Moverse y movilizarse. Habitares en resistencia

América Liliana Mendoza Ojeda [1]
UNAM

Fotografía: Liliana Mendoza, 2026

Resumen

La vida urbana se construye a través de distintas prácticas, sean individuales o colectivas, que se entrelazan a las estructuras de la ciudad, permitiendo interacciones entre las personas que ocupan esos espacios y comparten experiencias que permiten una transformación mutua entre el espacio urbano y sus habitantes. Así, las ciudades no se entienden como una infraestructura vacía carente de significado, pues tanto calles como edificios, instituciones y servicios se vinculan a las experiencias cotidianas y las formas particulares de apropiarse del espacio público de manera temporal, al transitar y desplazarse de un sitio a otro o, de manera prolongada o permanente, por medio de la organización colectiva en búsqueda de distintos fines, por una parte, de resistencia cultural y económica en el comercio informal, las fiestas patronales y otras dinámicas que se convierten en símbolos de identidad quienes interactúan en esos lugares y, por otra, en movilizaciones sociales, cuyas prácticas extienden sus demandas y lucha social transformando un espacio específico de la ciudad, convirtiéndolo en un punto de encuentro y eje articulador de la acción política a partir de un ejercicio dialéctico socio-espacial que refuerza y transforma de manera importante el sentido de pertenencia a través de una memoria específica materializa las exigencias de justicia.

Palabras clave: Ciudad; apropiación; movilidad; espacio; habitar.

Introducción

La ocupación de espacios en la vía pública por medio de distintas prácticas hace de las ciudades lugares heterogéneos, diversos y complejos. Los espacios de la vida y las cotidianidades de las personas convergen en una ciudad, cuyos lugares son utilizados de distintas maneras. Ya sea desde el tránsito individual o desde la acción colectiva, la apropiación y la movilización en/del espacio público constituye habitares de procesos de interacción y vínculos con los otros, en que las necesidades del colectivo se distinguen en la forma de adaptar, cambiar y recrear las ciudades.

La ciudad es un ente vivo y como tal, cuenta historias que interactúan afectivamente con las corporalidades que la sostienen y la transforman, ya que, “la forma de la ciudad contribuye a formar el plano de contemplación del habitante” (Ziccardi, 2019: 106). Cada mural, cada pinta u ocupación breve de una banca, un parque, un transporte, son formas en que el habitar cotidiano de las personas se manifiesta en una relación mutua entre la ciudad y los cuerpos que la habitan. En ese sentido, “la ciudad acoge y hace suyos, (…) a los que en ella nacen y a los que la eligen para vivir” (Durán, 2008: 79), en una especie relación madre-hijos, en donde la voluntad de cada individuo importa para ejercer su derecho a la ciudad.

Al hablar de derecho a la ciudad no nos detenemos a pensar en su definición más laxa y normativa. Antes bien, procuramos acercarnos a las consideraciones de David Harvey, que lo nombra como un derecho para transformar la ciudad y una forma de intervenir colectivamente sobre los procesos de urbanización desde una perspectiva afectiva mutua: los sujetos transforman y se transforman a sí mismos al ejercer su derecho a la ciudad (2013: 20). Un derecho que comprende que la ciudad es tanto un material múltiple de calles, barrios y ambientes como un conjunto de experiencias y significados diversos que las personas tienen y hacen de ella (Durán, 2008: 81).

La ciudad como conjunto de relaciones múltiples en el que coexisten los individuos con sus distintas formas de habitar nos presenta un panorama amplio y diverso de prácticas que se entrecruzan y conviven en el espacio-tiempo ampliando los significados de un mismo lugar. Así, pues, no es lo mismo transitar por una calle en un día laboral que hacerlo en un fin de semana, ni tampoco ocupar el transporte público en la denominada “hora pico” o en horarios de menos afluencia, y no es lo mismo una avenida los días en que hay procesiones, ferias o tianguis, ni transitar a pie, en una bicicleta, moto o automóvil. Es decir, la ciudad es un lugar en donde se comparten las vidas comunes de gente con diferentes necesidades, intereses y voluntades, incluso si estas personas no son conscientes de ese compartir (Harvey, 2013: 107).

