Yanga, su carnaval y la construcción de su memoria

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Alvaro Alcántara López

Investigador Centro INAH – Veracruz

Las sensuales, alegres y a veces perturbadoras escenas de los carnavales de Río de Janeiro, Nueva Orleans o Venecia, lo mismo que las del Puerto de Veracruz o Mazatlán, en México, han configurado con toda probabilidad, las imágenes colectivas que tenemos de las fiestas de carnaval y lo que en ellas ocurre. La alteración e inversión del orden, la fiesta inagotable, los excesos de la carne o el juego de enmascaramiento y anonimato que impulsa a olvidarse del pudor y hacer aquello que ni siendo otros haríamos, habitan en nuestro imaginario colectivo, asociando los carnavales con fechas más o menos fijas (una cuarentena de días antes de la semana santa católica) y con un momento de relajación y desenfreno. Pero los carnavales de nuestro país son mucho más complejos y diversos que esa imagen estereotipada que tanto se explota desde las oficinas de turismo y patrimonio cultural.

El conocimiento que en general se tiene de los distintos carnavales que se realizan en los pueblos indígenas y mestizos de nuestro país parece bastante limitado (quizá muy apegado a las imágenes que los medios masivos de comunicación difunden de los lugares citados al inicio del texto). Al revisar, por ejemplo, las fiestas de carnestolendas que se realizan a lo largo y ancho del estado de Veracruz, se puede corroborar que éstas ocurren prácticamente durante todo el año y que en ellas podemos encontrar no sólo máscaras, vestimentas intercambiadas o roles y géneros alterados, sino también todo un bestiario de personajes fantásticos como mecos, diablos, osos, comanches, cuanegros, coyotes o al mismísimo Juan Carnaval, más allá de si los carnavales son de reciente creación o provienen de, al menos, mediados del siglo XIX.

Este extendido calendario carnavalero obedece a un sin número de razones, entre las que destacan las de tipo político, las tendencias de la promoción turística gubernamental en turno, los ciclos de siembra o cosecha de cada lugar, la visita anual de quienes están del “otro lado” o la celebración de aquellas deidades que de antiguo han protegido al pueblo. Y fue precisamente este último caso, el que parece haber llevado a los vecinos de la localidad de Yanga a iniciar, a fines de los años setenta, la celebración de su carnaval en el mes de agosto.

De acuerdo a los datos proporcionados en el libro El carnaval de Yanga, notas y comentarios sobre una fiesta de la negritud[1], durante varias décadasla fiesta más importante del pueblo fue la que se realizaba en honor a la virgen de La Candelaria, pero tras haber decaído dicha festividad, en 1976 los integrantes del club Yang-Bara iniciaron la organización del carnaval de Yanga, en los días previos a la celebración del santo patrono del pueblo, San Lorenzo, cuyo mero día es el 10 de agosto. Vale la pena recordar entonces que el vínculo de los habitantes de esta región con este santo patrono es por demás antigua y San Lorenzo Cerralvo o San Lorenzo de Los Negros han sido nombres con los que históricamente se ha conocido a la hoy ciudad de Yanga, Veracruz, habiendo sido sus fundadores esclavos cimarrones de las haciendas e ingenios azucareros de la región, que rondaban los caminos entre Veracruz y Orizaba a inicios del siglo XVII.

Es precisamente esa historia profunda que data de tiempos coloniales lo que alimenta y da sustento a la celebración de su carnaval; lo que vincula a la actual Yanga con la memoria heredada de ancestros esclavas y esclavos procedentes de distintas partes del continente africano; con la práctica del cimarronaje como alternativa para alcanzar la libertad; y, con el logro, tras mucho luchar y negociar con la corona española, de ser reconocido como un asentamiento de negros libres y uno más de los pueblos de la Nueva España, gozando sus vecinos del no menos importe derecho a poseer tierra.

Como pude constatar en agosto de este año, estos temas siguen siendo ejes articuladores de los distintos discursos y prácticas que se entretejen en varios sectores de los habitantes de este municipio y no sólo en tiempos de carnaval; no obstante que quienes solo pueden pensar “lo negro” o “la afrodescendencia” a partir del color de la piel o de la fisonomía, señalen que los rasgos negros de los actuales habitantes de la región cada vez se pierden más. Pero cómo saber cuándo y cómo se pierde o se gana en “negritud” o en “afrodescendencia”. ¿Existe una tabla, una escala para medir eso? Me temo que no es tan sencillo.

Si hubiera entonces que pensar en una marca distintiva del carnaval de Yanga sería precisamente la clara reivindicación de la herencia africana de sus moradores, recordando a propios y extraños que San Lorenzo de Los Negros, hoy Yanga, fue el primer pueblo negro libre de la América colonial. La magnitud y grandeza de esta conquista política, jurídica y social de sus antepasados constituyen en sí mismas, excelentes motivos para hacer un carnaval y apropiarse de la historia.

