Héctor Sandoval Sabido[1]
La Brújula Verde

León Chávez Teixeiro. Fotografía: Daniel Murillo Licea, Foro la Escafandra, CDMX, 15 de junio del 2024
Palabras clave: Música popular, cine documental, luchas sociales, mujeres en resistencia
Este niño, que juega delante de mí, es un montón intelectual de células —más aun,
es una relojería de movimientos subatómicos,
extraño conglomerado eléctrico de millones de sistemas solares en miniatura mínima.
Y quién sabe si yo mismo, que digo esto,
al escribir estas palabras con una vaga impresión de que tal vez perdurarán,
no pienso también que la memoria de haberlas escrito es lo que “me llevaré de esta vida«.
Fernando Pessoa
El Libro del Desasosiego
Estoy asombrado… porque hay luchas que los jóvenes o
los viejos hacen historia cuando toman una determinación.
Me entusiasma pensar que las [mis] rolas siguen vivas.
León Chávez Teixeiro
De uno somos muchos, y bendito ese uno,
y bien aventurado ese uno porque ese uno es empezar
para que seamos muchos.
Doña Fili
Documental “Se nos va la vida, compañera»
No hay donde escapar,
como juego de cartas se cambia el pasado.
Hay días en que estoy triste
como tirado en un charco.
Pero nada es peor que no hacer nada.
Y me digo este mundo es una red tejida, sin descanso,
sin el mínimo control de los mismos tejedores.
Otra forma es necesaria y repito
nada es peor que no hacer nada
León Chávez Teixeiro
Documental “Se nos va la vida, compañera»
Memorias personales y colectivas
Hay canciones que marcan épocas, tatúan la piel y cambian vidas, nunca se olvidan y siempre se recuerdan, se convierten en estandartes, en himnos, símbolos, básicamente: en espíritus de una época. Una de esas canciones, fue escrita por el cantautor mexicano León Chávez Teixeiro, destacado por su narrativa poética, cruda y realista.
Esa canción, bautizada “Mujer. Se va la vida, compañera«, marcó a toda una generación que la escuchó y conectó con esos versos de protesta, que denunciaban el sometimiento de la mujer por un sistema capitalista y patriarcal; historias que se guardaban como el polvo bajo el tapete, lo que no queríamos que se mostrara como una fractura de una sociedad citadina y supuestamente moderna.
Hablando de memorias, conservo en mis registros como una imagen nítida el día en que mi madre ya no pudo recuperar la memoria prodigiosa que la caracterizaba. Ella una yucateca, precisamente guerrera como esas de las que habla la canción de Teixeiro, y que emigró con toda su fe en el destino que le esperaba en la capital del país de los años cincuenta.
Ella lloraba y quedaba silente ante la frustración e impotencia de recordar. Eran los días posteriores a sufrir un accidente cerebro-vascular que le impidió por más de 10 años recuperar sus recuerdos y conseguir comunicarse fluidamente, pese a conservar uno que otro pasaje de su vida. Este desasosiego de la vida me hizo entender el valor de la memoria, y cómo los recuerdos nos persiguen, sin que tengamos mucho control sobre ellos.
Nacido en la Ciudad de México, me tocó asistir a la emergencia de fenómenos culturales que solamente son importantes cuando ocurren en las grandes capitales. Este rasgo se observa en todas las sociedades, donde las ciudades se convierten en escenarios de lo que puede ser visible y narrable; de las luchas, inquietudes, protestas y reclamos sociales. En este panorama, a la provincia le toca presenciar luchas agrarias y otras reivindicaciones que son hermanas de las luchas obreras.
Hoy, también a mí me da trabajo recuperar memorias, y es que los significados de la memoria evolucionan con mayor rapidez en esta era tecnológica que nos ha tocado transcurrir, porque ya no se trata tanto de almacenar información en nuestras neuronas (una función que cada vez más delegamos a dispositivos externos), sino de saber cómo nos relacionamos con estas memorias, como las recuperamos, como las evaluamos e integramos en nuestro día a día, en narrativas coherentes.
En este sentido, la memoria de esta canción me hace reflexionar sobre la importancia de la atención y el pensamiento crítico. Y es que donde pongamos nuestra atención, ahí estará presente la memoria. Al conservar la capacidad de poner foco y ejercer esa capacidad performativa del lenguaje, tenemos acceso a recuperar y rescatar nuestras memorias. Como cuando nos ponemos a hojear el álbum de fotos de la familia compartiendo con los primos lejanos.
Hoy recupero a Chávez Teixeiro y Amparo Ochoa, que interpretó también esta canción. Esta deriva del pensamiento me hace tararear esta canción y reconocer que, en este mundo saturado de información y sobreestimulado, la distracción es constante. Por ello, la capacidad de prestar atención sostenida se ha convertido en una práctica que ejercen muy pocos.
