El ‘Archivo de la Reacción’ y la desintegración del partido ‘científico’ a la caída del régimen porfirista 1 

Alicia Salmerón

Instituto Mora

Entre los últimos escritos del profesor Friedrich Katz se encuentra un sugerente acercamiento a la suerte y significado de las acciones de los integrantes del partido conocido como los “científicos” en la coyuntura de la Revolución mexicana. En esta dirección, presento aquí, a grandes rasgos, una fuente particularmente prometedora para este tipo de estudios y exploro uno de los temas sugeridos: el de la suerte de los “científicos”. La fuente es “El Archivo de la Reacción” y bordando sobre el tema enunciado, me acerco al momento y condiciones de la desintegración del partido “científico”.

Durante los últimos meses de 1917 y los primeros de 1918, el periódico carrancista El Universal, de la ciudad de México, publicó una sección llamada “El Archivo de la Reacción”. Los primeros números de esta sección estuvieron constituidos por un conjunto de cartas del archivo personal de Pablo Macedo. Se trataba de correspondencia privada cruzada con su hermano Miguel y antiguos correligionarios, entre mayo de 1911 y julio de 1912, tiempo en que Pablo Macedo había estado fuera del país.

Macedo había sido uno de los personajes más destacados del partido “científico”, al lado de su hermano Miguel y de José Yves Limantour, Justo Sierra, Rosendo Pineda, Joaquín Casasus, Francisco Bulnes, Roberto Núñez y Emilio Pimentel, entre los principales. Este grupo había representado intereses políticos y económicos importantes cerca del gobierno de Porfirio Díaz y una fuerza política excluyente que había aspirado a quedarse al mando del país tras la muerte del caudillo. La Revolución cortó de tajo sus ambiciones y a algunos los expulsó del país.

Este conjunto de cartas publicadas por El Universal representa una lectura porfirista de la primera etapa de la Revolución mexicana, de la encabezada por Francisco I. Madero: una revisión crítica de la actuación de algunas figuras destacadas del régimen caído, así como una reprobación del movimiento rebelde y de sus intentos por gobernar. Además de la condena del proceso en marcha, la correspondencia constituye un testimonio de la consideración de acciones contrarrevolucionarias por parte de miembros importantes de las clases depuestas.

El “Archivo de la Reacción” se publicó al poco tiempo de promulgada la Constitución de 1917 y trascurridos apenas cuatro meses de la toma de posesión de Venustiano Carranza como presidente electo de México. El momento era difícil para el nuevo gobierno: la situación económica del país era delicada y la pacificación del territorio nacional estaba lejos de ser una realidad. La publicación de esta nueva sección de El Universal en ese momento buscaba asestar un fuerte golpe a quienes resistían a la Revolución desde la experiencia porfirista. El título mismo de la sección, con su fuerte carga peyorativa, así lo participaba: el calificativo de “reaccionaria”, aplicado a la documentación que se hacía pública, anunciaba la intención de exhibir posturas y conductas consideradas reprobables, opuestas al progreso social y a una vida política democrática.

A la caída de Ciudad Juárez, Pablo Macedo se encontraba en Londres, en funciones de agente financiero del gobierno mexicano. Al dimitir Díaz, él también presentó su renuncia, pero decidió permanecer un tiempo más en Europa: postergó su vuelta por más de un año. Las cartas publicadas por El Universal corresponden a ese último año precisamente, un periodo de profunda crisis política en México. El tema central de los correos publicados por la prensa fue, desde luego, la política del momento: la dimisión de Díaz, el gobierno interino de León de la Barra, las elecciones federales de 1911 y 1912, el gobierno de Madero, los levantamientos populares y los contrarrevolucionarios, y la postura del gobierno norteamericano ante el conflicto en México.

La publicación de “El Archivo de la Reacción” se escudó en el interés histórico de los documentos, aunque su difusión en 1917 obedecía, obviamente, a propósitos políticos del momento. De entre quienes comentaron la publicación de esas cartas, quizá el juicio de Luis Cabrera –furibundo anti-científico, maderista y miembro del gabinete de Carranza– sea el que revele de mejor manera las intenciones del diario en 1917.

