Tania Fernanda Aguilar Silva[1]
El Colegio de Michoacán

La preocupación por las ciudades, lo que sucede en ellas y los modos subjetivos de vida de sus habitantes tiene una larga data que se expresa en obras filosóficas, literarias, artísticas, políticas, ambientales, económicas, médicas, socioculturales, y así podríamos seguir extendiéndonos largamente.
Los cuerpos, en su relación con la ciudad, tienen muy diversas posiciones: en ocasiones son cifras que hay que controlar, a veces se les trata como focos de infección, en otros momentos se disuelven y pasan a ser masas que bullen en las calles o son despojados de su relación con la tierra y se les abstrae como fuerza de trabajo, en otros más se les ve como los objetivos de un disciplinamiento necesario para volverlos eficientes. De igual manera, surgen como posibilidades del deseo, nodos de la experiencia, escalas del territorio y entes sintientes.
La relación entre cuerpo y ciudad es vasta, múltiple y contextual. Cuando hablamos de corporalidad, no nos referimos solo a las condiciones materiales de su existencia, también señalamos sus experiencias y el propio sentido de existir como cuerpo en un determinado momento que siempre se encuentra constante transformación. Entonces, hablar de corporealidades, es un juego verbal que tiene como intención señalar que una determinada forma de habitar el cuerpo se convierte en una perspectiva de mirar el mundo, construirlo, sentirlo y apropiárselo.
Aquí la ciudad, las ciudades, se nos muestran como conjuntos de relacionalidades humanas y no humanas donde existen interacciones dinámicas, a veces efímeras y otras en disputa para mantener su permanencia. En cualquier caso, las ciudades no son escenarios ni objetos inertes. Son el resultado complejo de relaciones que se transforman sin cesar, mientras se les intenta dar sentido. Al mismo tiempo, las propias ciudades afectan a quienes las habitan, se trata de flujos de afectos y afectaciones.
Así, las ciudades poseen varias capas de sentido que se relacionan en múltiples combinaciones con las corporalidades que las transitan, contemplan, sufren y gozan. Ya no se trata únicamente de edificios y calles, existen materialidades que se perciben e interpretan; objetos dispuestos y dispersos en el espacio que proyectan posturas ideológicas o limitan la movilidad de grupos no hegemónicos; infraestructuras cotidianas que atestiguan transformaciones históricas o campañas de salubridad, y las regulaciones que las acompañan e impulsan la creación de actores normados y fuera de la norma.
En este número de Ichan Tecolotl titulado Corporealidades urbanas: representaciones y encarnaciones del pasado, presente y futuro hablaremos sobre las realidades que se habitan y construyen en y desde los cuerpos urbanos. La propuesta surgió a partir de las reflexiones colectivas en el marco de las reuniones internas del grupo de trabajo “Corporalidades y ciudad”, en colaboración con otros integrantes de la red del Seminario Permanente de Corporalidades (SEPCORP). Reunimos 12 trabajos divididos en 3 secciones: Puntos de encuentro, Antropovisual y Cinemantropos.
Lejos de pretender agotar el tema, en Puntos de Encuentro presentamos escritos que hablan de experiencias que recorren la ciudad, la confrontan y la reclaman; también se subraya el lugar de los cuerpos en las representaciones de diferentes procesos temporales que se negocian entre el pasado, el presente y el futuro, a través de ocultamientos, modificaciones espaciales e imaginaciones deseadas. Finalmente, intentamos hablar de las personas que habitan las ciudades pero cuyas corporalidades no coinciden o se les hace sentir extrañas frente a modelos que no las contemplan.
Este número puede leerse por separado sin duda, sin embargo, al hacerlo en conjunto resulta más enriquecedor notar los enredos y diálogos que se generan entre cada uno de ellos. El primer texto corresponde a Sandra Salgado, quien nos presenta una ciudad sensorial, con olores que van siendo modificados con el paso del tiempo, a través de una revisión histórica que nos habla de cómo las modificaciones en el acceso al agua y las ideas imperantes sobre la salud y enfermedad asociadas a ellas, afectan y son afectadas por la planeación urbana a finales del virreinato de la Nueva España.
Enseguida Gabriela Rodríguez y Salomón Juárez nos llevan a Querétaro para platicarnos de los efectos de la construcción del Paseo 5 de Febrero y las disputas emergentes por el derecho a la ciudad. La obra vial nos expone que la infraestructura también es una promesa en la que se depositan expectativas del futuro, una ciudad “moderna” que puede ser exhibida a la par de otras. Sin embargo, estas promesas se pueden romper fácilmente, afectando a individuos y grupos específicos, a su circulación e incluso a colonias enteras, de manera que lo que se presenta como un “beneficio para todos”, invisibiliza los impactos que ocasiona sobre los demás.
Liliana Mendoza retoma la escritura sobre los procesos de apropiación que se dan en las ciudades y discurre sobre tres de ellos: partiendo de las movilidades, sitúa ahí la relación con las expansiones que se dan sobre calles y banquetas, por medio de tianguis o puestos que se dispersan y modifican las circulaciones viales, pero que al mismo tiempo revindican los usos cotidianos que van en contra de la lógica de la aceleración. Aquí mismo, los movimientos sociales aparecen como una forma de involucramiento corporal a partir de la cual las ciudades pueden ser apropiadas.