Memorias obstinadas: El documental como archivo de resistencias
En un entorno donde la velocidad de las transformaciones puede conducir al olvido, el documental Mujer. Se va la vida, compañera (2018), de Mariana X. Rivera García (directora) y Josué Vergara (productor), es una propuesta de anclaje de un navío que debe ser amarrado en el puerto de la vida urbana, para conectar las experiencias de lucha y activismo de León Chávez Teixeiro en los años setenta y ochenta con las mismas y nuevas banderas de estos años.
Desde la recuperación de memorias, el documental se constituye como un ejercicio de memoria colectiva, un esfuerzo por rescatar y articular las huellas de las luchas populares en la Ciudad de México. De acuerdo con la directora, en este registro documental se buscó “revivir imágenes de la ciudad de aquellos años”, reconociendo la memoria visual y sonora como un “legado importante”, en sintonía con la visión de Rouch (2003) sobre el cine como instrumento para “hacer hablar a las imágenes” y reconstruir realidades sociales a través de la etnografía compartida.
Esta labor de recuperación de la memoria es crucial. Las narrativas oficiales a menudo han silenciado a las disidencias y promovido una amnesia selectiva sobre los conflictos sociales. El documental, al igual que las canciones de Chávez Teixeiro, opera como una contra-memoria que Nichols (2010) identificaría como un “modo participativo”: una práctica fílmica que no sólo documenta agravios, sino que devuelve a los sujetos marginados su capacidad de agencia narrativa, contribuyendo a un archivo popular de la resistencia.
Al centrarse en las historias de Doña Fili, Gloria Juandiego y Vero, el documental destaca la capacidad de organización y búsqueda de dignidad de los colectivos representados.
Esta aproximación es relevante para una antropología de la memoria, que explora cómo las sociedades construyen y negocian sus pasados. La transmisión de esta memoria, facilitada por el arte, se vuelve un acto político que nutre a nuevas generaciones y mantiene viva la inconformidad.
La memoria en estos tiempos está estrechamente relacionada con la capacidad de discernimiento y pensamiento crítico. En una era de información abundante, pero a menudo contradictoria o engañosa, la habilidad para evaluar críticamente la información y distinguir lo verdadero de lo falso es tan importante como la capacidad de recordar.
En las calles de la colonia Guerrero, entre el bullicio y la vida obrera de la ciudad de México de los años treinta, nació León Chávez Teixeiro. Hijo de un obrero y una ama de casa, León creció observando el trajín diario de su madre, esa rutina invisible que se constituye en el pilar del hogar familiar sin recibir reconocimiento. Quizás ahí, en esos primeros años, se sembró la semilla de lo que décadas después florecería como una de sus canciones más emblemáticas.
“Soy un rolero”, suele decir León cuando le preguntan por su oficio. Un creador de canciones que ruedan de boca en boca, que viajan por barrios y plazas, lejos de los reflectores y los escenarios comerciales. A principios de los ochenta, ya curtido por su participación en movimientos obreros y estudiantiles, incluido el histórico movimiento del 68, León escribió “Mujer. Se va la vida, compañera”.
La canción no nació de un momento de inspiración fugaz, sino de años de observación atenta y compromiso social. León había visto a mujeres levantarse antes del amanecer para encender fogones, había escuchado sus conversaciones en las filas para comprar tortillas, había presenciado su valentía en las protestas callejeras. “Siempre tendían a ponerse adelante, siempre eran activas y muchísimas veces mostraban menos miedo que los hombres al enfrentarse a la policía”, recuerda.
Aquella politización que experimentó alrededor de 1965 transformó su música. Abandonó las “canciones tremendamente cursis” de su juventud y abrazó un canto comprometido con las realidades de los marginados. En su guitarra llevaba tallada una frase de Bertolt Brecht que resume su filosofía: “En los tiempos oscuros se cantará también, también se cantará sobre los tiempos oscuros”.
El eco de una voz silenciada
“Mujer. Se va la vida, compañera” trascendió rápidamente el ámbito musical para convertirse en un espejo donde miles de mujeres se vieron reflejadas. La canción dio voz a quienes trabajan en silencio, a las que sostienen hogares enteros con sus manos agrietadas por el jabón y el agua fría de los lavaderos.
Cuando Amparo Ochoa la interpretó con su voz potente y clara, la canción alcanzó nuevos oídos. No era sólo una melodía más en el repertorio de la Nueva Canción Latinoamericana; era un testimonio, una denuncia, un reconocimiento. En asambleas barriales, en mítines sindicales, en huelgas obreras, la canción se cantaba como un himno que visibilizaba lo invisible.