Sin embargo, no todas las formas de apropiación del espacio público suponen la apertura a quienes transitan cerca: una calle “privada” puede ser de acceso restringido; una okupa puede tener ciertas restricciones; un tianguis no permite el paso de automóviles durante el tiempo en que se apropia de una calle o avenida; las “terrazas” de algunos restaurantes ocupan las banquetas como una extensión de su negocio, prohibiendo el paso a quienes no van a consumir; al tomar el transporte público de microbuses, taxis de sitio, mototaxis, los “sitios” ocupan una gran parte del espacio público que en hora pico ralentiza el flujo de personas que transitan a pie por esos lugares, pues como menciona Harvey:

No todas las formas de bien común suponen un acceso abierto. Algunos (como el aire que respiramos) sí lo son, mientras que otros (como las calles de nuestras ciudades) son en principio abiertos, pero regulados, vigilados y hasta gestionados privadamente como distritos para el fomento de negocios. (2013: 113)

No obstante, aunque estas formas de bienes comunes son diferentes de los bienes públicos, los primeros son posibles gracias a la contribución de los segundos, toda vez que esos espacios y bienes públicos se transforman mediante la acción política de las personas que los intervienen para un beneficio mutuo (Harvey, 2013: 115), incluso momentáneamente, como en la toma de espacios como puntos de reunión para protestar y expresar demandas, peticiones y opiniones. Las calles son espacios de acción política que dan cabida a “intersecciones del cuerpo, la cotidianidad y los espacios de vida de las personas en la producción y reproducción socio-territorial” (Lindón, 2012: 703), tomando en cuenta que las prácticas y los procesos también pueden contraponerse entre sí, ya que un espacio de acción social puede potenciar un movimiento social, o puede ser reprimido de forma violenta.

Así, también, las formas de apropiación dependerán del tipo de prácticas vinculadas a las dinámicas espacio-tiempo. Esto es que éstas pueden ser momentáneas, como marchas, tianguis o comerciantes semifijos en las calles, ya que ocupan el espacio solo por unas horas; temporales, con un rango de tiempo más amplio, que puede ser de semanas o meses, como quienes se reúnen todos los días en un punto de la ciudad o las okupas de protesta que se mantienen durante periodos prolongados pero no tan largos; o duraderas, que son ocupaciones a largo plazo o permanentes, como la invasión de un terreno para construir viviendas o la ocupación de viviendas vacías (Dolores, 2008: 69-70).

El presente trabajo explora algunos momentos en que las personas se apropian de los espacios y construyen resistencias variadas en un sentido que reconoce sus prácticas de movilidad y sus derechos de organización en movilizaciones cotidianas y movimientos sociales desde sus corporalidades individuales, colectivas y comunitarias. En primer lugar, se aborda el tema de la movilidad como una práctica de apropiación al utilizar los bienes públicos y apropiarse de ellos desde lo cotidiano. En un segundo momento se analiza la ocupación de espacios desde otras prácticas como las del comercio informal y las relacionadas a prácticas sociales situadas (fiestas, procesiones, ferias). Por último, las prácticas de organización colectiva y los movimientos sociales que también se incluyen en las dos anteriores.

Movilidad y prácticas de apropiación cotidiana

Si consideramos estas formas de “ser” y “estar” en la ciudad, por una parte la movilidad y, por otra, los movimientos sociales, cumplen un papel muy importante para los procesos de apropiación espacial, toda vez que desde el habitar individual y colectivo se construyen resistencias y “se expresan las corrientes más profundas de la lucha política” (Ziccardi, 2019: 75) a través de distintas expresiones que reproducen, interpretan, reconocen transforman y significan el espacio urbano desde las múltiples conexiones corporales (Giglia, 2013: 10).

