Cultura, política y etnicidad entre la población negra-afromexicana de la Costa Chica

previous arrow
next arrow
Slider

 

Itza Amanda Varela Huerta

Egresada del doctorado en Ciencias Sociales de la UAM Xochimilco

¿Es posible pensar que la danza – en su sentido más lúdico- puede funcionar como un elemento de construcción de subjetividades? En el caso específico de la movilización de los pueblos negros-afromexicanos en la Costa Chica mexicana de Guerrero y Oaxaca, invariablemente podemos responder que es posible y que, incluso, la danza articula en diferentes sentidos una nueva forma de pensar las formas de participación política en contextos específicos.

En el caso de la movilización política negra-afromexicana (que inició a finales de los años 80 del siglo XX y hoy continúa con su esfuerzo por el reconocimiento de estos sujetos), la Danza de los Diablos es una danza-juego (performada solo por varones) que fuera de su contexto comunitario funciona como elemento identificador y estructurante de la subjetividad política de esta población. Durante los festejos de Día de Muertos, los diablos en diferentes poblados costeños refundan el vínculo social a través de la potencia lúdica de un juego que involucra de diferentes formas a los habitantes de cada una de las poblaciones, haciendo partícipes de lo común a la niñez, a la adolescencia y las personas adultas . Este sistema de juego-danza toma durante un día entero la vida de la comunidad para recordar a los muertos pero sobre todo, para re-identificarse colectivamente.

Si fuera de su contexto en el marco de la celebración de Día de Muertos la Danza de los Diablos solo se exhibe en secciones –la Danza de los diablos tiene 12 sones-, la propia exhibición de ésta constituye entonces una muestra de la existencia colectiva de un pueblo étnicamente diferenciado frente a la población indígena: los diablos sólo se reconocen como parte de la tradición de lo afromexicano. Aquí radica el uso político de la cultura como un elemento político; la Danza de los Diablos es la prueba con la cual los activistas pueden dar cuenta de su existencia para el reconocimiento por parte del Estado, el mismo que impulsa políticas de representación folklorizadas para los pueblos indígenas.

Un segundo momento en este proceso es la Danza a Obatalá, una creación reciente de las mujeres más jóvenes de Collantes- un pueblo costeño, afromexicano de Oaxaca- para participar de la movilización por el reconocimiento étnico de esta población. A partir de la reinvención de nociones sobre África y su propia afrodescendencia, las mujeres de la Danza a Obatalá buscan una representación diferenciada de esta identidad. Además, llama poderosamente la atención una organización dancística únicamente de mujeres jóvenes en un universo de danzas donde la mujer es representada siempre por varones y son éstos últimos quienes conducen y performan la mayoría de las danzas que se realizan en la región.

La Danza a Obatalá retoma ideas e imaginarios sobre el África salvaje, sobre una afrolatinoamerica que se representa a sí misma a través de ciertos movimientos corporales, música específica, así como un arreglo personal particular para dar sentido y anclar en los imaginarios nacionales la idea de una ancestralidad africana.

Estas dos danzas de las que escribí brevemente dan sentido a la movilización política al interior de las propias poblaciones y también en los espacios institucionales y metropolitanos, ya que buscan reconstruir la idea extendida durante el siglo XX de que la única alteridad étnica posible en México es la población indígena. Las danzas pues funcionan entonces como argumento legitimador y vivo de la existencia dinámica de la población afromexicana, buscando así reconfigurar el espectro nacional de alteridad.

Reivindicar la Danza de los Diablos y la Danza a Obatalá como elementos internos de una subjetividad contemporánea nos permite replantear la relación entre cultura y política, no sólo desde una perspectiva académica sino como parte de las políticas de representación en el mundo contemporáneo. ¿Qué hay más potente que una representación de nosotras mismas a través de las formas lúdicas?, ¿Qué nos permite reconocernos como parte de una comunidad además de los discursos?, es en este sentido que la reivindicación de las danzas en Oaxaca y Guerrero no se configuran más como folklore sino como potencialidad política y como formas de habitar y resignificar esta identidad en construcción.

En este mismo sentido, es importante señalar que este proceso político en la Costa Chica busca extenderse y hermanarse con otros estados del país donde la población afromexicana no fue representada por la academia con la fuerza que sí lo hizo en la región Costa Chica.