Cabrera sostuvo que la publicación de El Universal había sido “un acto de lucha política perfectamente justificada” por dos razones. En primer lugar, porque el hacer de dominio público opiniones y acciones de los “científicos” en contra del régimen de Madero permitiría al gobierno de Carranza entender mejor la lógica de la contrarrevolución y combatirla. Asimismo, porque le ayudarían a identificar a “científicos” encubiertos que buscaran infiltrase en el gobierno y desalentarían así la siempre “peligrosa” actitud conciliadora en la que podían caer los gobiernos revolucionarios. La segunda razón que justificaba la publicación, de acuerdo con Cabrera, era que el dar a conocer las diferencias y acusaciones que surgieron entre los propios “científicos” al momento de la renuncia de Díaz daría un tiro de gracia a lo que del grupo pudiera quedar en 1917. Efectivamente, la correspondencia divulgada por El Universal sacaba a luz críticas –cuando no francas acusaciones– de los hermanos Macedo, Corral, Pineda y Roberto Núñez en contra de la actuación política frente a Madero de Limantour, Casasus, Bulnes y Sierra.

Si quedaba a los “científicos” alguna fuerza política de consideración para 1917 o si el golpe en su contra tenía más bien un carácter simbólico, es un tema sobre el que se podría discutir con Cabrera. Pero ciertamente, la publicación de la correspondencia de Macedo “desnudaba” –según las propias palabras de El Universal– el “pensamiento político de los reaccionarios”. En efecto, las cartas publicadas constituyen una “memoria” de la resistencia y de la contrarrevolución de quienes, desde la experiencia porfirista, se opusieron al maderismo triunfante y que tanto puede decir acerca de la naturaleza del régimen caído como del que en ese momento los denostaba y excluía.

El “Archivo de la Reacción” ofrece testimonios para acercarse a proyectos y acciones contrarrevolucionarias. También ofrece, como bien apuntó Luis Cabrera –si bien con otra intención–, la posibilidad de asomarse al proceso de desintegración de una parte de la vieja élite porfirista, la del partido “científico”. Porque efectivamente, la crisis de 1910 y el triunfo revolucionario hicieron estallar a los “científicos” en casi tantas partes como individuos eran identificados con el grupo. Unos se sintieron traicionados, otros se erigieron en acusadores; algunos se expatriaron sintiéndose rechazados y perseguidos; otros siguieron con su vida en México y pensaron en acomodarse al nuevo régimen. Todos comenzaron a verse entre sí con suma desconfianza y manifestaron en toda su amplitud diferencias que, en realidad, siempre habían existido. El “Archivo de la reacción” da buena cuenta de la desintegración de este sector de la clase política porfirista.

La Revolución se ensañó de manera especial con los “científicos”. Los responsabilizó de todos los males del país y los asoció con todos los aspectos negativos del viejo régimen. Pero no todos los personajes originalmente identificados con el grupo fueron descalificados por igual durante el maderismo. Tampoco todos vivieron de la misma manera los nuevos tiempos. Algunos se consideraron libres del compromiso de emigrar junto con Díaz e, incluso, se sintieron relativamente seguros durante el gobierno interino de Francisco León de la Barra, primero, y durante los primeros meses del Presidente Madero, después.

Efectivamente, entre abril y junio de 1911, salieron del país Limantour, Landa y Escandón, Corral, Núñez y Pineda –Pablo Macedo se encontraba en Europa desde un mes antes–, pero ningún otro de los “científicos” prominentes fijó entonces residencia en el extranjero. Casasus, Bulnes, Emilio Rabasa, Fernando Pimentel y Fagoaga, Rafael Reyes Spíndola… se expatriaron hasta más tarde Algunos más –casos excepcionales– no dejaron nunca el país. Entre estos últimos se contaron Miguel Macedo y Emilio Pimentel. Justo Sierra quien, de alguna manera, aceptó de manera abierta el cambio, fue nombrado representante de México en España y Portugal. Los caminos seguidos por cada uno de ellos manifestaron diferencias previas, pero sobre todo, definieron la desintegración completa del grupo. La correspondencia publicada en el “Archivo de la Reacción” da cuenta de muchas de esas diferencias y de la dimensión que tomaron de cara a la Revolución maderista.


1 Resumen de la ponencia presentada durante la Cátedra Katz octubre 2016.