En primer lugar, Isunza (2017: 40) define la movilidad como [un] “desplazamiento, (…), [que] incluye todo tipo de movimientos tanto temporales como permanentes y a distancias variables” que se da por distintas razones como trasladarse al trabajo, a lugares de ocio, para estudiar, para consumir algo de manera cotidiana o esporádica: prácticas simultáneas en las que las personas se apropian del espacio y del tiempo. Apropiación que Alicia Lindón argumenta que sucede por tener una corporeidad que al mismo tiempo en que “se apropia del espacio y el tiempo que la acontece, lo transforma, le otorga valores, y significados particulares y así lo carga de memoria de lo vivido” (2012: 715) en el uso de la ciudad mediante desplazamientos varios que propician la construcción social del territorio desde prácticas múltiples (Isunza, 2017:42).

Específicamente, la movilidad cotidiana aborda tanto las prácticas de desplazamiento como los procesos que intervienen en esa realización: facilidades y dificultades ligadas a otros procesos articulados como la accesibilidad, la cobertura, la funcionalidad (Isunza, 2017: 42) que o bien pueden propiciar el desarrollo de una construcción ciudadana, o, por su falta o deficiencia, reforzar prácticas de discriminación, desigualdad, exclusión, violencia, inseguridad, entre otras, que impidan o limiten el acceso al derecho a la ciudad y, con ello, su derecho a la participación activa en la transformación y apropiación de la misma, dando como resultado procesos de fragmentación urbana mediante una separación que no es solo espacial, sino también de apego y pertenencia de sus habitantes, o de des-alejación de los sujetos que interactúan y salen de sus domicilios por diferentes motivos y construyen lazos y relaciones dentro y fuera de sus entornos locales (Isunza, 2017: 56; Lindón, 2012: 711).

La fragmentación urbana es un rasgo de desconexión y fractura social que se refleja tanto en el espacio físico —en la distancia, la vivienda, las instituciones y acceso a servicios públicos— como en el desarraigo y el sentimiento de no pertenencia a la ciudad. En las periferias es muy común que la idea de lo local o cercano esté diferenciada de lo metropolitano o las prácticas que en ese espacio se realizan, debido a la distancia que existe y las barreras que existen (Isunza, 2017: 56). Por otra parte, pero en el mismo orden de ideas, la des-alejación es una práctica de la cotidianidad si consideramos que nuestros cuerpos también son espacios móviles y, como tal, nos acercamos y alejamos simultáneamente de personas, lugares, cosas, experiencias y emociones (Lindón, 2012: 711).

En ese sentido, las prácticas de resistencia a través de los desplazamientos diarios se componen de una diversidad de actividades que van más allá del uso y apropiación del espacio público en el sentido físico: de estar en el espacio. Las relaciones que surgen durante los momentos de desplazamiento ponen al cuerpo en el centro de la integración de experiencias cotidianas contra la desigualdad; la defensa y el cuidado de los espacios se enlazan a diversas prácticas de apropiación del espacio y de la construcción de territorio desde una fragmentación urbana que delimita y una des-alejación que nutre la vida cotidiana.

Movilidades articuladas, apropiaciones y momentos

Si bien se mencionó a la movilidad como un conjunto de prácticas de la vida diaria que posibilitan, mediante la acción y uso de los espacios, una construcción socio-territorial, y como “conjunto de relaciones que se suscitan en el proceso de habitar” los bienes públicos a partir de acciones diversas de resistencia para tomar los espacios (Isunza, 2017: 44), existen casos en los que los bienes comunes son “creados o usados de una forma y con un propósito totalmente diferentes” (Harvey, 2013: 116), ya sea capitalizándose o monopolizando el espacio público o restringiendo el acceso desde distintas formas simbólicas y materiales.