De estos postulados podrían hacerse distintas e incluso divergentes lecturas, pero vale la pena considerar que esta reivindicación identitaria, construida en torno a la figura del otrora líder del cimarronaje de los esclavos africanos, la hacen los habitantes de este municipio con los elementos que tienen a su alcance. A veces con el apoyo de las instancias de gobierno, otras con la participación más o menos activa del mundo académico, otras tantas con la solidaridad y apoyo de movimientos sociales de otras regiones del país que, al igual que los de Yanga, vienen trabajando para que la memoria histórica de la población mexicana de origen africano y su aporte a la cultura de nuestro país sean reconocidos en la Constitución Política.

No es menos cierto que algunos de los intentos que en las últimas décadas se han querido hacer para acercar a personajes y agrupaciones del continente africano con los habitantes de Yanga, bajo la premisa de un patrimonio cultural compartido, parecen por decir lo menos, en extremo forzados. Y sin embargo, es precisamente la exploración de esos vínculos históricos (latentes o presumibles), en los campos artísticos-estéticos de la danza, la música de cuerdas o tambores, la medicina tradicional o la oralitura, donde se encuentran los esfuerzos más interesantes por acercar las respectivas historias del continente africano y el americano, intentando re-descubirir en el pasado como en el presente, la africanía de América y la americanía de África.

Pero como bien sabemos, la construcción de la memoria social de una colectividad cualquiera y sus esfuerzos por fortalecer sus lazos y vínculos sociales transcurren por caminos muchas veces imaginados, especialmente si se piensa que el tema central del carnaval de Yanga, la recuperación y aporte de la herencia africana en la cultura local y regional, ha sido uno de los temas negados, invisibilizados, por la historia oficial mexicana. Y sólo por este gesto, por el esfuerzo que conlleva encontrar un espacio, un momento, una ocasión para que la historia de las abuelas y de las abuelas de las abuelas se enrede con el hilo de la memoria y construya futuro, uno llega concluir que el carnaval, además de su dimensión de relajamiento, diversión y pachanga, en el caso de Yanga aspira a un propósito mayor: construir y hacer memoria. O como dirían mis queridos amigos y poetas, Samuel Aguilera y Luis Antonio Rodríguez, intenta “contar la historia de los pueblos negros de México que no aparecen en los libros de historia”.

Las imágenes tomadas por José Luis Rodríguez Maldonado, correlato visual de esta narración, constituyen relámpagos de un esfuerzo colectivo que, a partir de la celebración de un carnaval de nuevo cuño (de no más de cuarenta años de antigüedad), busca relocalizar la memoria y dotarla de una y de muchas voces que cuenten las muchas historias que se necesitan conocer y difundir sobre la población mexicana de herencia africana. Dicha empresa, elaborada con fragmentos de investigación histórica, intuiciones, recuerdos y un mucho de aspiraciones y proyectos político-sociales de cara al futuro, insisten en visibilizar jurídicamente a la población afromexicana, afrodescendiente o simplemente negra o morena de estos rumbos – para distanciarse por un momento de una terminología académica que no siempre permite advertir el amplio abanico de experiencias históricas que se reúnen bajo el prefijo “afro”.

Si el carnaval de Yanga se ha organizado en torno a las gestas de un líder del cimarronaje del periodo colonial novohispano y del movimiento de resistencia de esclavos provenientes de África para alcanzar su libertad y reconocimiento jurídico como pueblo, quizá valga la pena preguntarse si al hacerlo de este modo, al sólo mirar el pasado más lejano, no han dejado escapar la oportunidad de aprender de las experiencias de ciudadanos libres que vivieron en sucesivos presentes transcurridos desde el siglo XVIII a la fecha. Con toda seguridad, muchas de esas otras experiencias históricas tendrían mucho que aportar a la construcción de un país menos desigual y más equitativo, donde ser ciudadano – y no el color de la piel, la fisonomía, forma de hablar o grado académico -baste para tener asegurado el goce y respeto de los derechos y garantías individuales consagrados en nuestra Constitución Política.

En los rostros que se reconocen en cada una de las imágenes capturadas por la cámara fotográfica y en los silencios que se le escapan a esas bocas y gargantas, parece expresarse la urgente necesidad de reconocer a los muchos otros mexicanos y mexicanas que siendo parte fundante de este país, han sido sistemáticamente relegados por el Estado mexicano; excluidos sin más del crecimiento y desarrollo social y económico que se vivió en otros tiempos. Sin importar esto, a las mujeres y hombres del actual Yanga, Veracruz, se les puede ver a pie firme disfrutando de la fiesta, con sus convicciones, alegrías, activismo político y cúmulo de sueños de un mundo distinto. Expectativas que no dudo encontrarán en las fiestas de su carnaval, un buen lugar para expresarse y construir el futuro.


[1] Cruz Carretero, Sagrario, Alfredo Martínez Maranto y Angélica Santiago, El carnaval en Yanga. Notas y comentarios sobre una fiesta de la negritud, México, DGCP, 1990, p. 21.