotas extienden la agencia corporal, negociando espacios urbanos hostiles. Estas dificultades (limitar espacios, lidiar con miradas, ir acompañadas, usar mascotas) ilustran cómo los tatuajes, como intervenciones dérmicas, nos empoderan, pero nos exponen en ciudades patriarcales. Mi autoetnografía y las narraciones de informantes llaman a repensar el cuerpo femenino tatuado no como «incómodo», sino como sitio de agencia y resistencia urbana.
Conclusiones
De este tapiz autoetnográfico, tejido desde mi piel saturada y las voces de informantes en la ZMG, emerge un llamado a repensar el cuerpo tatuado femenino no como “incómodo” o “llamativo”, sino como un sitio dinámico de agencia y resistencia ante las fricciones urbanas patriarcales. Mis tatuajes, acumulados como caligrafías literarias y blackwork que honran dolores convertidos en autoafirmación, se entrelazan con rutinas de fitness para subvertir cánones de pureza, pero en la ciudad se convierten en catalizadores de vulnerabilidad: miradas que queman como endorfinas invertidas, tocamientos que transgreden, y acortamientos espaciales que limitan la exploración de Guadalajara a rutas seguras y barrios alternativos. Informantes como María, con piel morena, evaden el transporte público para no ser racializadas como “de la maña”, mientras que Laura confiesa un mundo encogido, renunciando a bicis y murales por la hipervigilancia sensorial.
Estas dificultades (lidiar con un escrutinio constante, requerir compañía para transitar, o extender la agencia mediante mascotas como Verne u Horus) ilustran cómo el capital corporal se devalúa en contextos donde el género y el estrato socioeconómico pesa y que reproducen violencia simbólica. Sin embargo, en esta encarnación viva, surgen resistencias horizontales: grupos de mujeres que mapean rutas colectivas; paseos caninos que reclaman parques y calles, transformando el aislamiento en solidaridad somática. Los tatuajes negocian subjetividades en un capitalismo que valora el cuerpo como capital acumulado y expone a biopolíticas de control. Esto es también una invitación para la configuración de metodologías que desdibujen al observador privilegiado y externo, construyendo datos desde la piel: repensemos estas intervenciones no como estigmas, sino como estrategias de distinción que, pese a los riesgos, expanden la materialidad femenina y la reconfiguran activamente en función de los deseos de las mujeres. En ciudades como Guadalajara, donde el boom transnacional del tatuaje choca con la racialización y el clasismo, estas narraciones claman por políticas inclusivas que normalicen los cuerpos modificados, ampliando sus espacios habitables y disipando las miradas punzantes para que la agencia no dependa de escudos colectivos o caninos, sino de una urbe que honre y proteja la diversidad.
Referencias
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