En este tenor, las geometrías de la ciudad permiten que parte de estas prácticas de movilidad tomen espacios y los afecten construyendo resistencias de tipo social, político y económico (Hernández, 2023: 18), al considerar que moverse en torno al espacio público y apropiarse de él implica complejizar la acción social, sobre todo en espacios con mayor índice de desigualdad, inseguridad, pobreza y violencias. Al nombrar las prácticas colectivas de personas que se dedican a una serie de oficios y servicios alternativos al desplazamiento de su comunidad local, se habla también de formas de organización y delimitación del espacio que permite actividades comerciales que se integran y adaptan a la vida cotidiana.

Dentro de las actividades comerciales alternativas más conocidas en los barrios periféricos de la Ciudad de México y otros lugares, los tianguis constituyen, además, esas formas de apropiación del espacio público que se extiende a los espacios privados desde la calle y propicia la interacción social de los habitantes, quienes abren sus viviendas para participar de esta práctica con amplia carga simbólica, política, económica y social sobre la apropiación del espacio físico: prácticas de la vida cotidiana que visibilizan las formas de organización colectiva de estos lugares (Sánchez, et al., 2025: 78).

Asimismo, “el tianguis no es sólo un agente representativo de comercio informal y de caos, sino que ha formado prácticas de resistencia [e] identidad cultural” (Sánchez, et al., 2025: 76) al apropiarse momentánea pero recurrentemente de un espacio en el que intervienen muchos actores, tanto en la gestión institucional del espacio público, como en la organización colectiva de quienes se encargan de “ordenar” y asignar los espacios del tianguis; esto es, que la apropiación del espacio mantiene una estrecha relación con distintas dimensiones espaciales: las experiencias de vida y prácticas de significación de la estructura de la calle.

La estructura del tianguis responde a una lógica integradora que incluye “flujo de personas, incluyendo tianguistas, vecinos, asistentes o transeúntes y en ocasiones actores gubernamentales, como inspectores” (Sánchez et al., 2025: 87). Las personas que se aglomeran en los horarios específicos en los que se pone el tianguis para abastecerse de productos de distinta índole, para comer y “pasear”, contribuyen mutuamente a la ocupación del espacio aportándole una identidad propia de la cual ellos forman parte activa desde la interacción en acuerdo, pero también desde el conflicto, dado que el derecho a la ciudad y la disputa por el espacio trae consigo desplazamientos, corrupción, discriminación, extorsiones, desalojos, entre otros problemas.

No podemos dejar de lado la emergencia de resistencias que estos espacios ocupados aportan, ya que los tianguis “no sólo satisfacen las necesidades de consumo, sino que también se convierten en una respuesta flexible ante la escasez de infraestructura urbana formal” (Sánchez et al., 2025: 79), y se representan como puntos de encuentro en lo que Lindón llama “sistemas cognitivos corporizados” en donde los procesos de cognición se entienden a partir de las relaciones de las personas, en sus contextos situados, con sus espacios de vida en una cotidianidad que se vincula a su acción política de apropiación.

Moverse y movilizarse, andares colectivos e itinerantes de la corporización social

Como se ha mencionado anteriormente, las formas de apropiación del espacio público son tantas y tan diversas que no es el objetivo de este trabajo nombrarlas todas. Sin embargo, el tercer punto mencionado al inicio del texto es el de los movimientos sociales, entendidos como prácticas de apropiación que se integran a las mencionadas anteriormente, al considerar los traslados a los puntos de concentración de las protestas como parte importante no solo de las actividades a realizar, ya que el lugar de origen también juega un papel importante para la conformación de demandas por las cuales se protesta.

Existen diferentes prácticas que convergen en una distribución espacio-temporal que es dinámica y cambiante, y dependen de los grupos de personas que las ejecuten a través de una serie de decisiones y habitares que pueden transformar el espacio desde un orden simbólico que se carga de memorias personales y colectivas que le dan un sentido a esa materialidad espacial llenando la apropiación de “sentimientos de identidad y pertenencia, que influyen notoriamente en las relaciones sociales creadas a partir del hacer uso de una espacialidad” (Dolores, 2008: 77), en la que los cuerpos se convierten en mediadores de las mismas prácticas y construyen a partir de sus emociones lenguajes de identificación y de exclusión entre quienes pertenecen a un grupo o a un lugar respecto de los extraños.