Poco después en el texto de Jocelyn Ramos vemos el caso de los grupos Wixáritari que se reúnen en la Unidad Deportiva López Mateos; partiendo de una localización específica, la autora nos muestra las trayectorias de estos grupos en su inserción urbana desde Zapopan hasta Guadalajara, mismas que van acompañadas de negociaciones para mantener o transformar determinadas dinámicas en el interior y exterior del grupo. La ciudad aparece como un lugar donde las mujeres Wixáritari ven una oportunidad de interactuar y aligerar algunas de sus preocupaciones en un contexto del juego deportivo.
Desde una perspectiva autoetnográfica, Trilce Rangel aborda la movilidad y el acortamiento de los espacios urbanos de las mujeres con corporalidades tatuadas. Nos dice que el empoderamiento que proveen los tatuajes como una forma de reclamo del cuerpo propio es simétricamente inverso ante las reacciones que generan en otras personas. Lo anterior las orilla a generar estrategias para evitar el acoso y tocamientos indeseados a los que son sujetas, al fomento de un acompañamiento entre mujeres y de relaciones con agentes no humanos, como los perros, para poder sentirse seguras al transitar las calles.
De manera similar, Gabriela Quintero parte de la autoetnografía de su transitar comparando sus experiencias en la Ciudad de México y Barcelona para repensar la figura de la flâneuse en clave gorda. Toma como referencia lo escrito por Walter Benjamin sobre el flâneur y la contestación de Lauren Elkin que reclama a la flâneuse, y con mirada crítica nos señala que esta figura está desprovista de una consideración racial y de las corporalidades gordas. Esto no es menor, ya que nos presenta el deambular como un acto previsto sólo para cuerpos normativos en espacios cuyo diseño y planeación genera exclusiones, miradas incómodas e incluso otorga a otros agentes la capacidad de señalar o hasta hacer burlas correctivas, concluyendo que habitar una corporalidad “lenta” y no normativa también es un punto desde donde se puede replantear el goce en la ciudad bajo cánones no restrictivos.
El texto de Donají Sánchez da continuidad a las reflexiones anteriores, por medio del concepto de geo cuerpo, en el cual condensa la idea de las corporalidades como territorios y va más allá de esta noción, ya que en el geo cuerpo se practican y crean realidades relacionales que escapan al imperativo antropocéntrico. Las sombras proyectadas por edificios y árboles, por ejemplo, se transforman en puentes y caminos que de manera inconsciente guían la movilidad de las personas en ciudades fronterizas como Tijuana. De forma similar, un pedazo de concreto puede ser revitalizado y transformado en una banca que promueve momentos de sociabilidad para descansar del ritmo urbano.
Posteriormente, Samuel Rivera nos habla de las movilidades desde sus entrecruces con la migración y la discapacidad. Las movilidades migrantes discas son representadas a través de cuatro casos en los que las personas negocian su derecho a habitar la ciudad y a seguir en movimiento, sin necesidad de hacer performances para la conmiseración, o haciéndolos con plena conciencia. El flujo del tránsito que nos presenta etnográficamente rompe la narrativa de corporalidades paralizadas, y en su lugar, expone las dinámicas de incapacitación que son articuladas por el diseño urbano.
Para cerrar esta sección, Yaredh Marín pasa de las calles y los caminos públicos hacia el interior de lo que no siempre notamos en las ciudades y sus edificios. A través del caso de la partería urbana, deshilvana las relaciones íntimas entre mujeres que desean recuperar la autonomía de sus corporalidades lejos de las lógicas obstétricas alopáticas. El espacio íntimo no se construye sólo porque esté dentro de una habitación, sino porque las relacionalidades dadas lo permiten y protegen; el momento del parto nos indica que el tiempo incluso llega a colapsar, pasado, presente y futuro explotan al mismo tiempo en corporalidades que se vuelven cronotopos.
En la sección Antropovisual se presentan dos ensayos fotográficos que abordan la apropiación y el movimiento de las corporalidades en espacios públicos, ya sean las calles de Guadalajara tomadas por mujeres feministas en el marco del 8M, que retrata Tania Aguilar, o a través del espontáneo montaje de un circo en Ciudad de México, como nos muestra Selene Muñoz, donde se cruzan el espectáculo y la posibilidad de pensar nuestras corporalidades en otra clase de movimientos. Finalmente, para cerrar este número, en la sección Cinemantropos Jessica Reyes nos comparte su reseña del documental Ahora que estamos juntas (2022) de la cineasta mexicana Patricia Balderas, para aproximarnos al tema del acoso callejero que experimentan las mujeres en la ciudad.
En su conjunto, es mi intención que este dossier funja como una invitación para seguir reflexionando la manera en que se construyen las realidades urbanas y cómo las personas habitan e interpretan su cotidianidad, más que como una lección limitante de las corporalidades en la ciudad.
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Doctorante de Antropología Social en El Colegio de Michoacán, co-coordinadora del Seminario Permanente de Corporalidades (SEPCORP) y coordinadora del Grupo de Trabajo de Corporalidades y Ciudad. ↑