El impacto fue tal, que, décadas después, un documental homónimo entrelazó la canción con las historias de tres luchadoras sociales contemporáneas: Doña Fili, defensora del derecho al agua, Gloria Juandiego, costurera que busca condiciones dignas para su gremio, y Verónica Hernández, defensora del derecho a una vivienda digna. La canción de León seguía viva, seguía siendo relevante, seguía interpelando a una sociedad que continúa relegando el trabajo doméstico a los márgenes del reconocimiento.
La poética de lo cotidiano
“Abrió los ojos. Se echó un vestido.
Se fue despacio pa’ la cocina. Estaba oscuro.
Sin hacer ruido, prendió la estufa, y a la rutina.”
Así comienza este retrato sonoro de una jornada interminable. Con frases cortas, casi telegráficas, León construye un ritmo que evoca el automatismo de los gestos repetidos día tras día. No hay adornos innecesarios en su lenguaje, como no hay lujos en la vida que describe.
La narración avanza cronológicamente, siguiendo a la protagonista desde que abre los ojos en la madrugada hasta que los cierra brevemente por la noche, sólo para volver a comenzar al día siguiente. Esta estructura circular refuerza la sensación de ciclo inescapable, de tiempo que se consume en tareas que, apenas terminadas, deben reiniciarse.
“Sirvió a su esposo, vistió a los niños, cambió pañales, sirvió los panes”. La enumeración de tareas crea un efecto acumulativo que transmite el peso de las responsabilidades. Y entre tanta obligación, apenas hay espacio para un pensamiento propio: “sintió ridícula la esperanza.”
El estribillo, con su metáfora demoledora, condensa toda la crítica social de la canción: “se va la vida, se va al agujero, como la mugre en el lavadero”. La vida misma se escurre entre los dedos, se va por el desagüe junto con el agua sucia, sin dejar más rastro que un día más tachado en el calendario.
Hay un momento de conexión humana hacia el final, cuando la mujer y su esposo comparten risas y conversación, cuando “los dos jugaron con su ternura”. Pero este breve respiro no rompe el ciclo. La canción termina como empezó, con la mujer despertando para iniciar otra jornada idéntica, subrayando la naturaleza implacable de esta rutina.
Memorias que trascienden
¿Por qué esta canción, nacida en los ochenta, sigue resonando con tanta fuerza? Quizás porque habla de una realidad que, aunque transformada en algunos aspectos, persiste en sus estructuras fundamentales. El trabajo doméstico sigue siendo mayoritariamente femenino, sigue estando infravalorado, sigue consumiendo vidas enteras sin el reconocimiento que merece.
La honestidad de León Chávez Teixeiro, su rechazo a los circuitos comerciales (famosa es su negativa a participar en Siempre en Domingo por considerarlo una traición al movimiento del 68), otorgan a la canción una autenticidad que trasciende modas y épocas. No es una pieza creada para complacer a un público o para escalar listas de popularidad, es un testimonio nacido de la observación y el compromiso.
La calidad poética de la letra, con su lenguaje directo pero cargado de imágenes potentes, la convierte en una pieza que se graba en la memoria. Y la universalidad de su tema —el desgaste vital en tareas no reconocidas— permite que conecte con experiencias humanas que van más allá del contexto específico que la inspiró.
“Mujer. Se va la vida, compañera” se ha ganado su lugar en el canon de la canción social latinoamericana no por decreto o por promoción, sino por su capacidad para conmover, para denunciar, para hacer visible lo que a menudo preferimos no ver.
Por otra parte, a través de una narración profunda, el documental reconfigura la memoria colectiva de la Ciudad de México, evocando a otros grandes protagonistas de aquellos años de intensa movilización social y cambios, como Joan Báez y Bob Dylan en los Estados Unidos, o nuestros latinoamericanos Violeta Parra, Víctor Jara, Gabino Palomares, León Gieco, Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa, José de Molina, y todos aquellos pioneros de la lírica de protesta.
Hoy, gracias a todos estos cantautores, sigue vivo el verso de protesta, alzando su voz contra un sistema capitalista que sólo cambia para adaptarse a su lógica mercantil. Sin embargo, también cede y se transforma bajo la presión de las luchas culturales de resistencia que emergen en todo el mundo, muchas veces impulsadas, como lo ha registrado la memoria, por las razones profundas de los desposeídos.
Referencias
Pessoa, F. (2013) El libro del desasosiego. Siruela. (Publicado originalmente en portugués en 1982).
Rivera García, M. X. (directora) y Vergara, J. (productor). (2018). Mujer. Se va la vida, compañera [Película documental]. Urdimbre Audiovisual, Cine Murciélago.
Rivera García, M. X. (2019). Memoria visual y resistencia urbana. Revista Mexicana de Antropología, 12(45), 23-40.
Rouch, J. (2003). Cine y etnografía. Ediciones Akal.
Nichols, B. (2010). Introduction to Documentary (2ª ed.). Indiana University Press.
Canciones sobre trabajo. https://redlatt.org/cancion/2
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