Estos comportamientos de transformación en la forma de habitar espacio público forman parte de otros procesos de identificación y reconocimiento de injusticias, violencias y abusos dentro de ese y otros espacios. En ese sentido, los movimientos sociales “tienen una dimensión urbana, no solo porque es en las ciudades, (…) sino por sus reivindicaciones políticas” (Ziccardi, 2019: 79) como agentes de cambio social, y porque son una apropiación del espacio temporal y planeada que se enuncia como práctica de resistencia al poder político que reprime, restringe e incapacita los lugares de la acción política colectiva, y convergen en la organización, coordinación y convocatoria a construir movimientos sociales que pugnen por el derecho a la ciudad con todas sus posibilidades a favor de quienes transitan por el espacio público y al habitarlo lo transforman.

Aunque esto no quiere decir que solo en el espacio urbano existen movimientos de oposición y reclamo, “lo urbano funciona (…) como un ámbito relevante de acción y rebelión política” (Harvey, 2013: 174) que toma como parte importante el contexto concreto y localizado de cada lugar, así como los lugares de acción y el impacto que éstas protestas generan sobre el poder político y económico de la ciudad, y que merman la capacidad de intervención en la construcción, administración, transformación y apropiación de la ciudad. Asimismo, Harvey menciona:

es en el espacio urbano donde se expresan las corrientes más profundas de lucha política. Por un lado, nuevas estrategias de rebelión urbana surgen de los movimientos políticos. Pero también, el poder político actúa en el territorio; sus características y la reorganización física, social y funcional de este, también funcionan como armas de lucha política. (2013:174)

Las implicaciones geográficas en los movimientos sociales resaltan no solo la apropiación de los espacios a partir de su ocupación momentánea, sino el impacto que esta ocupación tiene a ojos del gobierno y de las instituciones, así como de las personas que transitan esos espacios y de quienes los habitan. Esto es, que la dimensión socio-espacial de las luchas de los movimientos sociales visibiliza las injusticias, la distribución de la riqueza inequitativa (Ziccardi, 2019: 83), la desigualdad, la discriminación y las violencias en torno a una visión que es más que una geometría del espacio y que va más allá de una lucha contra el capitalismo. Los movimientos sociales intentan comprender y posicionarse desde luchas más situadas en relación con contextos étnicos, etarios, de sexo, religiosos entre otros, que se manifiestan dentro de espacios públicos en el intercambio y la transformación de los significados de los mismos y construyendo nuevas narrativas de acción social, política y nuevas formas de habitar, no solo para los grupos que se movilizan sino para quienes transitan y reconocen estos espacios desde otras perspectivas.

En ese sentido, dentro las formas de apropiación momentánea, temporal y duradera, esta última vincula los procesos de reparación y exigencia de justicia con la reconstrucción de la memoria. Las pintas en una marcha, las consignas, el estar en el espacio, generan procesos de reconocimiento mutuo momentáneos, pues la apropiación del espacio es por un lapso corto de tiempo y el gobierno implementa una serie de acciones para amortiguar el impacto. Por otra parte, la apropiación duradera del espacio como la okupa o la colocación de anti-monumentos hacen que el discurso de denuncias y demandas sociales se prolonguen en el habitar cotidiano, tanto de los manifestantes como de quienes solo transitan estos espacios, al hacer que esa memoria espacial e histórica cambie para reconocer que existen y perviven estas exigencias.

La influencia que tienen los anti-monumentos en la memoria colectiva y el habitar espacial de la ciudad permite nombrarlos como “expresiones político-artísticas emergentes [que] interpelan a la sociedad a reflexionar sobre los silencios y contradicciones que persisten en el desarrollo histórico y la vida democrática de México” (Pérez-Manjarrez, 2025: 123), que moldean la acción política y se recrean a partir de un ejercicio dialéctico socio-espacial que resignifica la identidad colectiva y el sentido de pertenencia a través de una memoria específica que visibiliza y mantiene a la vista las exigencias de justicia.

La construcción y reconstrucción de la memoria a través de las prácticas de apropiación cotidiana del espacio público pone en el centro la relación de las personas y sus experiencias corporizadas con el espacio público como elemento importante de la carga simbólica cambiante en relación con esas memorias, ya que “descifrar la imbricación entre el cuerpo, las emociones y las espacialidades puede ampliar la comprensión de los horizontes (…) y de procesos específicos como pueden ser los patrones de segmentación y segregación espacial crecientes” (Lindón, 2012: 716), toda vez que las demandas por mejorar las condiciones de habitabilidad del espacio urbano se complejizan en torno a buscar respuesta a luchas de distinta índole.

La apropiación del espacio desde la movilidad y los movimientos sociales teje redes de resistencia que se vinculan a las prácticas y habitares cotidianos ya sea en el espacio físico o en el espacio virtual, transformando las dinámicas de acción política, de pertenencia y de identidad, a través del uso de estos espacios que conforman en todas las escalas redes de resistencia en las que la apropiación se expande a otras esferas más globales, sin dejar de considerar el reforzamiento de la colaboración y dialogo entre las partes involucradas. No obstante, como dice Lago:

La impronta local, es decir los problemas específicos de cada país o ciudad, surge con más fuerza que en las causas de los movimientos de resistencia global, pero lo que tienen de semejantes son las técnicas y las formas de movilizar, y el sentido global de sus reivindicaciones. (2015: 122)

Esta especificidad delimita y amplía el nivel de participación de la comunidad local cercana al suceso. Al mismo tiempo pone en el foco global las demandas de justicia y las exigencias, dotando a la acción política virtual de un sentido complementario a la construcción de territorio e integrándose sin diluirse o silenciar las apropiaciones del espacio físico en el que convergen e interactúan las personas cara a cara, y haciendo del ejercicio de apropiación un tema tan complejo como importante de nombrar.

Conclusión

A lo largo de este recorrido se plantearon tres maneras de apropiación del espacio público con respecto del derecho a la ciudad como práctica consciente y constante en el habitar cotidiano y el reconocimiento de las experiencias de vida de quienes transitan, recorren, ocupan y viven en las ciudades. Los encuentros y desplazamientos, ya sean momentáneos, temporales o duraderos, impregnan esas experiencias y formas de apropiación personal y colectiva y cargan de sentido estas estructuras dispuestas para ciertos fines, transformándolas al proporcionarles una identidad: una parada de autobuses con sus vendedores ambulantes y personal administrativo mantiene un ambiente “familiar” para quienes utilizan constantemente esa ruta, generando una apropiación del espacio que no necesariamente tiene por objetivo tener la carga simbólica que le reconoce como un lugar de pertenencia o identificación.

Construir una ruta para transportarnos de un lugar a otro (casa-trabajo, casa-espacio público de recreación, etc.) crea condiciones de familiaridad con respecto a los transportes que se utilizan con frecuencia, generando este sentido de pertenencia que difícilmente surgiría en una ruta de transporte nueva o desconocida para quien está acostumbrado a utilizar una misma forma de traslado. Este sentido de pertenencia y de identidad también se ve reflejado en la forma de ocupar el espacio, tanto de las calles como de los establecimientos comerciales que frecuentamos, así como las iglesias, las fiestas, las ferias, los tianguis y muchas otras formas de habitar un barrio, colonia o alcaldía de la ciudad.

Los conflictos pueden suscitarse entre diversos grupos que tienen prácticas de apropiación del espacio para sus distintas actividades cotidianas, pero en un mismo punto geográfico. Así, en una calle, avenida, o negocios cercanos, diversos grupos culturales y organizaciones como las del tianguis y propietarios de viviendas de esa calle pueden disputarse el derecho a ocupar el espacio público. Sin embargo, esto no quiere decir que la interacción se vuelva irrealizable, ya que la convivencia y esos sentidos de pertenencia permiten distribuir las calles de cierta manera para que tanto los negocios locales como los vecinos que abren sus puertas para unirse a las actividades de comercio y otros grupos que se reúnen constantemente por ahí, puedan interactuar durante esa ocupación momentánea.

La emergencia de la apropiación del espacio a partir de diversas prácticas, nos involucra como habitantes, usuarios o transeúntes de la ciudad en la construcción socio-territorial de una identidad que se reinventa y se resiste de distintas formas a la distribución asimétrica y desigual de la ciudad. La movilización social dentro de un lugar concreto, pero instalada a través de procesos de acción política virtual construye habitares en resistencia más duraderos que perviven en la memoria colectiva y contribuyen ampliamente a la transformación y a la visibilización de estas luchas que a su vez se intersectan con otras formas de habitar la ciudad sin sustituir o mermar las posibilidades de acción social.

Referencias

Dolores Sánchez, I. (2008). La apropiación del espacio público. Caso de estudio: el Tianguis Cultural del Chopo [Tesis de maestría]. Universidad Nacional Autónoma de México. https://ru.dgb.unam.mx/server/api/core/bitstreams/a4e17334-6d50-47a7-8184-f05ee319ff44/content

Durán, M. A. (2008). La ciudad compartida. Conocimiento, afecto y uso. Ediciones SUR.

Giglia, A. (2012). El habitar y la cultura. Perspectivas teóricas y de investigación. Anthropos.

Harvey, D. (2013). Ciudades rebeldes. Del derecho a la ciudad a la revolución urbana. Akal.

Hernández Zapata, V. (2023) La apropiación del espacio público a través del trabajo precario y/o informal en el caso: del tianguis de Av. Tláhuac-Anillo Periférico y Canal de garay [Tesis de licenciatura]. Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco. https://repositorio.xoc.uam.mx/jspui/retrieve/b0645134-b816-4fd0-aa32-81e58f182a4c/51210.pdf

Isunza Vizuet, G. (2017). La movilidad urbana: dimensiones y desafíos. Instituto Politécnico Nacional / CIESAS.

Lago Martínez, S. (2015). Movimientos sociales y acción colectiva en la sociedad red. Chasqui. Revista Latinoamericana de Comunicación, (128), 113-130.

Lindón, A. (2012). Corporalidades, emociones y espacialidades: hacia un renovado betweenness. RBSE – Revista Brasileira de Sociologia da Emoção, 11(33), 698-723.

Pérez-Manjarrez, E. (2025). Antimonumentos: nuevas prácticas en la disputa por la memoria. Huarte de San Juan. Geografía e historia, (32), 121-150.

Sánchez, F. I., Salazar, B. L., Vázquez, L. A. y Ramo, R. (2025). Apuntes del tianguis en el tejido del hábitat urbano. Encuentros y signos de apropiación del espacio público. En B. L. Salazar Martínez, L. A. Vázquez Honorato, P. Martínez Olivarez, L. D. Rodríguez Hernández, R. Ramo Díaz y H. Brizuela Casimir (coords.), Abordaje de la cultura del hábitat desde la transversalización de la investigación (pp. 75-96). Comunicación Científica.

Ziccardi, A. (2019). Las nuevas políticas urbanas y el derecho a la ciudad. En F. Carrión Mena y M. Dammert-Guardia (eds.), Derecho a la ciudad. Una evocación de las transformaciones urbanas en América Latina (pp. 61-94). CLACSO / Flacso – Ecuador / IFEA.


  1. Correo electrónico: orange317312@gmail.com